viernes, 4 de enero de 2019

Chapita (4)



Marcial Soto, el general banilejo que metió preso a Chapita. Fuente externa

El general Marcial Soto, un militar banilejo de pura cepa, recibió en alguna ocasión la encomienda de llevar a Chapita preso a Santo Domingo. Preso y bien amarrado, a lomo de mula, por robo de ganado. Cuando iban a pasar por San 
Cristóbal, Chapita le pidió humildemente por favor a Marcial Soto que lo desamarrara mientras atravesaban esa población porque por ahí tenía una novia y no quería que ésta lo viera en esa situación. El general Marcial Soto lo complació. Chapita posiblemente adoptó en la medida de lo posible una postura digna, miraría quizás con desprecio, quizás con ojeriza, a quienes se fijaban en él y le guardaría un agradecido rencor o un rencor agradecido durante toda la vida al militar banilejo.
Cuando subió al poder, Marcial Soto no se alineó con él y Chapita lo mandó a matar o lo mandó a matar por el simple gusto de matarlo. El general había sido jefe militar en Baní, comandante de armas, y aunque apenas sabía escribir fue  uno de los fundadores de la biblioteca pública. Ahora estaba  medio ciego, cargado de años, pero la dignidad que le  impedía inclinar la cerviz ante un tirano le dio fuerzas para   refugiarse en los montes situados entre el poblado de Galeón 
y el cruce de Ocoa,  acompañado de su hijo Pirolo, que 
contaba a la sazón catorce años. En esa zona tenía familiares que le llevaban alimentos a escondidas y lo protegían. Pero su mayor protección -como cuentan sus familiares- eran las oraciones que decía cuando Chapita mandaba guardias a rastrear la zona. Oraciones que -para que surtieran efecto-, tenía que decir con la cabeza gacha, sin levantarla bajo ninguna circunstancia hasta que pasara la tropa.
Las oraciones lo ayudaron al parecer a hacer de alguna manera las paces con Chapita y vivir para contarlo. Algo insólito, inaudito: meter preso a Chapita, no plegarse a su régimen, contrariarlo, irse al monte y vivir para contarlo. Morir de viejo en su cama.
No sería esta la única vez que Chapita conociera la cárcel por dentro, aunque a la larga se convirtió en carcelero y metió al país entero en prisión. En el ínterin desempeñó varios oficios, incluyendo el de jornalero y dependiente de pulpería, pero en lo que siempre sobresalió fue en el oficio de amigo de lo ajeno: falsificador de cheques, ladrón postal, asaltante de bodegas, cuatrero. Chapita nunca le tuvo miedo al trabajo. A cualquier cosa se dedicaba Chapita, a condición de que fuera deshonesta. Alguna vez fue declarado culpable de delitos menores y encarcelado por breves períodos. Nunca por el tiempo que en verdad se merecía.
Por el mismo camino iban sus hermanos, sobre todo Virgilio, Pipí, Aníbal, Petán. Con ellos a veces mantenía Chapita las peores relaciones, rencillas que se prolongarían a través de los años, incluso durante mucho tiempo después de su llegada al poder.
Incluso toda la vida. Otras veces, sin embargo, se asociaban para delinquir y como buenos hermanitos delinquían. En compañía de Petán, cuando las cosas estaban bien entre ellos, arrasaba Chapita las fincas de los alrededores. Luego Petán se vio obligado a asilarse en el Cibao donde su desprestigio nunca disminuyó. Las noticias de sus fechorías y de las veces que entraba y salía de una cárcel llegaban de vez en cuando a su pueblo natal. En este sentido le fue peor que a Chapita, ya que llegó a caer preso hasta por acusaciones de homicidio seguramente fundadas.
Algunas de las hermanas de Chapita no se quedaban atrás y ganaban fama a su manera, como la célebre Nieves Luisa, la impoluta Nieves Luisa de la que habla José Almoina en el segundo capítulo de un despreciable libro de chismes que lleva por título “Una satrapía en el Caribe”. En ese nefasto capítulo, el ex secretario de Chapita denigra concienzudamente a casi todos los miembros de la familia Trujillo Molina, empezando por el fundador, el célebre y celebrado José Trujillo Valdez, alias Pepito, alias Pepe Botella. El texto infamante castiga sin misericordia al fundador de una dinastía que alcanzó en vida los honores máximos. Califica de abigeo, cuatrero, ladrón de ganado al hombre que fue senador de la República y Patricio, símbolo de la honestidad, esposo modelo, al prócer cuyo nombre se le dio a una provincia, canales, puentes, calles y plazas, cuya imagen fue colocada en el salón de sesiones del Congreso Nacional, junto a las de Duarte, Sánchez y Mella. El hombre, en fin, en cuyo homenaje se instituyó en el país el día del padre, el mismo cuyas cenizas reposan o reposaban en la Catedral primada de América, al lado de las de Colón, el que recibió a su muerte homenajes que no se tributan a los emperadores. A éste personaje, a éste prestigioso ganadero lo llama Almoina abigeo, cuatrero, ladrón de ganado.
Para peor, Almoina acusa a Pepito de haber tenido un último hijo fuera del matrimonio, un último aporte a la Patria -sugiere despectivamente- que dejó al cuidado de la República. Se trata o trataba, al parecer, de un tal Nene Trujillo al que define como rechoncho, adiposo, ceceante, hidrocéfalo, un retrasado mental que a los doce años ya era coronel y propietario de una gran finca en Engombe y que vivìa con su avejentada media hermana Nieves Luisa.
Con Aníbal, Virgilio y José Arismendi no es menos generoso el Almoina. Fueron ellos -al decir de Almoina- los primeros que secundaron y emularon al padre en el robo de ganado durante algunos años. Los siguieron los hermanos menores, especialmente Chapita, no sin algunos tropiezos. Tropiezos que -según dice Almoina- les obligaron a comparecer ante los tribunales en ciertas ocasiones, tropiezos o tropezones que hicieron que las comarcas de Bonao y Baní conocieran las hazañas de los Trujillo, a quienes tienen o tenían por unos bandidos.
Aníbal sería, a Juicio de Almoina, un loco de atar con el cerebro fundido, un vulgar esquizofrénico y alcohólicosifilítico. Dice que imitaba a Napoleón, que se vestía con una capa de colorines muy parecida a la de su hermano el sátrapa y formaba a los criados de su finca como a milites y a cada uno les adjudicaba un nombre ilustre. Tan loco estaba que su hermano Chapita tuvo que mandar a suicidarlo.
Otros muchos afirman que se suicidó sin ayuda.
(Siete al anochecer [18])
Bibliografía
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator



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viernes, 28 de diciembre de 2018

CHAPITA (3)

Pedro Conde Sturla
Chapita nació en el que sería, por el simple hecho de haber nacido, un año fatídico en nuestra historia, un año agrio, nefasto, el 1891. Nació, por casualidad, en un poblado llamado San Cristobal que apenas tenía dos calles, y en cuyos alrededores sobraba espacio, sobraban ríos y montañas, todo lo que constituye la esencia de una vida pueblerina en un país rural y poco poblado: el país paisaje con un merengue al fondo en el que Chapita daría rienda suelta a su juventud desenfrenada, sin escatimar medios en la lucha por la supervivencia y como trepador social.

En opinión de Crassveler, la familia no era de origen humilde sino más bien de clase media o alta en relación al nivel de una pequeña comunidad rural y aislada. Los vecinos tenían a Julia Molina colgada del alma a causa de los tormentos que le infligía su infiel y a veces grosero marido, pero vivían en una de las más dignas casas del poblado, una que habían heredado de Ercina o Erciná Chevalier, la abuela materna de Chapita. Era una casa modesta y sin pretensiones, pero de generosas dimensiones, un rancho de madera techado de hojas de zinc pintadas de rojo, seis habitaciones, sala y comedor, un amplio patio con árboles frutales, letrina y cocina al fondo.

Todo indica que en sus años de infancia y en su época de estudiante, Chapita llevó una vida anodina y normal, pero en verdad no hay nada normal ni anodino en su biografía. Crassweller cuenta que  a los cinco años sufrió un severo ataque de difteria y se salvó de milagro gracias a la influencia de unos médicos que le proporcionaron una de las primeras dosis de antitoxina para combatir la enfermedad que habían llegado al país.

En el ánimo de Chapita, a partir de un incierto momento, se incubó de alguna manera el odio en la sangre, odio, resentimiento, frustración y revanchismo en los huesos y en la sangre a causa de sus delirios de grandeza y del rechazo que generaban su inconducta y la de sus hermanos. Pero no siempre fue así. No parecía ser así.

La mayoría de las fuentes describe el capítulo de la infancia y educación sentimental de Chapita como un período en el que nada presagiaba la naturaleza del monstruo que habitaba en su interior.

Ingresó a la escuela o escuelita de Juan Hilario Meriño, una de las cuatro o cinco escuelas hogareñas que había en San Cristóbal, y allí aprendió las primeras letras, se alfabetizó, aprendió a leer y escribir (la más valiosa o útil instrucción que un ser humano puede adquirir). Al cabo de un año pasó a la escuela de Pablo Barinas, un distinguido discípulo de Eugenio Maria de Hostos, alguien preocupado por impartir, así fuera en vano, la educación de los sentimientos. Su abuela materna, Ercina Chevalier se ocupó personalmente y sin duda amorosamente, de complementar en la medida de lo posible su formación académica. Por lo demás, alguien dice que en alguna ocasión fue monaguillo, brevemente monaguillo, si la información es cierta.

