viernes, 16 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (2)

Pedro Conde Sturla

16 junio, 2023

El plan era sencillo. Transportar las armas del hidroavión al muelle con ayuda de la tripulación y unos cuantos voluntarios, mientras el comando de acción sometía a las autoridades, tomaba el pueblo, la oficina del telégrafo, que era lo más importante. A nadie se le ocurrió pensar que poco tiempo más tarde el grupo regresaría de manera atropellada y que el desembarco en Luperón se convertiría en un desastre monumental.


El traslado de las armas se inició de inmediato. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Cuando el comando se hiciera dueño de la plaza las armas debían estar en el muelle y desde allí partirían en cualquier vehículo disponible hacia el lugar donde supuestamente los esperaban los hombres del Frente Interno.

«Algunos de los habitantes de Luperón que todavía quedaban en el muelle se prestaron como voluntarios a ayudarnos en dicha tarea. Es más, sin su colaboración nosotros cuatro no hubiéramos podido llevarla a feliz término. Así es que nuestra labor se circunscribió a dirigir los trabajos de descarga. Las armas fueron colocadas en el piso de madera del muelle en la medida en que iban siendo sacadas del hidro-avión. Cuando más de la mitad de los pertrechos habían sido desembarcados se oyó en el pueblo el tableteo de las ametralladoras y el estruendo de algunas granadas de mano».(1)

Parecía que todo procedía como se había planeado y que el comando de acción se encaminaba a cumplir con sus objetivos. Los tiros entonces arreciaron y se escuchó la explosión de varias granadas. De repente se apagaron las luces, todas las luces del pueblo. Tulio Arvelo trató de hablar con Hugo Kunhardt por medio de un intercomunicador portátil, posiblemente un walkie-talkie de corto alcance, pero no logró establecer comunicación.

Las luces del Catalina permitieron continuar momentáneamente con el traslado de las armas, pero muy pronto los hombres de la avanzada comenzarían a volver, tres de ellos en condiciones deplorables.
El primero en regresar, o que más bien regresaron, fue Hugo Kunhardt.

Tulio Arvelo escuchó «que alguien dijo: “Abran campo que traen un herido”. Efectivamente a poco algunos de los voluntarios depositaron en el suelo el cuerpo herido de Hugo Kundhart.

»Como la labor de desembarque ya estaba casi terminada me ocupé en atender al compañero. Este estaba en su conocimiento y me dijo que había sido alcanzado por una bala en la parte derecha del vientre. Lo palpé y pude percatarme de la gran cantidad de sangre que estaba perdiendo. De inmediato entre José Rolando y yo lo trasladamos al interior del Catalina y lo pusimos en manos de Salvador Reyes Valdés quien era casi médico y tenía los medios para atenderlo en la medida de nuestras posibilidades.

»No habían pasado cinco minutos de este doloroso incidente cuando anunciaron que traían otro herido. Esta vez se trataba de Alberto Ramírez, uno de los nicaraguenses que llegó cadáver a nuestras manos. De inmediato ordenamos que fuera colocado también en el avión y nos dispusimos a continuar nuestra tarea». (2)

Dice Tulio Arvelo que en el pueblo se produjo entonces un silencio que no presagiaba nada bueno. Un silencio ensordecedor en la oscuridad.

Fue entonces que, para sorpresa de Tulio Arvelo, uno de los voluntarios le entregó las llaves de una camioneta de su propiedad y le aconsejó cargar las armas en ella y largarse lo más pronto posible del lugar. Temía, con sobrada razón, que en cualquier instante apareciera el guardacostas que hacía el recorrido entre La Isabela y Luperón. Difícilmente quedaría alguien vivo si enfilaba contra ellos el fuego de sus ametralladoras y cañones.

«El tono en que habló el voluntario fue el de uno de los nuestros. Se sentía ya comprometido pues sabia que su vida peligraba si los soldados trujillistas lo encontraban junto a nosotros.

»Más tarde al comentar ese incidente fue cuando aquilaté su real transcendencia. Comprendí que no estábamos solos en suelo dominicano puesto que la actitud del dueño de la camioneta fue la misma del pequeño grupo que hasta ese momento y sin que mediara ninguna imposición colaboró con nosotros. Más tarde supe que algunos de los que se portaron así fueron encarcelados y hasta se dijo que algunos fueron asesinados. La tiranía no les perdonó ese gesto desolidaridad». (3)

Las cosas estaban mal y muy pronto se pondrían peor. Al poco rato anunciaron que traían otro herido, el tercero, otro de los extranjeros. Se trataba del costarricense Alfonso Leyton.

En aquellas circunstancias, la gente del hidroavión estaba tan a oscuras como el pueblo y los sucesos precipitaban con tan pasmosa celeridad que no se entendía bien lo que estaba pasando.

Escuchaban las ráfagas de ametralladoras, los disparos de fusil, recibían a los caídos, pero no tenían idea de lo que acontecía en el pueblo. Y lo que acontecía era un desastre. Todo comenzó a salir mal desde el principio, como si hubiera estado predestinado.

Dice Tulio Arvelo que el objetivo primordial era apoderarse de la oficina del telégrafo porque eso permitiría establecer contacto con los hombres del Frente Interno. Lamentablemente, uno de los guerrilleros de la avanzada que debía llevar a cabo la operación cometió un error garrafal. Confundió a unos músicos uniformados, los músicos de la retreta dominical, probablemente, con una patrulla del ejército, a pesar de que llevaban consigo sus instrumentos de metal, y arrojó una granada de estruendo. Casi al mismo tiempo –dice Tulio Arvelo— se escuchó en otro lugar el disparo que abatió a Leyton. El disparo crisparía, quizás, los nervios de los integrantes del comando y abrieron fuego contra los músicos, que al parecer se habían desbandado y no fueron alcanzados por las balas. El hecho tuvo, sin embargo, un efecto contraproducente: Al escuchar la balacera, el encargado de la planta eléctrica cortó la corriente y el pueblo quedó en tinieblas.

Lo que se armó en aquella oscuridad fue un pandemonio, una confusión generalizada que aturdía los sentidos, hasta el punto de que las heridas de Hugo Kundhart y Alberto Ramírez se las propinaron ellos mismos. Hugo era cegato, usaba lentes sin los cuales no podía ver y es posible que aún con lentes veia mal y en la oscuridad veía peor. El hecho es que tomó a Alberto Ramírez por un soldado enemigo y le propinó el tiro que le causó la muerte, no sin que antes Alberto disparara e hiriera a Hugo en el vientre. Una tragedia absurda, una pesada broma del azar.

