domingo, 21 de enero de 2018

CLODOMIRADAS DE UN MOQUETERO

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PEDRO CONDE STURLA
CONVOCA SU CONDICIÓN DE ATEO
El malditísimo crítico y excelente escritor había sido señalado por alguien que lo fuñe con frecuencia como un atormentado creyente en el Todopoderoso -lo que no se conocería públicamente-, por su juntadera con el practicante, convicto y confeso beato José Tobías Beato, de los del número de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Petrus, formado en la academia superior italiana, es un degracimao odiado con y sin razón por muchísimo literato criollo. Ha sido un destacado miembro y dirigente del Partido Comunista Dominicano, PCT, que Dios guarde. Ahora coloca en su blog “Botella en el mar” el poema “No creo en Dios”, de Fernando Pessoa, con una introducción cojonuda, y coloca una reseña en su cuenta de Facebook. Ojualá que cuando se muera Dios lo lleve a su santo seno. A continuación el delirio de Pedro y de Pessoa:
DIOS MÁS DIOS NO SON CUATRO
Tan buen matemático y tan bruto y sanguinario. Para salvar a los judíos mató niños en vez de matar al faraón, para tener un hijo mandó al espíritu santo a negociar un cuerno en vez de buscarse el mismo una negrita de las que sugiere mi amigo Bonilla, para salvar a la humanidad sacrifica al hijo en vez de apretar todas las tuercas flojas y corregir los defectos de los humanos, para hacer que creyeran en él inspira un libro tenebroso en vez de dejarse ver desde el cielo públicamente aunque fueran las bolsas.
Por eso mi religión es y seguirá siendo la que predica Fernando Pessoa:

No creo en Dios por que nunca lo he visto.
Si quisiera él que yo creyese en él
Sin duda vendría a hablar conmigo,
Empujaría la puerta y entraría
Diciendome ¡Aqui estoy!
(Tal vez esto suene ridículo
Para aquel que, por no saber lo que es mirar las cosas
No comprende al que habla de ellas
Con el modo de hablar que enseña el verlas de verdad.)
Si Dios es las flores y los arboles,
Los montes, el sol y el claro de luna,
Entonces creo en él,
Creo en él a todas horas,
Toda mi vida es oración y misa,
Una comunión con los ojos y los oidos.
Pero si Dios es los arboles y las flores,
Los montes, la luna, el sol,
¿Para que lo llamo Dios?
Lo llamo flores, árboles, monte, luna, sol.
Si él se ha hecho, para que yo lo vea,
Sol y luna y árboles y montes,
Si él se me presenta como árbol y monte
Y claro de luna y sol y flor,
Es por que quiere que yo lo conozca
Como árbol, monte, luna, sol, flor.
Y yo lo obedezco
(¿Sé más de Dios que Dios de sí mismo?)
Lo obedezco viviendo espontaneamente,
Como uno que abre los ojos y ve,
Y lo llamo luna y sol y flores y árboles y montes Y lo llamo sin pensar en él
Y lo pienso con los ojos y los oidos
Y ando con él a todas horas.

sábado, 20 de enero de 2018

Giovanni di Prieto: carta abierta a Pedro Conde

6 de marzo 2012

Carta abierta a Pedro Conde

Giovanni Di Pietro

Estimado Pedro:


Déjame decirte que encuentro geniales estos dos parrafitos que me dedicaste y que encontré en tu columna del sábado 26 de febrero de 2011 en El Caribe, gracias a un amigo que me habló de tu reseña a mi reseña de la novela de Mieses.


“Giovanni di Pietro, [sic] un crítico hegemónico, de tipo infalible, como Diógenes Céspedes, lee mal y escribe peor, como de costumbre, y basa su análisis del texto, de todos los textos que analiza, haciendo una lectura, una descripción lineal, cuenta el libro que ya contó el autor con mayor gracia y nunca precipita sus intuiciones críticas, si acaso alguna vez las ha tenido.

El talentoso Giovanni di Prieto, [sic] según se dice, aprendió a saludar con la mano derecha a los diez años de edad, toda una proeza intelectual”.

Este tipo de cosas me tiene sin cuidado. Sólo que me sorprende que venga de tu parte, pues, aunque no te lo creas, yo te he admirado como crítico desde lejos y he respaldado tus muchas saludables irreverencias para con los escritores. 

Entiendo, y lo he dicho repetidas veces, que la crítica no tiene que ser aburrida, y la tuya nunca la he encontrado aburrida. Yo, en mi modesto aporte a la literatura del país, también he tratado de que la mía tampoco lo fuera. Pero, pese a eso, en todo este tiempo no he logrado que el ambiente intelectual dominicano tome en serio lo que he tratado de hacer dentro de esa área. Sobra decir que no se puede satisfacer a todo el mundo, ni hay que intentarlo.

Pienso que te equivocas cuando cuestionas mi relación con Céspedes. Yo soy mi propia persona y siempre lo he sido. A Diógenes lo considero como un gran amigo y un maestro, pero nadie me dice qué tengo que decir y cómo tengo que decirlo. 

Yo te he admirado por esta misma razón y siempre pensé que tu voz independiente en cuestiones de crítica literaria valía mucho la pena escucharla. Si la gente te ha escuchado por años, gran suerte tienes, porque a mí nadie me ha escuchado nunca, a menos que no sea un simple puñado de personas que, contra viento y marea, se obstina en afirmar que aprecia mis opiniones.