Por las manos del “joven y vigoroso” Pablo Barinas pasaron todos los miembros de la familia Trujillo Molina, los miembros de la tribu, y sólo por esto merecería una medalla, un título de reconocimiento. 

A juicio de Pablo Barinas -dice Crassweller- Virgilio fue el mejor estudiante, Chapita el que mostró el mejor comportamiento y Petán lo peor de lo peor, alguien que sobresalió por su poca o ninguna aplicación al estudio, su mala conducta y su bien ganada fama de ladrón de pollos. 

Chapita era tranquilo, a juicio de Barinas, dueño de una inteligencia despejada, una inteligencia natural, un muchacho que mostraba especial u obsesiva  preocupación por su apariencia, pulcritud, el aseo, la limpieza personal, alguien que en todo momento lucía o quería lucir acicalado, impecable.

En esos años, a finales del siglo XIX e inicios  del XX, consolida su relación con sus parientes Pina Chevalier, descendientes del segundo matrimonio de su abuela Ercina, que había quedado viuda y se había vuelto a casar con un culto hombre de letras: Juan Pablo Pina. 

Otra de sus grandes amistades es la que establece por la misma época con su padrino y pariente lejano Virgilio Álvarez Pina, el célebre, aunque no celebrado Cucho Álvarez.

Estos personajes y muchos de sus descendientes formarán parte de sus más fieles y cercanos servidores durante la era gloriosa. 

Con Álvarez Pina ingresó Chapita a la verdadera escuela, la escuela o universidad de la vida, y empieza de alguna manera a torcerse, si acaso no había nacido torcido, a mostrar sus bajos instintos. En aquella época dorada, y en compañía de Álvarez Pina, Chapita se aficiona en modo particular a los caballos, se convierte en un jinete temerario, a caballo frecuenta los mejores balnearios, se convierte posiblemente en excelente nadador de mar y río y nace su afición por los perfumes y el baile. Crece, desde luego, su afán de pulcritud y de elegancia, a la vez que disminuyen sus escrúpulos. Su impecable figura ecuestre se hace popular, conocida en toda la zona. Surge o nace, o mejor dicho estalla de repente, su precoz interés en las mujeres. Las mujeres como aves de presa a las qué hay que conquistar por cualquier medio.

Gana fama por su comportamiento agresivo, 
su lujuria o lascivia impenitente, a flor de piel, las malas artes que afloran en su naturaleza de mujeriego empedernido, su vocación de amigo de lo ajeno.

Acumula cada día un mayor índice de rechazo, no por su condición social sino por su inaceptable comportamiento de ave de rapiña, y en la medida en que se generaliza el rechazo hacia el voraz depredador, se incrementa su odio contra la sociedad que lo desprecia y de la cual se vengará algún día. 


(Siete al anochecer [17])



pcs, 27/12/18

Bibliografía: 
La biografía de José Trujillo Valdez
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


sábado, 22 de diciembre de 2018

Chapita (2)

