sábado, 28 de abril de 2018

EL CORONEL

Pedro Conde Sturla 


En una ocasión, de la que tengo o creo tener un recuerdo muy vivo, el Gallego llegó al comando a media noche en  compañía de un oficial con uniforme de camuflaje, y reunió en el patio a todos los integrantes del G-4 que estábamos disponibles, unos doce o quince en total. El oficial era un tipo macizo, robusto, imponente. Tenía un porte marcial como de fisiculturista, de levantador de pesas, un pescuezo de toro, los ojos intranquilos, una mirada fiera y a la vez apacible, fieramente apacible, que inspiraba respeto y a la vez simpatía. Manolo lo presentó con un timbre de orgullo en la voz. Era el coronel Lachapelle. Héctor Lachapelle Díaz.
         Lachapelle saludó, expuso brevemente el motivo de su visita, de su (para nosotros) casi alarmante presencia en el comando San Lázaro. Pidió que lo acompañáramos en una delicada misión. La misión consistía en atravesar al estilo rana, arrastrándonos por el suelo, un solar baldío, infiltrarnos en un edificio vacío de San Carlos en los alrededores del Palacio Nacional, casi nariz con nariz con el ejército del imperio, salir antes del amanecer, informar de cuanto mereciera ser informado. Preservar la vida si era posible.
         La misión fracasó, afortunadamente, o mejor dicho apenas llegó a comenzar. Cuando nos encontrábamos a medio camino, atravesando el solar baldío, se escuchó el sonido inconfundible de una bengala que anunciaba la luz del día, poff, y la luz se hizo. Detrás de la bengala y su radiante luz vino el plomo, la plomería del imperio o de la llamada Fuerza interamericana de paz y la estampida. Tras el plomo la huida, el corredero, la destemplada fuga. Tocata y fuga.

No recuerdo si estaba a la cabeza de los fugitivos, pero de seguro me encontraba entre los delanteros. Ya era, de hecho, un experimentado, inveterado corredor, un escapista, y siempre me sorprendió la velocidad que podía alcanzar cuando me disparaban. Y a pesar de todo me sentí orgulloso. Nunca antes había salido huyendo en tan ilustre compañía y por tan buenos motivos. Sin embargo, y a pesar de que un par de veces, con saco y corbata, en actos conmemorativos de la insurrección de abril he hablado con Lachapelle Díaz, no he tenido el valor de identificarme como uno de los hombres que guió en el histórico, casi heroico episodio de San Carlos.

EL PUENTE

Un relato de
Uno de esos días de abril
Pedro Conde Sturla





   En la plazoleta del puente Duarte reinaba una gran agitación desde las primeras horas del domingo 25 de abril. Hombres y mujeres, muchachos, niños y viejos empezaron a congregarse en el lugar hasta formar la impresionante muchedumbre que permaneció día y noche, a sol y sereno, en actitud desafiante ante las fuerzas del CEFA, que se encontraban a cierta distancia en la margen opuesta, y ante los aviones que sobrevolaban la zona continuamente.


Durante la madrugada del mismo domingo, al amparo de la confusión y las sombras, un grupo de artilleros del ejército se estableció en posiciones estratégicas con piezas de artillería más o menos pesadas: unos infelices cañones Krupp alemanes de edad provecta y dos o tres ametralladoras de calibre .30 y .50. Con esas pocas armas y el apoyo de las masas enfrentarían la embestida de aviones y tanques.


Eran soldados jóvenes y entusiastas, al mando de jóvenes oficiales de carrera, entre los que recuerdo a un gordito de carácter jovial que parecía inofensivo. El teniente Michel Peguero. Creo que estaba al frente de las tropas y era valiente como abeja de piedra, al igual que sus compañeros de armas.

Nunca entendí por qué habían emplazado dos de los cañones al descampado en medio de la plazoleta, expuestos al fuego enemigo, pero yo no estaba en esos momentos para entender tácticas militares, sino para agitar y escribir consignas pidiendo armas para el pueblo con mis compañeros del PSP.


A eso de las siete de la mañana llegaron refuerzos. Toda una compañía del ejército nacional que quedó al mando del teniente Elías Bisonó Mera, un personaje heroico que dejaría su vida en el combate.


Una de las primeras medidas que se tomaron fue bloquear el puente atravesando dos camiones de transporte de caña para dificultar el paso de los blindados y las tropas de infantería. Los primeros enfrentamientos se produjeron de inmediato, con esporádicos intercambios de artillería desde uno y otro lado del río, casi como ejercicio de rutina entre soldados de la misma escuela para afinar la puntería. Mientras tanto, una serie de sangrientas escaramuzas se sucedían sin interrupción en los alrededores. La dotación de un cuartel de la policía, desde el cual dispararon contra los civiles, fue masacrada literalmente, y los policías muertos en otros encuentros se contaban por docenas.


Pero el verdadero inicio de la confrontación ocurrió a mediados del martes 27 con un episodio devastador y sorpresivo. Los aviones, que durante dos días habían sobrevolado rutinariamente el lugar, tomaron altura y se organizaron de repente en formación de combate y cargaron en picada sobre la multitud, soltando bombas, cohetes y metralla, reventando seres humanos (que desde el aire parecerían hormiguitas) como si fueran globos de feria.


Subieron y bajaron en picada una vez y otra vez, masacrando a la población y creando un pánico infinito, inutilizaron los dos cañones colocados románticamente al descampado en la amplia plazoleta, que ahora estaba sembrada de cadáveres, y descojonaron la primera línea de defensa.


Al cabo de ese duro, interminable castigo o ablandamiento (como se dice, eufemísticamente, en jerga militar), cerca de las dos de la tarde se inició el asalto de las temidas fuerzas del CEFA. Una columna de blindados (tanques e infantería), avanzó pesadamente a través del puente.