Con relación a eso de leer mal y escribir peor, supongo que tienes razón en el segundo caso, pues nunca pretendí ser un gran estilista, como quizás lo pretendes tú, pero te equivocas por completo en el primero. Esta idea concordaría con la otra que dice que yo sólo hago resúmenes y no crítica de un libro. El que se toma la molestia de leer con cuidado lo que hago se dará cuenta que la parte que resume el libro es la base al mismo análisis que hago. 

No puedo presentar mi análisis, sin antes estar seguro de que la persona que lo lea tenga una idea clara de la lectura que hice y las cosas que enfatizo. 

A mí no me gusta generalizar sobre nada, lo que es pan nuestro de cada día entre los presuntos críticos del país, muy a menudo tú mismo incluido; lo que digo siempre lo sostengo con pruebas. Es posible que de vez en cuando se me vaya la mano con esa técnica, y seguro que me viene de mis experiencias como profesor de literatura, cuando tenía que asegurarme de que los estudiantes, que no habían leído el material, entendieran el análisis que se hacía en clase; sin embargo, no veo cuál sería el gran delito en hacer el resumen que hago, para así estar seguro de que el que lea el artículo tenga una base para entender el análisis. 

Pero, ¿qué le vamos hacer? Los que me critican se han agarrado de eso para descalificar cualquier cosa que he hecho o hago, y tú has caído en lo mismo. Muy flaca razón de decirme que lo que escribo no sirve.

Lo del saludo fascista que aprendí a los diez años será una muy buena ocurrencia, pero he ahí otra equivocación de tu parte. Yo sólo tenía un año cuando cayó el fascismo en Italia, y de fascista no tengo nada, aunque sí me tomé la molestia de estudiar esa ideología y ese período histórico por largo tiempo, pues quise entender el ambiente en que nací a raíz de un desastre nacional que no se lo deseo a ningún otro país del mundo. 

Tú puedes burlarte todo lo que quieras con respecto a esto con la esperanza de ponerme en ridículo. Sin embargo, lo que dices no es más que una burda tontería que se merece sólo una amarga sonrisa como reacción, pues se ve que no sabes de qué diablos estás hablando y no entiendes nada de las íntimas tragedias de una persona humana.

La novela de Mieses tiene muchas lecturas, y tú has hecho la tuya. De eso trata la crítica literaria, de múltiples lecturas, todas válidas cuando se hacen en buena lid. En todas mis cosas, que son bastantes, ya que, como sabes, tengo más de una docena de libros publicados, yo nunca he pretendido tener toda la razón y ni siquiera parte de la razón, sino que lo que busco es una discusión seria y a fondo de la novela en cuestión. Dime tú si esa lista de citas inconexas que haces en tu artículo, y que presentas como una crítica, representa de verdad un análisis serio de esa novela.

Mejor te va en la primera parte del artículo, aunque admito que encuentro esa discusión un tanto nebulosa, tan nebulosa como lo es gran parte de la obra del novelista, en caso no te fijaste.

Las palomas de la guerra es una novela que trata el tema de la Guerra de Abril. Eso nadie puede negarlo, ni siquiera el mismo Mieses que, en efecto, ha tratado de hacerlo, por cuál razón, simplemente no lo entiendo. 

Este novelista dice cosas duras acerca de la Guerra de Abril. Por eso, el derechista, el que levanta el brazo y hace el saludo fascista, es él en su novela; yo sólo saqué a relucir esa verdad, algo que a lo mejor no se esperaba o quizás ni siquiera sospecha. Un novelista escribe y publica una novela. Cuando la publica, ya no es suya; le pertenece al público en general, el cual puede hacer con ella lo que le venga en gana. 

Muchas veces ese público logra ver en la obra más de lo que el novelista entendió o quiso decir. Ve hasta lo que ese novelista a lo mejor trató de ocultar. Yo hice mi lectura de la novela. De esa lectura sale una interpretación que no me inventé, sino que logro probar con lujo de detalles. Que eso significa decir que la novela ve ese evento histórico desde las derechas, y no las izquierdas, es asunto del mismo Mieses y no mío. Yo no soy responsable de que las cosas le salieran de esa manera. 

Si piensa que no tenían que salirle así, ¿para qué demonios publicó la novela? Y ya que la publicó, ¿por qué no le puso una nota diciendo que no había que leerla desde ese ángulo? Además, ¿acaso es un novelista quien decide cómo se va a leer su novela? Yo hice mi inversión de tiempo y dinero, entonces: ¿Por qué no tengo derecho a opinar como quiero y a raíz de las pruebas que tengo a mano?

Pero ésta es una vieja historia, y una que llevo a cuestas desde que me dio con dedicarme, quizás imprudentemente, a leer novelas dominicanas y comentarlas. Tú no eres, pues, el primero que me mira de arriba abajo como si fuera un inmundo insecto por hacer lo que hago. Otros, e inclusive mejores que tú, han trillado ese mismo camino.

Pero por lo menos con ellos no había de por medio ningún respeto hacia su persona. En tu caso, todo cambia, pues tenía entendido que, por el tipo de crítico que siempre te imaginé, alguna consideración de tu parte a mi trabajo tenía que haberla. ¡Lástima que descubriera todo lo contrario en esta ocasión!

Yo simplemente no entiendo, estimado Pedro, qué gusto encuentra cierta gente en denigrar todo lo que yo hago con relación a la literatura dominicana. Si lo que escribo no sirve, ¿para qué ponerle atención? A las cosas mediocres se las ignora, y punto. Pero siempre ha habido un aguerrido grupito, al cual tal parece ahora te has sumado tú también, que no hace otra cosa que estar pendiente de lo que escribo y no escamotear la más mínima oportunidad de echar pestes al respecto. 

