martes, 27 de junio de 2017

sábado, 24 de junio de 2017

LA TUMBA DE LOS IMPERIOS: (1-7)

Pedro Conde Sturla

 (1)

El sanguinario Alejandro (el Magno) conquistó el territorio con relativa facilidad, pero le resultó más difícil mantenerlo bajo su mando.

Afganistán fue alguna vez, durante el imperio persa, entre los años 550 y 330 a. C. el imponente escenario de una refinada civilización en Asia central. La parte norte coincidía aproximadamente con la provincia o satrapía llamada Bactria o Bactriana, un territorio montañoso de clima severo e inestable, que en esa época poseía importantes recursos hídricos: generosos manantiales, oasis, tierra fecunda:

Imperio persa
“…desde tiempos remotos la Bactriana fue una etapa importantísima y casi obligada para el tráfico comercial y la comunicación entre el Extremo Oriente, el subcontinente indio y la cuenca del Mediterráneo. Fue en la Bactriana donde se considera que el profeta Zoroastro predicó y ganó sus primeros adeptos”.
El sur y el norte están divididos por una cadena de montañas que los griegos llamaron Hindu Kush (Caucasus Indicus), creyendo al parecer que eran una prolongación del Cáucaso europeo:
“…es un macizo montañoso de aproximadamente 1,000 kilómetros , situado a caballo entre Afganistán y el noroeste de Pakistán, la prolongación más  occidental de las cordilleras del Himalaya. Gran parte de este sistema orográfico supera los 5,000 mil metros de altitud sobre el nivel del mar y en su parte más elevada llega a unos 7,690” . Es uno de los más altos rascacielos naturales del mundo.
De hecho “Afganistán está dominado por el macizo del Hindu Kush con más de 100 picos de más de 6,000 metros , siendo el más alto el Naochak en el Pamir de casi 7,500 metros . El Hindu Kush es una especie de pared que divide el país en dos partes, perforada por unos cuantos puertos (pasos entre montañas) bloqueados en invierno, y por el túnel de Salang construido con ayuda soviética en 1960. El Hindu Kush está sometido a un máximo de 50 sismos por año, algunos de los cuales pueden causar la muerte de miles de personas, como ocurrió en febrero o mayo de 1998” .
El río Helmand, el mayor del país, baja desde el Hindu Kush hacia el sur,  recorre unos 1,300 kilómetros y alimenta un conjunto de lagos de agua dulce que era uno de los graneros del antiguo imperio persa. Hoy día se produce el 42% del opio del mundo.
“Cuando la nieve comienza a fundirse en marzo, los ríos elevan su caudal con un pico en la primavera, excepto el Wakhan, que tiene el máximo en agosto. Un calentamiento demasiado rápido del aire puede causar inundaciones violentas e imprevisibles, arrastrando animales y seres humanos. De las cuatro cuencas acuíferas principales (los ríos Amu Darya, Hari Rud, Helmand y Kabul) sólo el río Kabul llega hasta el mar, los otros se evaporan en el desierto o en el mar de Aral.
“La nieve de las montañas es la principal, si no la única, fuente de agua en un país donde casi nunca llueve. Un proverbio afgano dice: ‘Mejor ver Kabul sin oro que Kabul sin nieve’”.
El sanguinario Alejandro (el Magno)  conquistó el territorio con relativa facilidad, pero le resultó más difícil mantenerlo bajo su mando. Después de la victoria sobre los persas en la batalla de Gaugamela (año 331, a 27 kilómetros de la actual, asediada y martirizada Mosul), Darío III Rey de Reyes huye hacia la Bactriana despavorido y Alejandro lo persigue sin darle tregua para evitar que pudiera formar otro ejército. Un año más tarde sus propios fieles se lo entregan en bandeja de plata.
Hugo A Cañete, un experto en historia militar, describe así el episodio:
Muerte de Darío
Dos años antes, Beso era uno de los muchos nobles persas que habían luchado contra Alejandro en la batalla de Gaugamela (Arbela) cerca de la actual población de Irbil en Iraq. Era, también, el sátrapa de Bactriana, una de las satrapías orientales del Imperio Persa. Tras la espantosa derrota de 331 a .C., Darío necesitaba desesperadamente a la renombrada caballería bactriana para intentar detener el imparable avance macedonio. Su plan era retirarse a las satrapías orientales y alzar otro ejército con el que hacer frente a los invasores. Pero Alejandro les estaba pisando los talones. En el oasis de Tara (actual Lasjerd), el macedonio recibió noticias preocupantes del contingente persa. Beso y sus cómplices habían arrestado a Darío y lo transportaban en un carro, prisionero y cargado de cadenas de oro (…) Alejandro, sin dudarlo un momento, cruzó el desierto que separaba a perseguidores y perseguidos en línea recta con 6.000 jinetes, alcanzando a los persas rezagados al alba. Al primer indicio que tuvieron los sediciosos del avance macedonio, apuñalaron prestos a Darío, que quedó malherido al borde del camino. Según Arriano, los regicidas fueron Satibarzanes, sátrapa de Aria; y Barsaentes, sátrapa de Drangiana y Aracosia, aunque los auténticos instigadores fueron Beso y Nabarzanes.
 Alejandro no encajó bien la noticia de la muerte de Darío, pues no era su intención que el desdichado Rey persa acabase sus días de aquella manera. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital: http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf).
El imperio persa había dejado de existir y para los soldados que acompañaban a Alejandro la guerra había terminado y era el momento de empezar a disfrutar las mieles del botín. Pero para Alejandro la vida no tenía sentido sin la guerra. Licenció una parte de su ejército, los griegos no macedónicos, y continuó la marcha hacia Afganistán con el pretexto de atrapar y castigar al “regicida Beso y a su grupo de conspiradores”, que representaban “una amenaza para el nuevo imperio”. Cualquier pretexto era y sigue siendo bueno para la guerra.
“Tras la captura de Beso en el verano de 329 a .C., una extraña calma se extendió sobre la Bactriana y la Sogdiana. La amenaza de guerra había pasado. El usurpador había caído en desgracia, la caballería bactriana había sido desmovilizada, los granjeros habían vuelto a trabajar los campos. Tras traicionar y entregar a Beso, los rebeldes habían dejado las armas y vuelto a sus comunidades. No había ya más pretendientes que amenazaran la corona de Alejandro. Salvo por las inclemencias atmosféricas, la campaña había sido rápida y fácil. Probablemente importara poco a los bactrianos qué hombre retuviera la corona de un trono lejano allá en Mesopotamia, siempre que las cosas permanecieran igual en su propia tierra. Beso no había presentado batalla, ninguna ciudad, ni siquiera Bactra, había tenido que ser asediada, y la única política aplicada de tierra quemada había venido del lado del usurpador y no de Alejandro. Los únicos masacrados eran griegos descendientes de otros griegos. Ningún otro bactriano, aparte de Beso, había sido juzgado o ejecutado. Parecía que todo acabaría bien. Es una sensación que, en su momento, ya sintieron los británicos, los soviéticos y, recientemente, los norteamericanos. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán…”).



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La tumba de los imperios (2)

En el sometimiento y pacificación del dilatado territorio que corresponde a lo que hoy día es Afganistán y el sur de Tayikistán y Uzbekistán (antiguas Bactriana y Sogdiana), el sanguinario Alejandro Magno invirtió más tiempo, más recursos, más violencia, más sangre que en todas sus campañas anteriores, y aún así no dejó plenamente consolidado el dominio.
En el curso de varios años recorrió con su ejército miles de kilómetros, tuvo que librar incontables batallas y  escaramuzas contra jefes militares y caudillos locales, enfrentarse a conspiraciones, sobreponerse a heridas de lanza y flecha, fiebres malignas, ataques de diarrea, a un clima y un enemigo insidiosos. Sus oficiales y soldados lo veneraban, lo querían convertir en dios. Quizas por eso tantas veces intentaron ajusticiarlo.



Charles Le Brun, batalla del Hidaspes.