22 diciembre, 2018
José Juan de Dios Trujillo y Monagas. 
Chapita era el cuarto de las fieras, de las once fieras que sobrevivieron a los incontables partos de Julia Molina. Tenían nombres bonitos y algo graciosos. Se llamaban Flérida Marina, Rosa María Julieta… Uno se llamaba José Arismendy y le decían Petán, quizás por no decirle Patán. Otro era Amable Romero y le decían Pipí, y después Luisa Nieves, Julio Aníbal, Pedro Vetilio, Ofelia Japonesa y Héctor Bienvenido, al que le decían Negro. Cariñosamente Negro.
Con este último, el volátil Chapita se llevaría casi siempre bien. Con Julio Aníbal se llevaría mal, muy mal, y el pleito acabaría como el de Caín y Abel.
En general fue generoso con todos. Durante su largo gobierno o gobiernazo, como le llamaban sus cortesanos, sus hermanos de madre y padre, menos uno, hicieron una brillante carrera como coroneles y generales del ejército.
Por parte de madre, de la muy querida Mamá Julia, Chapita era descendiente de Pedro Molina Peña, un campesino, y de Luisa Ercina Chevalier, una maestra de ascendencia haitiana. Gente de pocos medios y buena reputación. De esa ascendencia, Chapita renegaría o se declararía orgulloso algunas veces, de acuerdo al lugar y las circunstancias.
La parte mala parece que le llegaba a Chapita por parte de padre, pero Mamá Julia la transmitía…
Ahora bien, aquí ahora las cosas se complican. El padre de Chapita, José Trujillo Valdez, alias Pepito y a veces Pepe botella, era hijo de un signo de interrogación. Su apellido materno era sin duda Valdez porque era hijo de Silveria, Silveria Valdez. Pero el apellido paterno era quizás Trujillo, solamente quizás, probablemente quizás y nada más. Pepito podía ser hijo de un tal José Juan de Dios Trujillo Monagas, que tuvo una relación con Silveria Valdez, pero también de Vicente y otros veinte.
Lo del abuelo paterno, en resumen, no está claro. Lo de Silveria, en cambio, no admite dudas, a menos que no le cambiaran el muchacho al nacer.
Silveria era un primor, un dechado de las peores virtudes. Alguna vez, dicen las malas lenguas, fue concubina del dictador Ulises Heureaux y tuvo amantes a granel, pero la peor fama le viene, entre otras cosas, por sus servicios a la causa del despótico Buenaventura Báez y por su condición de empresaria y relacionista pública de fondas y posadas y burdeles. Alguna otra vez, según según se comenta, en sus mejores años ejerció la prostitución al por mayor y al detalle, sobre todo al por mayor, y ganó fama entre las aguerridas tropas españolas que ocuparon el país durante la guerra de restauración. Las mismas que se vieron obligadas a abandonarlo con una mano detrás y otra delante.
José Trujillo Monagas, un español procedente de Cuba, donde había sido oficial de la policía, llegó al país en oscuras circunstancias y se estableció por un breve período. Se hospedó alguna vez en la pensión o casa de huéspedes que Silveria Valdez tenía en San Cristóbal, vivió maritalmente, brevemente con ella y luego se fue para no volver.
Silveria alumbró y le puso nombre y apellido al futuro padre de Chapita después que Trujillo Monagas, el amante ocasional, se había marchado del país y ninguna persona le discutió la paternidad. Trujillo se quedó y pudo ser Trujillo. Pero nadie (como dijo Freddy Beras Goyco en un programa de televisión) hizo la prueba de la parafina para averiguar quién había disparado.
Silveria crió a su hijo a su imagen y semejanza y, como cuenta Crassveller, sacó tiempo para desplegar todos sus talentos para la intriga y la violencia al servicio del régimen de Lilís.
En opinión de Sánchez Lustrino, era notoria 
“la compenetración que tenia Pepito con los impulsos e instintos de su madre”. Pepito Trujillo Valdez se parecía a su mamá por dentro y por fuera, y la emuló en casi todos los sentidos. Había asistido a la misma escuela que ella, la escuela de la vida, y había salido como ella, tan cuero y cortesano e intrigante como ella.
Pepito se convirtió al crecer en comerciante, en un pequeño empresario de negocios turbios, todo tipo de negocios turbios o ilícitos, negocios de cosas ajenas por supuesto, que incluían vacas, gallinas, cerdos, caballos, mulos, tierras, maderas, casas y cosas generalmente mal habidas.
Desde temprana edad ganó fama de cuatrero y estuvo preso, por supuesto, en varias ocasiones. De la cárcel duradera lo salvaron sus relaciones en el gobierno de Lilis, pero en alguna ocasión llegó a afectar con sus turbios negocios la reputación de su propio suegro.
Por lo demás, era o parecía ser un tipo agradable y amigable, como dice Crasweller, un sinvergüenza simpático, aunque notablemente rencoroso y sobre todo licencioso, libidinoso en grado extremo, fiestero, bebedor, inescrupuloso.
Murió, lamentablemente, en 1935, apenas a los cinco años de haber llegado Chapita al poder. El mismo tiempo que, al decir de sus detractores, le duró la borrachera con la que celebró el magno acontecimiento.
No todas las opiniones sobre este personaje son coincidentes ni peyorativas, desde luego. El Vaticano, por ejemplo, vio con buenos ojos que fuera enterrado en la catedral, dio su visto bueno de buena gana.
Jacinto Peynado, por lo que dijo en su panegírico, consideraba que ninguno de los fieles difuntos que poblaban los nichos del sagrado recinto de esa misma catedral primada de América eran más ilustres que los de José Trujillo Valdez, alias Pepito, alias Pepe Botella.
Al siguiente día del luctuoso acontecimiento, con el país cerrado en riguroso luto, en imponente duelo nacional de extremo a extremo, la señorial avenida Duarte, un bulevar de reciente inauguración, empezó a llamarse (y así se llamaría durante toda la era gloriosa) Avenida José Trujillo Valdez.
En los considerandos de la resolución que justificaba el merecido cambio, Virgilio Álvarez Pina presidente del poder municipal del Distrito Nacional y un enfermizo colaborador de Chapita, dejó establecido lo siguiente:
“Que los pueblos deben perpetuar la memoria de sus benefactores cuando han recibido de ellos servicios de alto linaje espiritual. Que el preclaro y excelso ciudadano José Trujillo Valdez, lamentablemente fallecido, además de sus virtudes cívicas y de sus relevantes méritos es acreedor del reconocimiento público por la circunstancia feliz de haber sido el progenitor muy amado del varón extraordinario que pone empeños inigualados en nuestra historia por la estructura de la Patria Nueva”.
(Siete al anochecer [16])
Bibliografía 
La biografía de José Trujillo Valdez
http://rosamelfierroperez.blogspot.com/2013/03/la-biografia-de-jose-trujillo-valdez.html
Robert D. Crassweller, “The luce and times of a caribbean dictator