¡Cuánta pérdida de tiempo! En vez de pasársela calumniando a un simple don nadie como yo, ¿por qué no se dedica más bien a enaltecer a su país y su literatura, realizando obras que merezcan respeto en todos los sentidos? Pero supongo que es más cómodo darle una paliza verbal a ese ignorante de Di Pietro, a ese italianito que no sabe nada y todo lo que hace lo hace mal.

A ése que todos los novelistas, siempre grandes, siempre meritorios de un premio Nobel, odian a muerte. Si esos novelistas son tan buenos como pretenden, ¿para qué preocuparse de las opiniones desquiciadas de un desquiciado como yo? Ilumíname tú, si puedes.

Me parece haber dicho ya lo mío. Hubiera preferido no hacer nada de esto y quedarme en el más absoluto silencio, acostumbrado como lo estoy a recibir pedradas de todos los lados por la crítica que hago. Sin embargo, por el respeto que te mereces como crítico que, repito, siempre he admirado, pensé que valía la pena contestar tus censuras, no vaya a ser que termines acusándome también de cobarde por no responderte.

Porque, estimado Pedro, todo lo que dices en ese artículo de El Caribe poco tiene que ver con la novela de Mieses; más bien, es tu manera de irte a lo personal, y eso con una persona que no conoces ni nunca has tratado, ni de cerca ni de lejos. Por qué lo hiciste, no me lo explico. Seguro que tendrás tus razones, como yo he tenido las mías para defenderme. 

Sólo espero que en el futuro podamos tener un intercambio de ideas serio y profundo acerca del quehacer literario del país, en vez de gastar energía en ridículas polémicas como ésta.

Recuerdos,
Giovanni

Pedro Conde Sturla es escritor

Las palomas de la guerra





Por Pedro Conde Sturla
(El Caribe, el 26 de febrero del 2011)

 “Las palomas de la guerra”, de Juan Carlos Mieses, no es una novela sobre la guerra de abril, es una novela sobre la memoria de la guerra que conserva un personaje que no ha vuelto en cuarenta años al lugar de los hechos.


En ese ambiente memorial, memorable y memorífico se produce el choque entre el recuerdo y la realidad, la gran aventura interior -casi onírica- del protagonista que a su regreso se pregunta por el significado, la utilidad e inutilidad de una historia que le tocó vivir de cerca. E incluso por el sentido de su propio regreso. 

Todo permanece flotando en una marea de incertidumbre y nada parece quedar claro para el protagonista porque “sólo en el recuerdo las cosas no cambiaban”, y la única salvación posible es no volver la vista atrás -como la mujer de Lot- para no quedar convertido en estatua de sal en el camino de Zoar.

La guerra, las palomas de la guerra, son a mi juicio un mero pretexto de Juan Carlos Mieses para filosofar, para encontrar, como Boecio, consolación en la filosofía. Cualquier otro ambiente le habría sido propicio para contar su historia.

Giovanni di Pietro, un crítico hegemónico, de tipo infalible, como Diógenes Céspedes, lee mal y escribe peor, como de costumbre, y basa su análisis del texto, de todos los textos que analiza, haciendo una lectura, una descripción lineal, cuenta el libro que ya contó el autor con mayor gracia y nunca precipita sus intuiciones críticas, si acaso alguna vez las ha tenido. 
El talentoso Giovanni di Prieto, según se dice, aprendió a saludar con la mano derecha a los diez años de edad, toda una proeza intelectual.

La lectura del libro, que remite a una especie de sociología elemental, lo lleva a realizar un descubrimiento asombroso que a su juicio parece ser el tema central de la novela: “La Guerra de abril no fue lo que ahora se celebra, algo exacto en su sentido, sino un período de mucha confusión, una guerra civil en que ninguno de los dos bandos tenía el monopolio de la nobleza y los grandes ideales.”

Quizás los invasores yanquis, a juicio de Giovanni di Prieto, tenían ese monopolio de la nobleza y los que resistíamos en la gloriosa Ciudad Colonial no éramos más que una partida de crápulas, amén de comunistas ateos y disociadores, como en mi caso. 

Nada más me interesa comentar por el momento. Simplemente voy a mostrar al escritor Juan Carlos Mieses en pleno ejercicio simbólico y poético de una prosa que en ciertos pasajes da envidia porque es la prosa de un narrador y un poeta que no tiene desperdicio. PCS].

DETRÁS DEL AIRE 
(fragmento)

Por encima del bosquecillo de cedros, al otro lado del arroyo, sobresalía el techo de una pequeña iglesia, y tal vez porque necesitaba aferrarme a algo para no caer en el abismo, la blanca visión de la cruz en el tope del afilado campanario -del mismo blanco que las quietas y lejanas nubes en el horizonte, que los cúmulos de nieve amontonados al pie de los árboles- se convirtió en un símbolo de salvación, no contra los peligros de un infierno que nunca supe imaginar, sino contra la tenacidad de unos recuerdos que se negaban a morir.

Habías pasado cuarenta años en un exilio tan innecesario como absurdo y ese día, en un arrebato de primavera, sin entender del todo las razones decidiste enfrentar el pasado en su propio terreno, en esa isla del Caribe donde pasaban tus sueños, donde aguardaban tus demonios. Pero tal vez no importaban las razones.
Elisa estaba muerta.





DOS

Te dejaste arrullar por la nostalgia.
Vo1viste a tu ciudad natal como un triste viajero del tiempo sin sospechar que solo en el recuerdo las cosas no cambiaban, que únicamente en la añoranza era inmutable 1a continuidad del pasado, y por eso, en medio del añejo coro de voces que se elevaba hacia los cielos como un orfeón de ángeles caídos, pensabas en aquella mujer consumida por la imprudencia en el umbral de la salvación, en el remoto camino de Zoar.

