viernes, 25 de agosto de 2023

Los hombres del frente interno

Pedro Conde Sturla

Miguel Ángel Feliú Arzeno (Miguelucho), en compañía de otro expedicionario



Los medios de prensa, en el país y el extranjero, tejieron una tupida red de mentiras, promovieron una inundación de falsas noticias, de la más burda propaganda para presentar al gobierno de la bestia como víctima de una conspiración internacional.

Se le dio una gran publicidad al desembarco de Luperón, como si se hubiera tratado de una invasión multitudinaria, y los cinco sobrevivientes fueron sometidos a juicio. Juicio y escarnio.

«Una mañana —dice Tulio Arvelo— me llevaron al Palacio de Justicia y un juez, al interrogarme acerca de mi participación en los hechos, me enteró de muchos detalles que no conocía. Allí me ratifica-

ron las muertes de Gugú y de Manuel Calderón. También me enteré de la suerte de Alejandro Selva y de los tripulantes

del Catalina. Aunque fueron versiones amañadas al interés del régimen, por lo menos sirvieron para tener la certeza de

que esos compañeros habían muerto». (1)


En la cárcel los presos entraban y salían rutinariamente y a menudo constituían una fuente fresca de información. Fue así cómo Tulio Arvelo pudo por fin enterarse y enterar a sus compañeros de lo que había sucedido con los hombres del Frente Interno. Los que debían estar y no estuvieron en el lugar acordado.


«Para llegar al tercer piso en donde estábamos ubicados era necesario abrir previamente tres puertas. Desde que

abrían la primera, lo que notaba por el ruido de los cerrojos, me ponía en guardia y si oía abrir la segunda sabía que se dirigían donde nosotros o al recinto de las solitarias. Al no percibir el ruido que se hacía al abrir nuestra puerta sino el de

una de las solitarias, de inmediato corría a mirar por una de las rendijas. De esa manera me enteraba de que o habían metido a uno nuevo o de que habían sacado a alguien». (2)


La suerte quiso que, unos días después de la llegada de Tulio Arvelo y sus compañeros, ingresaran a la cárcel dos jóvenes. Uno de ellos respondía al nombre, el sonoro nombre de Máximo López Molina. Un personaje que en el futuro cercano daría mucho que hablar y jugaría un papel de primer orden en la lucha contra la tiranía de la bestia.


López Molina había sido expulsado, por antitrujillista, de la Facultad de derecho de la universidad de Santo Domingo, había estado encarcelado un par de veces y volvería a ser encarcelado al involucrarse con Fernando Spignolo y los demás hombres del Frente Interno en el proyecto de Luperón. Fue él quien le dio a Tulio Arvelo noticias del asesinato de los dirigentes y muchos miembros del Frente Interno. 


«Fue quien me dijo de la muerte de Fernando Spignolio, de Fernando Suárez y de los hermanos Sarita a raíz de nuestro desembarco. El estaba preso porque lo habían complicado con nuestra empresa

Lo mismo a Félix la O y a Bienvenido Creales. En cuanto a Félix la O lo conocía de nombre desde Puerto Rico porque había sido el capitán de goleta que introdujo las primeras armas enviadas al Frente Interno por los emigrados residentes en ese país.


»A estos compañeros también se les instruyó proceso y fueron condenados a 20 años de prisión acusados de pertenecer al Frente Interno. La prisión y proceso de López Molina Féliz la O y Bienvenido Creales fue una de las fases de la maniobra de Trujillo para demostrar a su manera la magnitud de la trama que se había urdido contra él. Es cierto que existía el Frente Interno; pero de acuerdo con los tradicionales métodos trujillistas lo lógico era que a todos los implicados dentro de ese organismo fueran asesinados como lo hizo con Suárez, Spignolio y los demás. Sin embargo, 

López Molina y sus compañeros fueron objeto del montaje propagandístico para consumo exterior que puso en práctica con nosotros. Hago hincapié en esto para fortalecer la tesis de que

Trujillo preservó nuestras vidas con miras a ese montaje. Lo mismo puedo decir en los casos de López Molina, de La O y

Creales. En cuanto a este último también se benefició al principio de esas circunstancias; pero a la postre pagó con la vida su dedicación a la lucha contra la tiranía. A él no le alcanzaron las incidencias posteriores que nos salvaron tanto a nosotros como a los dos muchachos cuya presencia en las solitarias, desde luego dentro de la gravedad de la situación, nos hicieron pasar algunos momentos de esparcimiento con su conversación y con uno que otro incidente propio de la vida, de los presos que padecían bajo la tiranía». (3) 


Los hombres del Frente Interno habían sido, pues, infiltrados y  neutralizados y sus dirigentes habían sido encarcelados o aniquilados casi al mismo tiempo en que se produjo el desembarco. Los expedicionarios, que habían partido de Guatemala sin saber lo que  sucedía, partieron hacia la perdición. Y lo peor, lo injustificable, es que todo se debió a la falta de un medio elemental de comunicación, la falta de una radio, una simple radio. Los temerarios del Catalina nunca tuvieron una oportunidad.


Con palabras tan luminosas como certeras resumiría Tulio Arvelo el espíritu que animó aquella gesta gloriosa:


«Escribo estas consideraciones a más de veinticinco años de aquellos lejanos hechos con la certeza de que los impulsos que me movieron a aceptar como buenos todos los actos en los que fui factor viviente y ejecutante estuvieron inspirados en cuanto digo ahora. Tal vez alguien piense que el presentar las cosas así desvalorizaría y descoloraría el inmenso sacrificio de las jóvenes preciosas vidas que se perdieron en aquella riesgosa empresa. 


»Sin embargo, creo que siempre la verdad anda de la mano con la gloria y que si se oculta la una se empaña la otra. Por otra

parte la sublimidad del sacrificio de nuestros compañeros jamás podrán depender de los detalles anecdóticos que precedieron o siguieron a sus muertes. Sólo el hecho de la ofrenda de sus vidas en aras de la libertad de sus hermanos da la dimensión de su holocausto». (4) 


Para uno de los insurrectos, el mentado Miguelucho —Miguel Ángel Feliu Arzeno—, ni su participación en la expedición de Cayo Confites ni en la de Luperón sería suficiente. A Miguel Ángel Feliu Arzeno, hombre de un increíble temple libertario, se le quedaron las ganas, la rabia y las ganas de volver a combatir contra el tirano y volvería en 1959. Esta vez para siempre. Volvería en la gran repatriación armada del 14 y 20  de junio de 1959 y dejaría la vida en la contienda.


