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Una terrible venganza
La variedad de temas y recursos que Gógol maneja en “Las veladas de Dikanka” no deja de sorprender y llamar la atención de los lectores que frecuentan sus páginas. Se trata de relatos condimentados con ingredientes de las costumbres y creencias tradicionales y populares de Ucrania, del romanticismo alemán, del impresionante paisaje de las estepas y del prodigioso río Dniéper que corre de norte a sur y divide el país en dos. (El río fatalmente contaminado por el desastre de Chernobyl).
Goya, viejos comiendo sopa
“Las veladas de Dikanka” es una obra, un conjunto de muchos matices, mucho colorido, grandes contrastes para todos los gustos. Hay cuentos de hadas, de gnomos, leyendas, cuentos de campesinos y cosacos, de brujos, “cuentos románticos de horror”, de seminaristas, hechiceras, aquelarres, orgías, cuentos realistas, cuentos fantásticos, cuentos de navidad, cuentos cómicos, cuentos trágicos, cuentos endiablados, cuentos angelicales, cuentos demoníacos, historias de amor, historias de desamor, una historia de incesto, historias de celos, de venganzas terribles. El llamado realismo mágico, que inventaron los chinos en época remota, está presente en su obra.
Gógol es un escritor caleidoscópico (“múltiple y cambiante”), capaz de recrear con las pinceladas más sutiles una noche de luna sobre la aldea, un alegre festejo, los pormenores de un jolgorio, los detalles sombríos de una historia macabra, lo natural y sobrenatural. Gógol domina con peculiar maestría el movimiento escénico, ejerce un dominio impresionante en la representación de las situaciones y los personajes. Da siempre muestra de “un don extraordinario de observación”.
A pesar de su amplio repertorio, de la variedad de personajes y situaciones que presenta en sus obras, es innegable que Gógol tiene preferencia por los lugares sombríos de la existencia. Parece inclinarse, de una manera peculiar, empeñarse más bien y más a fondo en la descripción del corazón de las tinieblas, el lado oscuro del corazón, la omnipresencia y predominio del mal.
De hecho, “Una venganza terrible”, uno de los relatos inolvidables de “Las veladas de Dikanka”, es una obra maestra de la llamada literatura gótica, que posiblemente surgió en muchas partes del mundo a partir de relatos orales basados en leyendas, religión y supersticiones, y que adoptó en Inglaterra carta de ciudadanía a partir del último tercio del siglo XIX. A la literatura gótica pertenecen “historias que incluyen elementos mágicos, fantasmales y de terror, poniendo en tela de juicio lo que es real y lo que no”.
“El adjetivo gótico se usa porque muchas de las historias se enmarcaban en la época medieval, o bien la acción tenía lugar en un castillo, mansión o abadía de este estilo arquitectónico. Lo intrincado de estos, llenos de pasadizos, huecos oscuros y habitaciones deshabitadas se prestaba a crear ambientes inquietantes”. Algunas de las más famosas obras del género son apasionadas historias de amor como las de Drácula y Frankenstein.
“Una venganza terrible”, o “La terrible venganza es uno de los mejores relatos de terror de la literatura rusa. Su trama presenta una de las entidades mitológicas más fascinantes, poseedora de mil facetas distintas y todas aterradoras: el anticristo. Nikolai Gogol, desde un ángulo decididamente gótico, explora su creencia en la omnipotencia del mal en la vida cotidiana, región en donde se manifiesta con todo el peso de lo inevitable”.
Con gran profundidad de campo, y a pesar de la penumbra que circunda el escenario, Gógol recoge, nítidamente recoge, reproduce, recrea los aspectos sombríos de un personaje demoníaco cuyos pecados son tan grandes que no tienen perdón de Dios, “una siniestra figura que parece ser la encarnación del demonio” y seguramente lo es.