Desgarró la noche serena
La sirena de la libertad...

Hubieras podido evitar aquella celada del pasado. El primer día, mientras esperabas el alba en el balcón del hotel como un incierto capitán en su castillo de proa, el paisaje te había mostrado sus máscaras. El parque inmenso, los altos edificios, las oscurecidas copas de los árboles, la hermosa torre iluminada que parecía soñar con alcázares y el horizonte que desteñía sin prisas un cielo azul violeta, escondían detrás de sus transformaciones, de sus torres y de sus arboledas los exactos dominios de tu adolescencia: el antiguo aeropuerto General Andrews. La misma llanura en donde en una idéntica madrugada, cuarenta años atrás, te habías echado de espaldas a escuchar como el viento arrastraba rugidos de aviones fantasmas...


UNA CANCIÓN DESESPERADA 
(fragmento)

L as mismas palabras, sobrevivientes de aquellos días tan claros y tan confusos, los mismos ecos de aquellas voces lejanas revoloteaban en la incierta fortaleza de Santo Domingo de Guzmán en donde te había arrastrado la añoranza, y tú, callado para siempre, con la perfecta excusa tallada en la garganta, con tu silencio y tus reminiscencias de desesperanza y de cobardía, creíste despertar de un largo sueño.

Pero no era un sueño. La calle Charles Piet, en la parte alta de la ciudad, seguía siendo una ancha vereda que cortaba diagonalmente las manzanas; hacia el norte, una sinuosa cicatriz de asfalto que atravesaba las cuadras rompiéndolas en pedazos y al final se transformaba aún en un callejón, desgastándose entre patios, cuarterías y matorrales.

Pregonando su gloria inmortal

Y tú, que habías vuelto a la ciudad natal como un triste viajero del tiempo, sin sospechar que solo en el recuerdo las cosas no cambiaban, que únicamente en la añoranza era inmutable la continuidad del pasado; tú, que habías venido a recuperar tu memoria y habías tropezado con una ilusión, con un juego de luces y de sombras, por primera vez en cuarenta años, lloraste.

Lloraste sin pudor, sin remilgos, sin comedimientos. Dejaste que las lágrimas fluyeran libremente de tus ojos, que inundaran tus mejillas y tus labios hasta sentir que se licuaba la sal en la que se había convertido tu alma, y pensaste de nuevo en aquella mujer consumida por la imprudencia en el umbral de la salvación. La imaginaste llorando como tú, liberándose de los salados cristales del castigo divino, caminando hacia el oasis, hacia la vida, en el remoto camino de Zoar. pericopepe@live.com


Apolinar Núñez: Poemas decididamente fuñones




 