La resistencia fue tan obstinada como inútil. El fuego de los cañones y ametralladoras provocó destrozos en las casas y edificios donde se habían parapetado las demás piezas de artillería, el espantoso incendio de una gasolinera e incontables víctimas entre los combatientes. Nada se resistía, en ese espacio abierto, a la feroz ofensiva de las hordas del CEFA, y al poco tiempo los constitucionalistas empezaron a batirse en retirada, internándose en el populoso barrio de Villa Francisca. Otra línea de defensa había sido arrollada. Pero las bajas eran significativas en ambos bandos. El teniente Bisonó Mera, un temerario, había empuñado desde el primer momento del combate una de las ametralladoras pesadas y había vendido caro el pellejo.


           La batalla del puente Duarte y sus alrededores pertenece más bien a la epopeya que a la historia. Todo estaba perdido en apariencia, pero más allá del puente, en Villa Francisca, la ciudad se articulaba en una intrincada red de calles y callejuelas de difícil acceso. El combate seguiría desde las azoteas, casa por casa, patio por patio, esquina por esquina, metro por metro. Las tropas del CEFA nunca anticiparon la feroz resistencia que iban a encontrar.

El más valioso recurso fue el material humano, soldados y civiles inspirados en un combate a muerte, en un frenesí de obstinación, en una lucha sin tregua, sin cuartel, sin esperanza, en una lucha heroica que no esperaba recompensa. Se combatiría con todos los medios, pero quizás el arma decisiva fue el coctel molotov, el arma por excelencia de los desarmados, la bomba de los pobres, de los pueblos insurrectos. Sobre los tanques e infantería del CEFA, encallejonados en los vericuetos de Villa Francisca, lloverían como diluvio las eficaces bombas de fabricación casera, los incendiarios cocteles molotov (botellas con gasolina y aceite y un trapo a manera de mecha), y pronto empezarían a arder los tanques y los soldados de infantería.


En lo que arreciaba el combate y cuando ya todo pre-sagiaba lo peor, el presidente provisional y los funciona-rios civiles y militares de su efímero gobierno acudieron a la embajada del imperio para pedir al embajador que detuviera la ofensiva del CEFA y abriera un espacio para negociar una tregua. El arrogante embajador –el verdadero hombre fuerte del país en su calidad de procónsul del imperio–, sólo tuvo para ellos palabras despectivas cuando no ofensivas, los declaró vencidos, derrotados, y proclamó que lo único que podían pedir, en semejante condición, era la rendición incondicional.

El presidente provisional y otros salieron de la embajada para otra embajada y el exilio. El oficial de más alto rango en ese momento, el sustituto de Hernando Ramírez (que había enfermado de una hepatitis violenta), el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, el mismo que dos días antes se había asilado en la embajada de Ecuador durante una noche, salió en cambio con el espíritu sublevado, sin ocultar su profundo sentimiento de indignación, de rabia. Dijo que prefería la muerte a la rendición y la humillación. Dijo que, de hecho, se consideraba oficialmente muerto e invitó, más que ordenar, a sus subalternos a integrarse a la lucha para responder a la afrenta del procónsul. Con ellos marchó hacia el frente, donde persistían las hostilidades. Si alguna vez se había asilado, ya no buscaría asilo. Si alguna vez había vacilado, ya no vacilaría, si alguna vez temió a la consecuencia de sus acciones, nunca más temería. El procónsul del imperio recibiría en breve noticias de los vencidos que se habían convertido en vencedores.


A eso de las cuatro de la tarde llegaron al escenario de la contienda, que ya tal vez se decidía sin ellos, pero el refuerzo inesperado causó un revuelo de júbilo, catapultó la moral de los insurrectos y precipitó los acontecimientos. El alto mando de los oficiales constitucionalistas y otro centenar de soldados estaban presentes ahora, tomando parte en la guerra que nunca habían imaginado ni en sus peores sueños. Habían sido entrenados y uniformados para reprimir al pueblo y ahora lucharían junto al pueblo contra sus compañeros de armas, y luego contra el imperio.

Entre los recién llegados –al mando del intrépido co-ronel Montes Arache­– había miembros de una unidad de elite de la marina que llamaban poderosamente la aten-ción. Eran hombres de negro, con uniformes negros como la muerte, entrenados para el combate en mar y tierra. Formaban parte de la más aceitada máquina de guerra ja-más creada en la historia militar del país y otros países. Cuarenta y seis piezas de relojería militar perfectamente afinadas para el combate. Eran los hombres rana. Los temibles hombres rana que pronto se convertirían en leyenda y en el terror de las tropas yanquis. A uno de ellos lo conocería y trataría personalmente en unas duras jornadas de entrenamiento en el comando Argentina. Le decían Santiaguito, Santiaguito el rana.


Otro que llamaba la atención –con su vistoso uniforme de camuflaje–, era un oficial extranjero de carnes magras. Flaco, desgarbado, elástico, puro nervio y pellejo. Era veterano de varias guerras, más de las que podía contar con los dedos de una mano, y era posiblemente el único (o uno de los pocos), entre los constitucionalistas, que tenía verdadera experiencia militar. Era el instructor de los hombres rana, uno de ellos. Alto, afable, italiano. Un guerrero excepcional. Quizás el más formidable condotiero que alguna vez pisó esta tierra. El capitán Illio Capozzi.