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miércoles, 19 de diciembre de 2018

LA TRINCHERA DEL HONOR

Un relato de 
Uno de esos días de abril
Pedro Conde Sturla
Aquel sábado primero de mayo la moral de los combatientes en el comando de la viuda Pichardo no estaba particularmente alta. La viuda, en cambio, se mostraba indiferente, ajena a la situación. No se inmutaba. Se paseaba por la casa con su uniforme blanco de faena, no con el elegante vestido de ramos y flores, que era el de las ocasio- nes especiales. Brindaba jugo, cuando había, café, agua, comida, brindaba todas sus amables atenciones.
Al llegar la noche se produjo un acontecimiento que estábamos esperando, algo aparentemente rutinario que insufló, sin embargo, en muchos ánimos decaídos una oportuna dosis de adrenalina.

Desde Radio Habana Cuba empezó a escucharse en la voz de Fidel su alocución del primero de mayo, que dedicó a Vietnam y Santo Domingo, y en las azoteas de la ciudad donde se habían establecido inicialmente los comandos de la resistencia, en las casas y en las calles a oscuras la atmósfera adquirió un aura mágica.  
Nadie a mí alrededor tenía radio, pero la voz del héroe del Gramma se escuchaba en todos los rincones, como si saliera de la nada, gravitaba sobre nuestras cabezas junto a los aplausos estremecedores de la multitud que desde La Habana nos hacía llegar la más grandiosa expresión de solidaridad.
Fue uno de los momentos estelares de la contienda.
En su esperado discurso Fidel Castro exaltaba con viva emoción la epopeya que en esos momentos los constitucionalistas estaban escribiendo en la tierra de Santo Domingo, a la vez que execraba la intervención del imperio calificándola como una de las acciones más vandálicas, criminales y bochornosas del siglo, una de tantas. 
Fidel era joven, la revolución cubana era joven todavía y las ilusiones que suscitaban nos llenaban de esperanza en esa época. Con su voz poco timbrada, más bien aflautada, Fidel describía con admiración e indignación a la vez un suceso que para la mayoría era desconocido. A saber, que en los 
primeros enfrentamientos entre combatientes 
constitucionalistas y soldados del imperio en el puente  Duarte, tres infantes de marina y dos paracaidistas yanquis habían muerto, aquí, en Santo Domingo, y más de quince habían sido heridos. Que en el desigual combate, a los dominicanos les cabía la honrosa gloria de haber comprobado una vez más que los soldados mercenarios del imperialismo son de carne y hueso, y que si venían a matar, bien merecían morir como murieron.
El estruendo de las masas, tanto en Santo Domingo como en La Habana, duró largos minutos, y en la vastedad de esa noche, oscura como pocas, por primera vez no nos sentimos tan solos y desamparados.
Al día siguiente las fuerzas del imperio prosiguieron su ofensiva, y avanzaron desde el puente Duarte con apoyo de tanques, helicópteros e infantería hacia la zona de la embajada norteamericana y (con el propósito de crear un corredor de seguridad y dividir la ciudad, dividir nuestras fuerzas, ya de por sí menguadas), se apoderaron de una 
estratégica franja que garantizaba la comunicación con San  Isidro y el aeropuerto internacional.
Para peor, desde el mismo miércoles 28 de abril, mientras estábamos enfrascados en otras operaciones militares, los guardias de San Cristóbal, el batallón Mella, tomaron sin ninguna resistencia el Palacio Nacional, un hecho que en poco tiempo tendría trágicas consecuencias.
Con el fin de no dejar cabos sueltos, los estrategas del imperio ordenaron a las hordas criollas bajo su mando proseguir la terrible Operación Limpieza que en los barrios pobres de la parte norte, y al cabo de fieros combates e infinitas atrocidades, culminaría, aunque no de inmediato, con la derrota de la resistencia. La limpieza, en cambio, seguiría su curso durante mucho tiempo. Casa por casa, se inició una cacería humana. Centenares de jóvenes moradores de esos barrios, que ni siquiera habían tomado parte en la lucha, por el simple hecho de ser jóvenes eran considerados sospechosos y fusilados sumariamente en las calles. 

Al mismo tiempo el imperio apretaba el cerco en la zona sur y fue empujando hacia atrás, paulatinamente a bombazos, a los constitucionalistas que defendían su espa- cio con una tenacidad digna de mejor suerte.
En el fragor de la contienda se escuchaba por radio la voz del Coronel Juan María Lora Fernández.
La arenga, la proclama, el llamado a la lucha de Lora Fernández se inscribe en una de las páginas memorables de la historia de la dignidad.
Desde la trinchera del honor –decía el cojonudo coronel que había estado en todas las trincheras– los saludo en este día glorioso en que la patria pequeña se agiganta al enfrentar con sus hombres a la fuerza bruta de los Estados Unidos, pero si grande es nuestro enemigo mayor es nuestro arrojo y decisión de salvar a la patria y de volver limpia sin manchas y bochornos la dignidad de su bandera y la pureza de su  escudo.