“Publicada en 1832 ‘Una terrible venganza’ es considerado uno de los mejores relatos de terror de la literatura rusa”, un relato del que lamentablemente no se encuentra una versión completa en internet:
La terrible venganza (fragmento)
En el oscuro sótano de la casa del amo Danilo, y bajo tres candados, yace el brujo, preso entre cadenas de hierro; más allá, a orillas del Dnieper, arde su diabólico castillo, y olas rojas como la sangre baten, lamiéndolas, sus viejas murallas. El brujo está encerrado en el profundo sótano no por delito de hechicería, ni por sus actos sacrílegos: todo ello que lo juzgue Dios. Él está preso por traición secreta, por ciertos convenios realizados con los enemigos de la tierra rusa y por vender el pueblo ucranio a los polacos y quemar iglesias ortodoxas.
El brujo tiene aspecto sombrío. Sus pensamientos, negros como la noche, se amontonan en su cabeza. Un solo día le queda de vida. Al día siguiente tendrá que despedirse del mundo. Al siguiente lo espera el cadalso. Y no sería una ejecución piadosa: sería un acto de gracia si lo hirvieran vivo en una olla o le arrancaran su pecaminosa piel. Estaba huraño y cabizbajo el brujo. Tal vez se arrepienta antes del momento de su muerte, ¡pero sus pecados son demasiado graves como para merecer el perdón de Dios!
En lo alto del muro hay una angosta ventana enrejada. Haciendo resonar sus cadenas se acerca para ver si pasaba su hija. Ella no es rencorosa, es dulce como una paloma, tal vez se apiade de su padre… Pero no se ve a nadie. Allí abajo se extiende el camino; nadie pasa por él. Más abajo aún se regocija el Dnieper, pero ¡qué puede importarle al Dnieper! Se ve un bote… Pero ¿quién se mece? Y el encadenado escucha con angustia su monótono retumbar.
(7)
Historias de San Petersburgo
El zar de la res pública, de todas las reses públicas,
nombró recientemente a uno de sus fieles servidores en un flamante cargo
palaciego. El nombre del cargo era pomposo, el sueldo era lujoso, pero el
despacho era pequeño (apenas nueve metros cuadrados) y no satisfacía la vanidad
del agraciado. Para remediar el asunto hizo que lo dividieran con una sólida
pared de caoba centenaria que separa lo que llama el área ministerial del área
o departamento de recepción, y en este último se instaló un escritorio tan
grande como el espacio lo permitía (con su correspondiente secretaria
ejecutiva). Finalmente se agenció los servicios de dos ayudantes militares, uno
para abrir la puerta de entrada al departamento de recepción y otro para abrir
la de su despacho.

Todo lo anterior es, desde luego, un cuento (algo que no
podría suceder nunca en nuestro gran país), un plagio de algo que escribió
Gógol con más gracia y mejor estilo en una época difícil, la del zar Nicolás I
de Rusia, el zar de todas las Rusias entre 1825 y 1855:
“…cuentan que cierto consejero titular, cuando le
ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar
su cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba ‘sala de reuniones’. A
la puerta de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que
siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los
visitantes, aunque en la ‘sala de reuniones’ apenas si cabía un escritorio de
tamaño regular”.
El escrito de Gógol tiene tanta actualidad como el día en
que lo escribió, es algo que pudiera estar sucediendo y sucede ahora mismo en
cualquier país gobernado por un zar, con excepción del nuestro, como ya se aclaró.
Gógol despreciaba (y también compadecía) a los burócratas, y sobre todo a los
burrócratas, y a muchos de ellos los retrató en toda su grotesca deformidad en
sus célebres y celebradas “Historias de San Petersburgo”. Este es el nombre de
una recopilación de cinco despiadados relatos urbanos ambientados en esa
ciudad, escritos entre 1835 y 1842. Entre ellos
sobresale “El capote” o, si se quiere, “El abrigo”, si acaso no son
todos sobresalientes.