“Alejandro sometió entonces las provincias orientales y prosiguió su marcha hacia el este. Muchas fueron las anécdotas y leyendas que a partir de entonces fueron acumulándose alrededor de este semidiós que parecía invencible. La historia da cuenta de que vistió la estola persa, ropaje extraño a las costumbres griegas, para simbolizar que era rey tanto de unos como de otros. Sabemos que, movido por la venganza, mandó quemar la ciudad de Persépolis; que, iracundo, dio muerte con una lanza a Clito, aquel que le había salvado la vida en Gránico; que mandó ajusticiar a Calístenes, el filósofo sobrino de Aristóteles, por haber compuesto versos alusivos a su crueldad, y que se casó con una princesa persa, Roxana, contraviniendo las expectativas de los griegos” (Armando Marónese, “Alejandro Magno” http://www.historias-leyendas.com.ar/Alejandro%20Magno.htm) 
En el año 329 envió 2.300 soldados a levantar el sitio de la ciudad de Maracanda o Samarcanda. Pero estos cayeron en una emboscada y sufrieron una derrota. “La peor derrota del reinado de Alejandro”.
Desastre en Maracanda
Al poco tiempo, a principios de noviembre de 329 a .C., Alejandro tuvo malas noticias de Maracanda. Los 2.300 soldados que había enviado a levantar el sitio de la ciudad habían caído en una emboscada. Pocos se salvaron, muriendo el emisario persa Farnuces, jefe de la expedición, y los tres generales macedonios al mando: Andrónico, Menedemo y Carano. Alejandro trató de mantener esta historia, en secreto.
Lo ocurrido demuestra lo poco preparados que estaban los macedonios para este tipo de guerra. Sucedió que cuando llegaron a Maracanda, donde Farnuces esperaba negociar con Espitámenes, éste había abandonado ya la ciudad, retirándose a lo largo del valle del río Politimeto (actual Zerafshan).
Durante la marcha se unieron a sus fuerzas 600 jinetes Dahos, la tribu más occidental de los Escitas. Demasiado listo para verse clavado al terreno, Espitámenes, que demostró ser un maestro de la guerra de guerrillas, preparó una trampa para los griegos que lo seguían. Se adentró en el desierto y se aseguró de que los griegos lo persiguieran.
Una vez allí, los atacó con su caballería utilizando la táctica circular escita. Desafortunadamente, los jefes griegos no fueron capaces de contrarrestar la maniobra. Farnuces había dispuesto su ejército en orden de batalla con vistas a un enfrentamiento clásico, y cada vez que pasaba al ataque, los escitas huían a galope tendido con sus veloces caballos, para volver otra vez y comenzar el hostigamiento. Esta maniobra fue repitiéndose una y otra vez hasta que los mermados griegos iniciaron la retirada tratando de refugiarse en un valle arbolado junto al río Politimeto, donde los escitas no podían llevar a cabo su peculiar forma de ataque. Las tropas estaban sumidas en la desesperación y los jefes no se mostraban de acuerdo en qué hacer, deshaciéndose finalmente el contingente. Carano, que mandaba la caballería macedonia, trató de buscar refugio al otro lado del río sin indicárselo a los demás. Los infantes, al ver a los jinetes alejarse, los siguieron sin haber recibido orden alguna. Los hombres de Espitámenes se percataron de la maniobra y se precipitaron a caballo sobre el río. El pánico se apoderó de los hombres de Farnuces, que acabaron refugiándose en un islote en medio de la corriente, donde una vez rodeados fueron muertos.
Cuando todo hubo acabado, Espitámenes ejecutó a los cautivos. Los que consiguieron escapar, que según Arriano fueron no más de 300 de a pie y 40 jinetes, llevaron consigo las noticias de la derrota, la peor del reinado de Alejandro. Todos los oficiales habían muerto, y las versiones de lo sucedido relatadas por los confusos soldados supervivientes eran más bien contradictorias. 
“Alejandro reaccionó con la marcha más rápida de su vida. Llevando consigo a la mitad de los Compañeros, a los hipaspistas y a lo más selecto de la infantería de la falange, hizo los 290 km que le separaban de Maracanda en 3 días y 3 noches, según cuenta Arriano (sin duda de forma exagerada). Crátero le seguía con las unidades más lentas. Espitámenes mientras tanto, había puesto sitio a Maracanda otra vez, pero tuvo que retirarse al tener noticias de la llegada de Alejandro. Éste inició rápidamente su persecución pero al saber que Espitámenes había ya cruzado el desierto, le dejó marchar, dirigiéndose al paraje donde había tenido lugar la emboscada para enterrar a los muertos. Mientras se oficiaban las ceremonias, impartió una orden a sus generales:
“Asolad el valle del Politimeto, tomad cada fuerte, pueblo o aldea y demoledlos, quemad las cosechas y matad a cualquiera que pueda simpatizar con Espitámenes”. El valle del Politimeto era, quizás, la zona más poblada y rica de toda la Sogdiana. Al final de la estación, la región se había convertido en un yermo. En 1980 la doctrina militar soviética preveía ataques devastadores contra la población rural. Cuando los Muyahidines emboscaban un convoy, los soviéticos inmediatamente bombardeaban las aldeas cercanas en venganza.
Destruían los cultivos y talaban los árboles. Algunas veces llevaban órdenes incluso de matar al ganado, los caballos, los perros y los gatos. A menudo, no dejaban supervivientes con la excusa de que era un escondite de rebeldes. (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital: http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf).
Cuando por fin pudo salir del atolladero, Alejandro marchó hacia la India. Y en la puerta de la India, a orillas de un río, en el valle del indo (que hoy forma parte de Pakistán), en el el año 326 sufrió una aparatosa victoria frente al rey Poros en la batalla de Hidaspes
 “Como consecuencia de la trágica batalla, murió su fiel caballo Bucéfalo, en cuyo honor fundó una ciudad llamada Bucefalia”. (Armando Marónese, “Alejandro Magno” http://www.historias-leyendas.com.ar/Alejandro%20Magno.htm)) 
Poco tiempo después el ejercito se amotinó, Alejandro se vio obligado a contener sus desmedidas ambiciones de conquista y emprender la vía del retorno. Fue el comienzo del fin para Alejandro.



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La tumba de los imperios: Gran Bretaña en acción (3)

Y vino el turno de los ingleses, los invencibles, prepotentes ingleses que se lanzaron a la guerra contra el despreciable país tribal con gran espíritu deportivo, como si de un picnic se tratara.

La brutal conquista de Afganistán por Alejandro Magno en el siglo tercero a.C. permitió a la larga la fusión de las culturas griegas, la iraní y la india, y el florecimiento de una refinada civilización que ha dejado su huella a través de los siglos. Un fenómeno que recibió, quizás injustamente, el nombre de helenismo, ya que los griegos, los helenos no eran precisamente los más avanzados.
El país fue conquistado más adelante, durante los primeros siglos de nuestra era, por el budismo. A ese período memorable pertenecían las estatuas gigantes (“clásica mezcla del arte greco-budista”) de los budas de Bamiyan que los talibanes dinamitaron hace unos años.
Luego le tocó el turno a los árabes, que ocuparon el país en el siglo VII, no sin enfrentar una feroz resistencia “que impidió una conquista completa e hizo que la islamización fuese muy lenta.”

Primera guerra anglo afgana
Entre los siglos XI y XII brilló otra civilización comparable a la del Afganistán budista, que sucumbió aparatosamente ante las hordas de Gengis Khan (1221-1222). Éste castigó con saña la resistencia que opusieron los siempre valientes afganos, pero lo peor no había pasado. Detrás de Gengis Khan vendría el cojo más famoso y más temible de la historia (con perdón de Goebbels). Me refiero a Timur el cojo, es decir Timur Lang o Tamerlán:
“A las devastaciones mongolas se añadieron las de Timur Lang (Tamerlán), quien se hizo coronar en Balj, en 1370. Este fue culpable, entre otras cosas, de la ruina del importante sistema de riego, de lo que ya no se recuperaría jamás”.
“La decadencia de los mogoles y el debilitamiento de los safawi, a principios del siglo XVIII, hicieron que las inquietas tribus afganas recuperaran sus libertades y permitieron el nacimiento del Afganistán moderno… Afganistán se convirtió en Estado tapón entre los imperios británico y ruso”.
Y vino el turno de los ingleses, los invencibles, prepotentes ingleses que se lanzaron a la guerra contra el despreciable país tribal con gran espíritu deportivo, como si de un picnic se tratara.
“ La Primera guerra anglo-afgana se desarrolló entre 1839 y 1842, ante el temor británico de que la esfera de influencia rusa se extendiera a las fronteras indias”.
Sólo uno de los soldados ingleses regresó vivo. 
He aquí la versión de Hugo A. Cañete:
Un viejo problema sin solución moderna
Aunque Alejandro abandonara la región para no volver, la cultura helenística llegó para quedarse, y prueba de ello son los numerosos restos arqueológicos y los abundantes elementos helenizantes que perduran actualmente en la cultura de estos pueblos. Durante el periodo de dominación helenística, diádocos y epígonos gobernaron aquellas tierras, vertebrando las rutas comerciales que unirían en los siglos posteriores occidente con el extremo oriente. Con el paso de los siglos, la zona sufrió otras invasiones de extranjeros, más ninguna provino de Europa. Hubo que esperar a la baja edad media para ver documentada la visita de un occidental, Marco Polo, que viajó a través de la antigua Sogdiana, siguiendo la ruta de las caravanas, también llamada “de la seda”, en su viaje hacia la corte del Gran Khan. Sin embargo,
en los últimos tres siglos, algunas superpotencias de corte occidental han puesto su punto de mira en el territorio comprendido por el actual Afganistán. En orden sucesivo, han sido Gran Bretaña, la Unión Soviética y los Estados Unidos de América.
El Imperio Británico fue el primero en enviar, desde el valle del Indo, un gran ejército en 1838 con la intención se subyugar a los afganos. Según el plan británico, todo consistiría en cambiar su líder político (Dost Muhammed) por otro más proclive a los intereses de los invasores europeos (el exilado Shah Shuja). La expedición británica, compuesta por 15.000 soldados, además de pésimamente preparada, fue de lo más pintoresca. Junto a los soldados, viajaban 38.000 sirvientes, banda de música, gaitas, ponies de polo, realas de perros de caza y 30.000 camellos cargados de suministros. Por poner dos ejemplos de lo estrafalario del contingente, los oficiales de un regimiento necesitaron dos camellos solo para cargar su tabaco, siendo necesarios sesenta para acarrear sobre sus lomos las pertenencias de un brigadier.
El general Sir John Keane celebró anticipadamente el éxito de su misión en Kandahar y Ghazni, llegando posteriormente a Kabul en 1839, donde instauró a Shuja en el poder. Esta intromisión en los asuntos internos locales fue poco a poco creando resentimiento entre los nativos del país. Resentimiento que se fue acrecentando a medida que los contingentes ingleses iban regresando a la India. La espita de la rebelión saltó finalmente cuando un oficial inglés fue brutalmente asesinado. En enero de 1842, los 4.500 soldados británicos que aún quedaban en Kabul se retiraron, seguidos de 12.000 sirvientes en una “marcha de la muerte” hacia el este en mitad del crudo invierno afgano. Solamente un europeo sobrevivió a tan penosa prueba. Shuja, sin protección británica, fue asesinado en abril y el territorio se desintegró en una amalgama de tribus feudales dirigidas por caudillos locales. Dost Muhammed regresó al trono desde el exilio y las aguas volvieron a su cauce en el peculiar equilibrio afgano.
 (Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital: http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf).



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La tumba de los imperios: Gran Bretaña contraataca (4)

Hasta ese momento, la India había estado en manos de la todopoderosa Compañía de las Indias, “gobernada por una empresa comercial, no por un estado, y menos por una nación-estado”. Algo parecido a la finca de Leopoldo, el Congo belga.

