lunes, 19 de febrero de 2018

Historia oculta de la Primera Guerra Mundial: el arma de la mentira

Historia oculta de la Primera Guerra Mundial: el arma de la mentira

Pedro Conde Sturla  

19 de febrero de 2018 

Durante la fase preparatoria de la primera guerra mundial, Inglaterra perfeccionó un arma que había sido utilizada a través de los tiempos, un arma de desorientación, confusión, estupidización masiva: el arma de la mentira. Algo que tiene que ver con la propaganda, la comunicación social, la censura, la falsificación de la realidad. Algo que tiene que ver con “la revolución industrial y las profundas transformaciones en las tecnologías de la información asociadas a ese proceso, tecnologías que al comienzo del siglo XX permitían ya publicar la información casi en tiempo real, haciéndola llegar a un público cada vez más alfabetizado, tanto en Europa y América”.

El telégrafo, los diarios, la fotografía, el cine, los medios motorizados habían puesto al alcance de un cierto sector social el conocimiento de hechos que en otras épocas permanecían ocultos o ignorados durante siglos.
Para hacer frente a este fenómeno fue necesario establecer un sofisticado sistema de contención y apropiación, privatización o monopolización de la información.
“La Primera Guerra Mundial – explica Pablo Sapag- marca el comienzo de una etapa que se prolonga hasta hoy y en la que la lucha por la información que libran los aparatos de censura y propaganda y el periodismo se sistematiza cada vez más…Desde ese conflicto en adelante, la propaganda y su aliada la censura se sistematizan y se empieza a hablar de propaganda científica, es decir, estrategias de persuasión técnicamente diseñadas que contrastan con las que se venían utilizando desde la Antigüedad, informales, intuitivas y dependientes de individuos concretos y no tanto de organizaciones establecidas para hacer propaganda y censurar con criterios y objetivos claros”.

La información y la lucha por el control de la información provocó un refinamiento y a la vez un endurecimiento de los mecanismos de regulación social:
“Gran Bretaña fue el primer país que reaccionó desde el punto propagandístico. Ya en agosto de 1914 fueron creados diversos organismos de prensa y propaganda tendentes a la centralización, y en marzo de 1918 vio la luz el nuevo Ministerio de Información, dirigido por William Maxwell Aitken (Lord Beaverbrook), magnate de la prensa y colaborador del Gobierno. Su principal objetivo: atraer la colaboración de los periódicos para mantener la apariencia de un régimen de prensa liberal”. (Miguel Márquez, https://www.20minutos.es/noticia/2101331/0/primera-guerra-mundial/prensa/propaganda/).
Mucho tiempo antes, Honorato de Balzac afirmaba: “La gente piensa que hay muchos periódicos, pero en realidad hay uno solo”, el periódico del poder. Roa Bastos en su libro “Vigilia del Almirante”, dice que el poder de la palabra, “El poder de la escritura sólo existe cuando es escritura del poder”.
La llamada opinión pública está secuestrada en todos los gobiernos y sistemas, y el secuestro real lo ejecutan las agencias noticiosas, que están en manos de los grandes consorcios y corporaciones industriales y financieras. Desde el momento en que las grandes agencias de noticias mandan una información, casi todos los diarios del mundo se convierten en uno sólo y reproducen el mensaje. Ellas deciden lo que es verdad o mentira.
La información, el acceso a la verdad o la mentira vale tanto como el oro.  Fue eso lo que permitió a la adinerada familia de banqueros Rothschild realizar la famosa jugada maestra de Waterloo. Los Rothschild financiaban a los principales contendientes, Inglaterra y Francia, y Nathan Mayer Rothschild fue uno de los primeros en enterarse del resultado de la batalla y con esta información en sus manos jugó a la baja en la bolsa de valores de Inglaterra, hizo creer que Francia había ganado la batalla, hundió el mercado, compró en secreto las acciones devaluadas y se hizo prácticamente dueño del país .
Para los Rothschild la información vale tanto como el oro. La sangre vale su peso en oro. El arma de la mentira vale más que el oro. Entre los miembros de la elite secreta que planificó la primera guerra mundial no podía faltar y no faltaba un Rosthchil y no podía faltar Alfred Miller.
Sir Alfred Milner se echó sobre los hombros “la tarea colosal de preparar el Imperio para la guerra”, predicar en todos los confines del imperio la necesidad de la guerra contra una Alemania satánica y satanizada. Correría la sangre y se convertiría en oro.
El privilegio de participar en la primera guerra mundial le costaría a los súbditos de Reino Unido casi un millón de muertos.
El Brazo de Propaganda de la Élite Secreta: la Prensa
Gerry Docherty y Jim MacGregor
 El control de la política nunca ha sido un problema, ni tampoco el control de la prensa. Lord Northcliffe (Alfred Harmsworth), el más poderoso magnate de la prensa, fue un valioso contribuyente de la Élite Secreta con su tendencia a vilipendiar a Alemania y a preparar a la nación para la guerra eventual. Su propiedad de The Times y del Daily Mail permitió que ellos crearan la impresión de que Alemania era el enemigo. En historia tras historia, el mensaje del peligro alemán para el Imperio británico, para los productos británicos, o para la seguridad nacional británica, era constantemente regurgitado. No todos los periódicos siguieron el ejemplo, pero la prensa derechista fue particularmente virulenta.
Una sección grande e influyente de la prensa británica trabajó para la rabiosa agenda de envenenar las mentes de la nación. Eso era parte de un esfuerzo de propaganda sostenido directamente hasta y durante la Primera Guerra Mundial. Si The Times fue su base intelectual, los diarios populares difundieron el evangelio del odio anti-alemán entre las clases obreras. Entre 1905 y 1914 historias de espías y artículos anti-alemanes lindaban con la locura en lo que era un escandaloso intento de generar miedo y resentimiento.
Solicitando a las Colonias Carne de Cañón
Sir Alfred Milner estableció la tarea colosal de preparar el Imperio para la guerra. Gran Bretaña tenía sólo una pequeña y altamente entrenada Fuerza Expedicionaria, pero el Imperio permanecía como una enorme fuente sin explotar con más de seis millones de hombres en edad militar. Milner sabía que cuando la guerra llegase él tenía que asegurarse de que Australia, Nueva Zelanda y Canadá estuvieran hombro con hombro con Gran Bretaña. Una Conferencia Colonial fue sostenida en Londres en 1907 para envolver la Bandera del Reino Unido alrededor del Imperio.
El Primer Ministro Alfred Deakin de Australia era el principal objetivo de Milner. Ellos compartieron escenario en el Salón de la Reina en el cual Milner elogió a Deakin y el compromiso de Australia con el Imperio, y destacó los vínculos de raza y lealtad que ligan a ambas naciones. Ellos adoptaron un plan para organizar el dominio militar de acuerdo con el reorganizado ejército británico de modo que ellos pudieran ser integrados en “una emergencia”. Eso condujo a la reorganización completa de las fuerzas de Nueva Zelanda y australianas.
Canadá, del mismo modo, tenía una reserva enorme de hombres jóvenes, y en 1908 Milner emprendió un viaje ferroviario de costa a costa elogiando el espíritu canadiense, su patriotismo y su lealtad al Imperio.
En Junio de 1909 él comunicó sus energías en una Conferencia de Prensa Imperial en Londres que reunió a más de 60 dueños de periódicos, periodistas y escritores desde más allá del Imperio. Se hicieron todos los esfuerzos para impresionar —en realidad, para intimidar— a los invitados, con alabanzas y hospitalidad pródigas. Él estaba determinado a reunir el apoyo del Imperio para la madre patria en tiempos de guerra. Viajando en tren privado en primera clase, ellos visitaron fábricas de armamentos en Manchester y un astillero en Glasgow donde estaban siendo construidos unos destructores para Australia. Se concedieron grados honorarios a diversos periodistas principales de Canadá, Australia, India y Sudáfrica.
En el discurso fundamental Lord Rosebery, un miembro de la Élite Secreta, advirtió que nunca antes en la Historia del mundo había habido “una preparación para la guerra tan amenazante y abrumadora”. Aunque Alemania no fue mencionada por su nombre, la inferencia clara era que el Káiser se estaba preparando para la guerra, y que Gran Bretaña y el Imperio debían prepararse rápidamente. Lord Rosebery pidió a los delegados “recuperar nuestros jóvenes dominios a través de los mares”, y el mensaje fue que “el deber personal hacia la defensa nacional descansa en cada hombre y ciudadano del Imperio.
Milner más tarde envió a sus acólitos más confiables para organizar grupos locales influyentes a través de todo el Imperio. Su mensaje repetía el mantra de lealtad, deber, unidad y las ventajas del Imperio… El Imperio… el Imperio. En el análisis final, Australia colocó su marina bajo comando británico, y un total de 332.000 australianos fueron a la guerra. Nueva Zelanda envió 112.000 hombres. El Imperio cumplió “su deber”, y sin embargo ¿qué ha oído usted alguna vez acerca de Lord Alfred Milner?





Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

viernes, 16 de febrero de 2018

Historia oculta de la Primera Guerra Mundial: el arma de la mentira

17 febrero, 2018

Durante la fase preparatoria de la primera guerra mundial, Inglaterra perfeccionó un arma que había sido utilizada a través de los tiempos, un arma de desorientación, confusión, estupidización masiva: el arma de la mentira. Algo que tiene que ver con la propaganda, la comunicación social, la censura, la falsificación de la realidad. Algo que tiene que ver con “la revolución industrial y las profundas transformaciones en las tecnologías de la información asociadas a ese proceso, tecnologías que al comienzo del siglo XX permitían ya publicar la información casi en tiempo real, haciéndola llegar a un público cada vez más alfabetizado, tanto en Europa y América”.
El telégrafo, los diarios, la fotografía, el cine, los medios motorizados habían puesto al alcance de un cierto sector
social el conocimiento de hechos que en otras épocas permanecían ocultos o ignorados durante siglos.
Para hacer frente a este fenómeno fue necesario establecer un sofisticado sistema de contención y apropiación, privatización o monopolización de la información.
“La Primera Guerra Mundial – explica Pablo Sapag- marca el comienzo de una etapa que se prolonga hasta hoy y en la que la lucha por la información que libran los aparatos de censura y propaganda y el periodismo se sistematiza cada vez más…Desde ese conflicto en adelante, la propaganda y su aliada la censura se sistematizan y se empieza a hablar de propaganda científica, es decir, estrategias de persuasión técnicamente diseñadas que contrastan con las que se venían utilizando desde la Antigüedad, informales, intuitivas y dependientes de individuos concretos y no tanto de organizaciones establecidas para hacer propaganda y censurar con criterios y objetivos claros”.
La información y la lucha por el control de la información provocó un refinamiento y a la vez un endurecimiento de los mecanismos de regulación social:
“Gran Bretaña fue el primer país que reaccionó desde el punto propagandístico. Ya en agosto de 1914 fueron creados diversos organismos de prensa y propaganda tendentes a la centralización, y en marzo de 1918 vio la luz el nuevo Ministerio de Información, dirigido por William Maxwell Aitken (Lord Beaverbrook), magnate de la prensa y colaborador del Gobierno. Su principal objetivo: atraer la colaboración de los periódicos para mantener la apariencia de un régimen de prensa liberal”. (Miguel Márquez, https://www.20minutos.es/noticia/2101331/0/primera-guerra-mundial/prensa/propaganda/).
Mucho tiempo antes, Honorato de Balzac afirmaba: “La gente piensa que hay muchos periódicos, pero en realidad hay uno solo”, el periódico del poder. Roa Bastos en su libro “Vigilia del Almirante”, dice que el poder de la palabra, “El poder de la escritura sólo existe cuando es escritura del poder”.
La llamada opinión pública está secuestrada en todos los gobiernos y sistemas, y el secuestro real lo ejecutan las agencias noticiosas, que están en manos de los grandes consorcios y corporaciones industriales y financieras. Desde el momento en que las grandes agencias de noticias mandan una información, casi todos los diarios del mundo se convierten en uno sólo y reproducen el mensaje. Ellas deciden lo que es verdad o mentira.
La información, el acceso a la verdad o la mentira vale tanto como el oro. Fue eso lo que permitió a la adinerada familia de banqueros Rothschild realizar la famosa jugada maestra de Waterloo. Los Rothschild financiaban a los principales contendientes, Inglaterra y Francia, y Nathan Mayer Rothschild fue uno de los primeros en enterarse del resultado de la batalla y con esta información en sus manos jugó a la baja en la bolsa de valores de Inglaterra, hizo creer que Francia había ganado la batalla, hundió el mercado, compró en secreto las acciones devaluadas y se hizo prácticamente dueño del país.
Para los Rothschild la información vale tanto como el oro. La sangre vale su peso en oro. El arma de la mentira vale más que el oro. Entre los miembros de la élite secreta que planificó la primera guerra mundial no podía faltar y no faltaba un Rosthchild y no podía faltar Alfred Milner.
Sir Alfred Milner se echó sobre los hombros “la tarea colosal de preparar el Imperio para la guerra”, predicar en todos los confines del imperio la necesidad de la guerra contra una Alemania satánica y satanizada. Correría la sangre y se convertiría en oro.
El privilegio de participar en la primera guerra mundial le costaría a los súbditos de Reino Unido casi un millón de muertos.