Según lo que cuenta Tulio Arvelo, el único en ser abatido por un soldado enemigo fue Alfonso Leyton, antes de que se apagaran las luces. Además, a pesar de que había sido el primero en caer fue el último que trajeron. Tenía una herida en el cuello, posiblemente de gravedad.

El gobierno de la bestia sólo reconocería haber sufrido una baja que atribuyó a uno de los miembros norteamericanos de la tripulación. Sin embargo, Tulio Arvelo afirma que «En realidad fue Miguelucho quien hirió al cabo después que éste se hubo rendido cuando se enteró de la muerte de Alberto Ramírez y de las heridas de Hugo y de Alfonso Leyton» (4)

Lo que sucedió a continuación le puso la tapa al pomo. Era prácticamente lo único que faltaba:
«Unos minutos después que colocamos a Leyton herido en la garganta dentro del Catalina, vi acercarse una pequeña columna que pude distinguir en detalle solamente cuando entró dentro del radio de la luz del avión. Me causó alguna sorpresa distinguir al frente de ella a Horacio. Le seguían los sobrevivientes del comando que se había internado en el pueblo. Horacio solamente dijo: “Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba”» (5) p. 170

Pero lo peor no había pasado.

(Historia criminal del trujillato [129])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 168

2) Ibid.

(3) Ibid., p. 169

(4) ibid., p. 180

(5) Ibid., p. 170



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sábado, 10 de junio de 2023

En la penumbra


En cuánto vi en la penumbra su larga y abundante cabellera negra, su ingenua desnudez, la mano agujereada, la piel cobriza, y los pies volteados hacia atrás de esa manera tan característica, supe que estaba en presencia de una ciguapa…

viernes, 9 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (I)

Pedro Conde Sturla 

9 junio, 2023


Durante el largo vuelo, y en tantas otras ocasiones, Tulio Arvelo había pensado en la muerte, en lo que les esperaba al bajar del Catalina. Morir era, desde luego, un riesgo calculado, pero Tulio Arvelo nunca pensó que moriría. Se preocupaba por sus compañeros más cercanos y queridos.


«Fueron muchos los pensamientos que ocuparon mi mente, no importaba cual fuera la tarea que realizara. No podía dejar de pensar en cual sería el destino de aquellos doce hombres cuya meta común era el derrocamiento de la tiranía trujillista. Pensamientos como los siguientes no podía separar de mi mente: ¿Cuántos morirían en la empresa? ¿Cuál sería su resultado? ¿Qué sería de nosotros dentro de dos o tres días? Sentía una especial preocupación por algunos de los compañeros en particular. ¿Qué sería de Gugú? ¿Qué de Miguelucho? Cosa rara, que después recordaba con toda claridad y que comentaba en círculos íntimos: en ningún momento me pasó por la mente que yo pudiera morir en el lance. Lo mismo me dijo en algunas ocasiones Miguelucho mucho después de que pasó todo». (1)

Muy pronto —desde que escuchó, en la voz de José Rolando Martínez, la noticia de que el avión iniciaba el descenso—, dejaría de pensar en eso para disponerse a la acción, Con anterioridad, una vez que hubo dado las informaciones e instrucciones pertinentes, el comandante Ornes procedió a la lectura de un manifiesto que debía ser distribuido al pueblo y pronunció una breve arenga que enardeció los ánimos. A partir de ese momento todos habían quedado a la expectativa, en ansiosa espera de la señal de que la hora cero había llegado. Ahora José Rolando Martínez lo confirmaba, se lo había dicho uno de los tripulantes en inglés y él había hecho la traducción: «Prepárense que ya el avión está descendiendo y dentro de pocos minutos se tirará en la bahía». (2)

El aire se puso denso y se puso tenso, casi irrespirable, y la adrenalina correría por las venas. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Los doce inminentes guerrilleros se ataron a unos cinturones que había en las paredes y se prepararon para el descenso. Por algún motivo, el avión sobrevoló primero el poblado y dio un par de vueltas con las que consiguió alborotar a sus habitantes y emprendió el descenso. Todos, en esos momentos, tenían de seguro el corazón en la boca. Además, contrario a lo que se esperaba, el amarizaje los sorprendió por su brusquedad. Dice Tulio Arvelo que se sintió como si el hidroavión (inmerso en la más completa oscuridad) se hubiera precipitado desde una gran altura y cayera de golpe sobre el agua. En ese trámite Tulio Arvelo perdió su preciosa gorra y no la volvería a recuperar.

Para mayor asombro, según lo que cuenta el mismo Tulio Arvelo, la gente del poblado de Luperón los recibió con una cordial bienvenida:

«Debido a que el hidro-avión había dado dos vueltas sobre el poblado antes de amarizar, sus habitantes se habían puesto alerta a causa de lo inusitado del acontecimiento. De manera que cuando el aparato tocó agua la mayoría de la población se encontraba en el embarcadero que penetraba en la bahía. 
Cuando me solté el cinturón de seguridad y miré por una ventanilla, el espectáculo que presencié fue verdaderamente inesperado. Varios cientos de personas nos vitoreaban desde el pequeño muelle.

»Las circunstancia de ser domingo, día en que se celebraban conciertos de música popular en el parque del pueblo, hizo que se pudiera reunir tanta gente en tan corto tiempo, la que corrió al embarcadero cuando se supo que el aeroplano había amarizado en la bahía. Según me enteré después era la primera vez que tal hecho ocurría en toda la historia de ese poblado». (3)

Evidentemente ninguno de los curiosos pensaba en ese momento que se trataba de una invasión, de un repatriamento armado. Aquel avión y aquellos hombres tenían que pertenecer al ejército de Trujillo, a las fuerzas armadas, y desde el primer momento mostraron el deseo de colaborar con ellos.

«La presencia de esas personas —dice Tulio Arvelo— fue por el momento favorable para nosotros puesto que de inmediato se percataron de que sin su ayuda nuestra nave no se podría acercar al embarcadero. Se aprestaron a auxiliarnos utilizando un bote que llegó hasta la cabina de la tripulación. Desde allí se le tiró un cable con el que fuimos halados hasta pegarnos al muelle». (4)

El idilio entre los expedicionarios y los lugareños no duraría, sin embargo, mucho tiempo. Estaba basado en un equívoco y Gugú Henríquez se encargaría de romper el encanto.

Los primeros que desembarcaron fueron Horacio y Gugú, en compañía de Alejandro Selva, Alberto Ramírez, Hugo, Miguelucho, Alfonso Leyton y José Féliz Córdoba Boniche. A ellos les correspondía iniciar la acción armada. La idea era tomar el pueblo, tomar la oficina del telégrafo, someter a las autoridades, vencer la resistencia, tomar la plaza, que estaba mal defendida. Los demás, los cuatro restantes, con ayuda de la tripulación y gente del pueblo, se ocuparían de trasladar las numerosas armas al muelle, cosa que no era tarea fácil.