El imperio británico (uno de los grandes favoritos de la historia), llegó a tener bajo su dominio en la época de mayor expansión casi quinientos millones de personas y un territorio de unos treinta millones de kilómetros cuadrados. Es decir, una cuarta de la población mundial de la época y una quinta parte de la superficie no sumergida de la tierra (148, 940, 000 kilómetros cuadrados).
Entre los siglos XVI y XX Gran Bretaña se convirtió en efecto en el más grande imperio de la historia, hasta que su más exitosa ex colonia tomó el relevo a partir de la segunda guerra mundial y la convirtió en un aliado vasallo, igual que a casi todos los países de Europa occidental y otras latitudes.
Basta echarle un vistazo a un mapa del imperio británico para tener una idea gráfica (geográfica) de la magnitud del fenómeno. En la parte norte del continente americano poseía los inmensos territorios de lo que hoy son Canadá y Estados Unidos, algunas islas en el Caribe, pequeños territorios en Centroamérica,  la Guyana Británica en Sudamérica, docenas de islas en el Atlántico.  
Por África y el cercano oriente se extendieron los británicos como plaga de langosta. Crearon un imperio casi continuo que incluía Adén, Omán,  Emiratos árabes, Katar, Bahrein, Kuwait, Irak, Transjordania, Egipto, Sudán, Uganda, Kenya, Tangañica, Rodesia del norte y del sur, Suazilandia, Sudáfrica. Luego Nigeria, Costa de Oro, Sierra Leona, Gambia…
A España, la otrora reina de los mares, le arrebataron Gibraltar en 1704. A Irlanda la mantuvieron durante siglos bajo un pesado yugo.
En 1757 iniciaron la conquista de la india donde permanecerían a sangre y fuego casi dos siglos, se extendieron a Ceilán, Burma, Malasia, Australia, Nueva Guinea, Nueva Zelanda y una caterva de islas del Pacífico, Hong Kong y otros territorios en China y paro de contar.
“El imperio inglés organizó los territorios principalmente de dos formas distintas, dominios o colonias:
“Los dominios recibían población inglesa que se instalaba con vocación de permanencia en el territorio. Poseían instituciones similares a las inglesas, con parlamento propio y capacidad para decidir sobre sus asuntos internos aunque la política exterior seguía dependiendo de Londres. Este fue el caso de Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda o Canadá.
“Las colonias eran simples proveedoras de materias primas, carecían de autonomía y el volumen de la población inglesa no fue representativo respecto a la población local. Fue el caso de La India y todas las colonias africanas salvo Sudáfrica”.
A juicio de Carlos Marx, el dominio de los ingleses en la India produjo “la más grande, y, para decir la verdad, la única revolución social que jamás se (había) visto en Asia”, pero no dejó de reconocer el alto precio que por ello pagaron varias generaciones  “No cabe duda –dijo Carlos Marx- de que la miseria ocasionada en el Indostán por la dominación británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país”.
Hubo, en consecuencia, grandes episodios de resistencia en la India que fueron brutalmente aplastados con grandes masacres. Uno de los más importantes tuvo lugar en 1856 y contó con el apoyo de los cipayos (los soldados indios que servían en los ejércitos de Inglaterra), y sacudió los cimientos del molde colonial. Tras la derrota el país se hizo “británico” y la reina Victoria fue declarada virreina de la India.
Hasta ese momento, la India había estado en manos de la todopoderosa Compañía de las Indias, “gobernada por una empresa comercial, no por un estado, y menos por una nación-estado”. Algo parecido a la finca de Leopoldo, el Congo belga.
Entre China y Gran Bretaña se produjeron por igual innumerables conflictos. Uno de ellos todavía llama la atención de todos por el motivo que lo provocó. La famosa  Guerra del Opio, que tuvo lugar entre1839 y1842:
“El desencadenante del mismo fue la introducción en China de opio cultivado en la India y comercializado por la compañía británica de las Indias Orientales, administradora de la India.
“El comercio del opio fue rechazado y prohibido por el gobierno chino.
“Los emisarios enviados por los comerciantes británicos e indios quejándose por el quebranto que tal prohibición causaba a sus intereses decidió a la Corona británica a enviar una flota de guerra que finalmente derrotó a la China
“Como consecuencia de este descalabro el emperador chino hubo de firmar el Tratado de Nanking, por el que se obligaba a China al libre comercio -el del opio incluido- con Inglaterra, a través de cinco puertos (el más importante de ellos Cantón) así como a la cesión de la isla de Hong Kongdurante 150 años.”
No hay que extrañar que un imperio tan potente y prepotente como el británico emprendiera una segunda guerra contra Afganistán, un país pobre, débil, desunido, que sólo por circunstancias excepcionales había logrado librarse de su tutela.
La  primera guerra no le sirvió de escarmiento, pero la segunda le dio una lección inolvidable.
Así lo cuenta Hugo a Cañete:
SEGUNDA GUERRA ANGLO-AFGANA
Algunas décadas más tarde, los británicos volvieron a campear por las abruptas tierras de Afganistán. Dost Muhammed murió en el año 1863 sin haber conseguido unificar políticamente el territorio. Los doce hijos que le sobrevivieron se enzarzaron en una guerra civil que alarmó a las potencias coloniales vecinas, esto es, Gran Bretaña y Rusia. Ambas aprovecharon el momento para ganar influencia política a través de las distintas facciones. Cuando Gran Bretaña comprendió que a pesar de sus esfuerzos, estaba perdiendo influencia en la zona, decidió, otra vez, intervenir militarmente.
La Segunda Guerra Afgana (1878-1880) comenzó con la invasión de Afganistán por 35.000 soldados británicos. La campaña se abrió con tres frentes distintos de progresión, que aseguraron el éxito de la ocupación. Entonces, la naturaleza orográfica y climática afgana les dio la bienvenida.
Debido a las condiciones insalubres de la región y a las altas temperaturas veraniegas de más de 40º C a la sombra, una epidemia de cólera asoló a las tropas británicas. Una vez superadas estas dificultades, se siguió adelante con la campaña, de la reina Victoria. Una vez más, cuando todo había vuelto a la calma, un alto oficial inglés fue asesinado. Los británicos respondieron con la captura masiva y ejecución de los considerados rebeldes.
En un abrir y cerrar de ojos estalló la rebelión y se reanudó la guerra. En la batalla de Maiwand (Julio de 1880), una fuerza británica de 2.500 hombres sufrió una severa derrota cerca de Kandahar, como la que sufriera Farnuces a orillas del río Politimeto 2200 años antes. Sin embargo, no tardaron en llegar refuerzos a la zona. De la mano del general Sir Frederick Roberts, hicieron acto de presencia 10.000 soldados acompañados de 7.000 sirvientes, 4.700 caballos y ponies, 6.000 asnos y mulas, y 13.000 animales de transporte de diverso tipo. Tras una serie de enfrentamientos armados con los afganos, los británicos renunciaron a tener una presencia permanente en Kabul y a retirarse a Pakistán a cambio de la cesión a Gran Bretaña del control de la política exterior afgana. En compensación, obtendrían protección y ayuda de los británicos. Una vez acabada la campaña, Roberts escribió estas palabras:
“Estoy en lo cierto cuando digo que mientras menos nos vean los afganos a los occidentales, menos odio nos tendrán. Si en el futuro Rusia intentara conquistar Afganistán o cruzarlo para invadir la India , tendríamos más posibilidades de que los afganos se pusieran de nuestro lado en tanto en cuanto evitemos, en el ínterin, toda interferencia con ellos”.
(Hugo A Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital: http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf).



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https://acento.com.do/2017/opinion/8464994-la-tumba-los-imperios-turno-los-sovieticos-5/

La tumba de los imperios: El turno de los soviéticos (5)

Los soviéticos habían preparado la invasión concienzudamente, construyendo carreteras y autopistas que la facilitaran. Siempre, claro, con el pretexto de ayudar a los afganos.