GALLÍPOLI

Pedro Conde Sturla


GALLÍPOLI

Una de las razones por las que Rusia -o mejor dicho el zar de Rusia- se involucró en la primera guerra mundial a favor de Inglaterra y Francia tuvo mucho que ver con una promesa envenenada que estos países le hicieron y que “nunca tuvieron la intención de cumplir: el control ruso de Constantinopla y de los estrechos del Mar Negro después de una guerra exitosa contra Alemania”. [i]
Al zar de Rusia, o de todas las Rusias, el tiro le salió por la culata como bien se sabe. Perdió el poder, perdió el favor de Inglaterra, que se negó a darle asilo, y perdió luego la vida junto a toda su familia a manos de los bolcheviques. A las tropas aliadas tampoco les fue muy bien en el escenario del Imperio Otomano, en lo que es hoy Turquía, básicamente.
El arrogante imperio inglés y la prepotente Francia planeaban desde hacía tiempo la guerra contra Alemania y el desmantelamiento del seis veces centenario Imperio Otomano. Esto último no parecía cosa difícil. El Imperio Otomano se había desangrado y debilitado en las recientes guerras de los Balcanes (1912-1913)  donde había perdido la mayor parte de sus territorios europeos y no estaba en condiciones de participar en otra contienda, pero el sultán Mehmed V cedió a la presión de Alemania y de sus propios consejeros y el tiro también le salió por la culata. La monarquía otomana moriría con el imperio pocos años después.
Para darse una idea de los intereses que estaban en juego sólo hay que leer los siguientes párrafos:
“Alemania necesitaba a los otomanos de su lado. Los   planes del Orient Express, que transportaría pasajeros a través de los Balcanes hasta Constantinopla, finalizaron en 1888. El Sultán dio permiso a banqueros alemanes para expandir el ferrocarril hasta Bagdad, lo cual habría permitido al Imperio Otomano formar parte de la Europa industrializada. A cambio habría otorgado una importante presencia alemana en el golfo Pérsico, lo cual supondría una considerable ayuda para el control de sus colonias de ultramar, y una mayor facilidad para su comercio con India, aparte de suponer un valiosísimo acceso al petróleo de Irak”.
“La alianza se formalizó con un tratado secreto, firmado por el Imperio otomano y el Imperio alemán el 2 de agosto de 1914, un día después de que Alemania declarara la guerra al Imperio ruso. La alianza fue ratificada por muchos oficiales  otomanos de alto rango, incluyendo el Gran Visir Said Halim Pasha (equivalente a un jefe de cabinete occidental), el ministro de Guerra Enver Pasha, el ministro de Interior Talat Pasha, y el jefe del Parlamento Halil Bey”.[ii]
Para Inglaterra y sus aliados la derrota del Imperio Otomano era algo que se daba por descontado y la operación militar orientada a la conquista de Estambul, la capital, que entonces se llamaba Constantinopla, parecía cosa de rutina. Tanto el armamento como los soldados otomanos habían dado pocas pruebas de calidad y valor en las mencionadas guerras de los Balcanes y ni siquiera se esperaba que las tropas resistieran con empeño una invasión que tendría como respaldo un potencial de fuego que arrasaría con las defensas y los reducidos defensores. De hecho, los británicos, con Winston Churchill a la cabeza, estaban al parecer convencidos de que se trataría de un paseo militar, “una operación naval relámpago”. Se abrirían paso a fuerza de cañones, en unas pocas horas atravesarían el estrecho de los Dardanelos y en pocos días pondrían sitio a Constantinopla en las orillas del mar de Mármara. El hecho conduciría a la rendición de la ciudad y la consiguiente derrota del Imperio Otomano, abriría una ruta expedita hacia Rusia, el rearme y reabastecimiento de la misma y la posibilidad de castigar desde el este al Imperio Alemán y Austrohúngaro para aliviar la terrible presión en el empantanado y ensangrentado frente occidental.
Era una idea brillante, estúpidamente brillante, y el tiro salió también por la culata.  
Sin mencionar el sacrificio de los otomanos, un alto precio en sangre lo pagaron los soldados australianos y neozelandeses, jóvenes soldados procedentes de las colonias o excolonias británicas a quienes les fue concedido el honor y el privilegio de venir a luchar y morir desde el otro lado del mundo por la madre patria en una guerra ajena. Una guerra planificada al milímetro por una élite secreta inglesa, cuyos padres fundadores fueron Cecil Rhodes, William Stead, Lord Esher, Sir Nathaniel Rothschild y Alfred Milner.
El sangriento episodio lo describe en parte, como se verá a continuación, un irónico cronista:
El fracaso de “la más noble Cruzada”
Luis Reyes
“Eran unos espléndidos jóvenes. Su casi completa desnudez, su altura, su majestuosa y sencilla figura, sus rosados cuerpos quemados por el sol y liberados de toda grasa por el calvario que estaban pasando, todo eso junto producía algo tan cercano a la absoluta belleza como siempre había anhelado contemplar en este mundo”. No se trata de la descripción de un guerrero de la Ilíada por Homero, sino de unos soldados de la Primera Guerra Mundial. Eran los Anzacs, los voluntarios australianos y neozelandeses que luchaban contra los turcos en Gallipoli, tal como los veía el novelista escocés Compton Mackenzie, oficial de la inteligencia  británica fascinado por la homofilia.
Pero en enero de 1916 estos modernos Alcibíades estaban tan derrotados como los 300 espartanos del Paso de las Termópilas. Y el precio que pagaron fue aún superior, 10.500 de aquellos “espléndidos jóvenes” de las antípodas se quedaron para siempre en las arenas de Gallipoli, y el total de muertos aliados en la campaña fue superior a los 44.000. Un  rotundo desastre y además un sacrificio inútil, pues la operación no sirvió para nada… Algo que sería corriente en la Gran Guerra.
El plan de apoderarse de los Dardanelos, el paso del Mediterráneo al Mar Negro, fue concebido por Winston Churchill y, como todas las suyas, fue una idea brillante, aunque imposible de llevar a cabo. La fortuna le había  regalado a Churchill a los 40 años su mejor juguete, la Royal Navy, pues era primer lord del Almirantazgo (la extravagante forma inglesa de decir ministro de Marina). No había en el mundo una máquina bélica semejante, aquella imponente flota hacía de Inglaterra la primera potencia del globo.
La Gran Guerra, tras un mes de arrolladores movimientos del Ejército alemán, se había estancado en la frustrante “guerra de trincheras”. No era situación que aguantase el carácter de Churchill, que enseguida elaboró un plan para forzar los Dardanelos y atacar a Turquía. La idea de golpear al enemigo en “the soft underbelly” (literalmente, el blando bajo vientre, el punto flaco) sería una obsesión para Churchill hasta la Segunda Guerra Mundial. Para tener el control, era una operación naval, con acorazados viejos que no podían enfrentarse a los modernos cruceros alemanes en el Mar del Norte.
En 1915 los rusos pidieron una ayuda que aliviase la presión que sufrían de los turcos, pero las operaciones navales fracasaron, para frustración de Churchill. Entonces se pasó a un plan que incluía el desembarco de una fuerza terrestre importante en la península de Gallipoli, para dominar los estrechos desde tierra. La Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo, de 78.000 hombres, tenía una división francesa, dos británicas y dos del Anzac (Australian & New Zealand Army Corps). Eran tropas con buen espíritu, aunque faltas de experiencia, pero el plan de operaciones resultaría pésimo.
Para empezar tenía la oposición frontal del número dos de Churchill, el primer lord del Mar (jefe de la flota), almirante Fisher. Pero el principal defecto de la operación es que daba por hecho que los turcos no ofrecerían mucha resistencia, y nunca se deben hacer planes contando con la colaboración del enemigo. El error del servicio de información fue doble, los turcos serían unos combatientes formidables y además habían guarnecido Gallipoli con muchas más tropas de las previstas.
El plan operativo en sí adolecía de falta de unos objetivos bien definidos, varias veces se cambiaron sobre la marcha; los expedicionarios carecían de buenos mapas (el Estado Mayor usó guías de viajes para la planificación); no había bastante artillería; muchas tropas eran bisoñas; el equipo no era el adecuado; la intendencia funcionó mal, y el general en jefe aliado, Hamilton, no estaba capacitado para la tarea. Añádase el importante factor de la geografía, que se había ignorado, pero que daba siempre una posición dominante a los turcos y convertía las posiciones aliadas en verdaderas trampas, y, por último, una casualidad decisiva: el jefe turco de la zona resultó ser el mejor comandante del Ejército otomano, Mustafá Kemal, luego llamado Atatürk (Padre de los Turcos), el forjador de la moderna Turquía. Todo estaba listo para el desastre.