La mítica ciudad de San Petersburgo fue fundada oficialmente
por el zar Pedro el Grande el 27 de mayo de 1703 (más o menos en la misma época
en que los británicos arrebataban Gibraltar a España) “con la intención de
convertirla en la ventana de Rusia hacia el mundo occidental”. El zar, que era
un hombre modesto y un reconocido humanista, no le puso su nombre a la ciudad,
sino el nombre del santo de su mismo nombre y en la construcción de la inmensa
mole urbanística no se escatimaron recursos, sobre todo recursos humanos:
“La construcción de la ciudad bajo condiciones climáticas
adversas produjo una intensa mortalidad entre los trabajadores y requirió un
continuo aporte de nuevos obreros. Dado que aquella zona estaba muy poco
poblada, Pedro el Grande utilizó su prerrogativa de zar para atraer
forzosamente a siervos trabajadores de todas las partes del país. Una cuota
anual de 40.000 siervos llegaba a la ciudad equipados con sus herramientas y
sus propios suministros de comida. Habitualmente recorrían cientos de
kilómetros a pie en filas, escoltados por guardas que, para evitar las
deserciones, no dudaban en usar la violencia física. Como consecuencia de su
exposición al clima, las deficientes condiciones higiénicas y las enfermedades,
la mortalidad durante estos primeros años fue muy elevada, llegando a perecer
año tras año hasta el 50% de los trabajadores que llegaban”.
Del esplendor y miseria de San Petersburgo habla Gógol en
sus “Historias” y lo que en ellas se ofrece no es un cuadro precisamente
halagador.
Como en “La perspectiva Nevski” (avenida Nesvki) mucho de lo
que reluce en San Petersburgo parece en principio oro, pero es un oro de
tontos, puro espejismo, espejo de miseria, cenagal de infamia donde muchos
seres humanos dejan “el alma y la piel”:
“¡No crea usted en la perspectiva Nevski! Yo, cuando paso
por ella, me envuelvo más fuertemente en mi capa y me esfuerzo en no mirar nada
de lo que me sale al encuentro. ¡Todo es engaño! ¡Todo es ensueño! ¡Todo es
otra cosa de lo que parece! Imagina usted que el señor que pasea vestido de
levita tan maravillosamente hecha es muy rico… Pues nada de eso. Ese señor se
compone sólo de su levita. Usted imagina que aquellas dos gordinflonas
detenidas ante una iglesia están apreciando su arquitectura… Nada de eso.
Hablan de la manera extraña con que dos cuervos se sentaron uno frente a otro.
A usted se le figura que aquel entusiasta que gesticula está contando cómo su
mujer tiró por la ventana una bolita a un oficial desconocido…, cuando de lo
que está hablando es de La Fayette. Piensa usted que estas damas… Pero a las
damas créalas usted lo menos posible.
Contemple lo menos posible los escaparates de las tiendas.
Las bagatelas expuestas en ellas son maravillosas, pero huelen a enorme
cantidad de dinero…, y, sobre todo…, ¡Dios le guarde de mirar bajo los
sombreritos de las damas!… Aunque a lo lejos vuele, atrayente, la capa de una
bella…, por nada del mundo iré en pos de ésta a curiosear. Lejos…, por amor de
Dios…, ¡más lejos del farol! Pase usted muy de prisa, lo más de prisa que
pueda, delante de él. Tendrá usted suerte si lo único que le ocurre es que le
caiga una mancha de aceite maloliente sobre su elegante levita. Pero no es sólo
el farol lo que respira engaño.
“En todo momento miente la perspectiva Nevski; pero miente
sobre todo cuando la noche la abraza con su masa espesa, separando las pálidas
y desvaídas paredes de las casas, cuando toda la ciudad se hace trueno y
resplandor, y minadas de carruajes pasan por los puentes, gritan los postillones
saltando sobre los caballos y el mismo demonio enciende las lámparas con el
único objeto de mostrarlo todo bajo un falso aspecto”.( “La perspectiva
Nevski”, “Historias de San Petersburgo”).
(8)
La perspectiva Nevski
En pocas obras literarias encuentra uno páginas de tanta intensidad descriptiva e introspectiva como las que escribiera Nikolái Vasiliech Gógol en “La perspectiva Nevski”, uno de los cinco despiadados relatos urbanos de las “Historias de San Petersburgo”. Sus célebres y celebradas novelas breves, cortas, o como quiera llamárseles.