[Fue en Santiago, República Dominicana, donde ocurrió la implosión, hace ya mucho tiempo. Aquellos “Poemas decididamente fuñones” (1972) de Apolinar Núñez se hicieron sentir por lo que tenían o querían tener de provocadores e irreverentes, como provocadora e irreverente fue la venta, el éxito de venta de una edición que personalmente realizó el autor en lugares non sanctos: los bajos fondos de la ciudad corazón.
Apolinar Núñez, oriundo de Baitoa, (1946), estudió en la Universidad Madre y Maestra, la misma donde se han moldeado tantas exitosas criaturas agripínicas o agripinescas.
Con su profesor, Carlos Fernández-Rocha, ha publicado antologías de cuentos, poesías, escritores y ensayistas hispanoamericanos.
Pertenece “al grupo poético de postguerra—es decir, al grupo poético que surgió después de la Guerra de Abril (1965).”
Dicen que “Su poesía, sin embargo, no tiene comparación en el ámbito poético Dominicano”.
Dicen que “Así, su poesía está más cerca del poeta chileno Nicanor Parra y del poeta salvadoreño Roque Dalton que de cualquier otro poeta dominicano”.
Sus “Poemas decididamente fuñones” son simpáticos, agradables a la vista y al tacto, pero quizás no tan decididamente fuñones como querían ser o como una vez parecían. Pero todavía se dejan apreciar. PCS].
POEMAS BREVÍSIMOS
Eres tan fea como si estuvieras hecha de boquetes y cicatrices. / Lo mío es más mío en / mi tierra con mis hijos y mis manos. / Lo capital de una capital es el capital. / La más bella caricia nunca se la hace uno a uno mismo. / La eternidad es la justificación de la lejanía de los dioses. / El odio nació en la antigüedad del remordimiento. / La revolución cubana se parece a Fidel. / No recuerdo tu cara porque para siempre me he olvidado de tus besos. / Los muslos son más suaves cuando se acarician. / El absurdo comienza en las penas estremecedoras de los inocentes. / El color más adecuado es ése… el de tu piel. / La experiencia la adquirimos cuando otros nos dominan y no es posible regresar. / Un nuevo amor es un nuevo encuentro con otro cuerpo memoria de otros cuerpos.
MI SECRETARIA
Mi secretaria: gordita, 21 años, habla inglés / llena de blancura dental y es rubia. / Se engalana cada día / con pañoletas sedosas multicolores / y argollas y pulseras con / ruiditos de gatos con cascabeles / y esas pinturas rojas, verdosa y grises / tan amasadas en ojos y zonas adyacentes / menos en las orejas… ¡Es un sueño de payaso! / Mi secretaria entre sus citas y horarios / detesta a los hombres fundadores de pensamientos y reflexiones / porque dizque eso da impotencia sexual. / Hace poco me confesó: “Me sentiré cerca del cielo / cuando posea un compañero tan sencillo / como un rocío mañanero / sin necesidad de relevos conyugales”. / Mi secretaria quiso ser actriz.
hasta que entre muchas luces le exigieron toda su desnudez, / después se entusiasmó por servir en jet / hasta que los mareos la trastornaban con los vómitos, / luego se metió a modelo / hasta que le objetaron la voluminosidad carnosa de sus nalgas / entonces vino hacia mí / y todavía compartimos muchos clientes, urgencias / y la misma cama.
SEÑORAS Y SEÑORES
Señoras y señores Yo soy del partido / y sólo admitiré en mi tumba este epitafio: / La muerte es el abandono de la / solidaridad.
EPITAFIOS MEMORABLES
Madame Bovary
Aquí reemplaza a otro muerto / una mujer / enterrada misteriosamente sin palabras /por purísimo gusto al gusano.
El párroco Pérez
Hoy resisto la trizteza de no ser santo. / Hoy vivo el amor a la lluvia que no me alcanza. / Hoy quisiera reclamar / tantos besos abandonados / de muchachas penitentes / urgentes de abrazos / en el patio con sus dalias y jazmines / de la casa curial.
Dolorita, la Gorda
Soy una muerta / como el cabrón de mi marido / que está a mi lado en la misma profundidad / del miedo y el escarnio / al suicidarse por mi amor que compartía benévolamente / con los viajantes que repartían su pundonor / en mi caserón-hotel, cerquita del mar.
Salvador Allende
Me alcanzó el metal del enemigo / la no tierna pólvora que penetra / junto a la traición en la inminencia / de temblores y lamentos. / Fue una porfía / de la libertad y el hacha /el cóndor y la basura / la trompeta y la oscuridad. / Nací en América cerca de los anhelos infinitos / donde no cabrá la sombra del asesino silencioso / sembrando acantilados fascistas.
Un niño
Arrójame una voz caliente de furia / en los hospitales gubernamentales / (en uno morí con mi madre desangrada) / si es que amas la inocencia.
Albizu Campos
Aquí descansa el aroma del renacer / la rosa de los vientos / la evidente campanada / y el amago del calor / contra el olvido de la patria colonizada.
POEMA DEL PESIMISMO
Mañana habrá otra vez / mañana / Tarde / y noche.
DE LADO
De lado no se debe tener / una relación sexual / y menos después de cada comida / o antes de comulgar / o después de un largo viaje / o antes de mear antes de explotar o después de uno morirse / o antes de uno calcular / extensión / erección / y buena puntería.
TÚ
Tú, / mi pueblo / con dolorcitos casi siempre y no te mueres / eres raíz de espanto / casi nunca.
NO TE VENGAS
No te vengas / contente / asueña tus ansias / porque después no podrías con los / recuerdos. / Paséate / duérmete / olvídate / y no pienses en volver. / Volver sería comenzar a quejarte.
PORQUE NO SABEN HISTORIA
ME IMAGINO
Cada año voy a España / a resolver vainas del pasado / y es fácil: / la venganza indígena / la hago desde una cama / y casi siempre las españolas se ríen / porque no saben historia me imagino.
EN ESTO DEL AMOR
En esto del amor / nada de locuras, amigos / sino Solidaridad y Defensa Mutua / ¡Abajo Adán y Eva! / ¿En qué año seremos mártires o héroes / nosotros / media isla / partidos / por / la / mitad?
HABLANDO DE AMOR
¡Nada de planificación! / Ejecución / Labor / Realización libre / con coraje / contra la desgracia de la soberbia / como en horas de naufragio / como en horas contra el pecado / como en los días futuros colmados aquí / de Socialismo: la praxis del Nuevo / Testamento / sin Apocalipsis. / Quede claro esto: / La patria no es una prostituta.
INESITA
Puertorriqueña sin violar / verificada a su modo / en la angustia de Albizu sin vengar / gracias por tus puños en alto / en horas / U. S. Property / No Trespassing. / Inesita, / contra nuestro desatino de olvido / y por amor / sigue con tu odio al invasor.
MILY
Esto puedo ofrecerte: / un acto puro / lícito / libérrimo / sin soborno / irrevocable: un beso / de despedida para siempre.
MIGUELINA
Todo fue / simpatías ocasionales, / aplaudir la canción sonora, / despojar recuerdos ajenos, / salvarte un poco / de vergüenzas uniformes / jugadas en tu historia / decente familiar y el apellido / no registrado en la Policía. / ¿Recuerdas el final? / Un espasmo de ira y renegación. / Espero que vivas testigo / de mi cuerpo en otro cuerpo / y que te sobre aire / en tus agonías de búsqueda delirante. / Comprende ahora que mi mano / extendida / era un brazo de mundo / más humano que el dolor de la guerra.
LUCHY
Perdón / amigo / lector / pase / la / página / no / vomitaré / rencor.
JUANITA II
Eso eres: / una muchacha / químicamente pura, / es decir, / insípida / sobre / todo.
PERMÍTANME
Permítanme citar a mi abuelo paterno: / “Las mujeres, por raza, como las vacas”. / Mi opinión personal al respecto: / Mi novia no es Holstein / y yo la amo / sin necesidad de pangola / ni melaza.
NEGRA
Cuando / era / niño / me / faltaba / el / pecado / y / tú. l