Después de tomar la plaza, que no parecía ser difícil, dispondrían de medios motorizados que les permitirían rápidamente transportarse al lugar de encuentro con la gente del Frente Interno, a unos treinta kilómetros de distancia. Todo lucia perfecto en los planes.

Por desgracia, en cuanto la avanzada guerrillera puso un pie en el muelle, los curiosos empezaron, quizás espontáneamente o quizás por precaución, a gritar vivas a Trujillo, vivas al Jefe, vivas a la bestia que los guerrilleros venían a combatir. También mostraban, nerviosos, las cédulas de identificación personal, una especie de imprescindible pasaporte para poder viajar de un lado a otro del país. Las dichosas cédulas sin las cuales nadie era gente bajo la avasallante dictadura. Las cédulas que había que mostrar cuando cualquier autoridad las requería, so pena de caer preso. Mal preso.

Aquello resultó ser demasiado para Gugú Henríquez, que estaba a punto de explotar y explotó.

Gugú se enfrentaría desafiante a la masa de vociferantes y dijo algo que de seguro había soñado con decir en su país y en voz alta desde hacía mucho tiempo. Algo que los dominicanos se tenían que tragar todos los días y él no se tragaría.Total, en esos momentos se disponían a atacar a las fuerzas del orden, es decir a los guardias o policías encargados del mantenimiento del terror, y revelarían de inmediato el motivo de su presencia en ese lugar. Ya no había nada que perder.

De modo que fue Gugú —como dice Tulio Arvelo— «El primero en romper el hielo». Fue él mismo «Gugú quien se encaró con dos o tres que se le acercaron con las cédulas en la mano y les dijo: “Esta es una invasión. Abajo Trujillo. Viva Horacio Vásquez”». (5)

Lo de Horacio Vásquez es algo que seguramente no se entendería entonces y no se entiende todavía, pero lo de «Abajo Trujillo» provocó una conmoción, provocó momentáneamente estupor y provocó de inmediato una estampida.

Se había roto el encanto. La gente emprendió la huida, una huida atropellada, desordenada, se disparó corriendo en todas direcciones, hasta el punto de que algunos tuvieron la ocurrencia de tirarse al mar, quizás sin saber nadar. Aquellos hombres armados con fusiles y ametralladoras ahora causaban espanto y nadie quería estar cerca, a excepción de unos pocos que se quedaron para ayudar. Esos sabían a qué atenerse. Evidente eran desafectos al régimen y tenían valor para evidenciarlo, a sabiendas de que podían pagar la osadía bien cara. Como en efecto pagaron.

Mientras tanto, la avanzada guerrillera se adentró en el pueblo, un típico pueblo dominicano con callejas apenas iluminadas por una luz mortecina, y muy pronto se escucharon los primeros disparos. Unos lentos disparos en principio…

(Historia criminal del trujillato [128])
Notas:
(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 156, 157
(2) Ibid., p. 165
(3) Ibid., pgs. 165, 166
(4) ibid., p. 166
(5) Ibid., p. 167 



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Un ladrón en la cocina


La macana de acero extensible de defensa personal es algo que recomiendo encarecidamente. Yo no me levanto sin ella en la mano. Hace un tiempito me encontré con lo que creía que era un ladrón en la cocina y le tiré un macanazo y pensé que lo había descalabrado, pero por suerte era un muerto…

viernes, 2 de junio de 2023

Camino de Luperón (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 


Manifiesto de la expedición de Luperón


La frustración y la impaciencia, entremezcladas seguramente con una especie de rabia sorda, no permitieron a los hombres del Catalina pegar los ojos esa noche. Todos creían que en ese momento los miembros de los demás grupos habían desembarcado en Santo Domingo, que habían establecido contacto con los miembros del Frente Interno, que de seguro habían distribuido las armas y se hallaban quizás en plena acción. Ellos, en cambio, permanecían varados, al menos por una noche, en tierra guatemalteca. Y todo por falta de un sistema elemental de comunicación. 

En verdad cuesta pensar que una expedición tan bien organizada y equipada careciera de algo tan elemental como una radio, un medio de comunicación entre los grupos. Aquellos hombres procedían como quien dice a ciegas. 


«Tiempo después —diría un desconsolado Tulio Arvelo con un sentido pesar— cuando me acordaba de mis preocupaciones de esos momentos no podía dejar de sonreír con cierta amargura frente a la realidad de lo que estaba sucediendo a los otros aviones en esos precisos instantes y que por falta de comunicación entre los grupos no se pudo evitar el holocausto que significó la pérdida de las diez vidas que costó nuestra aventura». (1)   


Los frustrados aventureros ni siquiera se molestaron en salir del  hidroavión. En el hidroavión pasaron la noche contando los segundos, los minutos, las horas. Querían estar listos en cuanto amaneciera para emprender el vuelo e ir a sumar fuerzas con los compañeros que se les habían supuestamente adelantado y así lo hicieron.


«Todavía no había apuntado el sol en el horizonte cuando ya estábamos en actividad. Arrojamos algunas armas de las

pocas pesadas que llevábamos y parte del parque que les correspondía. También nos desembarazamos del sobrante de

gasolina que a juicio de los aviadores no era necesario para regresar a Cuba.


»Se dio la orden de partida y el Catalina aligerado de la carga en exceso, luego de un corto recorrido por las apacibles aguas del lago comenzó a ganar altura en medio de las manifestaciones de júbilo de todos nosotros. Los más expresivos del grupo eran siempre Gugú Henríquez y Hugo Kundhart quienes dentro del avión y contraviniendo todas las instrucciones emanadas de la tripulación, comenzaron a dar brincos de contento tan pronto notaron que el Catalina había despegado.


»Había comenzado la tan esperada última jornada a cuyo final se encontraba Santo Domingo con su cúmulo de interrogantes». (2)


Era la mañana del domingo 19 de junio de 1949.


El viaje entre el lago Izabal y Santo Domingo fue tan largo como apacible, unas diez o doce horas en total de vuelo apacible y tenso, tan tenso como era de esperarse. Un viaje a la incertidumbre. 


Dice Tulio Arvelo que el mayor afán de los  hombres era recibir noticias de los demás compañeros y que su único medio de comunicación con el mundo era un radio portátil en el que trataban de sintonizar alguna emisora dominicana. Imaginaban que esa hora la noticia de la llegada de los grupos de Juancito Rodríguez y Miguel Ángel Rodríguez Alcántara había causado un revuelo, una conmoción a nivel nacional, y que las emisoras del país estarían dando cuenta del suceso. De repente Gugú Henríquez estalló en júbilo. Había localizado una emisora, la emisora oficial del gobierno de la bestia, y los hombres se congregaron a su alrededor, pero lo único que escucharon fue música: la célebre Granada de Agustín Lara. No lo podían creer.