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En las trincheras de Gallípoli. 
        Una de las razones por las que Rusia -o mejor dicho el zar de Rusia- se involucró en la primera guerra mundial a favor de Inglaterra y Francia tuvo mucho que ver con una promesa envenenada que estos países le hicieron y que “nunca tuvieron la intención de cumplir: el control ruso de Constantinopla y de los estrechos del Mar Negro después de una guerra exitosa contra Alemania”. [i]

Al zar de Rusia, o de todas las Rusias, el tiro le salió por la culata como bien se sabe. Perdió el poder, perdió el favor de Inglaterra, que se negó a darle asilo y perdió luego la vida junto a toda su familia a manos de los bolcheviques. A las tropas aliadas tampoco les fue muy bien en el escenario del Imperio Otomano, en lo que es hoy Turquía, básicamente.    
        El arrogante imperio inglés y la prepotente Francia planeaban desde hacía tiempo la guerra contra Alemania y el desmantelamiento del seis veces centenario Imperio Otomano. Esto último no parecía cosa difícil. El Imperio Otomano se había desangrado y debilitado en las recientes guerras de los Balcanes (1912-1913) donde había perdido la mayor parte de sus territorios europeos y no estaba en condiciones de participar en otra contienda, pero el sultán Mehmed V cedió a la presión de Alemania y sus propios consejeros y el tiro también le salió por la culata. La monarquía otomana moriría con el imperio pocos años después.
         Para darse una idea de los intereses que estaban en juego sólo hay que leer los siguientes párrafos:   
“Alemania necesitaba a los otomanos de su lado. Los   planes del Orient Express, que transportaría pasajeros a través de los Balcanes hasta Constantinopla, finalizaron en 1888. El Sultán dio permiso a banqueros alemanes para expandir el ferrocarril hasta Bagdad, lo cual habría permitido al Imperio Otomano formar parte de la Europa industrializada. A cambio habría otorgado una importante presencia alemana en el golfo Pérsico, lo cual supondría una considerable ayuda para el control de sus colonias de ultramar, y una mayor facilidad para su comercio con India, aparte de suponer un valiosísimo acceso al petróleo de Irak”. 
“La alianza se formalizó con un tratado secreto, firmado por el Imperio otomano y el Imperio alemán el 2 de agosto de 1914, un día después de que Alemania declarara la guerra al Imperio ruso. La alianza fue ratificada por muchos oficiales  otomanos de alto rango, incluyendo el Gran Visir Said Halim Pasha (equivalente a un jefe de cabinete occidental), el ministro de Guerra Enver Pasha, el ministro de Interior Talat Pasha, y el jefe del Parlamento Halil Bey”.[ii]   
Para Inglaterra y sus aliados la derrota del Imperio Otomano era algo que se daba por descontado y la operación militar orientada a la conquista de Estambul, la capital, que entonces se llamaba Constantinopla, parecía cosa de rutina. Tanto el armamento como los soldados otomanos habían dado pocas pruebas de calidad y valor en las mencionadas guerras de los Balcanes y ni siquiera se esperaba que las tropas resistieran con empeño una invasión que tendría como respaldo un potencial de fuego que arrasaría con las defensas y los reducidos defensores. De hecho, los británicos, con Winston Churchill a la cabeza, estaban al parecer convencidos de que se trataría de un paseo militar, “una operación naval relámpago”. Se abrirían paso a fuerza de cañones, en unas pocas horas atravesarían el estrecho de los Dardanelos y en pocos días pondrían sitio a Constantinopla en las orillas del mar de Mármara. El hecho conduciría a la rendición de la ciudad y la consiguiente derrota del Imperio Otomano, abriría una ruta expedita hacia Rusia, el rearme y reabastecimiento de la misma y la posibilidad de castigar desde el este al Imperio Alemán y Austrohúngaro para aliviar la terrible presión en el empantanado y ensangrentado frente occidental.
Era una idea brillante, estúpidamente brillante, y el tiro salió también por la culata.  
Sin mencionar el sacrificio de los otomanos, un alto precio en sangre lo pagaron los soldados australianos y neozelandeses, jóvenes soldados procedentes de las colonias o excolonias británicas a quienes les fue concedido el honor y el privilegio de venir a luchar y morir desde el otro lado del mundo por la madre patria en una guerra ajena. Una guerra planificada al milímetro por una élite secreta inglesa, cuyos padres fundadores fueron Cecil Rhodes, William Stead, Lord Esher, Sir Nathaniel Rothschild y Alfred Milner.
El sangriento episodio lo describe en parte, como se verá a continuación, un irónico cronista:

El fracaso de “la más noble Cruzada”
Luis Reyes

“Eran unos espléndidos jóvenes. Su casi completa desnudez, su altura, su majestuosa y sencilla figura, sus rosados cuerpos quemados por el sol y liberados de toda grasa por el calvario que estaban pasando, todo eso junto producía algo tan cercano a la absoluta belleza como siempre había anhelado contemplar en este mundo”. No se trata de la descripción de un guerrero de la Ilíada por Homero, sino de unos soldados de la Primera Guerra Mundial. Eran los Anzacs, los voluntarios australianos y neozelandeses que luchaban contra los turcos en Gallipoli, tal como los veía el novelista escocés Compton Mackenzie, oficial de la inteligencia  británica fascinado por la homofilia. 
Pero en enero de 1916 estos modernos Alcibíades estaban tan derrotados como los 300 espartanos del Paso de las Termópilas. Y el precio que pagaron fue aún superior, 10.500 de aquellos “espléndidos jóvenes” de las antípodas se quedaron para siempre en las arenas de Gallipoli, y el total de muertos aliados en la campaña fue superior a los 44.000. Un  rotundo desastre y además un sacrificio inútil, pues la operación no sirvió para nada... Algo que sería corriente en la Gran Guerra. 
El plan de apoderarse de los Dardanelos, el paso del Mediterráneo al Mar Negro, fue concebido por Winston Churchill y, como todas las suyas, fue una idea brillante, aunque imposible de llevar a cabo. La fortuna le había  regalado a Churchill a los 40 años su mejor juguete, la Royal Navy, pues era primer lord del Almirantazgo (la extravagante forma inglesa de decir ministro de Marina). No había en el mundo una máquina bélica semejante, aquella imponente flota hacía de Inglaterra la primera potencia del globo.
La Gran Guerra, tras un mes de arrolladores movimientos del Ejército alemán, se había estancado en la frustrante “guerra de trincheras”. No era situación que aguantase el carácter de Churchill, que enseguida elaboró un plan para forzar los Dardanelos y atacar a Turquía. La idea de golpear al enemigo en “the soft underbelly” (literalmente, el blando bajo vientre, el punto flaco) sería una obsesión para Churchill hasta la Segunda Guerra Mundial. Para tener el control, era una operación naval, con acorazados viejos que no podían enfrentarse a los modernos cruceros alemanes en el Mar del Norte.
En 1915 los rusos pidieron una ayuda que aliviase la presión que sufrían de los turcos, pero las operaciones navales fracasaron, para frustración de Churchill. Entonces se pasó a un plan que incluía el desembarco de una fuerza terrestre importante en la península de Gallipoli, para dominar los estrechos desde tierra. La Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo, de 78.000 hombres, tenía una división francesa, dos británicas y dos del Anzac (Australian & New Zealand Army Corps). Eran tropas con buen espíritu, aunque faltas de experiencia, pero el plan de operaciones resultaría pésimo. 
Para empezar tenía la oposición frontal del número dos de Churchill, el primer lord del Mar (jefe de la flota), almirante Fisher. Pero el principal defecto de la operación es que daba por hecho que los turcos no ofrecerían mucha resistencia, y nunca se deben hacer planes contando con la colaboración del enemigo. El error del servicio de información fue doble, los turcos serían unos combatientes formidables y además habían guarnecido Gallipoli con muchas más tropas de las previstas.
El plan operativo en sí adolecía de falta de unos objetivos bien definidos, varias veces se cambiaron sobre la marcha; los expedicionarios carecían de buenos mapas (el Estado Mayor usó guías de viajes para la planificación); no había bastante artillería; muchas tropas eran bisoñas; el equipo no era el adecuado; la intendencia funcionó mal, y el general en jefe aliado, Hamilton, no estaba capacitado para la tarea. Añádase el importante factor de la geografía, que se había ignorado, pero que daba siempre una posición dominante a los turcos y convertía las posiciones aliadas en verdaderas trampas, y, por último, una casualidad decisiva: el jefe turco de la zona resultó ser el mejor comandante del Ejército otomano, Mustafá Kemal, luego llamado Atatürk (Padre de los Turcos), el forjador de la moderna Turquía. Todo estaba listo para el desastre.