El Brazo de Propaganda de la Élite Secreta: la Prensa
Gerry Docherty y Jim MacGregor
El control de la política nunca ha sido un problema, ni tampoco el control de la prensa. Lord Northcliffe (Alfred Harmsworth), el más poderoso magnate de la prensa, fue un valioso contribuyente de la Élite Secreta con su tendencia a vilipendiar a Alemania y a preparar a la nación para la guerra eventual. Su propiedad de The Times y del Daily Mail permitió que ellos crearan la impresión de que Alemania era el enemigo. En historia tras historia, el mensaje del peligro alemán para el Imperio británico, para los productos británicos, o para la seguridad nacional británica, era constantemente regurgitado. No todos los periódicos siguieron el ejemplo, pero la prensa derechista fue particularmente virulenta.
Una sección grande e influyente de la prensa británica trabajó para la rabiosa agenda de envenenar las mentes de la nación. Eso era parte de un esfuerzo de propaganda sostenido directamente hasta y durante la Primera Guerra Mundial. Si The Times fue su base intelectual, los diarios populares difundieron el evangelio del odio anti-alemán entre las clases obreras. Entre 1905 y 1914 historias de espías y artículos anti-alemanes lindaban con la locura en lo que era un escandaloso intento de generar miedo y resentimiento.
Solicitando a las Colonias Carne de Cañón
Sir Alfred Milner estableció la tarea colosal de preparar el Imperio para la guerra. Gran Bretaña tenía sólo una pequeña y altamente entrenada Fuerza Expedicionaria, pero el Imperio permanecía como una enorme fuente sin explotar con más de seis millones de hombres en edad militar. Milner sabía que cuando la guerra llegase él tenía que asegurarse de que Australia, Nueva Zelanda y Canadá estuvieran hombro con hombro con Gran Bretaña. Una Conferencia Colonial fue sostenida en Londres en 1907 para envolver la Bandera del Reino Unido alrededor del Imperio.
El Primer Ministro Alfred Deakin de Australia era el principal objetivo de Milner. Ellos compartieron escenario en el Salón de la Reina en el cual Milner elogió a Deakin y el compromiso de Australia con el Imperio, y destacó los vínculos de raza y lealtad que ligan a ambas naciones. Ellos adoptaron un plan para organizar el dominio militar de acuerdo con el reorganizado ejército británico de modo que ellos pudieran ser integrados en “una emergencia”. Eso condujo a la reorganización completa de las fuerzas de Nueva Zelanda y australianas.
Canadá, del mismo modo, tenía una reserva enorme de hombres jóvenes, y en 1908 Milner emprendió un viaje ferroviario de costa a costa elogiando el espíritu canadiense, su patriotismo y su lealtad al Imperio.
En Junio de 1909 él comunicó sus energías en una Conferencia de Prensa Imperial en Londres que reunió a más de 60 dueños de periódicos, periodistas y escritores desde más allá del Imperio. Se hicieron todos los esfuerzos para impresionar —en realidad, para intimidar— a los invitados, con alabanzas y hospitalidad pródigas. Él estaba determinado a reunir el apoyo del Imperio para la madre patria en tiempos de guerra. Viajando en tren privado en primera clase, ellos visitaron fábricas de armamentos en Manchester y un astillero en Glasgow donde estaban siendo construídos unos destructores para Australia. Se concedieron grados honorarios a diversos periodistas principales de Canadá, Australia, India y Sudáfrica.
En el discurso fundamental Lord Rosebery, un miembro de la Élite Secreta, advirtió que nunca antes en la Historia del mundo había habido “una preparación para la guerra tan amenazante y abrumadora”. Aunque Alemania no fue mencionada por su nombre, la inferencia clara era que el Káiser se estaba preparando para la guerra, y que Gran Bretaña y el Imperio debían prepararse rápidamente. Lord Rosebery pidió a los delegados “recuperar nuestros jóvenes dominios a través de los mares”, y el mensaje fue que “el deber personal hacia la defensa nacional descansa en cada hombre y ciudadano del Imperio”.
Milner más tarde envió a sus acólitos más confiables para organizar grupos locales influyentes a través de todo el Imperio. Su mensaje repetía el mantra de lealtad, deber, unidad y las ventajas del Imperio… El Imperio… el Imperio. En el análisis final, Australia colocó su marina bajo comando británico, y un total de 332.000 australianos fueron a la guerra. Nueva Zelanda envió 112.000 hombres. El Imperio cumplió “su deber”, y sin embargo ¿qué ha oído usted alguna vez acerca de Lord Alfred Milner?
(Gerry Docherty y Jim MacGregor, http://editorial-streicher.blogspot.com/2017/05/sobre-los-origenes-de-la-1-guerra.html).