El desencanto se posó en todos los rostros, hasta que José Rolando Martínez Bonilla tuvo la sensatez de advertir que aunque se hubiera efectuado el desembarco los medios de prensa del gobierno de la bestia se habrían confabulado para mantener la noticia en secreto y todas las  emisoras seguirían tocando música como si nada hubiera pasado. El argumento parecía razonable y suficiente convincente y tuvo un efecto tranquilizante.


Un rato después, cuando se suponía que estaba por llegar la hora cero, el comandante Horacio Julio Ornes se dirigió a su tropa para revelar ciertos detalles desconocidos. Había esperado hasta última hora para decir lo que tenía que decir, ciertos detalles que se habían mantenido en secreto por razones de seguridad. El operativo tendría lugar en Bahía de Gracia, también llamada Bahía de Luperón. Allí había un poblado y un desembarcadero. La gente del Frente Interno, dirigidos por Fernando Spignolio y Fernando Suárez en Puerto Plata, esperaría a unos treinta kilómetros del lugar. Así lo había dispuesto el muy previsor Juancito Rodríguez, temiendo que se produjera una delación, como la que en efecto se produjo.


La delación ya se había consumado con unos días de antelación. Un ex capitán del ejército, Antonio Jorge Estévez (Tonito), resultó ser un infiltrado y delató a Suárez y Spignolio, que fueron apresados, interrogados y después ejecutados el día 20 de junio, un día después de la llegada de los expedicionarios. Años más tarde, el traidor, que todavía seguía activo entre los antitrujillista, sería descubierto y ajusticiado en La Habana.


Dice Tulio Arvelo que, durante la mayor parte del viaje, volando sobre las verdes aguas del Caribe, bajo un cielo azul sin una sola nube, los hombres se entretenían  observando las numerosas islas «que iban apareciendo como en una pantalla cinematográfica» (3), hasta que por fin empezó a atardecer y empezó a oscurecer. Lo que significaba que estaban cerca de la meta, que el vuelo llegaba a su fin:

 

«La noche se nos echó encima rápidamente y de pronto el panorama que contemplaba a través de las ventanillas

cambió por completo. Ya no era el verde mar lo que acechaba para descubrir las siluetas de las islas sino el alumbrado

eléctrico de pequeñas poblaciones que se presentaban a la vista. 


»Trataba de adivinar a cuál de ellas pertenecían las exiguas luces que rápidamente pasaban por debajo de nuestra nave.

Lo único que sabía era que ya hacía bastante tiempo que volábamos cerca de las costas de Haití y que pronto sobrevolaríamos territorio dominicano. De pronto alguien aseguró que las iluminaciones que se presentaban en esos momentos eran las de Montecristi y otro ripostó que en realidad se trataba ya de Puerto Plata. A decir verdad nadie sabía a ciencia cierta el sitio exacto sobre el cual nos encontrábamos. Sólo persistía y aumentaba la emoción de que pronto estaríamos pisando nuestra querida tierra». (4) 

Habían llegado en efecto a la querida tierra y muy pronto estarían enmarañados en un enredo monumental.


(Historia criminal del trujillato [128]) 

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 155
  2. (2) Ibid., p. 155
  3. (3):Ibid, p. 156
  4. (4) Ibid. p. 163

martes, 30 de mayo de 2023

Desnudo bajando una escalera

(después de una cucharada de DDT)

Desnudo bajando una escalera 

de Marcel Duchamp


Besos robados, los mejores,

besos que alguna vez 

infligí o me infligieron.

Besos ladrones, atónitos, perplejos,

besos furtivos,

que cometí a hurtadillas.

Besos que fueron 

y que de tanto ser se deshicieron.

Nada mejor

que amar, repercutir, darse a la fuga

¡Qué más da? 

Qué otra cosa

después del perezoso latrocinio.

Invocar, prometer, 

orquídeas solamente,

barbojos y barbujos,

el vértigo, la luna, la montaña,

la perenne matroja alicaída,

el pánfilo aguardiente 

y los besos furtivos distraídos,

hurtándose a la fuga…


pcs

viernes, 26 de mayo de 2023

Camino de Luperón (1)

Pedro Conde Sturla

26 mayo, 2023

El espíritu de aventura y la reciedumbre e idealismo que animaban a aquel grupo de hombres que se jugaban todo lo que tenían por el amor a la libertad es algo tan admirable como excepcional. Después de aterrizar –casi por milagro, al cabo de un azaroso viaje–, en el aeropuerto de Puerto Barrios, emprendieron un largo viaje en lancha hacia el lago Izabal, de donde partirían por fin a Santo Domingo.


Desafortunadamente, a Puerto Barrios no habían llegado solos, sino en la peor compañía. Muy pocos dejaron de notar que unos minutos después de haber tocado tierra descendió una avioneta de la Embajada de los Estados Unidos.

“De ella —cuenta Tulio Arvelo— descendió un individuo con el cual ya nos habíamos encontrado varias veces tanto en Ciudad de Guatemala como en el pueblecito de San José en donde está enclavada la base que nos sirvió de punto de aterrizaje antes de trasladarnos al campo de entrenamiento.

»Después habíamos visto al mismo sujeto cuando hicimos el embarque de las armas en la lancha. Para ninguno de nosotros era un secreto su identidad. Eramos conscientes de que en todo momento estábamos estrechamente vigilados. Llegué a la conclusión de que Guatemala era un país que vivía en las mismas condiciones que el nuestro. Nadie podía dar el más insignificante paso sin que lo supieran en la Embajada de los Estados Unidos». (1)

El imperio, sin lugar a dudas, custodiaba los intereses de la bestia, no le perdía el rastro a sus enemigos. En esos momentos, sin embargo, ninguno de los miembros de la expedición se sentía preocupado por la presencia de los yanquis. Dice Tulio Arvelo que se sentía invencible, que no pensaba que nada impediría el éxito de la temeraria empresa.

El viaje al lago Izabal, aunque duró una doce horas, resultó placentero. La lancha se movía por un canal de “naturaleza exuberante y bellísima” y se pasaron el tiempo conversando, excitados sin duda por la proximidad de la partida.