Miguelucho fue apresado y torturado, insultado, vejado, como la mayoría de sus compañeros de lucha, pero no fue doblegado. Nunca se doblegó. No se doblegaría. Nada haría mella en su espíritu invencible.


Dicen que los esbirros —los sicarios y torturadores de esa caverna de horrores que ha sido la base Aérea de San Isidro—, lo llevaron a empujones, a culatazos, probablemente arrastrándolo, lo llevaron sangrando, malherido (tal vez magullado o machucado de pies a cabeza), en presencia del hijo preferido de la bestia, un degenerado, un sicópata llamado Ramfis Trujillo, y  que Ramfis le dijo en tono de reproche “Miguelucho ¿tú otra vez?”.


Dicen que Miguelucho respondió que sí, que respondió con valentía. Dijo que sí, que había vuelto y que de nuevo volvería si lo soltaban, que volvería  para eliminar a la bestia. Que volvería “de nuevo para matar a ese perro”. (5)


Lo dio todo a cambio de nada y algún día, junto al de muchos otros, su nombre deberá estar inscrito en letras de oro y en la memoria agradecida de sus compatriotas, en el más honroso monumento conmemorativo.


(Historia criminal del trujillato [138]) 

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 228
  2. (2) Ibid., p. 230
  3. (3) ibid., pp. 232
  4. (4)ibid., 
  5. (5) Juan Acosta, “Miguelucho Feliú es recordado como héroe de Luperón”, (https://noticiashoraxhora.com/lo-que-esta-pasando/miguelucho-feliu-es-recordado-como-heroe-de-luperon-y-del-1959/) 



viernes, 18 de agosto de 2023

La visita del general

Pedro Conde Sturla

19 agosto, 20023



Los cincos sobrevivientes del Catalina serían trasladados al poco tiempo a la capital, que desde 1936 se llamaba Ciudad Trujillo, la flamante Ciudad Trujillo que honraba al Padre de la Patria Nueva, o quizás viceversa.

Durante el traslado ninguno se sentía seguro. Albergaban la inquietud de que podrían estar viajando hacia la muerte, viajando hacia el cementerio y no hacia un nuevo destino carcelario, pero los temores esta vez eran infundados, aunque tenían razones para temer. Posiblemente se alegraron cuando las puertas de la Fortaleza Ozama se abrieron para ellos de par en par.


«Nuestra llegada a aquel recinto fue un acontecimiento. Cuando se supo de nuestro arribo una gran cantidad de militares se aglomeró alrededor del vehículo para vernos descender. Nos llevaron a una pequeña oficina y allí llenaron algunos trámites rutinarios. Transcurrió una media hora sin que nada sucediera. Supongo que estaban esperando instrucciones. Mientras tanto frente a nosotros desfilaron muchos oficiales, algunos de los cuales conocía de vista y a otros por sus nombres. Fueron pocos los que hicieron algún comentario. Casi todos nos echaban un vistazo y abandonaban el lugar en silencio. Sólo uno de los hermanos del dictador tuvo una frase hiriente para nosotros cuando dijo mirándonos con insolencia: “Estaría bueno caerles a balazos”, mientras hacía ademán de desenfundar la pistola». (1) 


Aparte de ese gesto de histriónica bravuconería los prisioneros no recibieron mayores muestras de hostilidad. De hecho se sorprendieron por la casi buena acogida que les habían dispensado sus carceleros, sorprendidos y preocupados a la vez, porque no entendían la razón. Pero era sólo el principio. Muy pronto, en su nuevo alojamiento, recibirían otra muestra de aprecio, casi de amabilidad. Ninguna sorpresa podía compararse en efecto con la que estaban a punto de recibir. Toda una distinción, una visita inesperada… El hermano menor de la bestia se dignó visitarlos. 


Es decir, la bestezuela consentida, el único de los hermanos de la bestia que ostentaría título de generalísimo y se le permitiría lucir bicornio emplumado y ser presidente putativo de la República, uno de los más encumbrados personajes de la Era Gloriosa se dignó visitarlos.


Ese día habían probado por primera vez el chao de los presos, una comida apestosa, sobre todo en relación a la que habían comido en Luperón. La presentación era casi tan mala como el sabor. Un plato de aluminio con  más abolladuras que partes sanas, harina de maíz hervida, mal hervida y con grumos, a veces con nutrientes gorgojos, un líquido impresentable que llamaban salsa de habichuelas con muy contados granos y un suculento jarro de agua fabricado con un envase de hojalata, de los que se usan para envasar salsa de tomate. Pero muy pronto serían recompensados.


Dice Tulio Arvelo:


«No había pasado ni media hora de la comida cuando recibimos la más inesperada de las visitas: el general Negro Trujillo con un séquito de más de veinte oficiales de alta graduación. Este era el menor de los hermanos del tirano y siempre fue su favorito por el incondicional sometimiento a su voluntad de que dio siempre muestras. En esos días ostentaba el cargo de Jefe del Ejército y estaba considerado como la segunda figura del régimen. Sólo Trujillo estaba por encima de él en grado y prestigio entre los militares.


»Antes de su llegada nos habían sacado de las solitarias y nos alinearon de cara a una pared de manera que cuando nuestro visitante entró a la celda a la que nos habían trasladado no pudimos verle el rostro. Supimos de quién se trataba cuando él mismo nos ordenó que nos volviéramos. Todo aquello se había hecho dentro del más estricto silencio. La primera voz que se oyó fue la de él y fue el único que habló durante los cinco minutos que duró su visita, aparte de las respuestas que dimos a sus preguntas y a los “Sí general”, “A su orden, general” que decía el subalterno a quien dirigía la palabra o le daba una orden.


»Era un hombre bastante joven y muy parco en palabras.


»De color bastante oscuro. Nunca nos miró de frente. Aunque eran casi las doce del día se le notaba el maquillaje tanto en el arreglo del pelo como en los afeites de la cara». (2)


La bestezuela era, en casi todos los sentidos, una copia fiel de la bestia. Tenía especial predilección por las esposas de sus más altos oficiales, a las que daba uso frecuente (la forma más humillante y perversa de ejercer y demostrar su autoridad y ofender lealtades). Igual que todos los miembros de la familia era amigo de lo ajeno en grado superlativo, también le gustaba abusar y hacer correr la sangre de cuando en cuando, aunque no tan profusamente como el perínclito, pero no era un tipo burdo como Petán. Era, igual que la bestia, atildado y coqueto. Vestía de forma impecable, salvo cuando se disfrazaba de generalísimo con aquel uniforme militar decimonónico que incluía bicornio emplumado, y nunca se exhibía en público sin una pesada capa de maquillaje, el pancake de Max Factor, que estaba muy de moda en esa época. El maquillaje para embellecerlo y emblanquecerlo.