Gran Bretaña no se conformó con perder dos guerras a manos de los afganos. Llevó a cabo y perdió una tercera en 1919, y al final de la misma tuvo que firmar un tratado de paz, un armisticio, y Afganistán declaró su independencia.
La Unión Soviética (que aún no se llamaba así) fue el primer gobierno que reconoció la independencia y soberanía de Afganistán y sería el último que invadieran. No sólo se perdió la guerra, se perdió también la Unión Soviética. Y uno de los grandes artífices de la derrota y el derrumbe de los soviéticos fue Zbigniew Brzezinski, de origen polaco, con nombre y apellido impronunciablemente polacos. Alguien que tenía sobradas razones para odiar a la Unión Soviética.
Las relaciones entre afganos y soviéticos fueron amigables y estables hasta finales de diciembre de 1979, fecha en que el ejército rojo entró en Afganistán con ciento diez mil soldados “a petición” y en apoyo de un gobierno títere. Poco tiempo después se desató en Afganistán una guerra patria contra el invasor.
El conflicto no era cosa del azar, había sido planificado al milímetro:
“El 3 de julio de 1978, el presidente de Estados Unidos Jimmy Carter firmó un decreto presidencial secreto que autorizaba el financiamiento de guerrillas anticomunistas en Afganistán aunque las primeras operaciones de la inteligencia estadounidense y británica y la participación del gobierno de Pakistán, todas clandestinas, datan de comienzos de la década. Un primer intento de guerra civil y golpe de estado fracasó en 1975”.
“En su obsesiva misión de socavar la influencia soviética, directa o indirecta, Brzezinski jugó un papel clave en operaciones como el fallido rescate de los rehenes estadounidenses en Irán (el consejero creía que el ayatolá Jomeini buscaba entablar un diálogo con Rusia), también construyó lazos con China para evitar que Vietnam -apoyada por los soviéticos- triunfara sobre la Camboya de Pol Pot. Pero quizás no hay otra decisión con ramificaciones tan dramáticas para los Estados Unidos como el financiamiento multimillonario de los muyahidín ante la invasión soviética de Afganistán”.
“El apoyo económico y táctico de la CIA -a través de la Operación Ciclón- a los grupos subversivos en Afganistán les dio no solo el armamento necesario, sino el impulso que requerían para promover su lucha fuera de sus fronteras, donde había mucho islamista radical dispuesto a ser reclutado para dar su vida en pro de una causa noble. Un joven idealista que pertenecía a una familia influyente en Arabia Saudita escuchó el llamado y viajó hasta Pakistán para unirse a los combatientes islamistas en la lucha contra la maquinaria soviética. Su nombre: Osama bin Laden”.
“La Operación Ciclón es una de las operaciones de la CIA más largas y caras llevadas a cabo. El financiamiento comenzó con $20-30 millones por año en 1980 y alcanzó los $630 millones anuales en 1987; para un total estimado de 40.000 millones de dólares durante los años de duración, aunque el verdadero valor no se conoce por el secretismo de ésta”.
“El consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, apoyó la decisión estadounidense de ayudar a los muyahidines para provocar que la Unión Soviética se involucrara en un conflicto costoso, equivalente al de la guerra de Vietnam, del que no podría desprenderse por amenazar directamente su frontera sur. En una entrevista en 1998 con el semanario francés Le Nouvel Observateur, Brzezinski recordó que:
“No presionamos a los rusos a intervenir, pero incrementamos a propósito la probabilidad de que lo hicieran… Esa operación secreta fue una idea excelente. Tuvo el efecto de atraer a los soviéticos hacia la trampa afgana… El día que los soviéticos cruzaron la frontera, escribí al presidente Carter: ‘Ahora tenemos la oportunidad de darle a la Unión Soviética su guerra de Vietnam”.
“Brzezinski había puesto la trampa, y como resultado, logró darle a la Unión Soviética su propio Vietnam”.
Muchos miles de soldados invasores perecieron en el sangriento y desigual enfrentamiento, que concluyó al cabo de diez añoz con una retirada humillante y precipitada del ejército rojo y una crisis institucional de proporciones elefantíacas que contribuyó de muchas maneras a la desintegración del coloso soviético en 1991.
Así describe el conflicto Hugo E. Cañete:
GUERRA AFGANO-SOVIÉTICA
Un siglo más tarde, en plena guerra fría, la Unión Soviética envió a 100.000 soldados a instaurar un gobierno títere en Afganistán (1979-1989), país que seguía siendo gobernado todavía por señores tribales. Naturalmente, las armas de las que disfrutaban los rusos en el siglo XX no eran las de 100 años atrás. Tras alcanzar con facilidad los objetivos iniciales fueron presa de una falsa sensación de victoria. Creían que aquello era un asunto de semanas, pero las semanas se tornaron años y los años, lustros.
Los soviéticos habían preparado la invasión concienzudamente, construyendo carreteras y autopistas que la facilitaran. Siempre, claro, con el pretexto de ayudar a los afganos. Sin embargo, en el contexto de la guerra fría, Estados Unidos pensó que apoyando a la resistencia afgana podía darle a la Unión Soviética su guerra de Vietnam. El dinero y el armamento americano mantuvieron viva la llama de los muyahidines, los señores de la guerra actuales.
En 1986, Gorbachov se refirió al conflicto afgano como una herida sangrante para la Unión Soviética. Los Estados Unidos interpretaron estas declaraciones como una debilidad en la determinación soviética de mantenerse en Afganistán y decidieron darle el golpe de gracia mediante el suministro de misiles tierra aire Stinger a los muyahidines. Las pérdidas soviéticas pronto ascendieron a 118 aviones y 333 helicópteros. Finalmente, el 15 de febrero de 1989 el último soldado soviético se retiró de suelo afgano, dejando atrás 14.500 camaradas muertos, a la par que otra superpotencia abandonaba Afganistán. Tras la salida soviética, los muyahidines volvieron a gobernar el territorio como los antiguos señores de la guerra feudales.
Pronto la corrupción, el caos y la violencia se apoderaron de Afganistán. Un movimiento religioso, los Talibán, surgieron como respuesta a estos desmanes que afectaban a los principios morales. Financiados por el millonario saudí Bin Laden y con un profundo resentimiento hacia los países occidentales, que habían armado a las facciones guerrilleras y luego habían hecho bien poco por evitar el caos en el país, comenzaron una campaña de dominación al frente de su líder el Mullah Omar. En septiembre de 1996 entraron en Kabul y se hicieron con el país, arrinconando a los muyahidines de la Alianza del Norte en el Valle del Panshir.
Una vez dominado el país, los talibán permitieron que células terroristas integristas islámicas como Al-Qaeda se instalaran en su territorio. (Hugo A. Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”, disponible en formato digital: http://www.gehm.es/biblio/alejandro.pdf). 
Nota: Algunos expertos creen que la segregación moderna en tribus y facciones feudales de señores de la guerra se remonta al siglo V de nuestra era, cuando la invasión de los Hunos provocó la desintegración de la ley y el orden, provocando el aislacionismo y parroquianismo raíz de la fiereza tribal y de la independencia a nivel microgeográfico y mutua hostilidad que caracteriza la estructura de la sociedad afgana en siglos recientes. Calamidades idénticas tuvieron lugar en los siglos XIII, XIV y XVI con las devastaciones provocadas por el Gran Kan, Tamerlan y Babur respectivamente.
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La tumba de los imperios: la guerra infinita (6)

El precio que han pagado los habitantes de Afganistán en vidas humanas, en sufrimientos inenarrables, en pérdidas materiales es sobrecogedor.

Zbigniew Brzezinski, la eminencia gris que utilizó como marionetas a varios presidentes norteamericanos en materia de política exterior, el aristócrata polaco, el brillante y poco escrupuloso asesor quizás no sabía (o quizás no le importaba o quizás así fue planeado) que la Operación Ciclón plantaría “las semillas del nuevo conflicto global tras el término de la Guerra Fría.” No sabía quizás que el imperio usamericano estaba afilando cuchillo para su propia garganta:
“El apoyo económico y táctico de la CIA -a través de la Operación Ciclón- a los grupos subversivos en Afganistán les dio no solo el armamento necesario, sino el impulso que requerían para promover su lucha fuera de sus fronteras, donde había mucho islamista radical dispuesto a ser reclutado para dar su vida en pro de una ‘causa noble’. Un joven idealista que pertenecía a una familia influyente en Arabia Saudita escuchó el llamado y viajó hasta Pakistán para unirse a los combatientes islamistas en la lucha contra la maquinaria soviética. Su nombre: Osama bin Laden”.
El autoatentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 sirvió de pretexto para llevar a cabo una operación que había sido planificada en secreto con muchos años de antelación.
La historia, explica Hugo A. Cañete, vuelve a repetirse:
“Como consecuencia, otra superpotencia vuelve a poner sus ojos en Afganistán. En el plazo de un mes, los cielos afganos hervían de aviones y helicópteros equipados con la última tecnología. Al contrario que las antiguas tropas coloniales británicas, un piloto norteamericano podía sobrevolar territorio afgano a Mach 1, soltar la carga de bombas y volver a la base en cuestión de horas. Solo unos cuantos grupos de tropasespeciales estaban sobre el terreno. Algunos de ellos llevaron a cabo en 2001 el célebre asalto a Mazar-i-Sharif, una de las principales bases terroristas, a lomos de pony afgano.
Fue la primera carga de caballería del ejército de los Estados Unidos en el siglo XXI. “La ofensiva desencadenada por USA y sus aliados dio sus frutos, y pronto los talibanes huyeron a sitios más seguros en las tierras altas de las montañas del Hindu Kush, quedando los campos de entrenamiento de terroristas de Al-Qaeda abandonados. Una vez más, los invasores extranjeros pusieron
en el poder un régimen, el de Hamid Karzai, afín a los intereses de la Coalición.
“Todas las invasiones llevadas a cabo en Afganistán fueron bien en sus comienzos, pero hasta la presente, ninguna superpotencia ha encontrado una alternativa viable a lo que se conoce como la receta del fracaso en Afganistán” (Hugo A. Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”).
Más adelante, las reflexiones de Hugo A. Cañete sobre las causas que han hecho tan difícil o imposible el dominio de Afganistán, arrojan mucha luz sobre el problema y permiten sin duda un mejor entendimiento:
“Afganistán ha sido siempre un territorio invertebrado más que una nación en el sentido convencional. Algunas veces ha tenido líder, bandera, moneda y sistema jurídico, pero las tradiciones y costumbres de independencia locales preponderan fuertemente sobre cualquier institución política superior. Después de todo, Afganistán está compuesto por distintas etnias que hablan más de 30 idiomas. Solo el 12 % de la tierra es cultivable [incluso su principal cultivo, el opio, es ilegal] dispersada por valles fértiles aislados entre desiertos y montañas, por lo que no tienen mucho que perder resistiéndose a intrusos invasores.
“En Afganistán, una rebelión siempre se perpetúa en el tiempo. Una fuerza compuesta por un mero 10% de la población puede valerse del terreno agreste y el clima hostil muy eficientemente contra ejércitos muy superiores. Incluso estas minorías pueden crecer circunstancialmente hasta el 90% de la población. Los locales no se dejan dominar por el mero hecho de que un extranjero invada sus tierras. El país no tiene elementos de vertebración ni límites definidos. Éstos son nominales y poco importan a sus habitantes.
“Las pocas ciudades grandes que hay en Afganistán están todas en su periferia: Mazar-i-Sharif en el norte, Herat en el oeste, Kandahar en el sur y Kabul en el este. Muchos grupos étnicos en Afganistán tienen más cosas en común con etnias de otros países circundantes que con el resto de la población de su propio país. Esto permite a los rebeldes moverse a través de fronteras, dispersarse y reagruparse, siendo amparados por gentes de cultura afín. Bajo estas circunstancias, al margen de que se conquisten o no las grandes ciudades, un invasor nunca puede llegar a tener una noción clara de quién está ganando la guerra”. (Hugo A. Cañete, “Alejandro y Afganistán. Reflexiones nuevas para una guerra vieja”).
Tras tantos años, la guerra no ha terminado y no parece que va a terminar. El precio que han pagado los habitantes de Afganistán en vidas humanas, en sufrimientos inenarrables, en pérdidas materiales es sobrecogedor.
Parte importante de la “devastación de la infraestructura civil de ese país, que creó las bases de ese desastre humanitario, es obra de la Unión Soviética entre 1979 y 1989” . Otras cifras “sugieren que en Afganistán el balance total de las consecuencias directas e indirectas de las operaciones estadounidenses [y occidentales] desde el inicio de los años 1990 hasta el día de hoy podría ser estimado entre 3 y 5 millones de muertos” y faltan muertos.
Faltan millones de muertos en todos los bandos porque uno de los grandes protagonistas de los conflictos bélicos actuales es el general uranio. El uranio empobrecido. Un hermano menor del uranio enriquecido, pero sumamente letal a corto y largo plazo.
El uranio empobrecido, el pobre uranio, es un residuo de la industria nuclear. “Después de más de 50 años de producción de armas atómicas y de energía nuclear, EEUU tiene almacenadas 500.000 toneladas de uranio empobrecido, según datos oficiales”. Hay que pensar desde luego que Rusia y otros países del club atómico no se quedan atrás.
“El uranio empobrecido es también radiactivo y tiene una vida media de millones de años. Por ello, estos desechos han de ser almacenados de forma segura durante un período de tiempo indefinido, un procedimiento extremadamente caro. Para ahorrar dinero y vaciar sus depósitos, los Departamentos de Defensa y de Energía ceden gratis el uranio empobrecido a las empresas de armamento nacionales y extranjeras. Además de EEUU, países como Reino Unido, Francia, Canadá, Rusia, Grecia, Turquía, las monarquías del Golfo, Taiwán, Corea del Sur, Pakistán o Japón compran o fabrican armas con uranio empobrecido. El ejército israelí reconocía el pasado 10 de enero que lleva utilizando desde hace años munición de uranio empobrecido.
“Desde 1977 la industria militar norteamericana emplea uranio empobrecido para revestir munición convencional (artillería, tanques y aviones), para proteger sus propios tanques, como contrapeso en aviones y en las pruebas de los misiles Tomahawk, y como componente de aparatos de navegación. Ello es debido a que el uranio empobrecido tiene unas características que lo hacen muy atractivo para la tecnología militar: en primer lugar, es extremadamente denso y pesado (1 cm3 pesa casi 19 gramos ), de tal manera que los proyectiles con cabeza de uranio empobrecido pueden perforar el acero blindado de vehículos militares y edificios; en segundo lugar, es un material pirofórico espontáneo, es decir, se inflama al alcanzar su objetivo, generando tanto calor que provoca su explosión” (“¿Qué es el uranio empobrecido?”, http://iacenter.org/depleted/du_eurspan.htm)
Además, el general uranio no distingue entre invadidos e invasores, entre aliados y enemigos. Estamos, pues, en presencia de una de las grandes maravillas de la modernidad.