La lancha atracó de noche en un pequeño poblado a orillas del canal y se quedaron con ganas de ver el hidroavión que imaginaban muy grande, o por lo menos más grande de lo que era:

«Al amanecer —dice Tulio Arvelo— ya todos estábamos en pie y lo primero que hice fue mirar a través de una ventana que daba al lago en mi afán de contemplar nuestra embarcación. Al fin la divisé no muy lejos anclada y balanceándose majestuosamente. Nunca había visto de cerca un hidro-avión de esa clase. En verdad que me pareció bello a pesar de que en mi imaginación lo había concebido de unas proporciones mucho mayores de las que en realidad tenía. (2)

Una vez cargado el avión, con las numerosas armas y pertrechos, y con ayuda de los lugareños, los ilusionados aventureros se dispusieron a esperar la señal de partida. El plan era llegar a Santo Domingo al mismo tiempo. Los aviones de los grupos comandados por Juancito Rodríguez y Miguel Angel Ramírez partirían primero desde 
San José y sobrevolarían el lago Izabal. Esa era la señal convenida.

Desde las cuatro de la tarde de aquel día memorable, un 18 de junio de 1949, todos miraban hacia el cielo. La partida había sido programada para efectuarse en horas de la tarde, pero el tiempo parecía haberse congelado, cada minuto se convertía en una eternidad, en un suero de miel de abejas. Pero por fin, a las cinco de la tarde, después de una hora interminable, divisaron uno de los aviones, el avión en que —sin que ninguno lo supiera entonces— viajaba el grupo de Juancito Rodríguez.

Lo demás fue una algarabía, un solo grito de júbilo. Partirían por fin a combatir al tirano y abordaron el avión. Una parte de ellos marchaba hacia su perdición, pero nadie pensaba en eso en aquel momento.

Estaba previsto que el hidroavión haría un vuelo directo, gracias a su mayor autonomía de vuelo, y los demás harían escala en la isla de Cozumel para reponer combustible, pero la hora de llegada a Santo Domingo sería a eso de las cinco o las seis de la madrugada del 19 de junio. Lamentablemente, todo lo que estaba supuesto a salir bien salió mal. El hombre propone y Dios dispone. La suerte del diablo acompañaba a la bestia.

Algo imprevisto ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Juancito Rodríguez, algo ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Miguel Angel Ramirez y con el hidroavión Catalina en el momento de la partida. Alguien no había hecho bien los cálculos y el avión estaba sobrecargado y presentaría problemas para despegar. El relato de Tulio Arvelo en relación a este incidente no tiene desperdicio:

A BORDO DEL CATALINA

»Una vez todo listo se dio la orden de partida. Se encendieron los dos motores de la nave y después de unos minutos de calentamiento comenzó a deslizarse por las tranquilas agua del lago. Por las ventanillas miraba con ansiedad como las aguas eran cortadas por la quilla del avión y esperábamos de un momento a otro verlas alejarse mientras la nave remontaría el vuelo. Sin embargo, las aguas continuaban siempre a la misma distancia. El avión no subía. Había llegado a los límites del lago y se había devuelto en dos ocasiones para volver a emprender otra carrera en su intento por remontar el vuelo; pero todo era en vano. A la tercera tentativa el piloto se acercó a Gugú y en inglés lo enteró de que debido al exceso de carga no era posible despegar.

»Cuando Gugú tradujo las palabras del piloto, vi asomarse la angustia y la decepción en los rostros de los compañeros. Las mismas que sentía yo.

»El piloto opinó que debíamos esperar hasta el día siguiente puesto que ya había caído la noche y era peligroso intentar elevarse debido a que como no conocía los alrededores temía encontrarse con una montaña y estrellar el avión.

»Además era necesario echar al agua una parte de la carga, operación que era muy difícil realizar en medio de la oscuridad, Frente a esas contundentes razones se resolvió aplazar la hora de nuestra partida hasta la mañana siguiente.

»Nadie era ajeno a lo que eso significaba. Además de que llegaríamos tarde a la cita, perderíamos la ventaja que siempre da la sorpresa en esta clase de acciones puesto que suponíamos que precisamente en el momento de nuestra partida estarían arribando a Santo Domingo los otros compañeros.

»Otro de los inconvenientes de ese retraso era que nuestra llegada se produciría durante la noche lo que era también una desventaja. En opinión de los expertos, después del desembarco debíamos contar con la luz del día para hacer nuestros contactos de inmediato y, lo que era todavía más importante, nos permitiría tomar posiciones ventajosas antes de encontrarnos con el enemigo. A ese respecto fueron muchos los ejemplos históricos que se nos pusieron en las clases teóricas en los que siempre las invasiones se realizaban en horas de la madrugada.

»Pasamos la noche dentro del hidroavión. Lo resolvimos así para ganar tiempo. De esa manera tan pronto aclarara arrojaríamos el peso en exceso y levantaríamos vuelo.

»Es de imaginarse la ansiedad que me embargaba. Los comentarios fueron muy escasos; pero suponía lo que pensaban los demás. Tenía un complejo de culpabilidad porque consideraba a los otros compañeros camino de Santo Domingo mientras nosotros pernoctábamos todavía en tierra guatemalteca. (3)

(Historia criminal del trujillato [126]) 

Notas: 

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 150 

(2) Ibid, p. p151

(3) Ibid, p. 154


viernes, 19 de mayo de 2023

El principio del fin

Pedro Conde Sturla

19 mayo, 2023

General Miguel Ángel Ramírez Alcántara

Una vez finalizado el entrenamiento en las cercanías de la base aérea de San José, los hombres de Juancito Rodríguez se organizarían en varios grupos.

De acuerdo con las informaciones disponibles, los planes originales consistían en viajar desde Guatemala a Santo Domingo a bordo de dos hidroaviones, cuatro aviones DC-3 y DC-4 y una embarcación procedente de Cuba, un número reducido de hombres en relación a Cayo Confites y numerosas armas y pertrechos para la gente del Frente Interno, que esperaba impaciente.

Lamentablemente, a última hora se produjo la deserción de varios pilotos y copilotos, unos norteamericanos y otros mexicanos que decidieron que el dinero que les habían ofrecido o quizás pagado no era suficiente para jugarse el pellejo con Trujillo y obligaron a un radical cambio de planes. El número de transportes disponibles se redujo a tres. Dos DC-4 y un hidroavión Catalina.