Se dirigía a los presos con una suerte de fingida deferencia, una hipócrita cortesía, y se notaba que estaba ahí porque lo habían mandado a representar el papel del cancerbero bueno, complaciente, incluso servicial.


«Sus preguntas fueron pocas —cuenta Tulio Arvelo—. Que cómo nos habían tratado. Que si estábamos cómodos en esa celda. Que si necesitábamos algo. Que si encontrábamos buena la comida,

A todo contestábamos con monosílabos. Sólo en la última pregunta Miguelucho hizo un comentario que hizo sonreír a todos:

“Ese chao no estaba muy bueno que digamos” fueron sus palabras. El general llamó al sargento y le dijo: “Que les den el de los guardias”.


»Cuando se iba puso una mano sobre uno de los camastros de madera que había en la celda y sin mirar al sargento le ordenó que nos pusieran colchones». (3)



En efecto,  “No pasó una hora sin que llevaran cinco colchones para las literas que habíamos elegido. En la cena, que se repartía a las cuatro de la tarde, nos llevaron cinco platos de la comida de los soldados. No era una gran cosa; pero comparada con la de los presos podía considerarse como excelente». (4)


Muy pronto comprendieron que la bestia los estaba preparando para exhibirlos, engordándolos como a puercos de feria. Ellos serían la prueba viviente de la conspiración comunista orquestada contra la bestia por Cuba y Guatemala y Costa Rica. El hombre que alguna vez se haría proclamar Campeón del anticomunismo en America los usaría como peones de ajedrez para demostrar que necesitaba y merecía, por parte del imperio, todo el apoyo en su lucha. Los cinco derelictos de Luperón demostrarían con su ejemplo el inmenso peligro que se cernía sobre el mundo. El mundo libre.


Por eso los tratarían como los trataron, con  una relativa suavidad fuera de serie. Además, durante su estadía en este lugar, y de la manera más impensada, se enteraría Tulio Arvelo de lo que había sucedido con los hombres del Frente Interno.


(Historia criminal del trujillato [137]) 


Notas: 

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”,  p. 223
  1. ibid., p. 225
  2. Ibid., p. 226
  3. Ibid.

sábado, 12 de agosto de 2023

Los aviones perdidos

Pedro Conde Sturla

11 agosto, 2023

Los restos de Gugú Henríquez y Manuel Calderón serían recuperados algún tiempo después del ajusticiamiento de la bestia gracias a los informes de unos campesinos que fueron testigos del fusilamiento, incluso de algunos de los que cavaron la fosa. Después serían llevados a Santo Domingo y sepultados junto a sus cuatro compañeros incinerados en la explosión del Catalina.


Entonces, sólo entonces, se sabría que esos cuerpos (los cuerpos carbonizados de Alfonso Leyton, Hugo Kundhart, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdez) habían sido preservados durante años en el Instituto de Anatomía de la Universidad de Santo Domingo, la universidad del estado, por el Dr. Alejandro Capellán Díaz, director del Instituto de anatomía.

En el momento en que recibió y supo de donde procedían los cadáveres destinados a la disección y estudios anatómicos el Dr. Capellán se jugó la vida —y se la jugó por mucho tiempo—, al disponer que fueran colocados «en la parte más profunda de una pileta de formol, con la ayuda de un asistente, y durante 12 años los mantuvo en lo que él llamaba la “pileta sagrada”. En 1962 tras la caída del Trujillismo, lo comunicó a las autoridades y sus familiares pudieron darles sepultura». (1)

Otros que habían corrido la misma suerte de Gugú Henríquez y Manuel Calderón fueron el nicaragüense Alejandro Selva y los miembros norteamericanos de la tripulación del Catalina (J. W. Chewning, Earl Aadams, George R. Shruggs). Estos se apartaron del grupo de los siete expedicionarios en busca de mejor suerte, pero fueron capturados y ejecutados tres días después de la llegada. Sobre el paradero de sus restos no sé si se tienen noticias.

Los demás asuntos que perturbaban a Tulio Arvelo (el de los aviones que nunca aparecieron y el de los hombres del Frente Interno que no acudieron a la cita), fue algo de lo que tanto él como sus compañeros no tuvieron noticias en un largo período de infortunio. En la cárcel estaban incomunicados y pasarían ocho meses, —entre vejaciones, sufrimientos, incertidumbre—, antes de volver a tener contacto con el mundo. Noticias frescas del mundo.

Vale la pena escuchar la historia completa en la voz de Tulio Arvelo:

«Los detalles de lo que sucedió a los otros grupos los tuve tiempo después cuando ya en libertad logré salir al extranjero y algunos participantes en ellos me los dieron.

»Debido a que tuve varias versiones en cierto modo contradictorias, sobre todo respecto al motivo central que dio al traste con la misión de reabastecimiento en Cozumel, utilizaré aquí solamente datos que me dieron don Juan Rodríguez y Miguel Ángel Ramírez, jefes de los dos grupos.

»Solamente el avión comandado por el segundo llegó a Cozumel.

»Cuando partieron de la base de San José enfilaron hacia dicha isla; pero el comandado por don Juan se desvió con el fin de pasar sobre el lago Izabal para hacernos la señal convenida.

»Luego de cumplir esa misión y cuando trató de corregir el rumbo para dirigirse a Cozumel el avión se vio envuelto en una tormenta que lo obligó a torcer la dirección y buscar refugio sobre la costa firme en vez de dirigirse mar afuera hacia la isla.

»Según palabras textuales de don Juan, los ocupantes de ese aparato se vieron más cerca de la muerte que nosotros los que desembarcamos en el Catalina. Esto así porque en más de una oportunidad la tormenta estuvo a punto de hacer estrellar el avión. Lograron salvar la vida gracias a la pericia del piloto, que por cierto era el mismo que nos transportó desde San José a Puerto Barrios cuando sufrí aquellas angustias observando el altímetro. Me relató don Juan que el avión había perdido tanta altura que esperaban de un momento a otro su precipitación a tierra. Tuvieron la suerte de que el piloto divisó una pequeña playa a la que se dirigió logrando aterrizar en un espacio que solamente por las condiciones desesperadas en que se encontraban se decidió a intentarlo.