En el primer párrafo, Gógol describe alegremente los encantos de la fastuosa avenida, el corazón de la imponente ciudad de Pedro el Grande:
“No hay nada mejor, por lo menos para Petersburgo, que la perspectiva Nevski. Ella allí lo significa todo. ¡Con qué esplendor refulge esta calle, ornato de nuestra capital!… Yo sé que ni el más mísero de sus habitantes cambiaría por todos los bienes del mundo la perspectiva Nevski… No sólo el hombre de veinticinco años, de magníficos bigotes y levita maravillosamente confeccionada, sino también aquel de cuya barbilla surgen pelos blancos y cuya cabeza está tan pulida como una fuente de plata, se siente entusiasmado de la perspectiva Nevski. ¡En cuanto a las damas!… ¡Oh!… Para las damas, la perspectiva Nevski es todavía más agradable. ¿Y para quién no es ésta agradable?… Apenas entra uno en ella percibe olor a paseo. Aunque vaya uno preocupado por algún asunto importante e indispensable, es seguro que al llegar a ella se olvidan todos los asuntos”.
Pietro Perugino
San Petersburgo -dice Alejandro Jiménez-, “Al ojo del visitante se distingue por la simultánea combinación de grandes palacios, recios mármoles y deslumbrantes luminarias; no en vano, se diseñó con la intención de competir con París”. Pero la ciudad es también una trampa, un engaño que el autor desenmascara al final de la misma narración, un cenagal de infamia, de hipocresía donde casi todo lo que brilla no es oro. Es una ciudad de burócratas, militares, aristócratas, ciudad de terribles, dolorosos contrastes entre opulencia y miseria, entre ilusión y realidad.
Esto lo descubrirán y sufrirán en carne propia el teniente Piragov y el joven pintor Peskarev, dos amigos que transitan despreocupadamente en la narración de Gogol por la gran vía del París de Rusia, la Perspectiva Nevski. Ambos tendrán un desafortunado encuentro con mujeres de ensueñs, una rubia y otra de pelo oscuro. Cada uno empieza entonces a seguir a su favorita y a partir de ese momento se separan sus caminos y sus vidas.
La de pelo oscuro cautiva al pintor Peskarev, se le parece a Bianca, una bellísima modelo de El Perusino. Le parece una criatura inmaterial, purísima, “intangible, sutil, plena de olores”, un ángel bajado del cielo.
Mientras la seguía para saber donde vivía “La criatura desconocida que se había apoderado de sus pensamientos y de sus sentimientos volvió de repente la cabeza y le miró. ¡Dios mío!… ¡Qué rasgos prodigiosos!… La maravillosa frente, de una blancura cegadora, estaba sombreada por el magnífico cabello. Una parte de los maravillosos bucles caía bajo el sombrero y rozaba la mejilla, teñida de un fresco y fino rubor producido por el frío nocturno”. Peskarev se derrite de emoción.
La criatura angelical llega al poco rato a un edificio de cuatro pisos donde el pintor “la vió volar…escalera arriba”. Con una dulce mirada angelical sugiere una invitación a seguirla siguiendo y Peskarev la sigue. Juntos se internan ahora en un ambiente que el moralista Gógol empieza a describir con precaución, como si le inspirara un recóndito malestar, un espacio en el que muchos hemos estado y todos conocemos de nombre, pero Gógol no lo menciona. Un lugar que define con las tintas más sombrías, pero no lo menciona. Un lugar de oprobio, un lugar infame del cual no menciona el nombre. Y es aquí, en este pasaje, donde se manifiesta en toda su plenitud esa extraordinaria, inigualable intensidad descriptiva e introspectiva del incuestionable genio del mentado Nikolái Vasiliech Gógol. La escena es impresionante:
“En la sombría altura del cuarto piso la desconocida golpeó en la puerta, que se abrió, y ambos entraron. Una mujer de exterior bastante agradable, llevando una vela en la mano, les salió al encuentro; pero miró a Peskarev de una manera tan extraña y descarada, que éste, sin querer, bajó los ojos. Entraron en la habitación. Tres figuras femeninas en distintos rincones se ofrecieron a sus ojos. Una de ellas hacía solitarios, otra estaba sentada ante el piano y tocaba con dos dedos una especie de lastimera y antigua polonesa, mientras la tercera, sentada ante el espejo, peinaba sus largos cabellos sin pensar en interrumpir su toilette por la entrada de una persona desconocida. El desagradable desorden que sólo se encuentra en la vivienda del solterón reinaba por doquier. Los muebles, bastante buenos, estaban cubiertos de polvo; la araña había llenado con su tela el
friso tallado; por la puerta entreabierta de la habitación se veía brillar la bota guarnecida de espuela y el color rojo del uniforme, mientras una fuerte voz masculina y una risa femenina se dejaban oír sin ningún recato.