Ahora, según Tulio Arvelo:

“Los hombres se dividirían en tres grupos. El más numeroso estaría comandado directamente por el propio don Juan Rodríguez y estaría integrado por treinta y siete combatientes; el segundo sería comandado por Miguel Angel Ramírez y estaría compuesto por veinticinco y el tercero, que sería el más pequeño, estaría comandado por Horacio Julio Ornes en el que irían doce. El primer grupo desembarcaría en la región central, el segundo por el Sur y el tercero por el Norte. Los sitios precisos de desembarco se mantendrían en secreto hasta la última hora para los expedicionarios de base como una precaución contra las indiscreciones. Sin embargo los que estábamos más cerca de don Juan sabíamos que éste barajaba varios sitios para su aterrizaje, entre ellos el valle de Constanza y la región de Valle Nuevo, sitios en los que él aseguraba que cuando se supiera de su presencia al frente de una invasión se le sumaría mucha gente. También sabíamos que la idea de Miguel Angel Ramirez era aterrizar en la región de San Juan de la Maguana de la que es oriundo. En cuanto al tercer grupo era el que menos precisión había en cuanto a su sitio de desembarco pues como utilizaría el hidroavión tipo Catalina tenía un número mayor de lugares aptos para amarizar”. (1) p. 139

Los dos grupos más grandes partirían desde San José, en la costa del Pacífico, en aviones DC-4 que harían escala en Cozumel. El otro partiría desde el lago Izabal en el hidroavión tipo Catalina que haría el vuelo sin escala y que fue el único que llegó, por desgracia, a su destino. Ninguno de los aviones (por más extraño o asombroso que parezca) tenía radio y los hombres estarían incomunicados desde el momento en que se separaron.

El azar, como de costumbre, repartiría suerte arbitrariamente. La buena suerte para la bestia y toda la mala suerte para los revolucionarios. Añádase a lo anterior el hecho de que los servicios de inteligencia de la tiranía conocían los planes del Frente Interno en Santo Domingo y de los expedicionarios en Guatemala y que también los agentes del imperio les seguían los pasos.

Dice Arvelo que los integrantes de los tres grupos habían sido escogidos en base al conocimiento de la región en que debían operar e incluso al grado de afinidad entre sus componentes. Se quería evitar y se evitaron, discordias de cualquier tipo entre ellos.

Muy en especial, el grupo que viajaría en el hidroavión estaba compuesto por varios amigos de vieja data, e incluso íntimos. Había entre ellos ocho dominicanos, dos nicaragüenses, un costarricense y tres norteamericanos.

Los dominicanos eran Horacio Julio Ornes (comandante del grupo, primo de Pericles Franco Ornes), José Rolando Martínez Bonilla, Federico Horacio Henríquez Vásquez (Gugú), Hugo Kundhardt, Manuel Calderón Salcedo, Salvador Reyes Valdez, Tulio Hostilio, Álvaro Delgado y Miguel Ángel Feliú Arzeno.
Los nicaragüenses eran Alejandro Selva, Alberto Ramírez, José Félix, Córdoba Boniche y el costarricense Alfonso Leiton.

Los estadunidenses, integrantes de la tripulación, eran John M. Chewing, capitán piloto, Habet Joseph Maroot, copiloto y George Raymond Scruggs, ingeniero mecánico… Ninguno de ellos estaba supuesto a tomar parte en los sucesos que se producirían al desembarcar. Se les había pagado para conducir el avión, depositar a los guerrilleros en un lugar designado y levantar vuelo de inmediato, con rumbo a Cuba, pero el azaroso azar dispondría diversamente.

Las desaventuras de este grupo y los peligros que arrostraron comenzaron antes de partir hacia Santo Domingo, al inicio del fin de la odisea. Así lo consigna Tulio Arvelo en un relato que pone los pelos de punta:

EL PUERTO BARRIOS

Como los componentes del grupo del hidro-avión Catalina no emprenderíamos la salida desde esa base, nos quedaba todavía una etapa por recorrer. Debíamos trasladarnos al otro extremo del país en donde hacía algunos días nos esperaba Gugú Henríquez en compañía de la tripulación de nuestra nave.
»Nos trasladamos en avión desde la base de San José, en la costa del Pacífico, hasta Puerto Barrios, en el Atlántico.

»El viaje a Puerto Barrios lo hicimos en un avión C-46 cuyas condiciones dejaban mucho que desear.
»Hubo un incidente durante el vuelo que me produjo un susto tremendo. Volábamos entre montañas y estábamos tan cerca de ellas que a través de las ventanillas distinguíamos los más mínimos detalles de la floresta a tal punto que se podían reconocer los tipos de árboles y en algunos casos hasta veíamos sus flores. Eso me causó alguna extrañeza hasta el punto que fui a la cabina de mando a inquirir el por qué volábamos tan bajo. Con toda tranquilidad el piloto, un mejicano de apellido Castillo, me dijo que ello se debía a que a causa del exceso de peso el avión no podía remontar más; pero que no me preocupara por el momento porque íbamos volando a través de un cañón formado por dos cordilleras cuyos picos veíamos a ambos lados. Que él tenía la esperanza de que cuando se terminara el cañón ya el aparato habría alcanzado la altura de los trece mil pies que se necesitarían para salir de él. Señaló el altímetro y dijo:

“Fíjese que ya estamos volando a ocho mil pies, lo que quiere decir que aunque muy lentamente estamos ganando altura. Espero que cuando lleguemos al sitio preciso habremos ganado la altura necesaria”.

»Cuando me señaló el altímetro noté que en el tablero de mando en el que habían como ocho o diez esferas de diferentes tamaños, en la mayoría de ellas lo único que quedaba era el hueco. No despegué más los ojos del altímetro acechando el lento movimiento de su manecilla. De cuando en cuando miraba hacia el frente en espera de ver aparecer la montaña que nos cerraría el paso. En aquella angustia estuvimos dos o tres más de los compañeros a quienes había enterado de la situación, ya que también como yo se habían acercado a la cabina a indagar el por qué de nuestro vuelo que a nosotros se nos antojaba poco menos que rasante.

»Al fin después de más de media hora de angustias el avión sobrevoló la montaña que cerraba el cañón mientras el dichoso aparato medidor de la altura solamente marcaba diez mil pies. ¿Qué había sucedido? O la montaña no era tan alta como nos dijo el piloto o el altímetro estaba descompuesto. Lo único cierto que quedó en mi ánimo fue un justificado resentimiento contra el mexicano que con sus informaciones me había amargado un viaje que debió ser de regocijo puesto que nos acercábamos a una de las metas finales para la realización de nuestro caro anhelo de luchar con las armas en la mano por la liberación de nuestro pueblo. Poco después aterrizamos en Puerto Barrios». (2) 145

(Historia criminal del trujillato [126]) 

Notas: 

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 139
  2. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p.145




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viernes, 12 de mayo de 2023

Entrenamiento militar en Guatemala

Pedro Conde Sturla

12 mayo, 2023

Juancito Rodríguez 

Juancito Rodríguez no se mostró sorprendido cuando Tulio Arvelo le informó que su misión en Cuba había sido un fracaso. En cambio manifestó alegría cuando se enteró de que Gugú Henríquez quería incorporarse a la expedición y ordenó de inmediato que le “situaran” un pasaje.