»Una vez en tierra enviaron algunos exploradores que hicieron contacto con las autoridades más cercanas quienes los detuvieron para ser puestos en libertad una vez que se hizo la debida identificación.

»En cuanto al otro grupo, según la versión que me dió Miguel Angel Ramirez, hicieron un vuelo normal desde la base de San José a la isla de Cozumel. Allí aterrizaron sin ninguna dificultad; pero cuando el avión se detuvo fue rodeado por las autoridades militares y aunque se trató de explicarles cual era su misión y que de antemano se habían hecho arreglos para el aterrizaje y para el reabastecimiento de gasolina, sin oir razones se les ordenó evacuar la nave y todos fueron hecho presos y las armas incautadas. Les dijeron que allí nadie estaba en antecedentes de su llegada y que fueron dichosos que no los recibieran a tiros cuando se dieron cuenta del atuendo militar y de las armas que llevaban. Estuvieron detenidos en lo que se hicieron diligencias para aclarar su situación.

»El único móvil que tengo al dar estas versiones es destacar las razones por las cuales solamente nuestro grupo tocó tierra dominicana de los tres que salieron de Guatemala.

»Cuando me enteré de esos detalles ya estaba en el extranjero fuera del alcance de Trujillo y por tanto mi estado de ánimo era muy diferente al que me embargaba cuando todavía permanecía en las garras del tirano. Por eso no fui un juez implacable cuando recibí las versiones de los dos jefes de los grupos que no habían acudido a la cita. Todo lo contrario, oí sus explicaciones, porque fue eso lo que ambos hicieron con benevolencia. Sobre todo cuando recibí la visita de Miguel Ángel Ramírez en mi cuarto del hotel San Luis en La Habana. Era consciente entonces, como lo sigo siendo, de que a ninguno de los dos se les podía recriminar por la manera como se habían desarrollado los acontecimientos.

»En cuanto a don Juan, es obvio que en su caso influyó un accidente al cual nadie se podía sustraer como fue la tormenta que los envolvió. No había ninguna duda de que el desenlace que tuvo su gestión fue originado por esa contingencia de la cual dieron testimonio todos los componentes del grupo.

»En cuanto a Ramírez también jugaron un papel preponderante en su desenlace cuestiones fuera de su control. Es innegable que no podían predecir la conducta de los militares mexicanos que los hicieron presos.

»Hay quienes aducen que en el fracaso de la gestión en la isla de Cozumel jugó un papel importante lo mal que se coordinaron las diligencias. Pero los expedicionarios nada tuvieron que ver con la buena o la mala coordinación que se hizo previamente a su llegada». (2)

(Historia criminal del trujillato [136]) 

Notas: 

  1. 1) Dr. Alejandro Capellán Díaz,

    (https://colegiodominicanodecirujanos.com/maestro/dr-alejandro-capellan-diaz/)

  2. (2) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”,  págs. 203, 204


viernes, 4 de agosto de 2023

El cautiverio (2). La pistola de Gugú Henríquez

Pedro Conde Sturla 

4 agosto, 2023

Dice Tulio Arvelo que el camino de regreso a Luperón lo desandaron en apenas cuatro horas. Creían haberse alejado a una prudente distancia del poblado durante los dos días en que trataron de escapar en dirección a la frontera haitiana, pero no habían hecho más que andar en círculos.

Una de las cosas que sorprendió a los prisioneros fue el número de guardias que se fue sumando en el breve camino de regreso a lo que en principio era un pequeño grupo. Por primera vez se dieron cuenta de cuán numerosas eran las patrullas que se habían destinado a perseguirlos. En un par de ocasiones, mientras pugnaban por evadir la persecución, habían avizorado desde lejos a unas patrullas de guardias, pero parecía que lo que buscaban en realidad era evitar el encuentro. En ningún momento se internaron en los montes en su busca y sólo hicieron su aparición cuando los campesinos hicieron contacto con ellos. Tenían órdenes de buscarlos y los buscaban, pero tal vez no querían encontrarlos, toparse con ellos en lo que podría ser un combate a muerte. Sólo después de la emboscada, cuando fueron hechos prisioneros y maniatados, empezó a hacer acto de presencia el grueso de las tropas. Aparecían cada vez más, en manadas, y se incorporaban victoriosamente a la marcha.

También aparecían por el camino multitud de curiosos que miraban con pena a los prisioneros y cuchicheaban entre sí. Todos los daban por muertos, desde luego, muertos vivos que caminaban hacia un destino inexorable. Tulio Arvelo, en cambio, por alguna razón desconocida, dice que siempre tuvo la seguridad de que saldría con vida. Una extraña certeza o convicción que Miguelucho también compartía.

A la entrada de Luperón los recibió un capitán ecuestre que esgrimía una pistola, un capitán exhibicionista que se pavoneaba a lomo de un corcel y trataba de tirar tiros al aire con una pistola que siempre se encasquillaba. Era la pistola que había pertenecido a Manuel Calderón Salcedo, una pistola casquivana que parecía negarse a disparar en manos del capitán.

El capitán obligaba a caracolear su montura, hacía cabriolas, trataba de impresionar a los prisioneros, se hacía el gracioso, se burló incluso de los galones de coronel que ostentaba en su vestimenta el comandante Ornes y le preguntó que dónde los había conseguido.

«Horacio le contestó con aplomo y mirándolo directamente:

»”En la guerra de Costa Rica”.

»El capitán espoleó su corcel y se dirigió al galope hacia el centro del pueblo no sin antes soltar una sonora carcajada.

»Cuando el militar desapareció de nuestra vista. Miguelucho me comentó: “Ese capitán fue uno de los que participó en la muerte de mi hermano Fabio cuando lo asesinaron en 1935”.