Al final todo fue un poco inútil y quedamos reducidos al ámbito de la Ciudad Colonial y Ciudad Nueva, unas pocas cuadras al Norte y otras hacia el Oeste, y el mar, al Sur, poblado de acorazados intrépidos, como en el poema de Pedro Mir, y el Ozama, al Este, poblado de artillería infernal. Así nos convertimos en el despectivamente llamado gobiernito de las veinte cuadras que sin embargo daría mucho que hablar al mundo. Siete mil combatientes mal armados contra cuarenta y dos mil soldados del imperio en tierra, aire y mar. No había muchas posibilidades de vencer, pero la posibilidad de un triunfo, así fuera un triunfo moral, nos embargaba.
Permaneceríamos allí hasta el final, junto a la población civil que nunca nos abandonó. Otros, muchos otros, habían desaparecido del mapa de la insurrección. Los demás  
pelearían, aunque fuera simplemente por orgullo, tozudez y orgullo, a las órdenes de un dirigente excepcional que ya se había consagrado como la primera figura entre los militares insurrectos.
Para llenar el vacío constitucional que había dejado el mandatario fugitivo el mismo día de la batalla del puente, fue elegido ese personaje como nuevo presidente y el 4 de mayo fuimos convocados a la toma de posesión frente al Altar de la Patria, allí donde termina la calle El Conde, en el entonces bucólico parque Independencia. La convocatoria no atrajo a un gran público, quizás un centenar de personas. Los acontecimientos de los días anteriores habían espantado a mucha gente, sin duda, pero la mayoría ni siquiera se había enterado de la noticia.
No obstante, a pesar del escaso público, entendí que estábamos viviendo uno de los grandes momentos de nuestra historia. Frente al Altar de la Patria se habían congregado  
militares, comunistas, perredeístas, algunos diplomáticos que simpatizaban con la causa, mi querido tío
Tomás Rodríguez Nuñez, combatientes haitianos, los legendarios hombres rana y algunos miembros de la cámara de representantes del gobierno de Bosch.
Uno de ellos procedió a juramentar al nuevo presidente. Ahora no era un tribuno, era un guardia, un policía. Era calvo, era decidido, era aguerrido, era valiente entre todos los valientes.

A cada requerimiento, a cada pregunta del juramento de lealtad, obediencia, servicio y amor a la patria respondía con un juro solemne. Juro y juro, decía. Y se juramentaba con gestos enérgicos en los que parecía empeñar y empeñaba todo su ser, gestos firmes, decididos, que daban plena fe del juramento. Era un hombre excepcional. Era el coronel Caamaño, Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Fue la primera vez y la última vez en mi vida que vi a un presidente de mi país juramentándose en el deber a la patria y cumplir con ese juramento hasta el glorioso fin de sus días.

sábado, 15 de diciembre de 2018

CHAPITA (1)

Pedro Conde Sturla

...bailemos un merengue de espaldas a la sombra / de tus viejos dolores, / más allá de tu noche eterna que no acaba, / frente a frente a la herida violeta de tus labios / por donde gota a gota como un oscuro río / desangran tus palabras. / Bailemos un merengue que nunca más se acabe, /
bailemos un merengue hasta la madrugada: / el furioso merengue que ha sido nuestra historia.

Franklin Mieses Burgos
Paisaje con un merengue al fondo


Doña Julia Molina de Trujillo, como especie de caja de Pandora, parió una fiera tras otra en fila india, una más mala que la anterior y la posterior y viceversa. De su vientre  salieron todos malos. Allí no había términos medios, solo había malos y malas y peores, demonios y demonias. La futura Excelsa Matrona sabía parir, no cabe duda, aunque paría de mal en peor. Y una de esas fieras, quizás la más fiera de todas las fieras, estaba marcada por el destino, por el azar, la predestinación, por la historia y las circunstancias, por la suerte o por designios del imperio, por las fuerzas de ocupación norteamericanas, por lo que ustedes quieran.

El predestinado debutó en la escena nacional e internacional como un héroe de mil batallas a juzgar por los títulos militares que se concedió. No se conformó con el rango de general, tuvo que ser generalísimo, un rango que, sin embargo, le quedaba corto a su ego. El generalísimo era un megalómano como todos los de su clase, como sus contemporáneos y cofrades, los generalísimos Francisco Franco y  Chiang Kai-shek, con la diferencia de que el generalísimo criollo no participó nunca en batalla alguna y solo estuvo en guerra contra su pueblo. No carecía, por supuesto, de una adecuada formación militar porque las tropas del imperio se habían ocupado de ello, pero al parecer se graduó de generalísimo por correspondencia o por obra y gracias de sus aduladores.