viernes, 19 de enero de 2018

Mudanza de los sentimientos



Pedro Conde Sturla




Penélope Cruz en el papel de Melibea.
En el segundo y decisivo encuentro de Celestina y Melibea, la hechicera excita la curiosidad de la doncella en relación con la causa de su mal y la lleva poco a poco a un alto grado de desesperación. Ahora Melibea quiere saber a cualquier precio el origen de los tormentos que la afligen y parece decidida a tragar casi cualquier tipo de medicina que se le ofrezca. Para vencer su resistencia, Celestina se la suministra a cuenta gotas:
MELIBEA.- ¡Oh cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo que quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan áspero que se iguale con mi pena y tormento. Ahora toque en mi honra, ahora dañe mi fama, ahora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy mi fe ser segura y, si siento alivio, bien galardonada.
CELESTINA.- También me da osadía tu gran pena como ver que con tu sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura; pero todavía es necesario traer más clara medicina y más saludable descanso de casa de aquel caballero Calisto.
MELIBEA.- Calla, por Dios, madre. No traigan de su casa cosa para mi provecho ni le nombres aquí.
CELESTINA.- Sufre, señora, con paciencia, que es el primer punto y principal. No se quiebre; si no, todo nuestro trabajo es perdido. Tu llaga es grande, tiene necesidad de áspera cura. Y lo duro con duro se ablanda más eficazmente. Y dicen los sabios que la cura del lastimero médico deja mayor señal y que nunca peligro sin peligro se vence. Ten paciencia, que pocas veces lo molesto sin molestia se cura. Y un clavo con otro se expele y un dolor con otro. No concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua decir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si conocido fuese…
MELIBEA.- ¡Oh por Dios, que me matas! ¿Y no te tengo dicho que no me alabes ese hombre ni me le nombres en bueno ni en malo?
Melibea resiste. Es quizás el último asomo de resistencia, pero todavía no se rinde. Y cuando Celestina le menciona a Calisto se le dispara una especie de mecanismo de defensa y lo rechaza como si del diablo se tratase.
Celestina no pierde nunca la calma, administra cada silencio y cada palabra con sabiduría y prudencia. No pronuncia una sílaba sin premeditación ni alevosía, sin calcular el efecto, el daño o beneficio que puede hacer. Poquito a poquito inocula su veneno disfrazado de medicina:
CELESTINA.- Señora, este es otro y segundo punto, el cual si tú con tu mal sufrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida y, si, como prometiste, lo sufres, tú quedarás sana y sin deuda y Calisto sin queja y pagado. Primero te avisé de mi cura y de esta invisible aguja, que sin llegar a ti, sientes en solo mentarla en mi boca.
MELIBEA.- Tantas veces me nombrarás ese tu caballero, que ni mi promesa baste, ni la fe que te di, a sufrir tus dichos. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy a cargo?
¿Qué ha hecho por mí? ¿Qué necesario es él aquí para el propósito de mi mal? Más agradable me sería que rasgases mis carnes y sacases mi corazón que no traer esas palabras aquí.
CELESTINA.- Sin te romper las vestiduras se lanzó en tu pecho el amor: no rasgaré yo tus carnes para le curar.
MELIBEA.- ¿Cómo dices que llaman a este mi dolor, que así se ha enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?
CELESTINA.- Amor dulce.
MELIBEA.- Eso me declara qué es, que en solo oírlo me alegro.
CELESTINA.- Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.
MELIBEA.- ¡Ay mezquina de mí! Que, si verdad es tu relación, dudosa será mi salud. Porque, según la contrariedad que esos nombres entre sí muestran, lo que al uno fuere provechoso acarreará al otro más pasión.
CELESTINA.- No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud. Que, cuando el alto Dios da la llaga, tras ella envía el remedio.
MELIBEA.- ¿Cómo se llama?
CELESTINA.- No te lo oso decir.
MELIBEA.- Di, no temas.
CELESTINA.- ¡Calisto! ¡Oh por Dios, señora Melibea!, ¿qué poco esfuerzo es éste? ¿Qué decaimiento? ¡Oh mezquina yo! ¡Alza la cabeza! ¡Oh malaventurada vieja! ¡En esto han de parar mis pasos! Si muere, matarme han; aunque viva, seré sentida, que ya no podrá sufrirse de no publicar su mal y mi cura. Señora mía Melibea, ángel mío, ¿qué has sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu color alegre? Abre tus claros ojos.
MELIBEA.- Paso, paso, que yo me esforzaré. No escandalices la casa.
Cada vez más los razonamientos de Celestina mellan los argumentos de Melibea y su resistencia se hace más débil. Está a punto de sucumbir a la dialéctica de la hechicera y la hechicera lo sabe, pero no se precipita. Habla con dulzura, finge humildad. Lo que sigue a continuación es una proeza de ingeniería verbal:
CELESTINA.- ¿Pues qué me mandas que haga, perla graciosa? ¿Qué ha sido este tu sentimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.
MELIBEA.- Quebrose mi honestidad, quebrose mi empacho, aflojó mi mucha vergüenza; y, como muy naturales, como muy domésticos, no pudieron tan livianamente despedirse de mi cara que no llevasen consigo su color por algún poco de espacio, mi fuerza, mi lengua y gran parte de mi sentido. Muchos y muchos días son pasados que ese noble caballero me habló en amor.
Tanto me fue entonces su habla enojosa cuanto, después que tú me le tornaste a nombrar, alegre. Cerrado han tus puntos mi llaga, venida soy en tu querer. En mi cordón le llevaste envuelta la posesión de mi libertad. Su dolor de muelas era mi mayor tormento, su pena era la mayor mía. Alabo y loo tu buen sufrimiento, tu cuerda osadía, tu liberal trabajo, tus solícitos y fieles pasos, tu agradable habla, tu buen saber, tu demasiada solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te debe ese señor y más yo, que jamás pudieron mis reproches aflacar tu esfuerzo y perseverar, confiando en tu mucha astucia. Antes, como fiel servidora, cuando más denostada, más diligente; cuando más disfavor, más esfuerzo; cuando peor respuesta, mejor cara; cuando yo más airada, tú más humilde. Pospuesto todo temor, has sacado de mi pecho lo que jamás a ti ni a otro pensé descubrir.
CELESTINA.- Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos fines con efecto me dan osadía a sufrir los ásperos y escrupulosos desvíos de las encerradas doncellas como tú. Verdad es que antes que me determinase, así por el camino, como en tu casa, estuve en grandes dudas si te descubriría mi petición. Visto el gran poder de tu padre, temía; mirando la gentileza de Calisto, osaba; vista tu discreción, me recelaba; mirando tu virtud y humanidad, me esforzaba. En lo uno hablaba el miedo y en lo otro la seguridad. Y pues así, señora, has querido descubrir la gran merced que nos has hecho, declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regazo, pon en mis manos el concierto de este concierto. Yo daré forma cómo tu deseo y el de Calisto sean en breve cumplidos.
MELIBEA.- ¡Oh mi Calisto y mi señor! ¡Mi dulce y suave alegría! Si tu corazón siente lo que ahora el mío, maravillada estoy cómo la ausencia te consiente vivir. ¡Oh mi madre y mi señora!, haz de manera cómo luego le pueda ver, si mi vida quieres.
Melibea finalmente ha cedido, ha sido vencida. La mudanza de los sentimientos se ha operado con éxito. La repulsión original que le inspiraba Calisto ahora le inspira “dulce y suave alegría”.
El conjuro y la tremenda muela de Celestina han hecho el milagro y muy pronto disfrutarán brevemente de los placeres y tormentos que proporciona la enfermedad del amor. El agridulce amor.
Silvio D’amico, el autor de una enjundiosa “Storia del teatro e dello spettaculo”, ha dicho que no hay en toda la historia del arte dramático un “voltafaccia”, un giro o cambio de actitud, una mudanza de los sentimientos tan extraordinaria como la que tiene lugar en “La Celestina” o “Tragicomedia de Calisto y Melibea”.
La pieza representa una de las grandes cumbres la literatura española y para algunos “la obra más importante de la Europa de su tiempo”.