jueves, 26 de abril de 2018

EN EL PALACIO

Un relato de 
UNO DE ESOS DÍAS DE ABRIL



Pedro Conde Sturla




Al amanecer de un nuevo día, el domingo 25 de abril, soldados rebeldes, constitucionalistas, al mando del coronel Hernando Ramírez, entre otros, abandonaban los cuarteles y tomaban sin resistencia una parte considerable de la margen occidental de la ciudad junto a las masas perredeístas y militantes de la izquierda revolucionaria. La cabecera del puente Duarte, una amplia plazoleta a orillas del río Ozama, se pobló de una multitud intransigente, y fue reforzada con piezas de artillería en prevención de un ataque de tropas gobiernistas de la base militar de San Isidro, como en efecto ocurrió dos días después.



En el transcurso de la jornada los constitucionalistas ocuparon el palacio de gobierno, depusieron y arrestaron cortésmente a los dos Triunviros, eligieron como presiden-te provisional a un eminente cabecilla civil, que durante la malograda experiencia democrática de Juan Bosch había estado al frente del senado, y se reunieron con delegados de las principales fuerzas beligerantes. El Triunvirato notenía dolientes ni parientes más que en la derecha cavernaria de San Isidro, sede del CEFA, el temido Centro de Ense-ñanza de las Fuerzas Armadas, que disponía de tanques, ar-tillería, infantería y aviación, pero incluso la caverna de San Isidro, con el cavernícola general Elías Wessin y Wessin a la cabeza, estaba dispuesta a tranzarse, a negociar una fórmula de compromiso que no incluyera el retorno de Bosch.

Cuando el coronel Hernando Ramírez y los demás constitucionalistas dejaron claramente establecido que ni el regreso de Bosch ni la constitución de 1963 serían ob-jeto de negociación, la caverna de San Isidro rompió las hostilidades con un ataque de la fuerza aérea al palacio donde todavía se encontraban varios de sus representan-tes. El golpe constitucionalista, que prometía en principio ser rápido e incruento, se había convertido de golpe en el escenario de una mayúscula confrontación.

Desde unas horas antes de este inesperado acontecimiento, mientras los oficiales constitucionalistas y los delegados de la caverna se ponían en desacuerdo al más alto nivel, un grupo heterogéneo de perredeístas e izquierdistas merodeábamos con curiosidad por los pasillos y salones del mismo Palacio Nacional, la sede del gobierno, que se ha-bía convertido en tierra de nadie. Ni en sueños habíamos previsto que alguna vez entraríamos a ese lugar y mucho menos en olor de multitudes. La cantina había sido sa-queada por integrantes de la masa que nos había precedido o quizás por los mismos que la administraban, y se veía un reguero de papeles, cajas y sillas volteadas por todas partes. Reinaba allí un silencio, un desorden relativamente apacibles y poca seguridad, edecanes educadísimos que no se metían con nadie y que acaso advertían gentilmente que no pasáramos de tal sitio, que no violentáramos las entradas de los despachos ejecutivos, que en el segundo piso se estaba negociando y todo volvería, mañana, a la normalidad.

En el recorrido casi turístico alcanzamos a ver al fondo de un pasillo a dos soldados palaciegos que custodiaban una puerta, detrás de la cual se escuchaban voces para no-sotros conocidas, ignominiosamente conocidas. Al rato la puerta se abrió y dejó pasar a un camarero con una ban-deja que sostenía con los dedos de la mano izquierda a la altura de la cabeza y fue entonces que vimos lo que vimos, los vimos claramente, vimos a los dos triunviros, charlan-do despreocupadamente y sirviéndose bebidas de la ban-deja, comiendo aceitunas y otras picaderas, degustando un aperitivo y brindando en deshonor a sus muertos.

Varios de los turistas de izquierda eran catorcistas, mi-litantes del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, el 1J4, y tenían malas pulgas. En sus rostros se dibujaba un sentimiento de rabia e impotencia que los demás com-partíamos. Los compañeros del 1J4 habían pagado un pesado tributo de sangre luchando contra el Triunvirato. En el alzamiento de Manaclas y los demás campamentos guerrilleros habían perdido a más de treinta combatientes, incluido el máximo dirigente, y en la resistencia urbana otros tantos, quizás más, la flor y nata, la crema de la ju-ventud revolucionaria.
El indignante cuadro de los triunviros que charlaban y comían despreocupadamente nos provocó una subleva-ción de los sentidos, la sangre hirviendo en las venas. Una sola idea cruzaba entonces por nuestras cabezas: acercarnos disimuladamente y sorprender a los guardias, desarmarlos y entrarles a tiros al par de hijos de putas que custodiaban, pero los guardias al parecer leyeron nuestras intenciones, las interpretaron claramente y nos hicieron señas de man-tener la distancia. Portaban metralletas de paracaidistas, de una marca para mí desconocida, y no venía al caso desa-fiarlos a mano pelada.

Cuatro de los compañeros catorcistas y uno del PSP se alejaron del grupo y entablaron una conversación soterrada. Unos minutos después nos llamaron discretamente y preguntaron si estábamos dispuestos a todo. De hecho estábamos dispuestos a todo, pero no sabíamos lo qué era el todo. Los compañeros informaron que había una posibilidad, aunque remota, de conseguir armas cortas. Ellos irían en procura de las armas mientras nosotros permanecíamos merodeando, vigilando, haciéndonos los desentendidos, pero con ojo avizor. La otra parte del todo consistía en neutralizar, después de la llegada de las armas, a los custodios de la puerta a punta de pistola y ajusticiar piadosamente a los triunviros. La emoción ahora nos embargaba.