“¡Dios mío!… ¡Dónde ha venido a caer!… Al principio no quería creerlo, y se puso a examinar con atención los objetos que llenaban la habitación; pero las paredes vacías y las ventanas sin visillos no revelaban la presencia de ningún ama de casa cuidadosa; los rostros gastados de estas lastimosas criaturas, una de las cuales vino a sentarse ante su misma nariz, mirándole con la misma tranquilidad con que se mira una mancha en el vestido ajeno…, todo le confirmaba que había penetrado en el asqueroso cobijo donde tiene su morada el lastimoso vicio producto de la vana instrucción y de la terrible abundancia de gente de la capital, cobijo donde el hombre pisotea y se ríe de todo lo limpio y sagrado que adorna la vida; donde la mujer, esta gala del mundo, aureola de la creación, se transforma en un ser extraño y ambiguo, que al mismo tiempo que la pureza del alma perdió toda su feminidad, adquiriendo los repugnantes ademanes y el descaro del hombre y cesando de ser aquella débil criatura tan distinta de nosotros, pero tan maravillosa.
“Peskarev la miraba con ojos asustados de pies a cabeza, como queriendo asegurarse de que era la misma que le había hechizado, haciéndole seguirla por la perspectiva Nevski. Ella, sin embargo, aparecía ante él igualmente bella. Su cabello era igual de maravilloso, y sus ojos continuaban pareciendo celestiales. Su frescura era radiante, tenía sólo diecisiete años y se veía que el temible vicio había hecho su presa en ella desde hacía poco tiempo, y que aún no se atrevía a rozar sus mejillas, frescas y ligeramente sombreadas de fino rubor. Era maravillosa. Peskarev permanecía inmóvil ante ella y ya dispuesto a olvidarse de todo, como se olvidaba antes; pero la bella, aburrida de tan largo silencio, le sonrió de una manera significativa mirándole a los ojos. Esta sonrisa estaba impregnada de cierto lastimoso descaro. Era tan extraña a su rostro y le iba tan mal como la expresión beatífica al del usurero o el libro de contabilidad al poeta. Él se estremeció. Abrióse la linda boca y comenzó a decir algo, pero necio y trivial… Se veía que al hombre, al perder la pureza, le abandona también la inteligencia. No quiso escuchar nada. Se produjo de una manera risible y con la sencillez de una criatura. En vez de aprovechar tal benevolencia, en vez de alegrarse de esta ocasión, como lo hubiera hecho sin duda cualquier otro en su lugar, echó a correr como un cordero salvaje hacia la calle”.