martes, 13 de febrero de 2018

TRUMAN CAPOTE Y LA TRAMPA DE LA FAMA

 (1)
        Pedro Conde Sturla.
Resultado de imagen para truman capoteResultado de imagen para truman capote


Pocas veces un libro me ha sorprendido tan agradablemente como “La loca de la casa”, de Rosa Montero. El título remite a un pensamiento de Santa Teresa de Jesús: “La imaginación es la loca de la casa.” Y es un libro loquísimo, dementísimo y sobre todo agudísimo, divertidísimo, una especie de caja china dentro de la cual siempre hay otra y luego otra y otra. Se supone que es una novela, pero en realidad es un poco de todo, un colage, un libro de introspección, fantasía, psicología, y reflexiones sobre el fenómeno literario, los críticos, los escritores y la trampa de la fama, la trampa del éxito, la trampa de la vanidad.
Hay variaciones sobre este tema en la novela de Rosa Montero, pero las páginas que dedica a Truman Capote me cortan el aliento cada vez que las releo por la lucidez de sus juicios y la capacidad de penetración, la manera de enfocar un tema que tiene mucho que ver con el poder de los medios de comunicación y los persuasores ocultos, los publicistas, los creadores de imágenes mediáticas “todas ellas falsas y alienantes” que descosen “las costuras” de la identidad del escritor, del artista.
Rosa Montero construye y desconstruye con vehemencia analítica la figura, la trágica figura de un genio atormentado de la literatura, del controversial, infeliz, travieso y a veces perverso Truman Capote, los rasgos esenciales de su vida, pasión y muerte, el ascenso a la fama y el descenso a la esterilidad, a la mitomanía, a la perdición por el alcohol y las drogas.
En las manos de Rosa Montero se modela esa personalidad inquietante, la de Capote, para quien la literatura era una prolongación y realización de la vida, tal y como demuestra su dedicación y entrega absoluta a la escritura poéticamente morbosa del libro que lo consagró y lo consumió “a sangre fría”:

LA LOCA DE LA CASA
Rosa Montero
  
       Que el fracaso enferma, que el fracaso mata, es algo que nos resulta fácil de entender; pero el caso es que el éxito también puede acabar contigo, como acabó con Truman Capote. He aquí un perfecto ejemplo de un escritor enorme que, descerebrado por el éxito, termina escribiendo cosas horribles. Capote poseía un talento descomunal; sus cuentos me enloquecen, su “Desayuno en Tiffany’s” me parece perfecto, su “A sangre fría” es un disparo en el corazón. ¿Cómo pudo un autor tan potente deteriorarse tanto como para escribir los muy mediocres textos de “Plegarias atendidas”, su último e inacabado libro? Probablemente porque se traicionó a sí mismo; y porque se angustió.
El éxito angustia, porque no es un objeto que uno pueda poseer ni encerrar en una caja de caudales. De hecho, el éxito es un atributo de la mirada de los demás, quienes, de pronto, y de manera en realidad bastante arbitraria, deciden contemplarte con placidez y agrado, otorgándote el incierto regalo de creerte exitoso. Una vez situados bajo ese haz de luz procedente de la mirada de los otros, los humanos solemos desear que el foco no se apague, y eso nos coloca en una situación de debilidad y dependencia, porque no sabemos muy bien qué es lo que tenemos que hacer para que el reflector siga luciendo. Estas tribulaciones, que me parecen generales en cualquier tipo de éxito, creo que son aún peores en el caso de los escritores, primero porque ya hemos dicho que somos unos pobres tipos especialmente necesitados de la mirada ajena, y en segundo lugar porque, cuando empezamos a escribir para intentar complacer a esa mirada, en vez de seguir los dictados del daimon, como decía Kipling, entonces todo nuestro posible talento, pequeño o mediano, se hace fosfatina, y lo que escribimos se convierte en basura.
Y una última reflexión sobre por qué triunfar puede destrozar de manera superlativa a los novelistas; porque el éxito, en la sociedad mediática de hoy, ya no esta relacionado con la gloria, sino con la fama; y la fama es la versión mas barata, inestable y artificial del triunfo. La fama, “esa suma de malentendidos que se concentran alrededor de un hombre”, como decía Rilke, es un vertiginoso juego de espejos deformantes que te devuelven millones de imágenes de ti, imágenes todas ellas falsas y alienantes, y esa multiplicación de yoes mentirosos puede resultar especialmente dañina para alguien que, como ya hemos dicho que le ocurre al novelista, es un ser que tiene las costuras de su identidad un poco rotas y que tiende a sentirse disociado.
Eso fue lo que le sucedió a Capote. Que se descosió.
Truman deseó demasiado el éxito. Desde pequeñito anheló con desesperación ser rico y famoso, y estuvo dispuesto a vender su alma para conseguirlo. Y, de hecho, la vendió. Ya era muy conocido (triunfó como escritor siendo muy joven) cuando emprendió la que sería su opera magna, el reportaje novelado “A sangre fría”, una magistral reconstrucción del absurdo asesinato de una familia de granjeros, el padre, la madre y los dos hijos adolescentes, a manos de dos veinteañeros medio tarados de vida tan triste y tan precaria que ni siquiera habían llegado a desarrollar de modo suficiente su conciencia del mal. Capote investigó el caso durante tres años; conoció a los asesinos, que estaban en la cárcel condenados a muerte, e intimó con ellos. Escribió la obra casi en su totalidad, y luego esperó durante otro par de años a que ejecutaran a los criminales para poner el capítulo final y publicar el libro. Durante todo ese tiempo, Capote se veía y se escribía con los condenados, que le mandaban cartas angustiadas pidiéndole que intercediera por ellos ante las autoridades, que pidiera el indulto, que les ayudara a salvar el cuello. Él les contestaba con buenas palabras y aseguraba que había llegado a tomarles cierto cariño, pero en el fondo mas oscuro de sí mismo estaba deseando que los jueces rechazaran todos sus recursos y que les mataran de una vez, para poder sacar el libro y disfrutar de la gloria, porque él sabía que era lo mejor que había hecho. Capote escribió a su amiga Mary Louise: “Como puede que hayas oído, el Tribunal Supremo ha rechazado las apelaciones (por tercera puñetera vez), así que puede que pronto suceda algo en un sentido u otro. Me he 1levado ya tantas decepciones que casi no me atrevo a confiar. Pero ¡deséame suerte!”. Truman no hizo nada por Dick y Perry, y lo cierto es que se horrorizó pero también se regocijó cuando al fin les colgaron; y no creo que esa miseria moral se pueda alcanzar impunemente.
Ésta debió de ser, por lo tanto, una de las causas de la caída de Capote: sacrificó la vida de dos hombres al idolillo bárbaro de su propia fama, y eso tiene que dejarte el ánimo revuelto. Por Cierto que nunca he entendido muy bien por que se metió en ese basurero emocional y por que esperó hasta el cumplimiento de las penas capitales para publicar el libro, porque “A sangre fría” no necesitaba terminar con la ejecución para ser una obra redonda; de hecho, lo que Truman escribió tras el fallecimiento de los asesinos es con diferencia lo peor del relato, que podría haber acabado (y habría quedado mejor) con Dick y Perry en el corredor de la muerte. Pero, probablemente, le perdió de nuevo la ambición, es decir, un exceso de ambición: Capote quiso hacer El Mejor Libro Del Mundo, y se le debió de meter en la cabeza que, para ser perfecto, tenía que terminar con la agonía de los asesinos, de la misma manera que había empezado con la agonía de los granjeros. Pero se equivocó. Se equivocó éticamente y, lo que era para él aún peor, también literariamente.