El cumpleaños de la Infanta

Pedro Conde Sturla

8 de febrero de 2011 

[El irlandés Oscar Wilde vivió poco (1854–1900) y escribió mucho y bien. Escribió en modo quizás insuperable y fustigó las lacras y la hipocresía de la sociedad de Inglaterra, que se lo hizo pagar muy caro.
Uno de sus relatos más extraordinarios (del cual se publica la parte final), es “El cumpleaños de la Infanta “, un texto que no tiene nada de inocente.
El día de su cumpleaños la Infanta fue agasajada por malabaristas, titiriteros, niños cantores, “Pero lo más divertido de la fiesta, lo mejor de todo sin duda alguna, fue la danza del enanito. Cuando apareció en la plaza tambaleándose sobre sus piernas torcidas y balanceando su enorme cabezota deforme, los niños estallaron en ruidosas exclamaciones de alegría…”
El enanito no piensa que se burlan de su deformidad sino que ríen de sus gracias. Y cuando la Infanta –por burla- le arroja una flor, lo confunde con un gesto de amor.
Más tarde, mientras deambula por los pasillos palaciegos vio una criatura monstruosa que avanzaba hacia él amenazante. Cada paso que daba lo acercaba, inexplicablemente al monstruo, y cuando al final del pasillo vio que el monstruo replicaba sus movimientos desde ese “muro invisible de agua transparente y sólida”,  descubrió que ese monstruo era él mismo, se reconoció de alguna manera en el espejo de su deformidad y se le paró el corazón. La Infanta prohibió que sus compañeros de juego tuvieran corazón.
Adulones, cortesanos, bufones, sicofantes, malandrines, diputados, senadores, jueces, politicastros, mininistros, eclesíasticos, lambiscones y mascotas de este reino se ven todos los días en el espejo de su deformidad, pero no hay peligro de que mueran de infarto, no tienen corazón, como dictó la princesa, y ni el menor asomo de dignidad. PCS] 