»A poco llegamos al cuartel del ejército. Delante de nosotros el mismo capitán del caballo llamó por teléfono a Santiago y reportó nuestra captura. Parece que la respuesta recibida fue que se nos diera buen trato porque de inmediato ordenó que nos prepararan comida y se nos alojara en el mismo cuartel. De inmediato nos dieron café negro y a la media hora ya estábamos comiendo un suculento plato de arroz con habichuelas, carne y plátanos salcochados con ensalada de tomates y pepinos. A excepción de Horacio, todos repetimos la comida. Mientras tanto conversábamos con los soldados que nos la sirvieron». (1)

Durante los días que pasaron en el cuartel del ejército de Luperón y luego en las mazmorras de la Fortaleza Ozama lo que más atenazaba la curiosidad de Tulio Arvelo era el destino que habían corrido los muchos hombres y equipos involucrados en la expedición. Lo atormentaba en particular el desconocimiento de lo que había sucedido con Gugú y Manuel Calderón, con los aviones que habían partido un día antes que ellos en el Catalina y con los hombres del Frente Interno que habrían debido hacer contacto con ellos y reunirse a treinta kilómetros del lugar de desembarco. Los hombres conocedores de la región que habrían debido recibir las armas y constituirse en un pequeño ejército al mando de Horacio Ornes Coiscou. Las armas que ya estaban en manos del ejército de la bestia.

«Habían pasado solamente cuatro días desde que recibimos la señal de partida allá en el Lago Izabal en la costa atlántica de Guatemala. Sin embargo, sentado en el suelo del cuartel del ejército en Luperón esperando que se decidiera nuestra suerte, me parecía que habían pasado muchos más días desde aquel momento. La rapidez del desarrollo de los acontecimientos no me habían dado tiempo para recapacitar acerca de las muchas interrogantes que me faltaban por resolver para completar la historia de ese lapso preñado de experiencias tan extraordinarias. Entre todas las lagunas que tenia habían tres que me preocupaban sobremanera. Como cuestión más inmediata me atormentaba el destino de Gugú y de Manuel Calderón.

»Otra de mis grandes preocupaciones era: ¿Qué había sucedido a los otros grupos? ¿Habían llegado y estarían luchando en otros sitios o habían sido capturados como nosotros? ¡O era cierto lo que nos habían asegurado, esto es, que éramos los únicos que habíamos llegado?

»Y por último, ¿Qué había pasado con los miembros del Frente Interno que esperaban a treinta kilómetros de Luperón las armas que a esas horas estaban en poder de Trujillo?

»Tendría que pasar mucho tiempo para que conociera las respuestas a esas interrogantes.

»La primera que logré conocer fue el destino de Gugú y de Manuel Calderón. A los pocos días de estar presos en la Fortaleza Ozama de Santo Domingo tuvimos el primer indicio de cuál había sido la suerte de esos dos compañeros. Nos habían bajado al patio del recinto carcelario para retratarnos juntos a las armas que habíamos traído en el Catalina. Todo nuestro arsenal había sido cuidadosamente distribuido en el suelo en un semicírculo en cuyo centro nos colocaron para hacer unas fotografías. Cerca del sitio escogido para que nos colocáramos habían puesto las pistolas calibre cuarenta y cinco. Entre ellas se destacaba la que había pertenecido a Horacio. La reconocimos porque estaba pavonada en oro. Al verla nos miramos instintivamente pues sabíamos que a última hora y debido a la enfermedad de Horacio, quien portaba esa pistola era Gugú y que en el momento de la retirada del bohío en que nos preparaban la comida, éste la llevaba oculta bajo su camisa.

»La presencia de esa arma allí significaba que Gugú también había sido hecho preso y como no estaba con nosotros pensé que lo habían matado junto con Manuel.

»Más tarde cuando comenzaron a instruirnos el proceso, en los interrogatorios se me informó y así constaba en el expediente que tanto Gugú como Manuel habían sido muertos porque al ser localizados por una patrulla en la noche del día siguiente a nuestra captura no obedecieron a la orden de rendimiento por eso los soldados se vieron en la necesidad de dispararles y matarlos.

»Esa fue la versión oficial; pero la realidad fue otra muy distinta. Según una fuente digna de crédito proveniente de círculos oficiales muy ligados a la tiranía, ambos fueron capturados y llevados al mismo cuartel de Luperón. Se reportó su captura a Santiago y desde esa ciudad se dio la orden de que fueran sacados de la población y fusilados porque ya Trujillo tenía en los primeros capturados las evidencias necesarias para presentarlas ante los organismos internacionales a la hora de argumentar que había sido atacado desde el exterior por sus enemigos tradicionales entonces personificados en los gobiernos de Cuba, Guatemala y Costa Rica.

»Cuenta un testigo presencial que cuando Gugú se enteró de que estábamos vivos y presos en Santiago, dio brincos de contento porque por la manera como se habían desarrollado los incidentes de nuestra captura pensaba que habíamos muerto y que solamente él y Manuel habían quedado con vida. Pero su júbilo le duró poco porque en esos precisos momentos llegó la orden de su fusilamiento. Ambos fueron amarrados y sacados del pueblo por la patrulla que los asesinó». (2)

(Historia criminal del trujillato [135])
Notas: 
  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 198,199
  2. (2) Ibid., p. 200, 201

viernes, 28 de julio de 2023

El cautiverio

Pedro Conde Sturla

28 julio, 2023

Prisioneros de Luperón junto a las numerosas armas que trajeron en el Catalina

Cinco de los siete fugitivos habían sido capturados con vida y dos habían escapado, provisionalmente escapado. Los primeros minutos del cautiverio fueron de incertidumbre. Estaban vivos, por alguna razón estaban vivos, quizás por él momento vivos, quizás mientras tanto vivos, pero los soldados podían estar esperando instrucciones o poniéndose de acuerdo para ejecutar una matanza en regla. Torturarlos y matarlos probablemente, en el estilo acostumbrado. Quizás ya tenían las órdenes, tal vez sólo se estaban divirtiendo, jugando con los juguetes nuevos.


Les habían ordenado a los prisioneros que se sentaran y se sentaron en el suelo. Todavía respiraban, eso sí, en espera de lo peor. Y lo peor estuvo a punto de suceder: Cómo y por que se salvaron no es fácil de entender.

«Cuando estuvimos sentados en el suelo nos rodearon no menos de cincuenta campesinos que gritaban a coro:”¡No los maten! ¡No los maten! ¡No los Maten! ¡No los maten!

»Era muy grato oír aquel conjunto de voces al que achacamos la conducta moderada de los soldados que armados de ametralladoras y fusiles dominaban la situación.

»De los soldados tengo presente a tres en mis recuerdos de esos momentos.