La vida alegre, por lo que dice Gógol, es bien triste, y pocos son como él capaces de representar la miseria moral, la “profundidad grotesca del abismo al que arrastra “la podredumbre del vicio”:
“Nunca, en efecto, se apodera tanto de nosotros la piedad como ante la vista de la belleza alcanzada por la respiración podrida del vicio. ¡Si fuera, al menos, la fealdad la que girara con él!… ¡Pero la belleza!… ¡La tierna belleza!… En nuestro pensamiento sólo puede unirse con la pureza y la limpidez. La bella que había hechizado al infeliz Peskarev era ciertamente un maravilloso y extraordinario fenómeno. Su presencia en aquel despreciable ambiente resultaba aún más extraordinaria. Todas sus facciones estaban dibujadas con tal nitidez, toda la expresión de su maravilloso rostro respiraba tal dignidad, que de ninguna manera podía creerse que el vicio hubiera dejado caer sobre ella sus terribles garras. Hubiera constituido una perla sin precio, el universo entero, el paraíso, la riqueza toda de un apasionado esposo, hubiera sido una prodigiosa y plácida estrella dentro de un círculo familiar, y un movimiento de su maravillosa boca hubiera bastado a dispensar dulces órdenes, hubiera aparecido como una diosa entre la muchedumbre de un salón, deslizándose sobre el claro parquet iluminado por el resplandor de las velas, recogiendo la callada devoción de la multitud de admiradores rendidos a sus pies… Pero, ¡ay!, por la voluntad terrible del espíritu infernal que desea destruir la armonía de la vida, había sido arrojada con risa grotesca en el abismo…”
El desafortunado encuentro de Peskarev con la mujer de sus sueños será su perdición.
Al teniente Piragov también le irá mal de otra manera.
(9)
El retrato
El joven pintor Chartkov, protagonista de la siniestra narración “El retrato”, también es un artista, un pintor, como el Peskarev que conocimos en “La perspectiva Nevski”.
Peskarev sucumbe a los encantos de una belleza letal. Chartkov será victima de la ambición, de la traición a sus ideales artísticos, de la tentación del maligno.
“En ‘El retrato’ –dice Alejandro Jiménez- se sigue explorando la dualidad social de San Petersburgo pero desde una perspectiva distinta. En vez de analizar la contradicción entre la ilusión y lo real, se observan las consecuencias que en aquellos que no tienen riquezas ejerce el ansia de la posesión, mal entendida como un mecanismo de igualación social”.
Lo de Chartkov –dice Gógol- no tiene perdón ni justificación porque era un artista prometedor, talentoso, y “Quien ha recibido el don del talento debe tener el alma más pura que cualquiera. Muchas cosas que perdonarían a otros a él no se las perdonan”…Desperdiciar el talento es, sin duda un pecado capital, y usarlo mal es peor.
El encuentro de Chartkov con el retrato en una tienda de cuadros parecería fruto del azar si no sospecháramos desde el principio de la furtiva presencia del mal. El retrato lo encontró a él. Los ojos mirones del retrato lo miraron y lo eligieron a él.
“Aunque el retrato parecía inconcluso, sorprendía el vigor de la pincelada. Lo más extraordinario eran los ojos, donde el artista parecía haber empleado toda la energía de su pincel y todo su afanoso bienhacer. Los ojos miraban; sí, miraban sencillamente desde el retrato, cuya armonía parecían destruir con su vitalidad. La fuerza de la mirada se acentuó cuando llevó el retrato hacia la puerta y produjo la misma impresión en la gente. Una mujer que se había detenido detrás de Chartkov retrocedió gritando: ¡Me mira! ¡Está mirándome! Chartkov experimentó una desagradable sensación que no habría podido explicar y dejó el retrato en el suelo”.
El dueño de la tienda emplea entonces sus finas artes de mercader, reaviva o despierta su interés por la obra con una serie de ofertas que Chartkov no puede rechazar y finalmente la adquiere, casi sin darse cuenta. Todo induce a pensar que la obra lo adquirió a él:
“De esta manera totalmente inesperada adquirió Chartkov el
retrato antiguo, al tiempo que se decía: “¿Para qué lo habré comprado? ¿Qué falta me hacía?. Pero ya no tenía remedio”.
Tiempo más tarde, en su estudio, volverá sentir la presión de aquellos ojos demoníacos:
“Terminaba de pronunciar estas palabras cuando se estremeció de pronto y palideció: un rostro convulsamente desfigurado lo miraba desde detrás de un cuadro… La sensación de temor desapareció al instante. Era el retrato comprado aquella tarde y del que se había olvidado por completo. El resplandor de la luna, que iluminaba la estancia, caía sobre él, comunicándole una extraña movilidad”…
Razonando en términos estéticos sobre la naturaleza del arte, el narrador intenta dar una explicación a lo inexplicable:
“Será que la imitación servil y exacta de lo natural constituye ya un fallo y resulta como un grito agudo y disonante?, ¿O será que un objeto tomado sin interés ni sensibilidad, sin que exista una compenetración, se manifiesta únicamente en su espantosa realidad, privado del resplandor de esa idea inaccesible oculta en cada cosa?”