pcs, viernes, 07 de noviembre de 2008

  (2)
         Pedro Conde Sturla

En su lúcido análisis sobre el descenso, o más bien la aparatosa caída de Truman Capote desde las altas cimas de la celebridad, Rosa Montero explora el fenómeno de la fama y sus efectos en la carrera de un escritor. Esto, para Capote, fue fatal. De hecho Truman Capote inició el descenso casi en el mismo momento en que llegaba a la cúspide, y él mismo tuvo conciencia de que todo se debía al hecho de haber alcanzado “la fama demasiado joven”, de haberse convertido precisamente en una “celebridad” que no es más que una especie de tortuga “boca arriba”, un juguete de los medios de comunicación y de los admiradores, un juguete que puede pasar de moda, del que puede prescindirse a voluntad.
La vanidad juega, desde luego, un papel de primer orden en la desconstrucción del personaje célebre. Una celebridad es al fin y al cabo alguien que sucumbe, “que se mete “en el pozo sin fondo de la vanidad que nunca se sacia.” Para Rosa Montero, “La vanidad del escritor no es en realidad sino un vertiginoso agujero de inseguridad”, una falsa imagen proyectada sobre una imaginaria pantalla. En la hoguera de la vanidad –parece decirnos Rosa Montero a continuación- el fuego siempre es fatuo y no calienta:

LA LOCA DE LA CASA
Rosa Montero
Resultado de imagen para rosa montero
Desde el primer momento de su publicación, “A sangre fría” fue un éxito tremendo. Capote estaba en lo mejor de la vida, había escrito un libro maravilloso, la gente se lo quitaba de las manos, el dinero le entraba a espuertas, se había convertido en ese chico riquísimo y famosísimo que siempre quiso ser. ¿Y qué le sucedió entonces? Pues que se fue a pique con todas las banderas desplegadas. Vivió diecinueve años más tras la aparición de “A sangre fría”, pero durante ese tiempo sólo publicó el puñadito de cuentos de “Música para camaleones”. A todo el mundo le decía que estaba trabajando en una novela monumental titulada “Plegarias atendidas”, la novela perfecta que le convertiría en el nuevo Proust, pero a su muerte sólo se encontraron tres capítulos y desde luego no eran dignos ni de Proust ni del propio Capote. En esos años finales de bloqueo y angustia, Truman se convirtió en un alcohólico y se tragó todas las pastillas del mundo. Estaba drogado, embrutecido, enloquecido, desesperado. Murió a los cincuenta y nueve años, tan deteriorado como un octogenario mal cuidado. Poco antes del final, declaró: “Miles de veces me he preguntado, ¿por qué me ha pasado esto? ¿Que es lo que he hecho mal? Y creo que alcancé la fama demasiado joven, Apreté demasiado, demasiado pronto. Me gustaría que alguien escribiera lo que de verdad significa ser una celebridad (...) para lo único que sirve es para que te acepten un cheque en un pueblo. Los famosos se convierten a veces en tortugas vueltas boca arriba. Todo el mundo achucha a la tortuga: los medios de comunicación, pretendidos amantes, todo el mundo, y ella no puede defenderse. Le cuesta un enorme esfuerzo darle la vuelta a su ser” (todo esto lo recoge Gerard Clarke en su estupenda biografía sobre Capote).
Y sí, seguro que la fama tuvo su parte de culpa en el destrozo, así como en el supremo egocentrismo con que despachó a Dick y Perry. Pero además hubo un tercer motivo por el que Truman se rompió, y es que, tras el enorme éxito de público y de ventas de “A sangre fría”, los críticos, esas raras criaturas a menudo tan envidiosas, tan equivocadas y tan esnobs, decidieron que algo que triunfaba tanto no podía ser bueno ni digno de sus gustos exquisitos, y por consiguiente no le dieron a Capote ni el National Book Award ni el Pulitzer, los dos premios mas prestigiosos del año. De hecho, luego se supo que uno de los jurados del National, Said Maloff, critico de Newsweek y una de esas boas constrictor a las que se refería Walser, convenció a los demás jurados de que el galardón debía ir a un libro menos “comercial” que “A sangre fría”. Sin embargo, un par de años más tarde no tuvieron ningún problema en otorgar ambos premios a Norman Mailer por “Los ejércitos de la noche”, un libro mediocre que imita de algún modo el tratamiento realista de “A sangre fría”.
No cabe duda de que el trato que Capote recibió por parte de la crítica oficial fue estúpido e injusto, pero, por otra parte, Truman dejó que ese suceso miserable le afectara demasiado. Esto es, se metió en ese pozo sin fondo de la vanidad que nunca se sacia, del requerimiento interminable, y no le fue suficiente el éxito monumental que había logrado su libro. Capote quería más. Lo quería todo. Y querer todo es lo mismo que no querer nada; es algo tan grande que no puede abarcarse. “Cuando vi que no me daban aquellos premios, me dije: voy a escribir un libro que os va a dejar a todos avergonzados de vosotros mismos. Vais a ver lo que un escritor verdaderamente, verdaderamente dotado, puede hacer si se lo propone”, explicó años después Capote. Y ahí está definido todo su infierno. La vanidad del escritor no es en realidad sino un vertiginoso agujero de inseguridad; y si uno se mete en ese abismo, no deja de descender hasta que llega al centro de la Tierra. Si caes en el pozo, da igual que dos millones de lectores te digan que les ha encantado tu novela: basta con que un crítico cretino de la Hoja Parroquial de Valdebollullo escriba que tu libro es horroroso para que te sientas angustiadísimo. Yo no se de dónde sale esa fragilidad idiota, esa necesidad constante de una mirada que te acepte, pero es semejante a la ceguera del enamorado que se siente solo, desgraciado y poco querido cuando el objeto de su amor no le hace caso, aunque tenga a su alrededor otras veinte mujeres que estén rendidamente enamoradas de él: pero a esas ni las tiene en consideración, esas no cuentan. Sea como fuere, Capote, para conseguir el amor imposible de la crítica esquiva, decidió hacer un libro maravilloso que les dejara pasmados, con lo cual se equivocó doblemente: primero, porque puso el listón tan alto que todo lo que escribiera tendría que parecerle insuficiente; y segundo, porque intentó escribir lo que suponía que los críticos querían leer, en vez de fiarse de su daimon. Y ya sabemos que es la mejor manera de perderse.
Pero el éxito y el fracaso no son las únicas causas que acaban o silencian o entontecen a un narrador. E1 poder, lo hemos visto antes, también corrompe fácilmente a los escritores. Tengo 1a sensación de que uno no puede escribir bien si convierte su vida en una mentira; hay autores que en su existencia han sido unos verdaderos miserables y que sin embargo han producido obras maravillosas, pero probab1emente no se mentían a si mismos: debían de ser malvados, pero consecuentes; o sea, es posible que 1a mentira sea el verdadero antídoto de 1a creación. Aunque a lo mejor es al revés: a 1o mejor lo que sucede es que tu vida se va al garete porque conviertes tu obra en una mentira.