»El primero fue el que hizo la elección entre José Rolando, Miguelucho y yo y se decidió por el primero para darle el culatazo. ¿Con qué criterio lo eligió sobre todo después de haber estado más cerca de los otros dos? La opinión de Miguelucho, expresada, más tarde en la prisión, fue que creyó que José Rolando era norteamericano. Tal vez esa fue la razón, porque los rasgos físicos de nuestro compañero podrían llevar a esa confusión.

»Otro al que no puedo olvidar es a un raso que armado de una ametralladora se nos paró por delante y mientras rastrillaba el arma ordenó que nos pusiéramos en pie. Nos colocó uno al lado del otro y gritó a los campesinos que se encontraban detrás que desalojaran ese sitio. Al ver su actitud y las órdenes que había dado pensé que se trataba de un fusilamiento.

»La algarabía que formaron los campesinos al tiempo que corrían hizo que entrara en escena el tercer miembro del ejército que se hizo inolvidable para mí por su actitud en esos dramáticos momentos. Se trataba de un sargento de apellido Hernández que traía en sus manos las armas que nos habían pertenecido. Su calma e impasibilidad contrastaban enormemente con el nerviosismo del raso de la ametralladora. Con un gesto le ordenó que se estuviera tranquilo al tiempo que hizo una señal para que nos volviéramos a sentar. Así lo hicimos.

»Entre el instante de la intervención del sargento y el comienzo de los preparativos del soldado transcurrieron unos tres minutos. Durante ese lapso tuve por seguro que nos iban a fusilar. ¿Cuáles fueron mis emociones? ¿Qué pensamientos cruzaron por mi mente?

»De una cosa estoy seguro. Frente a la inminencia de lo irremediable no existe ni el valor ni la cobardía. Estoy seguro de que si el soldado tira el gatillo, como tenía la convicción de que lo haría, los testigos de aquel hecho hubieran dicho que todos morimos valientemente. Sin embargo ¿Hubiera sido un gesto de valor morir sin un grito de protesta? ¿Sin una expresión de rebeldía?» (1)

Tulio Arvelo se preguntaba en esos momentos si la calma que conservaban frente a lo que consideraban inevitable era de resignación o de esperanza. En el fondo todos esperaban que sólo se tratara de una de esas farsas que montaban tan a menudo los guardias de la bestia, un fusilamiento de mentirillas, una cruel tortura sicológica.

Se sorprendió a sí mismo en algún momento mirando el cielo que nunca le había parecido tan azul y luego se preguntaría por qué le había prestaba atención a ese detalle en aquellas circunstancias tan aciagas. En realidad se despedía de aquel cielo que nunca le había parecido tan luminoso, se despedía inconscientemente de la vida, del mundo que pensó se estaba acabando para él. De eso estuvo convencido cuando el guardia raso repitió su pantomima, si acaso era pantomima.

«Al poco rato de estar sentados y en una espera cuyo motivo desconocíamos, se presentó de nuevo el soldado de la ametralladora e intentó repetir la escena anterior. Volvió a ordenar que nos pusiéramos en pie y que los campesinos desalojaran el espacio colocado detrás de nosotros. Cuando nos disponíamos a obedecer, el sargento volvió a intervenir; pero esta vez con energía en la voz dijo al nervioso soldado: “Estese tranquilo Castillo y no moleste más a esos hombres”» (2)

La llegada providencial de la primera autoridad civil puso fin al estado de incertidumbre en que se encontraban los prisioneros. Se trataba del síndico de Luperón que llegó al lugar pavoneándose, jactándose de que la noche anterior el querido jefe, la misma bestia en persona, había estado en el pueblo. Eran palabras de orgullo por haber tenido el honor y seguramente el pavor de haber estado en presencia del perínclito. La bestia lo habría mirado y saludado o a lo peor ni siquiera habría reparado en él, pero su presencia lo había inundado y se sentía feliz y realizado. Se sentía iluminado, casi en estado de gracia, como si hubiera asistido a una revelación. A Tulio Arvelo le pareció que agradecía en el fondo de su alma a los prisioneros por haber propiciado el maravilloso encuentro. En todo momento se mostró cordial y contento. Parecía considerarlos menos como prisioneros que como benefactores. Mostraba una actitud receptiva, condescendiente, incluso reconfortante para los prisioneros. Se sentía eufórico. Dejaba leer su complacencia como un libro abierto. Su extrema disponibilidad y amabilidad.

«Creo que esa actitud receptiva del síndico fue lo que movió a Horacio a decirle: “Dígale a Trujillo que yo quiero hablar con él”.

»Esas palabras fueron pronunciadas en un tono que impresionó a las autoridades tanto civiles como militares. De tal manera que desde ese momento el trato que recibimos podría calificarse hasta de cordial. El servilismo que imperaba frente al tirano era de tal naturaleza que aquellos infelices servidores del régimen no se atrevieron en lo adelante a maltratar ni siquiera de palabra a personas que era seguro que tendrían el privilegio de ser recibidas y oídas por el propio dictador.

»Es indiscutible que cualquiera que hubiera sido la intención de Horacio al hacer esa solicitud, su efecto fue de gran beneficio dentro de nuestra precaria situación.

»Después de la llegada del síndico y de otros funcionarios comenzó nuestro traslado hacia el poblado de Luperón» (3)

(Historia criminal del trujillato [134])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, pos. 193,194 
  2. (2) Ibid., p. 195
  3. (3) Ibid., p.196


viernes, 14 de julio de 2023

La captura

Pedro Conde Sturla 

14 julio, 2023

Los cincos expedicionarios de Luperón capturados con vida. De izquierda a derecha: Horacio Julio Ornes Coiscou, Tulio Hostilio Arvelo Delgado, José Rolando Martínez Bonilla, Miguel Ángel Feliú Arzeno y José Félix Córdoba Boniche (nicaragüense)

Durante un par de días estuvieron caminando en dirección a la frontera haitiana, o al menos eso creían. Más tarde descubrirían que la marcha hacia el oeste había sido más bien errática, que caminaban en círculos y en zigzag. Cuando cayeron finalmente en manos de los soldados de la bestia sólo estaban a cuatro horas de Luperón. Ese fue el tiempo que les tomaría, en calidad de prisioneros, el viaje de regreso.