La presencia del mal, la invasión del mal se impone, sin embargo, por encima de cualquier reflexión sobre la naturaleza del arte, a la que Gógol dedicó tanta atención como a la naturaleza del demonio. Es quizás la única explicación posible:
“De nuevo se acercó al retrato para examinar aquellos ojos prodigiosos, y notó con espanto que estaban efectivamente mirándolo. Aquello no era ya una copia del natural: era la extraña vivacidad que hubiera iluminado el rostro de un cadáver salido de su tumba… Espantado, miraba fijamente, como queriendo convencerse de que era una ficción. El caso es que, de pronto y sin saber por qué, el pintor sintió miedo”.
Ya era tarde. Su vida no volvería a ser la misma. Bajo el influjo de las fuerzas del mal abandonaría sus ideales, emprendería el camino del éxito, del reconocimiento social, la riqueza, la fama, y en ese mismo camino se le pudre el alma.
Cuando intenta reaccionar, volver a sus orígenes, se enfrentará a los más amargos descubrimientos, experimentara la impotencia del artista renegado y ya estéril:
“Durante cosa de un minuto, permaneció quieto e insensible
en medio de su espléndido estudio. Todas sus fibras y toda su
vida despertaron dentro de él instantáneamente, igual que si
hubiera vuelto a su juventud, igual que si se encendieran de nuevo
las chispas extinguidas de su talento. Había caido de repente
la venda que cubría sus ojos. ¡Dios! ¡Había sacrificado
despiadadamente, los mejores años de su juventud! ¡Había destruido y apagado la chispa de un fuego que quizá alentaba en su pecho, que quizá hubiera alcanzado ahora plenitud de grandeza
y hermosura, que quizá hiciera brotar también lágrimas de asombro y gratitud! ¡Y lo había destruido todo, lo había destruido sin la menor compasión! Creyó sentir que, de golpe y repentinamente, revivían en su alma todos los afanes y los ímpetus experimentados en tiempos. Tomó un pincel y se aproximó a un lienzo. El sudor del esfuerzo perló su rostro. Todo en él era deseo de dar vida a una idea; quería representar un ángel caido. Era la idea que mejor recordaba con su estado de ánimo. Pero, ¡ay!, las figuras, las actitudes, los grupos y las ideas iban apareciendo forzados e incoherentes. El pincel y la imaginación estaban ya excesivamente acotados, y el estéril impulso de romper barreras y las trabas impuestas por ellos mismos sólo conducía a incorrecciones y errores. Había desdeñado la larga y fatigosa escalera del estudio paulatino y de las leyes primordiales en que se basa toda gran creación futura. Embargado por la contrariedad, mandó sacar del estudio todas sus últimas obras, todos los cuadros de moda carentes de vida, los retratos de húsares, grandes damas y consejeros de Estado. Dio orden de no franquear la puerta a nadie y, recluido en su estudio, se entregó de pleno al trabajo con la paciencia de un joven principiante, de un aprendiz. Pero ¡con qué implacable ingratitud pagaba sus esfuerzos lo que salía de sus pinceles! Lo frenaba a cada paso la ignorancia de los elementos más rudimentarios. Un mecanismo simple e insignificante helaba cualquier impulso y alzaba una barrera infranqueable para la imaginación. Mecánicamente, el pincel volvía a las formas troqueladas: las manos adoptaban la posición acostumbrada, la cabeza no osaba tomar un giro nuevo y hasta las vestiduras se rebelaban y repetían los pliegues de siempre, en lugar de amoldarse a una postura nueva del cuerpo. Y Chartkov lo notaba, se daba perfecta cuenta de ello”.
Algo semejante ocurriría a Gógol, aunque por causas muy diferentes, cuando intentó escribir la segunda parte de “Las almas muertas”