24/10/08

lunes, 12 de febrero de 2018

LA PESTE


         Pedro Conde Sturla
          1 de mayo de 2009


Hoy me he propuesto escribir sobre un tema oscuramente oportunista, lúgubre y actual, el tema de las plagas, la peste, las epidemias que han azotado a la humanidad y las huellas que han dejado en la literatura y la crónica.
 Curiosamente, de acuerdo a lo que explica Juan Miguel Zunzunegui en su artículo “Las grandes epidemias del siglo XX”, éstas no son cosas del pasado como creemos todos los ignorantes en la materia. Las enfermedades contagiosas como el paludismo, para el cual existe cura, matan millones de personas al año, pero esas personas pertenecen al tercer mundo y sólo cuentan como estadística y sus muertes no son motivo de alarma, a diferencia de las víctimas de la fiebre porcina. Cuando la amenaza se cierne sobre el mundo desarrollado la noticia ocupa todos los titulares. En cambio, la pandemia del hambre, que es la peor de todas, pasa prácticamente desapercibida.
“A lo largo de la historia –escribe Zunzunegui en el artículo de su muy interesente página Web– han existido miles de ejemplos de epidemias desastrosas, pero quizás las que han cobrado mayor cantidad de vidas se han presentado con mayor frecuencia durante el presente siglo y han sido: el paludismo, viruela, cólera, tifus, fiebre tifoidea, peste bubónica, fiebre amarilla, ébola y más recientemente el SIDA.
”No obstante la enfermedad que más víctimas ha causado en la historia de la humanidad es la malaria o paludismo, le sigue la peste, el tifo y la gripe.  
”La malaria o paludismo es una de las enfermedades que más estragos sociales y vidas ha cobrado a lo largo del siglo XX. Es producida por la proliferación en la sangre humana de un parásito que penetra en los glóbulos rojos para destruirlos totalmente. Es una enfermedad que afecta a países de clima templado y cálido, así como a las zonas pantanosas, ya que el paludismo no se contagia, se propaga por la picadura de un mosquito llamado Anópheles o por la entrada de sangre infectada al ser humano a través de algún tratamiento médico. Los síntomas más frecuentes son: escalofrío violento, fiebre altísima y sudoración profunda, así como aumento del volumen del bazo, anemia progresiva y deterioro físico que, de no existir tratamiento adecuado, lleva incluso a la muerte. Se identifica rápidamente mediante un análisis de sangre.
”Cada año cobra la vida de un millón de niños, lo cual corresponde al 7% de las causas de mortalidad en el mundo, y cuatro millones de adultos aproximadamente.
“Las enfermedades infecciosas en el mundo desarrollado son responsables del 5% de las muertes, en el Tercer Mundo en cambio constituyen el 45% de las defunciones totales.”
Particularmente ingrata en la memoria histórica fue la pandemia de peste bubónica o muerte negra, que redujo drásticamente la población de Europa Occidental en pocos meses.
 La peste o muerte negra –dice Zunzunegui- “antiguamente producía epidemias de consecuencias catastróficas, sin embargo, hoy en día está casi erradicada. Por primera vez apareció en China y se esparció por Europa en el siglo XIV,  su propagación logró todo un desequilibrio político, social y económico, y no sólo eso, sino que también surgieron ritos macabros como la llamada danza de la muerte y en Jaffa se establecieron cimientos de una guerra bacteriológica al lanzar cadáveres dentro de lugares amurallados por cristianos que fueron obligados a huir.
”Durante el Renacimiento y la Edad Moderna, Europa soportó otras epidemias de peste, la última que se recuerda fue en Barcelona a fines del siglo pasado, pero ninguna tuvo tanta trascendencia social como aquella que marcó una profunda huella en la historia. La peste es transmitida al hombre a través de las pulgas, ratas y ratones”
Pienso ahora en Albert Camus y su célebre novela “La peste”, que es más que nada una alegoría sobre la condición humana, pero también en Giovanni Boccaccio. En el grupo de tres amigos y siete amigas que se refugian en una quinta palaciega para escapar del flagelo de la peste que diezmaba a Florencia. Allí, en la acogedora casa de recreo en el campo empezaron a contar cuentos, uno cada uno, diez cada día durante diez días hasta llegar al número mágico de cien (en realidad ciento uno). Son los cuentos de “El Decamerón” (literalmente “Diez días”), del más vivo, palpitante y glorioso texto narrativo de la literatura italiana.
Pienso en García Márquez, desde luego, en “El amor en los tiempos del cólera”, del cual escribiré en otra ocasión. Y pienso, sobre todo, para finalizar, en el aterrador testimonio que nos ofrece Rosa Montero en “La loca de la casa”:
“Voy a contar otra historia de supervivencia y de palabras, aunque muy distinta. Para ello tenemos que trasladarnos a los helados confines de la Gran Peste de 1348, la mayor pandemia que jamás ha existido. EI mal comenzó en Asia, de donde no se tienen datos fiables, aunque sin duda causó una carnicería horrible. De allí pasó a Europa, y se calcula que, en menos de un año, murieron entre uno y dos tercios de la población. En la España de hoy, por ejemplo, esto hubiera supuesto entre trece y veintiséis millones de victimas en menos de doce meses. París perdió a la mitad de sus ciudadanos, Venecia dos tercios, Florencia las cuatro quinta partes… Los vivos no daban abasto para enterrar a los muertos. Los padres abandonaban a sus hijos agonizantes por miedo a contagiarse, los hijos abandonaban a sus padres, cundió la miseria moral. Era un mundo lleno de cadáveres en descomposición, de moribundos dando alaridos. Porque morían de peste bubónica, una enfermedad atroz, deformante, muy dolorosa, que te pudría en vida y te hacía sudar sangre.
”Muchos pueblos desaparecieron para siempre, los campos cultivados fueron engullidos por la maleza, los rebaños murieron de abandono, los caminos se llenaron de asesinos y bandoleros, hubo hambrunas y caos. Y sobre todo hubo una indecible tristeza, el duelo descomunal por lo perdido. Agniola di Tura, un cronista de Siena, ciudad en la que falleció más de la mitad de la población, escribió: «Enterré con mis propias manos a cinco hijos en una sola tumba... No hubo campanas. Ni lágrimas. Esto es el fin del mundo». En aquel tiempo crepuscular y aterrador vivió también John Clyn, un fraile menor que residía en Kilkenny, Irlanda. Clyn vio morir uno tras otro, entre crueles sufrimientos, a todos sus hermanos de congregación. Entonces, en su soledad de momentáneo superviviente, describió con meticulosidad todo lo sucedido, «para que las cosas memorables no se desvanezcan en el recuerdo de 1os que vendrán tras nosotros». Y al final de su trabajo dejó espacio en blanco y anadió: «Dejo pergamino con el fin de que esta obra se continué, si por ventura alguien sobrevive y alguno de la estirpe de Adán burla la pestilencia y prosigue la tarea que he iniciado». Clyn también cayó abatido por la enfermedad, como una mano anónima se encargó de anotar en los márgenes del manuscrito; pero la estirpe de Adán sobrevivió y hoy conocemos lo que fue la Gran Peste, entre otras cosas, gracias al minucioso trabajo de John Clyn. Eso es la escritura: el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con 1os demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caos y a la muerte. En 1o más profundo de las tinieblas, Clyn mantuvo una pequeña chispa de esperanza y por eso se puso a escribir. Nada se pudo hacer para detener la peste; sin embargo, a su humilde manera, ese fraile irlandés consiguió vencerla con sus palabras.” (Rosa Montero, La loca de la casa).
pcs,viernes, 01 de mayo de 2009


Historia oculta de la primera guerra mundial: la élite secreta

Historia oculta de la primera guerra mundial: la élite secreta

Pedro Conde Sturla
12 de febrero de 2018


Karlheinz Deschner, el controversial autor alemán de una “Historia criminal del cristianismo” en once tomos, afirma que “El que no escriba la historia universal como historia criminal, se hace cómplice de ella.” Esto es particularmente cierto en lo que se refiere a la primera guerra o carnicería mundial, un acontecimiento que fue planificado al milímetro por una elite secreta inglesa, cuyos padres fundadores fueron Cecil Rhodes, William Stead, Lord Esher, Sir Nathaniel Rothschild y Alfred Milner.