Los planes para la invasión ya estaban avanzados, pero la necesidad de un punto intermedio entre Guatemala y Santo Domingo para reabastecer los aviones seguía siendo una asignatura pendiente. Se pensó, en principio, en instalar tanques de combustible adicionales, que aumentarían sin embargo el peso y obligarían a disminuir el número de armas y tripulantes. Finalmente alguien mencionó la base aérea de la bella isla mejicana de Cozumel, a unos ochocientos kilómetros de la costa guatemalteca, y se hicieron la diligencias para conseguir del gobierno de México el permiso para aterrizar, reponer gasolina y continuar viaje a Santo Domingo. El permiso se obtuvo,formalmente, a los pocos días, pero algo saldría mal, muy mal, cuando los aviones aterrizaran para reabastecerse de combustible y seguir viaje.

Al igual que en Cayo Confites, los hombres se sometieron a un duro entrenamiento y esperaban ansiosos la hora de partir. Sin embargo, todas las cosas eran diferentes en Guatemala, empezando por el lugar de entrenamiento, la disciplina, los “lujos” y comodidades que describe minuciosamente Tulio Arvelo:

El campamento

«Dos o tres días después se nos informó a los que quedábamos que en la madrugada del día siguiente seríamos trasladados al campamento. Primero se nos llevó al cuartel de Matamoros en Guatemala en donde abordamos un pequeño avión.

»Después de dos horas de vuelo aterrizamos en la base aérea de San José en la costa del Pacifico. Desde allí nos llevaron al campamento en donde hacía algunos días ya estaban los demás compañeros.
»Lo primero que resaltó a la vista fue la diferencia entre aquel sitio de entrenamiento y la forma de vida que se llevó en Cayo Confite. Aquí dormíamos en barracas del Ejército y comíamos el rancho de los soldados.

»De inmediato nos integramos a los entrenamientos dirigidos por veteranos en la materia. Uno de los más versados de esos instructores era Alberto Ramírez, mi compañero de grupo, quien era un oficial de carrera graduado en una academia militar del Perú y que vivía como emigrado desde hacía varios años por su participación en uno de los tantos complots contra Somoza, dictador de Nicaragua.

»En el entrenamiento sobresalía la adaptación del cuerpo a los rigores de largas caminatas a través de terrenos irregulares. También se hacía énfasis tanto en el manejo de las diferentes armas que llevaríamos como en la táctica militar que debíamos aplicar en el adiestramiento propio de la lucha de guerrillas, siempre teniendo en cuenta que las personas a quienes llevaríamos las armas carecían de toda clase de conocimientos en esos menesteres. También hicimos algunos ejercicios de tiro y se nos instruyó en la parte práctica de algunas clases teóricas que habíamos recibido en Ciudad de Guatemala, tales como integrar pequeños pelotones entre gente que carecía de las más elementales nociones de organización militar como se suponía eran la mayoría de los miembros del Frente Interno.

“Fue un entrenamiento intensivo dado en el corto tiempo de que disponíamos en el que todos pusimos tanto interés que los instructores quedaron maravillados de la capacidad de asimilación de la mayoría de los futuros expedicionarios. Otra parte de nuestras lecciones consistió en aprender cómo desarmar y armar todos los artefactos bélicos que llevaríamos.

»Fueron muchos los incidentes de todo tipo que vivimos durante esos días. Entre ellos hubo uno que por su naturaleza curiosa y anecdótica creo interesante relatar, sobre todo por la fuerte impresión que causó en mi ánimo y por el contraste de sus detalles en comparación a la vida que los dominicanos estábamos acostumbrados en nuestra lejana y añorada tierra.

“Todos habíamos notado, no sin alguna extrañeza, que uno de los compañeros guatemaltecos que nos servía de instructor cada vez que se dirigía al retrete cuya única puerta estaba cubierta por una tela, lo hacía armado de un grueso garrote.

“José Rolando Martínez Bonilla no pudo aguantar la curiosidad y en una de esas oportunidades detuvo al guatemalteco con quién entabló el siguiente diálogo:

“-Dígame una cosa sargento, ¿Cuál es la utilidad de ese palo en semejante sitio?

“-¿Cómo qué cuál es la utilidad, acaso Uds. van sin un palo a satisfacer sus necesidades?

“-Desde luego, sargento, ¿Qué haríamos con un palo como el que Ud. lleva?

“-Pues no me explico cómo es que ya uno de Uds. no ha perdido la vida, El caso es que si cuando están dentro del retrete se les presenta en la puerta una barba amarilla armada, esto es, con la mitad de su cuerpo erecta, que es su posición de ataque, pueden darse por muertos porque no hay defensa posible contra un enemigo así por la agilidad de los movimientos de esa serpiente que es la más venenosa de todo Centroamérica. Pero si se ha tenido la precaución de ir provisto de un palo como éste hay la posibilidad de darle un garrotazo, derribarla y luego rematarla en el suelo.

“Después de aquel día todo el mundo buscaba afanosamente un palo para ir al retrete.

»Mientras tanto la vida en el campamento discurría entre clases teóricas y prácticas y sin ningún tipo de diversión, Sin embargo, el espíritu se mantenía en alto. Jamás hubo una queja ni ningún motivo de discordia entre los futuros expedicionarios. En verdad que era un cuadro muy diferente al que se vivió en Cayo Confite en donde la intriga y la politica partidista y de grupos estaba a la orden del día».(1)

Lo que no se sabía en ese momento era que los servicios de espionaje de la bestia habían infiltrado el movimiento y estaban al tanto de los planes de invasión. El infiltrado vendía información al embajador dominicano en México, a su excelencia el Dr. Joaquín Maldaguer, Maldaguer se la hacía llegar a la bestia y la bestia procedía a mover sus fichas.

(Historia criminal del trujillato [125])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y

Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 141-143

viernes, 5 de mayo de 2023

Cambio de rumbo

Pedro Conde Sturla

5 mayo, 2023

Federico “Gugú” Henríquez Vásquez

El viaje a Guatemala representaba un total cambio de planes, cambio de rumbo y perspectivas. Representaba una inyección de entusiasmo renovador. Otra vez el exilio emprendía la vía de las armas y en condiciones que parecían más favorables que las de Cayo Confites.

A diferencia de los mandatarios cubanos, el guatemalteco Juan José Arévalo daría un apoyo irrestricto a los dominicanos y Juancito Rodríguez mantendría esta vez toda la fuerza expedicionaria bajo su mando y no ocurrirían episodios de anarquía como los de Cayo Confites.