A lo largo y a lo ancho de su vida le otorgaron o se hizo otorgar innumerables títulos que, sólo por casualidad, no incluían ninguno de nobleza. Así fue, entre otras cosas, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria nueva, Primer maestro dominicano y Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina. El supremo pato macho de la República Dominicana y el Caribe durante más de treinta años de tiranía.

En realidad, sus títulos eran demasiados para ser contados. Uno de los más curiosos era el de Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos.

Era, además, Doctor Honoris causa por todas las facultades de la Universidad de Santo Domingo. Esto llevaba aparejado el cargo de Rector de la misma institución y la condición de Primer Maestro de la República, Primer Médico de la República, Primer Periodista de la República, Primer Abogado de la República, Primer Agricultor Dominicano.

Agréguese a todo lo anterior el nombramiento como Restaurador de la Independencia Financiera del país y el de Campeón del anticomunismo en América, Paladín de la Libertad y Líder de la Democracia Continental, Protector de Todos los Obreros, Héroe del Trabajo, Padre de los Deportes y otras cursilerías.

El colmo de los colmillos fue su postulación, en 1935,  para el Premio Nobel de la Paz (junto al presidente haitiano Sténio Vincent), 
por la firma de un tratado que garantizaba la armoniosa convivencia entre Santo Domingo y Haití.

Como nunca le hicieron caso, creó su propio Nobel, el llamado Premio Trujillo de la Paz, con $50,000 dólares de dote según se dice.
Dos años después tuvo lugar la matanza haitiana, que provocó escándalo y repulsa internacional. No obstante, en 1940, con motivo de la firma del tratado Trujillo-Hull, Franklin Delano Roosevelt lo recibiría con honores, le regalaría una foto con una pomposa y halagüeña dedicatoria. Fue agazajado, en fin, con las más finas distinciones, condecoraciones, honorificencias.

Cuando visitó España en 1954 los diplomáticos dominicanos solicitaron discretamente que se le otorgara el título de marqués, o algo parecido, pero la petición fue desestimada con mucho tacto, de manera muy fina, a pesar de la cacareada amistad entre el generalísimo y el caudillo.

El generalísimo, según se dice, había horrorizado a la alta sociedad y al ejército de todas las Españas con su  tricornio emplumado y su ridículo uniforme de opereta  y no se lo consideró digno de una distinción tan refinada.

Ese mismo año, sin embargo, El papa pío XII, de ingrata recordación, le otorgó la Gran Cruz de la Orden Piana como recompensa por haber beneficiado a la iglesia católica con la firma del Concordato, que le otorgaba todo tipo de privilegios.


En enero de1961 los cortesanos del sátrapa solicitaron al Vaticano que le otorgara el título de Benefactor de la Iglesia, pero en esa época Trujillo olía a muerto y la iglesia le dio largas al asunto y al final, sólo al final, lo enfrentó.

La descendencia y parientes cercanos  del generalísimo disfrutarían en menor medida del beneficio de títulos al por mayor y al detalle.

Su madre, Julia Molina, se convertiría en La Excelsa Matrona y su padre, José Trujillo Valdez  (alias Pepito, alías Pepe botella) sería nombrado diputado y condecorado varias veces y sería además sepultado  en la Capilla de los inmortales de la catedral primada de America, cerca de los restos de los Padres de la patria y las supuestas cenizas del Gran almirante.

“Jamás despojos tan ilustres -dijo Jacinto Peynado en el panegírico- han pasado bajo las arcadas de este templo para recibir cristiana sepultura”.

La esposa del generalísimo, María Martínez, se convertiría en La Prestante Dama y Primera Dama de las Letras Antillanas y también en una de las mujeres más redondas del país.

Su hermano favorito, Negro Trujillo, se convertiría igual que él en generalísimo y llegaría como él a ser presidente de la República.

Su primogénito, Ramfis Trujillo Martínez, se convertiría en La Promesa Fecunda y Príncipe Favorito, aparte de degenerado, violador  y drogadicto. En su brillante carrera militar alcanzó el cargo de Coronel a los cinco años y el de general de brigada a los nueve. El hermano menor,  Radhames, no se quedó atrás. A los cuatro o cinco años lucía el uniforme de mayor y a los nueve el de general. Y recibía, por supuesto, el salario correspondiente 

La poco angelical Angelita, su hija mimada, la niña de sus ojos, sería algún día nombrada Princesa del Corso Florido y sería elegida en un concurso Reina de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre.

De modo, pues, que a los miembros más encumbrados de la familia no les faltaban títulos, honores, reconocimientos, mientras que al supremo pato macho le sobraban. Los tenía todos o casi todos...

Pero le decían Chapita.