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La tumba de los imperios: el general uranio (y 7)

Durante la Operación Tormenta del Desierto, en sus 110.000 ataques aéreos contra Iraq, los aviones de EEUU lanzaron 940.000 proyectiles con uranio empobrecido, y en la ofensiva terrestre sus tanques dispararon otros 4.000 proyectiles también revestidos de uranio

El general uranio, el uranio empobrecido del que se habló al final de la pasada entrega, no distingue entre invadidos e invasores, entre aliados y enemigos, ni entre culpables o inocentes. Mata indiscriminadamente sin reparar en el color o en la raza y mata lentamente, mata de mala manera, con horribles sufrimientos. Produce cáncer, varios tipos de cáncer, enfermedades respiratorias, nerviosas, alteraciones genéticas, hemorragias internas.
Hace tiempo que los soldados usamericanos están padeciendo enfermedades “misteriosas” (“comenzando a mostrar síntomas de envenenamiento por uranio empobrecido”) y hace más de un siglo que están siendo utilizados como conejillos de indias y material gastable.
De acuerdo con una información que parece exagerada el 75 % de las tropas de Estados Unidos que tomaron parte en la primera guerra del golfo (1990-1991) “están ahora muertos, muriendo o enfermos por el uranio empobrecido”. (http://www.cuttingedge.org/sp/n1843.htm). 
La cifra de soldados muertos en combate es insignificante en relación a las bajas sufridas a causa del general uranio.
Otras informaciones no menos aterradoras ponen una vez más en entredicho la cordura, la llamada racionalidad de los llamados seres humanos y permiten hacerse una idea de la magnitud del problema que no hace más que empeorar con el paso del tiempo:
“La primera guerra del Golfo dejó en el medio ambiente 350 toneladas de uranio empobrecido y en la atmósfera entre 3 y 6 millones de gramos de aerosoles de uranio empobrecido. Sus consecuencias para la salud humana, conocidas bajo el nombre de síndrome de la guerra del Golfo, consisten en la aparición de afecciones complejas multiorgánicas progresivas e invalidantes, dolores musculares, afecciones dolorosas del esqueleto y de las articulaciones, dolores de cabeza, afecciones neurosiquiátricas, cambios bruscos de los estados de ánimo, confusión mental, problemas con la vista, problemas para caminar, pérdida de la memoria, linfoadenopatías, pérdida de la capacidad respiratoria, impotencia y alteraciones morfológicas y funcionales del sistema urinario. Los conocimientos actuales de las causas son totalmente insuficientes” (“Enfermedades no diagnosticadas y guerra radiológica”, por Asaf Durakovic, http://www.voltairenet.org/article151803.html).
“Durante la Operación Tormenta del Desierto, en sus 110.000 ataques aéreos contra Iraq, los aviones de EEUU lanzaron 940.000 proyectiles con uranio empobrecido, y en la ofensiva terrestre sus tanques dispararon otros 4.000 proyectiles también revestidos de uranio: en total —sin contabilizar los desechos de los ataques que ha sufrido el país desde 1991— se calcula que en Iraq hay esparcidas 320 toneladas de residuos contaminados, principalmente en el sur del país, según señala el investigador norteamericano Dan Fahey, en su trabajo ‘Don’t Look, Don’t Find. Gulf Veterans, the US Goverment and Depleted Uranium 1990- 2000.”
De hecho, tan castigada ha sido esa región que durante un breve período de la administración de Obama los bombardeos fueron tan intensos que superaron la capacidad de producción del complejo militar industrial (el mismo contra el cual advirtió en su época el presidente Ike Eisenhower).
Ese episodio recuerda por cierto el caso de Laos, uno de los países más pobres y pequeños del planeta que fue bombardeado, machacado con explosivos durante ocho o más años en una “guerra que fue silenciada mediáticamente por la CIA”:
“Entre 1965 y 1973, mientras los ojos del mundo miraban a Vietnam, Estados Unidos peleó en Laos la llamada Guerra Secreta lanzando 2.000.000 de toneladas de bombas sobre el país. 500 kilos de explosivos por habitante. Es decir una misión, un bombardeo cada 8 minutos durante casi una década. Todavía hoy, Laos es el país más bombardeado del mundo”. (“Laos, el país más bombardeado del mundo”, http://93metros.com/blog/project/laos-el-pais-ómas-bombardeado-del-mundo/).
Yugoslavia, o mejor dicho lo que quedaba de Yugoslavia, también recibió su bautizo de uranio empobrecido durante la intervención de la OTAN en 1999. La filántropica organización, inspirada en razones humanitarias que conmovieron al presidente Clinton, empleó todos sus buenos oficios para detener una limpieza étnica mediática en Kosovo (algo que podría ocurrir en cualquier momento en nuestro país, el llamado apartheid del Caribe). De esta suerte, “la fuerza área norteamericana lanzó unos 30.000 proyectiles de uranio empobrecido, lo que supone algo más de 10 toneladas de residuos. Gran Bretaña empleó asimismo munición de uranio empobrecido. EEUU ya había utilizado este tipo de munición en 1995-96 en Bosnia. (“Uranio empobrecido: Del Síndrome de la Guerra del Golfo al Síndrome de los Balcanes, https://www.rebelion.org/hemeroteca/ecologia/uranio090201.htm).
En cuanto a lo que se refiere a Afganistán, el panorama no podría ser más desolador. La tumba de los imperios se está convirtiendo en la tumba prematura del pueblo afgano:
“Después de la Operación Anaconda , realizada en Afganistán en 2002, nuestro equipo examinó a la población en las regiones de Jalalabad, Spin Gar, Tora Bora y Kabul y comprobó que los civiles presentaban síntomas similares a los de la guerra del Golfo.
“El estudio de las muestras recogidas en 2002 reveló, en los distritos de Tora Bora, Yaka Trot, Lal Mal, Makam Khan Farm, Bibi Mahre, Poli Cherki y el aeropuerto de Kabul, concentraciones de uranio 200 veces más importantes que las del grupo de comprobación [recogidas en zonas no afectadas]. Las tasas de uranio en las muestras de suelo de los lugares bombardeados son dos o tres veces más elevadas que los límites mundiales de concentración de 2 a 3 mg/kg y las concentraciones en el agua son significativamente superiores a las tasas máximas tolerables que establece la OMS. Estas pruebas, cada vez más numerosas, convierten el problema de la prevención y de la respuesta a la contaminación por uranio empobrecido en una necesidad prioritaria”. (“Enfermedades no diagnosticadas y guerra radiológica”, por Asaf Durakovic, http://www.voltairenet.org/article151803.html).
Lo peor es que tras casi diecisiete años de guerra en Afganistán los Estados Unidos no han logrado ni siquiera estabilizar el país. Miles de soldados usamericanos todavía permanecen dando apoyo a un régimen corrupto en un territorio ingobernables donde provincias enteras permanecen en control de grupos opositores.
Aparentemente no se vislumbra un fin para la guerra en Afganistán, sobre todo ahora que el presidente Trump ha mostrado su firme determinación de continuar con más brío la perpetua “guerra contra el terrorismo”. Una guerra que incluye planes para contener la agresividad, el expansionismo ruso, “que acerca cada día más sus fronteras a las bases de la OTAN.” Una guerra que incluye planes para frustrar el proyecto de desarrollo de China en la ruta de la seda, el proyecto que podría transformar Asia Central (la región que ocupan la mayoría de los países que terminan en istan), y crear un inmenso mercado euroasiático desde el estrecho de Gibraltar hasta el Pacífico.
Por el momento, la guerra se la pueden permitir gracias a las inmensas riquezas minerales que han sido descubiertas en Afganistán y el inmenso botín que representa la producción del 90 % de la heroína que se consume en el mundo. Lo importante, además, no es ganar la guerra sino perpetuarla:
“En el mundo orwelliano que la OTAN nos diseña –dice Manlio Dinucci-, las guerras son procesos que permiten transferir las riquezas de los pueblos hacia las cajas registradoras de las multinacionales que se dedican a la fabricación de armas”.
En la guerra infinita el general uranio juega un papel tenebroso. Casi todo el cercano oriente y países como Libia están contaminados de cabo a rabo, condenados a seguir librando una guerra a muerte después de la guerra, si acaso hay un después. El general uranio continuará durante siglos ejecutando su silenciosa operación limpieza.