Dice Tulio Arvelo que Juancito Rodríguez lo recibió en Guatemala con su cordialidad y franqueza habitual y que de inmediato dejó establecida su posición respecto a Cuba y a los cubanos. De hecho, Juancito Rodríguez no quería tener nada que ver con Cuba ni con cubanos, y ni siquiera con los dominicanos de Cuba. Nada se podía esperar de Cuba ni los cubanos. Cayó Confites había fracasado por culpa de ellos y no quería que se involucraran. La idea era organizar un pequeño ejército, un ejército disciplinado y bien entrenado, y además llevar armas que serían entregadas a los hombres del Frente Interno y a otros que eran leales a Juancito Rodríguez. Las cosas saldrían bien esta vez hasta que de repente salieron mal y se malogró la expedición.

«En síntesis —explica Tulio Arvelo—, el plan de la nueva invasión era el siguiente: introducir a Santo Domingo varios grupos de hombres bien entrenados que llevaran armas para unos quinientos o seiscientos hombres. Difería de Cayo Confites en que no era una verdadera invasión que se enfrentaría de inmediato con el ejército de Trujillo y difería de los planes de Puerto Rico en que en vez de introducir solamente las armas para ponerlas en manos del Frente Interno, éstas serían llevadas por hombres ya entrenados y además, y era la variante más importante, que los jefes militares irían desde afuera. Es obvio que una de las ventajas de ésta última variante era que dichos jefes eran gente que ya habían tenido experiencias tanto en lo de Cayo Confites como en lo de Costa Rica. Como es de notarse, la presencia del Frente Interno era en esencia lo que diferenciaba los planes de Cayo Confites de los de este otro intento de invasión. Otra de las características esenciales de estos planes era que se habían elegido tres puntos diferentes para hacer los desembarcos los cuales serían realizados por el aire, en vez de por mar como en Cayo Confites. Dichos desembarcos se harían uno en el Sur, el otro por el Norte y el tercero en la región central de una manera simultánea. (1)

Ahora Tulio Arvelo serviría de enlace entre Guatemala y las islas de Cuba y Puerto Rico y se convertiría en un hombre de la plena confianza de Juancito Rodríguez. El grupo inicial estaba compuesto por gente que había dado prueba de lealtad y coraje, incluso con experiencia militar en Costa Rica, como Horacio Julio Ornes Coiscou y Miguel Angel Ramirez, dos importantes jefes que se habían distinguido en el combate. Los otros eran Miguelucho Feliú, Manuel Calderón Salcedo y Hugo Khunhardt.

Poco a poco se fueron incorporando algunos guatemaltecos, nicaragüenses y españoles veteranos de la guerra civil. El único cubano sería Eufemio Fernández, el que fuera comandante del batallón Guiteras en Cayo Confites. Eufemio Fernández era un caso especial, era médico y veterano de la guerra civil española, alguien de quien Juancito Rodríguez decía que se podía confiar en cualquier momento. El único cubano en quien confiaba.

Los demás hombres se irían sumando con discreción y poco a poco, con un límite más o menos establecido a causa de la cantidad y disponibilidad de los aviones. El problema, que finalmente daría al traste con la expedición, es que con excepción de un hidroavión tipo Catalina, ninguno de los aviones tenía autonomía de vuelo para llegar a Santo Domingo desde Guatemala. Había que aterrizar en algún lugar para reponer combustible y obtener el permiso para hacerlo.

Con ese propósito, y el encargo de reclutar a Eufemio Fernández, Juancito Rodríguez enviaría a Tulio Arvelo en misión secreta a Cuba. Arvelo se reuniría por separado con Juan Bosch y Cotubaná Henríquez para que le consiguieran una entrevista con el presidente Prío Socarras, pero las diligencias fueron infructuosas. En cambio Eufemio Fernández accedió de muy buena gana y mejor talante a unirse a la expedición, junto a otros tres compañeros que habían estado bajo su mando en Cayo Confites.

Antes de regresar a Guatemala —frustrado, deprimido, decepcionado—, Arvelo tuvo un encuentro con su amigo Federico “Gugú” Henríquez Vásquez (hermano de Chito Henríquez), un luchador antitrujillista y destacado deportista de 27 años, que había participado en el desembarco de Normandía (6 de junio de 1944). Lo que sucedió entre ellos es algo que Tulio Arvelo describe en una página memorable:

Mi encuentro con Gugú Henríquez

«Tal vez fue ese estado de ánimo depresivo lo que me empujó a contravenir en parte las órdenes que tenía de no frecuentar el hotel San Luis para evitar los encuentros con los dominicanos emigrados en Cuba. Al día siguiente de mi entrevista con el doctor Henríquez fui por el hotel y como era casi inevitable me encontré con algunos dominicanos. Todos extrañaron mi presencia en La Habana y me acosaron a preguntas respecto a los motivos de mi viaje. Sospecharon que yo andaba en diligencias de la preparación de algo contra Trujillo. Dí cualquier excusa y a ninguno dije la verdad.

»A eso del mediodía me encontré con Gugú Henríquez e insistió en hablar a solas conmigo. No pude negarme por los nexos de amistad que desde la infancia me unían a este valioso luchador contra Trujillo y ex-compañero de Cayo Confites. Lo cité para esa misma tarde en la pensión, recomendándole que guardara la más estricta discreción.

“A la hora convenida Gugú fue a verme y después que me reiteró su seguridad de que yo andaba en alguna misión relacionada con la lucha contra Trujillo y dada la vehemencia que puso en sus alegatos y a que en realidad él no podía ser considerado como los demás emigrados residentes en Cuba puesto que no lo era ya que se encontraba accidentalmente allí, consideré que no cometía ninguna indiscreción al hablarle de la siguiente manera: “Es cierto, he venido en una misión de don Juan Rodríguez; pero tengo instrucciones precisas de guardar el más estricto secreto frente a las personas que no sean aquellas con quienes he venido a entrevistarme. Por eso nada puedo decirte”

»Su respuesta fue: “Tú no puedes irte de aquí sin prometerme que hablarás con don Juan para que me mande a buscar. No puedo permitir que te vayas sin hacerme esa promesa porque no concibo que se prepare una invasión a Santo Domingo y que después de este contacto contigo me dejen fuera de ella”.

»Al ver su actitud casi suplicante y teniendo en la memoria aquel viaje a Puerto Rico nueve años atrás en el que gracias a él logré realizarlo, no tuve fuerzas para seguir negándome; así es que le prometí hablar con don Juan, le pedí su dirección para mantener el contacto y nos despedimos.

»Muy lejos estábamos ambos de pensar que con aquella promesa se abrían las puertas que lo llevarían a la muerte escasamente dos meses más tarde». (2)

(Historia criminal del trujillato [124])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 122,123
  2. (2) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 134, 135




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