Chapita le decían o dicen que le decían desde chiquito su mamá y sus hermanos porque le gustaban esos trocitos de metal  con un grabado delante y un sujetador detrás, las llamadas chapas o chapitas, quizás las medallitas  de la Virgen, de san Pedro, san Pablo, de la reina Victoria de Inglaterra o Isabel de España, quizás las tapas o chapas de las botellas de refrescos o ron y todo tipo de baratijas, todo lo que brillaba y se podía poner en el pecho o colgar del cuello...Algo, en fin, a lo que son aficionados o más bien adictos todos los  militares, sobre todo si son rusos. Especialmente si son rusos. 
(Siete al anochecer [15]).



sábado, 8 de diciembre de 2018

LA MUJER


 

Pedro Conde Sturla
10 de julio de 2009

Cambiar sus esposas viejas por esposas nuevas -como ocurre en la singular “Parábola del trueque” publicada la pasada semana-, es el sueño de muchos hombres. Lo vemos a cada rato en nuestra sociedad. Los hombres cambian a sus mujeres viejas por mujeres nuevas, o por lo menos de segunda mano, aunque en muy buenas condiciones. En el mejor de los casos conservan la esposa vieja como reserva, como especie de pieza de repuesto y montan una sucursal y se hacen de una amante, una querida, a veces de dos y más queridas. El hecho ocurre en todos los estratos, y se manifiesta con peculiar frecuencia en el ámbito de los trepadores políticos en la medida en que escalan posición económica y social, pero también en el seno de la rancia oligarquía y hay ejemplos. Ejemplos bien conocidos que no viene al caso mencionar.
El caso extremo es el de hombres que cambian mujeres viejas por hombres nuevos, y de eso también hay ejemplos en nuestra sociedad. En los países desarrollados sucede a menudo otro fenómeno. Son las mujeres de fama y dinero, generalmente artistas de cine, las que cambian maridos viejos por maridos casi nuevos, algunos sin estrenar.
Muchas veces, como en la “Parábola del trueque” de Arreola, la luna de miel se acaba pronto, la relación basada en lazos de afecto no recíprocos languidece a la carrera. Las mujeres nuevas, mujeres de lujo, mujeres fetiches, mujeres trofeo, comienzan a botar el cobre, a botar el pellejo y sacar las uñas. Detrás del aspecto aparentemente risueño de la parábola se oculta la tragedia, la deslealtad y el abandono de que son víctimas tantas mujeres, y las consecuencias que tiene para todo el núcleo familiar. Esta es sin duda una forma elemental, pero válida, de leer el texto de Arreola. Arreola describe una práctica aberrante que no siempre es objeto de repulsa, el abuso sicológico que entraña el abandono conyugal, casi tan aberrante como el abuso físico que describe magistralmente Juan Bosch en “La mujer”.
“La mujer”, como dice Seymour Menton en su célebre antología “El cuento hispanoamericano”, es una de las narraciones más antologadas de la literatura latinoamericana, un cuento perfecto, como diría Borges, si dijera. Perfectamente surrealista desde la primera frase: “La carretera está muerta”. Muerta como el reloj de la pintura de Dalí que se derrite en un paisaje de muerte. El Dalí que mi amigo Harold Priego jura que es mejor que Picasso.
Bosch recupera en el relato paisajes que quizás pertenecen al miserable sur o a la línea noroeste, pero la certidumbre geográfica no es importante. Seymour Menton lo define como una sinfonía audiovisual del trópico y eso lo dice todo. El gran amigo de Bosch, el Pedro Mir que fue su canchanchán, su cofrade y admirador de toda la vida, también escribió, casualmente, un texto que es una sinfonía audiovisual del trópico: “Hay un país en el mundo”.
Una vez en INTEC, hace ya muchos años, se organizó un seminario para analizar el cuento de Bosch, y allí lo pusieron al derecho y al revés. Lo analizaron desde el punto de vista lingüístico, semántico, estructuralista, formalista, midieron las palabras, lo redujeron a fórmulas matemáticas, lo sometieron a la camisa de fuerza de todas las teoría literarias y nadie dio, a mi juicio, con una clave de interpretación razonable.
El cuento deslumbra literalmente desde el principio, y al final sorprende por la reacción ilógica de la mujer, el desenlace inesperado. Sorprende sobre todos a los que no están familiarizados con la cultura de la violencia contra la mujer. La mujer interioriza esa cultura, la asimila, se la pone mentalmente como una burka y reacciona en consecuencia. Bosch recrea en esencia el viejo refrán que dice que en pleitos de marido y mujer nadie se meta.


LA MUJER
Juan Bosch



La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: "Un becerro, sin duda, estropeado por un auto".
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.
-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!
-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar.
-¿Que no? ¡Ahora verás!
Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando.          Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara con su hijo:
-¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.
-¡Te dije que no quería verte má aquí, condená!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.



pcs, viernes, 10 de julio de 2009