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jueves, 15 de junio de 2017

AVENIDA WINSTON CHURCHII



La Avenida Winston Churchill, la que podría ser Avenida 14 de Junio o Avenida hermanas Mirabal, lleva el nombre de un siniestro personaje que fue odiado en las filas de la marina inglesa y por soldados de su propio país durante mucho tiempo.

Se deslució como estratega durante la primera guerra mundial, en la que se desempeñó como Primer Lord del Almirantazgo al atacar Estambul con una flota que estaba supuesta a tomarla en seis horas y sufrió una vergonzosa y costosísima derrota, a la que se sumaría más tarde la de Galipoli.

La desastrosa batalla de Galípoli, el ataque a la actual Turquía que  terminó en una masacre espantosa, fue la tentativa de Churchil de hacer por tierra lo que no habían podido hacer por mar y motivó su salida del gobierno.

Durante la segunda guerra mundial, la época de sus grandes éxitos, el mismo criminal de guerra provocó una hambruna en la India que le costó la vida a tres millones de personas y paro de contar.




jueves, 8 de junio de 2017

CANONICEMOS A BALAGUER

Pedro Conde Sturla


         Desde el inicio de la dictadura de los doce años, Balaguer trató de vender la imagen del gobernante que se mantenía por encima o al margen de la corrupción que él mismo prohijaba. Típicamente era el caso del hombre que desconocía o fingía desconocer  su progenie, en el amplio sentido de la palabra. Pero Balaguer no estuvo –nunca estuvo- por encima ni al margen de la corrupción. Balaguer estuvo inmerso en la corrupción, ni siquiera flotando sino inmerso hasta el cuello, hasta la nariz, hasta la coronilla. Afirmar que la corrupción sólo se detenía ante  las puertas de su despacho fue una falacia, un sarcasmo, un ejercicio impúdico de cinismo, un descaro. El despacho fue la caja de Pandora, la fuente de todas las desgracias. Nunca se ha conocido celestina casta, perdón: Nunca se ha conocido corrupción sin corruptor. Él fue el principal elemento corruptor de la sociedad dominicana durante poco menos de la segunda mitad del siglo XX. La corrupción fue su base de sustento y de sustentación políticas. La corrupción lo llevó al poder, lo mantuvo en el poder, le devolvió el poder, le permitió ejercer el poder hasta el último día de su miserable existencia dedicada al mal y solo al mal -a la perversidad que fue su vocación y sueño de niño. Ahora la corrupción amenaza con eternizarlo en el poder, otorgándole el poder de la santidad. Ahora los herederos del poder –aves de rapiña que se llevaron medio país entre las uñas- lo santifican a coro desde la podredumbre del poder. Santo sea Balaguer. Pues bien, Santo sea Balaguer, hay que celebrarlo, ahora que rindió su alma al diablo. Hay que reconocerlo sin mezquindad en su santidad. Santo sea Balaguer, santo sea el auténtico Padre de la Corrupción : ese es, en efecto, su mayor título de gloria. Celebremos. Ese es el título que va a defender ante la historia y va ganar. Exultemos. Va a ganar por puntos, por decisión o por knock-out, pero va a ganar –ya ganó- y a retener el título por los siglos de los siglos. Canonicemos, pues, a este humilde siervo, Joaquín Amparo Balaguer Ricardo, alias (D)Elito. Santo, santo, sea. Santo es Balaguer, el Santo Padre de la corrupción. El santo y seña.

martes, 6 de junio de 2017

MALAGUER



Curtido en el ejercicio demoníaco del poder, Balaguer es sin duda la figura más nefasta de la historia dominicana. Por encima de Báez y Trujillo, Balaguer es, sin duda, la figura más repulsiva de nuestra historia.
pcs

sábado, 3 de junio de 2017

EL 501


Pedro conde Sturla
        
         A Zaglul lo recuerdo a veces, muchas veces, asociado a la cátedra universitaria, a numerosas charlas y sobre todo a un cinefórum, allá por los años sesenta.

         El cinefórum tuvo lugar en la flamante sala del Rialto con motivo del estreno de Pasiones secretas, una película sobre la vida de Sigmund Freud que tenía por protagonista a un personaje freudiano: Montgomery Clift.
         La organización del evento, que transcurrió por cierto a casa llena, estuvo a cargo de Armando Almánzar, el futuro dinosaurio, y contó con la participación entusiasta de Zaglul. Me refiero inequívocamente a Antonio Zaglul, cariñosamente Toñito, el siquiatra y el humanista. Recuerdo que dio una conferencia muy amena sobre la vida y obra del fundador del sicoanálisis.
         Esa noche se asistía, en rigor, a un doble estreno: Zaglul estrenaba una esposa jovencita que, por  razones de galanura, llamaba la atención (y la envidia) de todos, casi todos.
         Zaglul era conocido y reconocido por su práctica profesional y sus cátedras en la universidad estatal –la única en ese tiempo- y sobre todo por su vehemencia. Era un vehemente freudiano y un vehemente fumador. Una caricatura de un periódico estudiantil de la Facultad de Medicina recrea su figura en chacabana, dictando clases, fumando. En cada uno de los cuatro bolsillos se transparenta un paquete de cigarrillos de marca diferente. Al pie de la caricatura aparece un diagnóstico certero: “Complejo siconicotínico”. El hombre, en efecto, fumaba como un turco.
         Zaglul era un personaje que inspiraba simpatía, cariño, admiración, respeto. Era un tipo afable, sencillo, que se burlaba de las formalidades y se burlaba incluso del destino. Una vez le diagnosticaron un cáncer y le dieron seis meses de vida, pero vivió diez o doce años más y murió de viejo y no de cáncer.
         Las cátedras de Zaglul eran amenas, chispeantes, hasta el punto de concitar el interés de estudiantes de otras disciplinas. Yo asistía frecuentemente con compañeros de química, ingeniería, derecho, y de vez en cuando también nos colábamos en el aula donde impartía clase de anatomía el doctor Mairení Cabral o en la de Fermín Pérez Plácido.
         Mairení era un virtuoso del diseño anatómico, amén de brillante expositor, y cuando hablaba, por ejemplo, de los pulmones, iba dibujando los pulmones con ambas manos y tizas de diferentes colores.
         Pérez Plácido impartía clases de embriología. De sus manos brotaba en la pizarra el embrión que se iba convirtiendo como por encanto en feto, el niño casi formado, el niño casi naciendo.
         Al final, lo que quedaba sobre la pizarra se nos antojaba una obra de arte que era un crimen borrar.
         Era otra época, la época de las grandes ilusiones, surgidas tras el descabezamiento de la tiranía trujillista. En esa época la droga de la juventud era la rebeldía y los dirigentes estudiantiles se llamaban Asdrúbal Domínguez y se llamaban Amin Abel Hasbún. Parte de esa juventud sudaba por igual la fiebre del marxismo y la fiebre del sicoanálisis y todo lo que oliera a irreverente y libertario.
         De esta suerte, Zaglul se convirtió en un referente obligatorio, con el cual compartíamos los sueños de redención posibles, que luego se tornaron imposibles. Lo seguíamos a través de sus artículos en la prensa. De hecho, nadie se perdía entonces su página dominical en El Nacional de ¡Ahora! Era una página de divulgación en la que se reveló como un activista de la cultura, sin más ambición que abrazarse a sus congéneres. De vez en cuando provocaba un avispero monumental con sus tesis populares sobre la dominicanidad, como  la del “complejo del gancho”, que fue una de las más celebradas y comentadas.
         “Sólo Toñito Zaglul –dice Andrés L, Mateo en un artículo de antología– se zambulló en las procelosas aguas de la dominicanidad. Mientras las ideologías simplificaban al máximo las contradicciones surgidas en la historia en movimiento de un país que recién estrenaba la libertad, él nos pensaba, y tejía sus parábolas de fuego, cincelaba los rasgos distintivos de nuestro ser, como una mismidad problematizada por su particular aventura espiritual”. [1]
A raíz de la publicación y el éxito del libro Mis 500 locos, memorias del director de un manicomio (1966), sus lectores comenzaron a llamarle –un poco en serio y en broma- El 501. A esto se refiere Zaglul en una nota de la tercera edición:

“Mis 500 locos tuvo la suerte de prender conciencia en los dominicanos acerca del problema de las enfermedades men­tales.
El 501 es ya un símbolo.
Ese uno mas comenzó como un chiste; podría ser alguien, pero, ¿quien era ese alguien? ¿EI autor de la obra?, ¿todos los psiquiatras?, ¿algún amigo? ¿o tal vez yo mismo, se diría el lector?
Lo que comenzó siendo un chiste se fue convirtiendo en un simbolismo.
Las personas que se ríen del enfermo mental tienen. un profundo temor a enloquecer. El mismo lector de mi obra es quien crea el 501. Ese puedo ser yo, dice para sus adentros y le suma uno más al 500.
La locura y la muerte destruyen el yo y el solo pensamiento de que nos pueda suceder genera angustia. Ante la idea de la muerte hay un horrible miedo; frente a un loco hay risas, pero detrás se esconde un temor tan grande como al de la muerte misma.
Nadie quiere ser el 501, tal vez ese ha sido el éxito de Mis 500 locos.

Noviembre de 1972”.