En esos dos días hicieron hasta lo imposible por mantenerse ocultos. Los cuidados que había que dispensar al comandante enfermo (que de vez en cuando sufría desmayos a causa de la fiebre) y los inconvenientes para transportarlo en la improvisada camilla dificultaban la marcha y obligaban a extremar las precauciones. Para peor, las fuentes de agua escaseaban y la comida no aparecía por ninguna parte. Una de las pocas cosas que comieron, o quizás la única, fue una guanábana que contribuyó milagrosamente a la recuperación del enfermo.

«No fue sino hasta la media tarde cuando logramos encontrar un poco de agua en una cañada casi seca.
»Después que Horacio comió parte de la guanábana y tomó agua mejoró bastante y aunque la fiebre no desapareció del todo pudo ponerse en pie y caminar ayudado por uno de nosotros. De esa manera la marcha se hizo más fácil y pudimos avanzar con más celeridad». (1)

Dice Tulio Arvelo que la segunda noche durmieron como troncos en lo alto de un cerro, cobijados por frondosos algarrobos, y que fueron despertados por una algarabía de cotorras, apetitosas cotorras que en una situación más propicia les habrían servido de alimento.

Las cotorras también atrajeron la atención de un grupo de campesinos que les venían pisando los talones. Uno de ellos, sólo uno, traía una escopeta.

Los fugitivos ocultaron las armas en una frazada y acordaron identificarse como agrimensores y los campesinos fingieron creérselo.

«Los primeros en dar la cara fueron Gugú y José Rolando. Por previo acuerdo tomado entre todos con la celeridad que el caso requería nos identificamos como un grupo de agrimensores. Los campesinos no dieron muestras de ninguna suspicacia. Se creó una falsa situación en la que tanto ellos como nosotros sabíamos cual era la verdad…» (2)

No serían más de doce campesinos y ninguno mostraba señales de hostilidad. Campesinos afables con los que se amigaron o fingieron amigarse de inmediato, intercambiaron saludos, charlaron, los siguieron hasta unos bohíos. Lo mejor de todo fue que les brindaron café y empezaron a preparar lo que hubiera sido una suculenta comida. Pero poco a poco fueron llegando otros, aumentando el número de afables campesinos armados con cuchillos y machetes. Muy pronto estuvieron superados en número y rodeados.

La comida olía bien, pero los “agrimensores” también se olían una trampa y decidieron marcharse, con dolor en el alma y el estómago, marcharse contra sus deseos y el hambre que los atenazaba:

«¿De quién fue la idea de marcharnos de aquel sitio? Nunca lo supe. Más tarde en la prisión Miguelucho hizo el siguiente comentario:

«“Si nos hubiéramos quedado en ese bohío se hubieran salvado Gugú y Calderón”. El caso es que resolvimos irnos y así lo hicimos saber a los campesinos quienes no pusieron ningún reparo a nuestra decisión. Por el contrario, la aceptaron de inmediato y uno de ellos, de nombre Juaniquito se brindó para servirnos de guía. Luego supimos que ese gesto le costó la vida.

»Con Juaniquito a la cabeza abandonamos aquel lugar sin haber probado los alimentos que nos preparaban y cuyo aroma hacía rato llegaba a mi olfato.

»Como siempre caminamos en fila india. Después de nuestro improvisado guía iba Gugú quien por el quebranto de Horacio se había convertido en líder del grupo». (3)

Es probable que la comida no haya sido más que un pretexto para ganar tiempo y esperar la llegada de los guardias de la bestia, o quizás alguien había decidido por su propia cuenta dar la voz de alarma y los guardias se pusieron en movimiento. Al cabo de apenas media hora de marcha hicieron acto de presencia.

Salieron como quien dice de ninguna parte con fusiles y ametralladoras en las manos y cuando los fugitivos vinieron a darse cuenta ya los tenían encima, repartiendo culatazos y disparando. Por lo menos a José Rolando Martínez Bonilla le dieron un culatazo en la cara y no supo más de sí.

Junto con los guardias llegaron campesinos enarbolando machetes y cuchillos de tamaño premonitorio, posiblemente afilados como hojas de afeitar, y se armó un pandemonio, un corredero, un gritadero, una balacera.

«De pronto —cuenta Tulio Arvelo—los acontecimientos comenzaron a desarrollarse con precipitación.
»Por mi espalda sentí gente que venía corriendo y cuando miré ví a un soldado que se acercaba armado de una ametralladora en el preciso instante en que comenzaba a disparar. Instintivamente me tiré al suelo y ví que José Rolando hacía lo mismo mientras colocaba el bulto sobre la tierra. Alcancé a ver a Miguelucho que también yacía acostado; pero a los demás no podía verlos porque me lo impedía un desnivel del terreno. El guardia de la ametralladora me pasó por el lado siempre disparando y también desapareció de mi vista al llegar a la pequeña hondonada que formaba el desnivel que me ocultaba a Horacio y a los demás compañeros. Sin darme cuenta por donde habían llegado, todo el espacio a mi alrededor se lleno de campesinos y de algunos soldados armados. Vi venir a uno con un rifle agarrado en posición de golpear con la culata, miró a Miguelucho, siguió hacía mi, me lanzó una rápida mirada y luego se dirigió hacia el sitio en que estaba José Rolando y le descargó un fuerte culatazo en un lado de la cara. José Rolando no emitió el más leve quejido y se desplomó sin sentido. Al ver esa acción pensé que yo sería el próximo; pero detrás del soldado había llegado un campesino casi un anciano, quien se me tiró encima esgrimiendo un largo cuchillo y me cubrió con su cuerpo mientras me decía al oído: “no se apure, que yo soy su garantía”.

»En el primer momento no aquilaté lo que aquello significaba. Sólo sé que desde el suelo y a través de los brazos de mi protector ví que el soldado se alejaba de mi lado. Todo había sucedido en tan corto tiempo que no había podido reflexionar acerca de la nueva situación. Una vez que el soldado se alejó y que el viejo campesino se me quitó de encima me entró la preocupación de que tal vez los compañeros que habían quedado fuera de mi radio visual hubieran sido muertos por el soldado que disparaba con la ametralladora. Por eso sentí un relativo alivio cuando ya sentado en el suelo al lado de Miguelucho y de José Rolando que ya había recobrado el sentido, vi que traían a Horacio y a Córdova Boniche y los sentaron a mi lado. De inmediato pregunté por los que faltaban. Gugú y Calderón habían logrado huir porque como los primeros tiros sonaron por la retaguardia y ellos iban muy alante pudieron correr y escabullirse por entre unos matorrales. Luego supe que Córdova Boniche intentó hacer lo mismo; pero se enredó con unos bejucos, y al caer al suelo el guía Juaniquito se le había ido encima con un colín en la mano y no le había permitido escapar. Muy lejos estaba el muchacho nicaraguense de pensar en esos momentos que con esa acción se le había salvado la vida.