Alfred Milner y su equipo
En opinión de Karlheinz Deschner: “Los crímenes pequeños son objeto de persecuciones por parte de perros y policías. Los grandes son objeto de reverencia por parte de los historiadores”.
Algo parecido sostiene Elías Canetti cuando afirma que: “Para los historiadores, las guerras vienen a ser algo sagrado; rompen a modo de tormentas saludables o por lo menos inevitables que, cayendo desde la esfera de lo sobrenatural, vienen a intervenir en el decurso lógico y explicado de los acontecimientos mundiales.”
Por lo que se verá a continuación, hay poco de sobrenatural o providencial en la criminal conspiración que condujo al mundo a lo que hasta entonces fue el mayor derramamiento de sangre de la historia y armó al mismo tiempo el mecanismo de relojería que conduciría al estallido de algo todavía peor: la segunda guerra mundial
El Importante Papel Desempeñado por Alfred Milner
Gerry Docherty y Jim MacGregor

La principal figura en la Élite Secreta de alrededor de 1902 hasta 1925 fue Alfred (posteriormente vizconde) Milner. De manera notable, pocas personas han oído alguna vez su nombre. El profesor Quigley señaló que todas las biografías de Milner habían sido escritas por miembros de la Élite Secreta y ocultaban más que lo que ellas revelaban. En su opinión, este abandono de una de las figuras más importantes del siglo XX era parte de una deliberada política de secreto. Milner se convirtió en el líder indiscutido de la Élite Secreta.
A su regreso de Sudáfrica en 1905 él empezó a preparar al Imperio británico para la guerra con Alemania. Aunque no era un miembro del Parlamento, él se sentó en el círculo interior del Gabinete de Guerra Imperial de Lloyd George a partir de 1916 en adelante.
¿Qué había de tan precioso en Lord Alfred Milner que él ha sido prácticamente suprimido de la Historia?
Al incitar a los Bóers a la guerra, Milner mostró la fría objetividad que condujo dicha causa. La guerra era desafortunada, pero necesaria. Tenía que ser. Las propias ambiciones globales futuras de la Élite Secreta dependían de un resultado victorioso. Hacia Mayo de 1902 el oro de Transvaal estaba en sus manos al costo de 32.000 muertes en los campos de concentración. Aunque la Guerra de los Bóers finalmente terminó en victoria, llegó a un costo mayor que los 45.000 hombres del Imperio muertos o heridos. Gran Bretaña tenía menos amigos que nunca. Hasta aquel punto, a Gran Bretaña no le importaba. Vivir en un “espléndido aislamiento” y carente de tratados obligatorios con cualquier otra nación no había sido visto como una desventaja mientras ninguna otra potencia en la Tierra desafiara al Imperio.
Pero en los primeros años del siglo XX apareció un serio aspirante. Si la Élite Secreta debiera conseguir su sueño de la dominación mundial, el primer paso tenía que ser la remoción del advenedizo competidor alemán y la destrucción de su valor industrial y económico. Eso presentaba una considerable dificultad estratégica. Sin amigos en su aislamiento, Gran Bretaña nunca podría ella sola destruir a Alemania.
Como una nación-isla, su fuerza estaba en su todopoderosa marina. La amistad y las alianzas eran algo necesario. “Habría sido imposible para Gran Bretaña haber derrotado a Alemania por sí misma. Por lo tanto, necesitaba al numeroso ejército francés y al aún más grande ejército ruso para que asumieran la mayor parte del combate en el continente”. Tuvieron que ser abiertos los canales diplomáticos y establecerse contactos con los viejos enemigos Rusia y Francia. Ésa no fue una tarea menor ya que el resentimiento anglofrancés había sido prevaleciente durante la década anterior, y la guerra entre ellos fue una posibilidad real en 1895.
Eduardo VII se puso al frente como el arma más especial de la Élite Secreta, rey cuya mayor contribución está en haber diseñado los muy necesarios realineamientos, e intentar el requisito previo de la Élite Secreta de aislar a Alemania. La responsabilidad última de la política exterior británica pertenece, de acuerdo a los precedentes, al gobierno elegido y no al soberano, pero fue el rey quien sedujo tanto a Francia como a Rusia para alianzas secretas en el breve tiempo de seis años. Los inmensos ejércitos de Francia y Rusia eran parte integral de la colosal tarea de detener el curso de Alemania.
Dicho de manera simple, la Élite Secreta requería que otros emprendieran gran parte de su sangriento negocio, ya que la guerra contra Alemania sería ciertamente sangrienta.
El tratado con Francia, la Entente Cordiale (Alianza Amistosa), fue firmado el 8 de Abril de 1904, marcando el final de una época de conflictos que había durado casi mil años. La conversación era de paz y prosperidad, pero las cláusulas secretas firmadas aquel mismo día alineaban a ambos países contra Alemania. La Élite Secreta entonces atrajo a Rusia a su red con una promesa que ellos nunca tuvieron la intención de cumplir: el control ruso de Constantinopla y de los estrechos del Mar Negro después de una guerra exitosa contra Alemania.
La Élite Secreta Controla Ambos Lados de la Política 
La democracia británica, con elecciones regulares y cambios de gobierno, fue retratada como una red de protección confiable contra el gobierno despótico. Pero nunca ha sido así. Tanto los partidos conservadores como los liberales habían estado controlados desde 1866 por la misma pequeña camarilla que consistía en no más de media docena de familias principales, sus parientes y aliados, reforzados por ocasionales llegados con las credenciales “apropiadas”.
La Élite Secreta hizo una forma de arte de la identificación del talento potencial y del poner a hombres jóvenes prometedores, por lo general de la Universidad de Oxford, en posiciones que ayudaran a sus futuras ambiciones. Con la desaparición del Gobierno conservador en 1905, la Élite Secreta ya había seleccionado a sus sucesores naturales en el Partido Liberal: hombres confiables y confiados, inmersos en sus valores imperiales. Herbert Asquith, Richard Haldane y Sir Edward Grey fueron los hombres elegidos por Milner.
Grey se trasladó al Ministerio de Asuntos Exteriores y Haldane a la Oficina de Guerra, y dentro de dos años Asquith era el Primer Ministro. La continuidad en la política exterior estaba asegurada. Una reorganización radical y completa de la Oficina de Guerra comenzó en preparación para la próxima guerra con Alemania. Cómo debe haberse reído la Élite Secreta, mientras tomaba champaña, con la noción de Democracia Parlamentaria.



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0