Pasó una hora y otra hora y los compañeros no llegaron, nunca llegaron, se habían perdido en la madeja de los acontecimientos de ese día. Pero nosotros entonces no lo sabíamos y seguíamos esperando, tercamente esperando. Fue una carrera contra el tiempo que perdimos. Ni el tiempo ni las circunstancias estaban a favor. Cuando escuchamos el peculiar sonido de unas aspas, chop, chop, chop, comprendimos que se iban a salir con las suyas. Un helicóptero bajó a recoger a los triunviros y se elevó de inmediato, los vimos elevarse, ausentarse, con un sentimiento indefinido de frustración, fuera del alcance de nuestras manos y de la justicia. Aquel par de miserables, de viejos morirían, disfrutando de la inmensa fortuna robada que legarían a su progenie y con honores de estadistas.

Unos minutos más tarde se producía el sorpresivo ata-que de los aviones de San Isidro al palacio. Escucharíamos primero un lúgubre ronquido, como si de repente se estu-vieran descorriendo las puertas del infierno. Era el sonido más siniestro que había oído, y provenía en efecto del in-fierno, de las infernales voces roncas de los aviones artilla-dos con ametralladoras de gran calibre, sin mencionar el silbido de los cohetes o bombas que arrojaban.

Los proyectiles de ametralladoras dejaron unos surcos en los jardines del palacio y apenas rasguñaron las pare-des, y provocaron desde luego una estampida de los civi-les y militares que allí estaban congregados. Las bombas también impactaron en el área del jardín, pero el brutal estallido generó una onda expansiva que sacudió todos los alrededores. Dos militares rezagados, entre los que corrían a refugiarse en el palacio, fueron alcanzados antes de ganar la puerta y quizás nunca supieron lo que les pasó. La furia los catapultó, los reventó en el acto contra el techo de la marquesina. Cuando abandonamos el lugar yacían lastimosamente al pie de los escalones en un charco de sangre, aplastados y descoyuntados, ajenos para siempre a todo en la extrema soledad de la muerte.

El impacto de aquellas bombas fue devastador en el ánimo de muchos constitucionalistas y lo que se produjo a continuación fue como un concierto de incertidumbre, una desbandada en regla, si acaso tienen reglas las desban-dadas. Algunos uniformados cambiaron, literalmente, las armas por un traje de civil y desaparecieron del escenario. Algunos civiles se fueron sin deshonor a sus casas y otros a la embajada norteamericana para congraciarse con el imperio, con las gracias terrenales del imperio, llorando a lágrimas vivas y traicionando la causa con acusaciones falaces.

Incluso el coronel Caamaño, uno de los oficiales de elite que encabezaba el levantamiento, el valiente coronel Caamaño flaqueó en ese momento. Se sintió anonadado, desconcertado, derrotado quizás, se asiló en la embajada de Ecuador una noche, solo una noche que lamentaría du-rante el resto de sus días. Por esa debilidad se castigaría a sí mismo llamándose cobarde frente a sus compañeros de armas en voz alta (su primo Claudio Caamaño y el coronel Montes Arache) cuando fueron a buscarlo para que obe-deciera al llamado de las armas. Pero nunca más volvería a flaquear en su vida el coronel Caamaño.

miércoles, 25 de abril de 2018

EL CAMINO DE SANTIAGO



Un relato de 

UNO DE ESOS DÍAS DE ABRIL 

Pedro Conde Sturla



La casa de la viuda Pichardo se había convertido en un hervidero humano aquel lunes de abril, el 26 de abril.

Gente que entraba y salía desorientada, nerviosa, sin saber a qué atenerse, sin entender lo que estaba pasando ni lo que podía pasar más adelante.

Los izquierdistas no confiaban en los militares consti-tucionalistas que, en mayor o menor medida, habían for-mado parte del aparato represivo de la tiranía trujillista y del mismo Triunvirato, y los militares no podían ver ni en pintura a los izquierdistas, que se habían forjado al calor de la revolución cubana, pero la traicionera ofensiva de la aviación daría en breve un giro inesperado a los aconteci-mientos y a las relaciones entre unos y otros. Desde el día anterior los ataques se habían extendido a todos los puntos de importancia estratégica donde los constitucionalistas se habían hecho fuertes, incluyendo los campamentos mili-tares insurrectos, y habían desencadenado de inmediato el inicio de la resistencia popular, la construcción masiva debarricadas, la organización de la defensa, la fabricación de cocteles de la famosa marca molotov, la radicalización de las proclamas radiales, la radicalización de la lucha.

Los heroicos pilotos de San Isidro comenzaron enton-ces a masacrar a la población civil, causando estragos, so-bre todo, en los barrios populares de la parte alta, donde las viviendas de madera y techo de zinc se desplomaban bajo el fuego de metralla y ardían como piras, y también en la Ciudad Colonial donde los techos antiguos de las casas no resistían el impacto de las aterradoras balas de impresionante calibre. Entre las primeras víctimas había niños y niñas, amas de casa. Nadie era inocente para los heroicos pilotos de San Isidro.



Los civiles desconfiaban, sobre todo, de la policía, la Policía Nacional, que durante el Triunvirato había realiza-do los peores atropellos, y que en aquellos momentos no parecía manifestarse ni a favor ni en contra del movimien-to, pero mantenía en alto el espíritu represivo, tratando de preservar un orden, una autoridad que ya nadie reconocía.