»Habíamos sido hechos prisioneros en la mañana del 22 de junio, o sea, más o menos cincuenta horas después de nuestro desembarco. Se cerraba un ciclo más y se abría otro pleno de nuevas interrogantes.». (4)


(Historia criminal del trujillato [133])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 186
  2. (2) Ibid., p. 189
  3. (3) Ibid., p. 190
  4. (4) Ibid., págs. 192, 193





viernes, 7 de julio de 2023

La fuga hacia ninguna parte (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 

7 julio, 2023


A la frontera con Haití nunca llegarían. Se pasaron la noche caminando, descansaron un rato al amanecer y se dirigieron hacia el oeste. Tenían cuarenta y ocho horas sin comer ni dormir y el agua de las cantimploras, de las dos únicas cantimploras, se agotó rápidamente y empezaron a sentir las punzadas de la sed. El cansancio, el hambre, el calor y la falta de sueño, pero sobre todo la sed.

A pesar de todo, y en aquellas adversas circunstancias, todavía mantenían un cierto bizarro sentido del humor

“Nadie se quejaba del hambre, en cambio a cada momento algunos manifestaban la mortificación que les producía la falta de agua. En una ocasión le dije a Miguelucho que daría cualquier cosa por beber algo y el rápidamente se volvió y me dijo:

“Pues abre la boca que aquí tengo una cosa para tí”, al tiempo que hacía el gesto peculiar de quien va a orinar. Aquello produjo una risotada general. A pesar de lo crítico de nuestra situación todavía nos quedaban ánimos para reír». (1)

El humor era prácticamente lo único que les quedaba a los desesperanzados fugitivos. Sabían que los estaban buscando y que no tardarían en encontrarlos. De hecho en toda la comarca se había dado la voz de alerta y los cancerberos de la bestia se habían desplegado en zafarrancho de combate, se había dado órdenes a los campesinos de dar aviso al primer avistamiento y no prestarles ningún tipo de ayuda. 

Familias enteras habían sido evacuadas de sus bohíos y los hombres habían sido concentrados y organizados para tomar parte en la persecución, en la cacería de humanos. Varias veces los fugitivos los habían divisado desde lejos y habían escurrido el bulto, pero temían que en cualquier momento se produjera un encuentro, o mejor dicho un desencuentro fatal y recelaban hasta de sus sombras. Sobre todo de la ominosa sombra de la bestia.

“Como es natural –dice Tulio Arvelo- uno de los motivos que más ocupaban mi mente en aquellas primeras horas de la fuga a través del monte era el de nuestro destino inmediato. Tenía la sensación de que ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta lo que haríamos en el minuto siguiente.

“Después que abandonamos el Catalina en nuestro ánimo nunca hubo un propósito definido como no fuera el de caminar hacia el Oeste porque casi inconscientemente pensábamos que si llegábamos a cruzar la frontera escaparíamos de las garras de Trujillo. Y ni siquiera esa meta adquiría verdaderos perfiles, por lo menos de una manera clara”. (2)

Por suerte, el mismo bromista Miguelucho anunciaría un poco más adelante el hallazgo de una fuente de agua. Agua de un arroyo sucio que les pareció el manjar más delicioso del mundo, el agua sucia y preciosa en la que se refrescaron y renovaron.

“El agua que había encontrado Miguelucho provenía de un pequeño arroyo de contenido no muy limpio; pero que a nosotros nos pareció el más puro y cristalino del mundo.

“Antes de tomar agua y meter la cabeza por completo en el arroyo me detuve un instante a contemplar a los compañeros que habían llegado antes a su cauce. La sensación de alivio que experimenté aunque duró poco, me hizo olvidar momentáneamente lo grave de la situación en que nos hallábamos. Fue como si nuestro único objetivo fuera el encontrar agua. Estoy seguro de que todos sentimos la misma sensación. Esto así por el gran regocijo que nos invadió. De momento olvidamos las precauciones que nos habíamos impuesto entre las que se encontraba en primer término el guardar el mayor silencio posible. Llenamos las dos cantimploras y reiniciamos la marcha rumbo a Occidente». (3)

La fiesta del agua, sin embargo, el regocijo y la vitalidad que habían adquirido por obra y gracias de la bendita agua, no duró mucho tiempo. Al cabo de media hora el comandante Horacio Ornes estuvo a punto de desplomarse, aunque no a causa de lo que había ingerido. Se sintió mal o se sintió peor de lo que posiblemente había venido sintiéndose y se vió obligado a tumbarse bajo un árbol. Manuel Calderón, el estudiante de medicina que hacía las veces de médico, sólo tendría que tocarlo para descubrir que estaba caliente como un fogón, tenía una fiebre muy alta y dijo no podía seguir caminando
“Nos detuvimos y luego de deliberar decidimos construir una especie de camilla con una de las frazadas y unos palos que cortó Gugú con el único instrumento cortante que teníamos.

“Este incidente hizo aminorar nuestra capacidad de acción puesto que debíamos cargar a nuestro compañero, lo que hicimos por turno. Así estuvimos caminando toda la tarde. Mientras tanto casi toda el agua se la había bebido Horacio puesto que la fiebre aumentaba su sed. Durante todo ese día no ingerimos ningún alimento». (4)

Esa noche, según cuenta Tulio Arvelo, a pesar del cansancio durmió mal, atormentado por un sueño de pesadillas en el que siempre aparecía el Catalina en llamas, escuchaba una vez y otra vez la horrenda explosión del Catalina, lo atormentaban y aturdían las voces agónicas de los compañeros que perecían en su interior.

“Desperté muy temprano; pero como algunos compañeros todavía dormían, me quedé tirado de espaldas en el suelo y di riendas sueltas a mis pensamientos. A pesar del tiempo transcurrido todavía me acuerdo de ellos porque fueron muchas las veces que los comenté con Miguelucho durante los ocho largos meses que pasamos en las cárceles de Trujillo”. (5)

(Historia criminal del trujillato [132]) 

Notas: 

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 182

(2) Ibid., p. 184

(3) Ibid., p. 183

(4) Ibid.

(5) Ibid., p.184