EL CUMPLEAÑOS DE LA INFANTA

De todas las habitaciones dónde ya había estado, ésta era la más espléndida y hermosa. Las paredes estaban tapizadas de damasco rojo, salpicado de pájaros y flores de plata; los muebles eran de plata maciza y ante las dos enormes chimeneas, se abrían dos grandes pantallas, con pavos reales y papagayos de hilo de oro bordado en relieve. El pavimento, de ónix color verde mar, parecía perderse en la lejanía. Pero aquí no estaba solo. Desde la sombra de la puerta, al otro extremo de la habitación, una pequeña figura lo contemplaba. Le tembló el corazón, dejó escapar un grito de alegría, y avanzó. Entonces, la figura avanzó también y el enanito consiguió distinguirla con claridad.
¿Era la Infanta ? No, quien se le acercaba era un monstruo, el monstruo más grotesco que podía existir. No era proporcionado como todo el mundo, sino jorobado y patizambo, con una cabezota enorme que se bamboleaba de un lado a otro, y una hirsuta crin negra. El enanito frunció el ceño, y el monstruo también lo frunció. Se echó a reír, y el monstruo se puso a reír con él, dejando caer los brazos lo mismo que él. Le hizo una reverencia burlona, y el monstruo le respondió con una reverencia todavía más irónica. Avanzó hacia él, y el monstruo vino a su encuentro remedando todos sus gestos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó alegremente y corrió hacia él, alargándole la mano, y la mano del monstruo tocó la suya y era fría como el hielo. Se asustó y retiró la mano y la mano del monstruo le imitó vivamente, mientras ponía una grotesca expresión de miedo. 
Hizo un intento de esquivarlo y seguir adelante pero lo detuvo aquel ente, poniéndosele siempre por delante con su contacto duro y resbaladizo. La cara del monstruo estaba muy cerca de la suya, como si tratase de besarlo, y se veía patéticamente aterrorizada. Retiró los mechones que le caían sobre los ojos, y el monstruo hizo lo mismo. Lo golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe, le hizo muecas y en el rostro del monstruo se dibujaron las mismas muecas. Retrocedió, y el monstruo retrocedió también, entreabriendo una jeta repulsiva. 
¿Qué extraño fenómeno era ése? Reflexionó un momento mirando en torno suyo por todo el salón. Era extraño: todo parecía tener su igual detrás de ese muro invisible de agua transparente y sólida. Si, cuadro por cuadro, y asiento por asiento todo estaba allí como duplicado. El fauno dormido, junto a la puerta, tenía su hermano gemelo que dormía también; y la Venus de plata, en pie bajo los rayos del sol, extendía los brazos a otra Venus tan hermosa como ella. 
¿Sería aquello el Eco? 
Recordó aquella ocasión en que había llamado al eco en el valle y el Eco le había respondido palabra por palabra. ¿Podría burlar la vista, como burlaba la voz? ¿Podría crear un mundo a imitación, idéntico al mundo real? ¿Las sombras de las cosas, podrían tener color y vida y movimiento? ¿Sería posible que…? 
Se estremeció, y sacando de su pecho la rosa blanca, la besó. ¡Pero he aquí que el monstruo también tenía una rosa, pétalo por pétalo idéntica a la suya! ¡Y la besaba con igual deleite, y la estrechaba contra su corazón haciendo gestos grotescos! 
Cuando al final la verdad se abrió paso en su mente, el enano lanzó un aullido un grito de desesperación y cayó al pavimento sollozando. ¡Ese ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Era él mismo, él era el monstruo, y era de él de quien se habían reído todos los muchachos… y la Princesita , en cuyo amor creyera… ella también se había burlado de su fealdad, había hecho mofa de sus piernas torcidas! ¿Por qué no lo habían dejado en el bosque, donde no había espejo que le mostrara su horror? ¿Por qué no lo había matado su padre antes de permitir que se burlaran de él? Lloró lágrimas quemantes, y sus manos destrozaron la rosa blanca… y el monstruo hizo lo mismo y esparció por el aire los delicados pétalos. 
El enanito se cubrió los ojos con las manos, y se alejó del espejo temiendo verlo una vez más. 
Como un pobre ser herido se arrastró hacia la sombra, y allí se quedó gimiendo. 
En ese preciso instante, por el ventanal abierto, entró la propia Infanta con su séquito, y cuando vieron al horroroso enanito de bruces en el pavimento, golpeándolo con los puños del modo más fantástico, estallaron en alegres carcajadas. 
—Sus danzas son muy graciosas —dijo la infanta—, pero su manera de actuar es mucho más divertida todavía. Lo hace casi tan bien como las marionetas, aunque con menos naturalidad. 
Agitó su abanico, y aplaudió. 
Pero el enanito no levantó la cabeza. Sus sollozos eran cada vez más débiles; hasta que exhaló un extraño suspiro y se oprimió el costado. Luego, cayó boca arriba y quedó inmóvil. 
—¡Lo has hecho estupendo! —aplaudió la Infanta después de una pausa— Pero ahora te toca bailar. 
—Sí —gritaron los demás niños—, tienes que levantarte y bailar. Eres tan inteligente como los monos de Berbería, y mucho más gracioso.
Pero el enanito no contestó. 
La Infanta , airada, dio un golpe en el suelo con su pie, y llamó a su tío, que estaba paseando con el Chambelán, mientras leían unas cartas recién llegadas de México, donde se acababa de establecer la Santa Inquisición. 
—Mi enanito se está haciendo el desobediente —gritó la Infanta —. ¡Levántenlo y díganle que baile! 
Los caballeros sonrieron entre sí y entraron sin prisa. Al llegar junto al enanito, don Pedro se inclinó y lo golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado.
—Baila ya, petit montre —dijo—. La Infanta de España y de todas las Indias quiere que la diviertas. 
Pero el enanito permaneció inmóvil. 
—Habrá que hacer venir al verdugo —dijo enojado don Pedro. 
Pero el Chambelán, que miraba la escena con rostro grave, se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Después de un momento se encogió de hombros y levantándose, hizo una profunda reverencia a la infanta diciendo: 
—Mi bella Princesa, tu enanito no volverá a bailar. Y es lamentable, porque es tan feo, que con seguridad habría hecho sonreír al propio Rey. 
—¿Y por qué no volverá a bailar? —preguntó la Infanta con aire decepcionado.
—Porque su corazón se ha roto —contestó el Chambelán.
Y la Infanta frunció el ceño, y sus finos labios se contrajeron en un delicioso gesto de fastidio. 
—De ahora en adelante —exclamó echando a correr al jardín— los que vengan a jugar conmigo no deben tener corazón. (OSCAR WILDE).