Cuando los miembros de un carro patrulla intentaron, arbitrariamente, en plena calle El Conde, tomar preso al distraído compañero Asdrúbal Domínguez (un prestigio-so dirigente estudiantil del PSP), una turba lo impidió a pedradas y balazos y el carro patrulla de la policía salió muy maltrecho del episodio, se dio a la fuga.

Para peor, en un gesto de abierto desafío, un grupo de cabezas caliente del PSP rompió la puerta de vidrio, las vitrinas de vidrio relucientes del local del periódico Prensa Libre, el órgano de la reacción por excelencia al servicio del Triunvirato y los peores intereses. Su director era el pe-riodista más odiado y abominable del país, Rafael Bonilla Aybar, alias Bonillita, una basura humana que alguna vez había celebrado con infinito júbilo en su programa radial el asesinato de Manuel Aurelio Tavares Justo y sus compa-ñeros de armas después de haber sido hechos prisioneros a raíz del levantamiento contra el Triunvirato en Manaclas. Bonillita había salvado milagrosamente la vida unas horas antes escapando a pie de una persecución de masas que le pisaban los talones para lincharlo cristianamente, cosa que evitó cuando logró ingresar a la embajada de sus amos.


Bonillita no estaba allí, lamentablemente. Estaba Prensa Libre en su magnifico local, con oficinas despam-panantes para los altos ejecutivos y secretarias de lujo y aire acondicionado central. Las maquinarias de primera, nuevas, supermodernas, la rotativa de última generación más flamante del país, todo perfectamente limpio, pulcro y aceitado. Un patrimonio que a mi juicio, había que pre-servar a toda costa.

Cuando mis vandálicos compañeros del PSP, que no veían más allá de sus narices, arrojaron gasolina y periódi-cos y prendieron fuego a las maquinarias, intenté apagar el incendio y alertar contra el despropósito, contra la im-previsión de reducir a cenizas una imprenta que nos habría debido servir más adelante. Pero la mayoría de los com-pañeros del PSP, sobre todo un corpulento abogado santiaguero, no veían –como dije–, más allá de sus narices, más allá de aquel momento, de aquel día, y me sacaron a empu-jones y a cocotazos, como muchacho al fin medio malcria-do, coño. Luego llorarían lágrimas de sangre por estúpidos.

Durante el incendio, que fue grande, sólo lamenté que Bonillita no estuviera en el medio. Él se merecía el infierno que había creado participando en el derrocamiento del go-bierno democrático de Juan Bosch, y en los innumerables crímenes de los cuales se había hecho cómplice.

La reacción de los militares constitucionalistas contra los ataques de la aviación no se hizo esperar. Más tem-prano que tarde comenzaron a proporcionar armas para el pueblo y se inició un nuevo capítulo particularmente violento: El asalto a los cuarteles policiales y varias gran-diosas jornadas de glorioso batallar. Fue, sin duda, la más sangrienta etapa de la guerra.

El asalto a los cuarteles policiales se realizaba con todos los medios disponibles, que no eran muchos, a veces con piedras y palos y bombas molotov y pocas armas de fuego, a veces a puros cojones. En general los policías no oponían mayor resistencia y entregaban sus armas alegremente, so-bre todo en la medida en que más armas caían en manos de insurgentes. Otros, excepcionalmente, fueron protago-nistas de episodios de resistencia y valor a toda prueba, y en el trámite dejaron el pellejo. Los muertos se contaban por centenares, la ciudad olía a sangre, el olor a vinagre rancio y podrido, que es olor de la muerte y de la sangre, y la aviación continuaba castigándonos duramente.
Pronto desaparecía la desconfianza entre los principa-les y más radicales actores de la contienda y se producirían cambios de lealtades políticas y alianzas coyunturales entre militares, comunistas, perredeístas e incluso trujillistas.

Ante el incesante acoso de la aviación de San Isidro, un grupo de veteranos pilotos que alguna vez habían servido a un régimen de oprobio, se prestaron a realizar una ope-ración temeraria que hubiera cambiado en breve, o quizás precipitado, el curso de los acontecimientos. Con la com-plicidad de un sargento mayor de la base aérea de la ciudad de Santiago, intentarían tomar unos aviones para devolver el golpe a los agresores, golpe por golpe. La operación, dirigida y organizada por un prestigioso trujillista, el cé-lebre y celebrado Vincho Castillo, contaba con el apoyo casi simbólico de dos clandestinos comunistas del PSP y terminó en un fracaso mayúsculo, rotundamente fracaso. En el momento crucial, el sargento mayor de Santiago se plumeó, se acobardó, y la complicidad se tradujo en trai-ción y en orden de arresto para los pilotos. El prestigioso trujillista y los clandestinos comunistas pudieron escapar, pero los pilotos fueron hechos prisioneros y enviados a San Isidro. Durante varios meses nadie apostaba un centavo por sus vidas.

Del prestigioso trujillista no volvió a saberse en mucho tiempo, no dejó ni señales de humo. Volvió a aparecer en olor de santidad en el gobierno del Dr. Joaquín Amparo Balaguer Ricardo, el verdugo de los constitucionalistas, impuesto por las tropas de ocupación del imperio durantedoce años, aunque jugó un papel moderado frente a la barbarie.

En general, la vida estaba desvalorizada en esos días. Desde el momento en que los constitucionalistas se ne-garon a transigir con los gorilas de Wessin, los agentes del imperio empezaron a mover los hilos de una trama siniestra para ahogar en sangre a los miembros del movi-miento constitucionalista. Sólo se trataba de ganar tiempo para desatar contra nosotros todos los perros de la guerra del mencionado complejo militar de San Isidro, el temi-do CEFA (Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas), que integraba unidades blindadas, artillería, infantería y aviones artillados para la masacre.