En relación a este particular dice Andrés L. Mateo en su mencionado artículo:

“Yo creo que durante muchos años hemos leído este libro sin profundizar adecuada­mente en su estructura narrativa. Mis 500 locos es la narración alucinada de una esta­ción de la vida de este país, en la que la ra­zón como instrumental se quiebra, y sobre­viene el absurdo de una situación en la que la Nación toda es un gigantesco manicomio. La realidad del manicomio es una metáfora perfecta, que se desplaza en todo lo que To­ñito Zaglul va contando, como un abanico de acontecimientos que pueblan la vida de encierro de los locos, pero que salta hacia fuera de las paredes del manicomio y elabo­ra la conciencia necesaria de una condena, haciendo surgir de la propia desdicha la evi­dencia de que el régimen trujillista era la barbarie del instinto sobredeterminándolo todo.”

pcs,jueves, 07 de agosto de 2008

LOS 500 LOCOS DE ANTONIO ZAGLUL
Pedro conde Sturla

En los 42 capítulos de “Mis 500 locos”, lúgubremente subtitulado “Memorias del director de un manicomio”, Zaglul describe su lucha por dignificar la condición de los pacientes del manicomio de Nigua, situado para colmo de males en las inmediaciones del leprocomio de Nigua, hasta su posterior traslado al kilómetro 28 de la autopista Duarte, junto al hospital de tuberculosos.
La gran influencia que ejerció este libro en los años sesenta y setenta se explica por varias razones. Zaglul, en primer lugar, logró promover, fomentar como fenómeno de masa el interés de los profanos por  la siquiatría, y capturar de paso como discípulos a otros que hoy son profesionales de prestigio en el área. Zaglul descorrió, ante los ojos atónitos de una generación, las compuertas del submundo de la locura y el espectáculo nos sacudió provocando reacciones encontradas. Pero nadie fue indiferente a ese libro que reviste además notable valor documental y literario. De ahí su importancia.
Andrés L. Mateo, en su artículo “Mis 500 locos como novela”, reseña la obra con inapreciable lucidez:
“El libro comienza con la llegada del Director, quien como Dante en EI infierno, se dispone a descender al centro mismo del suplicio más temido por el hombre y la mujer. El pequeño capítulo de ‘La llegada’ es, sin embargo, antológico. Luego de una descripción que por momentos se detiene en los detalles, el ‘menordomo’ le entrega al flamante director el informe más preciado del hospital:
‘-Señor Director- le dice- aquí esta el censo de la mañana de hoy: Reporta 500 locos.’
De esas quinientas vidas el autor nos relatará vicisitudes que tipifican sus martirologios personales, escogiendo algunas de ellas; pero la idealidad de un mundo atravesado por la locura será solo un pretexto para juzgar a la sociedad en su conjunto. En realidad, desde el principio, son los ‘cuerdos’ los que preocupan al personaje director:
‘Desde los primeros momentos de mi llegada -dice en el segundo capitulo- comprendí que mi gran problema no iban a ser mis quinientos locos, sino mis veinte loqueros’.
¿No era acaso el país millones de locos maniatados por un loquero, o un loco oprimiendo a millones de cuerdos?
Ninguna de las numerosas historias que se entrecruzan en esta novela tendría sentido, si no se las arroja contra el telón de fondo de la historia inmediata. Los enfermeros con sus macanas son la expresión de la mano férrea que gobernaba el país. La trementina, el clerén y el bongó, más que esa expresión sintética de la personalidad atormentada de Julito González Herrera, era la apertura siniestra al totalitarismo que el mismo intelectual enloquecido había ayudado a construir. La aventura de los mellizos que se encuentran es el habla en imágenes de exilio del espíritu que el poder absoluto propicia. Y así las narraciones del venezolano, la de Pablito Mirabal, del loco que apostó al suicidio, la del día que los locos callaron, etcétera. Todo lo que se acopia en este texto de manera dispersa se unifica en el sentido de una historia ficcional, que tiene como hipermetáfora a Trujillo (super yo que flota como causal en todas las historias), y se hace novela”.
En “Mis 500 locos” hay capítulos trágicos y tragicómicos, contrapunteados por otros definitivamente hilarantes. La narración, pues, es a ratos sombría, a ratos académica y a ratos humorística, y se sostiene siempre en un marcado sentimiento de simpatía, en la compasión  que inspira al autor el destino trágico de esos seres desprovistos de juicio y de fortuna en medio de la tiranía de Trujillo. Zaglul se empleó a fondo, sin duda, dejando en su testimonio vital, en sus relatos y retratos jirones de humanidad. El muestrario incluye joyas narrativas como la que se ofrece a continuación y otras que reservo para una próxima entrega.

EL DÍA QUE TODOS LOS LOCOS CALLARON
Un día, al llegar al Sanatorio, encontré al Padre Wheaton esperándome desde hacía largo rato. Pensé que sería para indagar que nos hacia falta, pero era por otra cosa. Una masa coral de una Universidad norteamericana, vendría al país a dar conciertos. EI Padre era el encargado de hacer el itinerario, y había incluido el Manicomio. Traté de persuadirlo, Le expliqué que talvez a los enfermos no les gustaría la música sacra, ya que eran pacientes en su mayoría de origen campesino y clase por debajo de la media, sin preparación cultural, que ni siquiera aceptarían la música popular norteamericana. En fin, luché durante media hora por convencerlo, con el propósito de no ofrecer el concierto, pero no pude disuadirlo. El concierto se daría en el Manicomio, bajo protesta de la Dirección, pero se daría.
Me pasé varias noches sin dormir, esperando el dichoso día. ¿Cómo reaccionarían los locos con esa música? Pensé encerrar a los revoltosos, a los logorreicos, a los autistas. Cuando terminé la selección, sólo quedaban menos de veinte, y el personal. Con un coraje contagiado del Padre Wheaton, le informé al Mayordomo que todos los enfermos asistirían al acto del día siguiente. Éste me miró con cara de sorpresa, y antes de que comenzara a protestar, le reafirmé:
- Y también saca a ALC.
Esa mañana llegué muy temprano al establecimiento. A algunos enfermos que tenían ropas, se les entregó para que la usaran en lugar del "mono" que era el uniforme. Pacientes a quienes desde hacía varios años había visto con traje manicomial, se veían ridículos con su ropa de calle, y ellos también se sentían mortificados, y me lo manifestaron. Dirigí, como si fuera un General, una batalla. El personal se entremezcló con los enfermos; grupos sentados en el suelo, otros en bancos y un tercer grupo de pies. ALC también estaba allí, con cara sorprendida, y con su camisa de fuerzas, sentado en una silla especial. Bienvenido, la maestra, la maeña, todos estaban esperando el momento especial. La orden era terminante: el primero que tratase de interrumpir, sería expulsado inmediatamente.
Ya comenzaban a sudarme las manos y a sentir ansiedad, cuando llegaron los músicos con el Padre Wheaton a la cabeza.
Comenzó el concierto. Durante dos horas que parecieron minutos, voces armoniosas y bien acopladas hicieron callar a mis quinientos locos. Fue un espectáculo impresionante. Un silencio sepulcral reinaba en el ambiente, y los enfermos parecían animados por una misma corriente de elevación espiritual.
Durante mucho tiempo después, mis locos me preguntaban:
-Doctor, ¿cuándo volverán los rubitos que cantan?

pcs, jueves, 21 de agosto de 2008

EL LINIERO QUE LO SABÍA TODO
Pedro Conde Sturla

“Este libro –aclara Antonio Zaglul en la Motivación o introducción de “Mis 500 locos- quiere despertar la caridad hacia el enfermo. No una caridad para pordiosero; no la caridad como sublimación de sentimientos de culpabilidad, sino la comprensión hacia la ilógica del enfermo, a lo psicológicamente incomprensible del delirante, lo que se necesita”.
 “Mis 500 locos” es la obra de un ser humano excepcional que vivía aquejado de bondad y amor al prójimo, y su fina sensibilidad se pone de manifiesto en la descripción de personajes atrapados “En el mundo de la tristeza y la alegría anormal, en la descripción de “El loco que nunca reía”, de “Plinio”, de “El corredor”, del “Más ladrón que loco”, de “Antonio, el necrofílico”, del ganador de “Una apuesta macabra”.
Se manifiesta por igual esa sensibilidad en el homenaje de agradecimiento que rinde al  padre Wheathon, a quien pinta como un filántropo, un cristiano auténtico que en realidad es un alma gemela.
“Mis 500 locos” es un mosaico, un gran fresco, un  muestrario de varia y doliente humanidad, compuesto por criaturas afables y siniestras, sicópatas, neuróticos, esquizofrénicos, abogados,  políticos y hasta guerrilleros como el cubano Pablito Mirabal, que era apenas un adolescente, uno de los pocos sobrevivientes de la repatriación armada del 14 de junio de 1959.
 Algunos de los personajes son seres rebosantes de ingenio, en los cuales Zaglul descubre a veces habilidades y conocimientos insospechados. Tal es el caso del campesino que da origen a la narración, “El liniero que lo sabía todo”, un relato con chispa, lleno de vida, de increíble calidad humana, que aquí se reproduce parcialmente:


Había nacido en la Línea Noroeste de la República, y se había criado a todo lo largo de la frontera con Haití. Su padre era militar y continuamente era trasladado de un puesto a otro. Había hecho de todo en la tierra; la había trabajado a gusto y, aunque analfabeto, tenía gran senti­do de lo telúrico.
Cuando se independizó del padre, cargó con una prosti­tuta y se marchó a terrenos comuneros en los alrededores de Villa Altagracia. Tenía conucos, crianza de aves y cer­dos. Procreó varios hijos con la mujer, y la vida se desenvolvía para él como la de cualquier agricultor de nuestro país.
Honrado a carta cabal, trabajador de sol a sol, vivió feliz hasta cuando el Tirano decidió convertir a la Repú­blica en un inmenso cañaveral. Entonces fue desalojado de su predio, tuvo que vender sus animales a cualquier precio y se convirtió, de próspero agricultor, en un simple cortador de caña. Sus ingresos mermaron considerable­mente y la mujer lo abandonó, dejándole los tres hijos. Así se convierte en padre y madre de sus hijos; el trabajo se duplica; le pagan mal; llegan tardíamente los pagos y en alguna ocasión lo engañan; aprovechan su analfabetis­mo y su poco conocimiento de aritmética para engañarlo. Trabaja hasta de noche y se desenvuelve económicamente con los ahorros de las ventas de sus animales.
Cuando advierte que no tiene un sólo centavo, y en cam­bio varios meses de trabajo sin pagar, comienza a sentir alucinaciones. Es la voz de su mujer que lo insulta; son las voces de sus padres que lo recriminan.
Una tarde se imagina dueño de todas las plantaciones de caña de azúcar que existen en la región. Ordena tra­bajos, organiza cuadrillas de hombres que laboran a sus órdenes; se limpian los cañaverales, se hacen carriles pa­ra las carretas, trabajan cientos de hombres a su cargo, hasta que llegan los superiores. Es enviado al Cuartel de la Policía Nacional y posteriormente al Manicomio.
Se le inicia un tratamiento de electrochoques y mejora rápidamente.
Los pacientes esquizofrénicos presentan una característica. Es lo que llamamos los psiquiatras respuesta de lado o pararespuesta. Al paciente se le pregunta su nombre y responde con el día de su nacimiento; si se le indaga por el día de su nacimiento, ofrece su nombre.
Con El Liniero, las respuestas de lado eran abundantes.
Cuando le preguntamos su nombre, nos dijo:
-El gran problema de este país esta en la tierra mal repartida.
Cuando le preguntamos dónde nació, nos dijo:
-Este año habrá hambre en nuestra tierra, porque están muy florecidos los mangos y los aguacates.
Las alucinaciones auditivas persisten y se continúa el tratamiento. EI Liniero se pasa la mayor parte del tiem­po leyendo revistas y libros religiosos, pero no sabe leer, y hace alardes de cultura sin tenerla. Al menos, en lo que respecta a la lectura.
Pero en  relacionado con la tierra y sus problemas, lo sabe todo. Alguién habla de abejas, y El Liniero sabe de abejas, también. Tiene una teoría, que anda cerca de la verdad: "Los Linieros son fuertes porque son los únicos campesinos del país que comen carne, aunque sea de chi­vos; el resto come pajas".
-Paja, para él, son los tubérculos: la yuca, la batata, etc. "El plátano es pasable si esta maduro, -dice-, y las le­gumbres son buenas también. Un individuo que coma car­ne y miel de abejas, debe ser fuerte".
Así se expresaba El Liniero. Cuando hablábamos de co­mida, era prolijo y sincero. Cuando se conversaba de tie­rras, entonces se convertía en un huraño; tenía temor y hablaba en parábolas:
-Doctor, el gato con sus patas hace caricias, pero cuando se enfada, hiere con ellas.          ,
Pasado algún tiempo, El Liniero inició su crianza de animales: cerdos, chivos, gallinas, patos, etc. La mortali­dad era reducida. El tenía conocimientos rudimentarios de terapéutica veterinaria y sabía aplicarla a tiempo.
En una oportunidad consiguió unas gallinas ponedoras, importadas. Estas aves son empolladas en incubadoras desde muchas generaciones, y han perdido en parte su ins­tinto de procreación, ya que después de pocos días aban­donan los huevos.
Le hicimos esa advertencia al Liniero, y por toda respuesta nos hizo una mueca de desdén.
Algún tiempo después El Liniero me invito a ir a su ga­llinero, donde una gallina blanca calentaba una veintena de pollitos. Cuando le preguntamos cómo había logrado ese prodigio, nos explicó que había puesto a otro enfermo días y noches a sostener agarrada a la gallina en el nido, a fin de evitar que lo abandonara.
Si no estoy equivocado, creo que dura veintiún días el tiempo que tarda la gallina en empollar sus huevos. Pues, veintiún días, tanto El Liniero como su otro compañero, permanecieron turnándose en el nido para probarme que todo se puede conseguir perseverando.
…………………………


La vida de Antonio Zaglul, el inolvidable 501, fue en gran medida lo mismo que describe en este y otros relatos de su obra, un ejercicio continuo de simpatía, de entendimiento, de solidaridad, de caridad, de compasión. Esa compasión, como dice Shakespeare en "El Mercader de Venecia", que “Es dos veces bendita; bendice a quien la otorga y a quien la recibe".


pcs, jueves, 28 de agosto de 2008


LA ANTESALA DEL INFIERNO
Pedro Conde Sturla
        
         En uno de los primeros capítulos de Mis 500 locos, Antonio Zaglul recuerda “el título de una obra de un famoso periodista alcohólico de nuestro país, publicada después de haber estado en el manicomio”, el “manicomio modelo” Padre Billini.
Se trata de Trementina, clerén y bongó, la novela que recoge el fruto de las vivencias de Julio González Herrera en ese  establecimiento siquiátrico, aunque no en términos estrictamente autobiográficos como podría pensarse. Fue su primera novela y a la vez su obra capital, la obra de un hombre que nunca estuvo perfectamente loco ni, quizás, lo contrario en esa fase de su vida, y que más bien se mantuvo bordeando la locura, buscándola o por lo menos desafiándola.
Trementina, clerén y bongó se presta a diferentes niveles de interpretación o lectura. En general presenta un drama de tipo documental, neorrealista, al estilo del cine italiano de la segunda posguerra, o sea, casi de la misma época en que se escribió la novela. Drama tragicómico sobre los abismos de la locura y el horror y la preocupación por la locura que vive en cada uno de nosotros. Velada alegoría del poder y los abusos del poder, alegato contra el maltrato de la inocencia y contra el mal que proviene de la ignorancia. Espejo de podredumbre y miserias humanas.
En un capítulo de antología, el tercero, tratando de ver en sí mismo, uno de los internos medita sobre la delgada “línea que separa la cordura de la locura”. Su propia lucidez no lo engaña, más bien lo induce a sospechas:
“En cuanto a su locura, aparente o real, se sentía ya casi bien. Creía, por lo menos, estar mejor que todos los que se alojaban en aquel pabellón. Él comparaba mentalmente su actitud con la de sus compañeros y se sentía cuerdo en relación con ellos. Pero lo malo, lo terrible era que nadie se consideraba allí loco y sin embargo todos lo estaban. ¿No le sucedería a él lo mismo?”
Para comprobar su tesis, el interno decide hacer un “ensayo”, una especie de encuesta consistente en preguntarle a otros locos sobre el origen de su locura. El resultado confirma sus peores sospechas ya que sólo uno de los locos encuestados “acepta la idea de su propia locura”. Lamentablemente es el “llavero” Araujo, haciéndose pasar por loco para gastarle una broma a un loco.
En la descripción de los efectos de la trementina sobre los pacientes que se tornan impacientes, no hay, en cambio, espacio para bromas ni humor negro, sólo la indignación cabe, una indignación y un asombro hermanados al horror, a la impotencia, a la forma superior de la rabia que es la rabia sorda, contenida al borde de la explosión.
“La trementina ha hecho prodigios en este establecimiento. El tratamiento consiste en inyectar en cada uno de los muslos de los pacientes una dosis regular de trementina pura…Estas inyecciones paralizan completamente los miembros inferiores de los pacientes durante diez o quince días, produciendo un dolor agudo y continuado. Sirve para ‘fijar’ el enfermo. El menor movimiento hace aumentar terriblemente el dolor. El enfermo inyectado permanece sin moverse, cuatro o cinco días. A los diez días ya se mueve un poco, y puede, con gran esfuerzo, cambiar de posición en la cama. Todavía al mes camina con mucha dificultad, con las piernas rígidas y rectas, por la imposibilidad de doblar las rodillas, y arrastrando los pies. Estas inyecciones se aplican principalmente a los locos furiosos para calmarlos, pues producen un shock nervioso muy beneficioso para el paciente…”.
Como puede apreciarse, es un capítulo de atmósfera irrespirable. En los últimos párrafos se hace aún más indignante, desgarrador, literalmente insoportable a la vista. Toda la descripción cede su espacio al asco, el infinito asco. Podría acusarse de tremendismo al autor si su inventario de llagas y podredumbre no fuese un grito a la conciencia de todos:
“En la enfermería estaba Facunda, siempre delirante, a quien le había salido un tumor en una pierna y se quitaba constantemente los ungüentos y vendajes que le ponían para aplicarse saliva, orines y excrementos. Ahora tenía la pierna completamente descarnada, poblada de gusanos, y con el hueso a la vista. Estaban también, Ezequiel, con el cuerpo lleno de pústulas, cuyas costras quitaba meticulosamente para irlas comiendo como el más exquisito manjar; Pirita, tuberculosa, delgada como un hilo, con los ojos febriles; y Lino, con un ojo menos que le había arrancado Rafael Pina en un ataque de furia”.
Desgraciadamente, todas las emociones, toda la repugnancia que suscita ese texto se quedan cortas tomando en cuenta que todavía hoy, en la llamada vida real, se producen situaciones como las que en la “ficción” de la novela se detallan.
Una persona que leyó mi artículo pasado sobre Antonio Zaglul, me escribió apesadumbrada para contarme su experiencia a raíz de una reciente visita al Hospital Psiquiátrico Padre Billini, mejor conocido como "El 28". 
La visita tenía por objeto simples razones humanitarias: llevar ropas, sábanas y algo de consuelo y calor humano a los internos.
Según me informa la fuente, es necesario advertir que el reglamento de “El 28” exige que los internos permanezcan descalzos para poder distinguirlos de los visitantes. Si por alguna razón un visitante se quita y pierde los zapatos podrían dejarlo encerrado quizás para siempre, como al personaje de un cuento de García Márquez que entró a un clínica para enfermos mentales a llamar por teléfono.
De acuerdo a lo que relata esa persona, si las cárceles dominicanas son la antesala del infierno, no se sabe lo que podría decirse del manicomio. Allí los electrochoques se utilizan a diario como manera rutinaria de controlar a  los pacientes, cuando el mínimo requerido es una vez por semana.
La salubridad es inexistente. Hay pacientes sanos junto a pacientes con enfermedades contagiosas y con sida,  locos furiosos y locos mansos en un mismo amasijo.
Una señora brutalmente golpeada por su marido, fue llevada a la fuerza por él mismo, y aunque la señora clama y sigue clamando que no está loca, fue  internada  sin la más mínima evaluación.
Para peor, un canadiense que apenas logra hacerse entender, está recluido quizás por simples razones de incomunicación, dando gritos de loco en su condición de cuerdo, que debe ser desesperante. En este asunto debería tomar parte el consulado de su país.
La llamada "área de recreación" es todo lo contrario de lo que el nombre indica, una especie de potrero con la hierba hasta las rodillas.
Los pacientes comen con las manos sucias, son encerrados en pocilgas desde las cinco de la tarde, sin colchones ni sábanas ni ventilación. Hay que imaginar solamente los gritos de todos esos infelices, una vez los trancan a las cinco de la tarde, hasta el otro día. Eso debe ser otro círculo más del infierno y no la antesala.


pcs, miércoles, 13 de agosto de 2008



[1] Andrés L. Mateo, “Mis quinientos locos como una novela”, Listín Diario, (¡?)