sábado, 9 de marzo de 2019

El traje nuevo del emperador

Pedro Conde Sturla

[“El traje nuevo del Emperador”, de Hans Christian Andersen, es unos de los relatos más admirables y agudos que se han escrito sobre la vanidad del poder y la estupidez humana.
El monarca adora los trajes nuevos y se pone uno para cada ocasión. Son trajes de estadista, trajes de mentirillas, trajes de falsas promesas, trajes de relumbrón, trajes que luce con orgullo en todos los eventos. Trajes de falsas virtudes, trajes de apariencias que “los ayudas de cámara” cepillan continuamente.
Un día le manda a hacer a dos bribones un traje especial. Los trajes que cofeccionan los bribones  poseen  “la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida”. Los estúpidos e ineptos no pueden verlos. Así que todos finjen estúpidamente que pueden ver por no parecer estupidos. No aptos para sus cargos. El emperador finge verlo cuando se lo prueban frente al espejo, es tan fino y liviano que no se siente, es tan etéreo que no se ve. Se lo pone el día de una gran fiesta y desfila frente a la multidu con el traje nuevo que todos fingen admirar, hasta que un niño rompe el encanto. El niño dice lo que ve. Lo que no ve. El emperador está en 
pelotas y se le ve hasta el fondo de su mala conciencia. A quien le sirva este traje qué se lo ponga.
PCS].

El traje nuevo del Emperador

Hans Christian Andersen

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido 
distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.
La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en 
los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre 
honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin 
ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.
-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el
estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡Oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión
que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de
boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, más precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle –
anunció el maestro de Ceremonias.
-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
(Hans Christian Andersen).


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El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador

16 de agosto 1930
Mis hermanas y yo, las hijas del conocido general Bonilla, lo recordamos todavía claramente… como si fuera ayer… Lo vimos todo desde un sitial privilegiado, desde aquel balcón del segundo piso, frente a frente a la tarima presidencial, justo a un costado de la catedral. Nuestra catedral primada de América. !Qué espectáculo! ¡Cómo poder olvidar aquel prodigio, aquella apoteosis?
Las celebraciones comenzaron el 16 de agosto de 1930 y se extendieron durante varias jornadas, al ritmo de música y danza en un ambiente mágico, festivo, como nunca se había visto en el país. Cuatro bandas de música marchaban sin cesar por toda la zona, despertaron alegremente a los vecinos a muy tempranas horas, hicieron la felicidad de grandes y chicos durante la mañana y prosiguieron, después de la juramentación durante toda la tarde, y luego durante toda la inmensa noche a la luz de la luna y una desfalleciente luz eléctrica y fuegos artificiales que hacían de la noche día.
Juramentación del dictador el 16 de agosto 1930
La ciudad se vistió de gala, sí señor, con sus mejores galas. Y todo parecía nuevo y estaba reluciente. Había arcos triunfales en las principales vías y en los parques, en las pequeñas plazas. Arcos triunfales engalanados con guirnaldas y banderas coloridas. Y sobre todo había gente, mucha gente. La multitud desbordaba todos los espacios, literalmente todos. En la Calle El Conde y en las calles paralelas y transversales no cabía un alma. 
Las campanas de todas las iglesias repicaban, tañían bulliciosamente en señal de regocijo, sí señor. Todo era alegría, regocijo, sano y patriótico regocijo. Juegos florales, jinetes en magníficos caballos, elegantes oficiales enfundados en vistosos uniformes de gala.
El parque Colón parecía cosa de otro mundo, o más bien como si estuviéramos en otro país. Allí, más que en ningún otro lugar, había arcos y banderas coloridas y cantidad de flores, gente que distribuía a la gente pobre dinero a manos llena. Y gente que vociferaba, que gritaba palabras a favor del nuevo gobierno, que anunciaba una época de paz y prosperidad. Y había en medio del parque una tarima, una amplia tarima de madera que se proyectaba contra el lateral norte de la robusta, magnífica, imponente catedral primada de América.
La llegada del Jefe y su comitiva fue algo alucinante, solemne, portentoso. El Jefe apareció en el Parque Colón envuelto como quien dice en un aura de esplendor y santidad. Parecía, sí, que hubiera bajado del cielo en ese momento y todos a su alrededor palidecían. Opacos se veían en contraste con la luz que irradiaba el querido Jefe.
A las diez de la mañana en punto, tanto él como su vicepresidente, Rafael Estrella Ureña, representantes del cuerpo diplomático, ayudantes civiles y militares subieron a la tarima, que resultó un poco chica, por cierto.
El querido Jefe pronunció un discurso breve y emotivo, como tenía que ser, un discurso en el que se comprometía a preservar la paz (la paz que preservó durante todo su mandato), y a castigar con severidad, como tenía que ser, a los infractores del orden público. 
Luego pasaron a la catedral, donde se celebró la difícil, imponente ceremonia, el grandioso tedeum. Difícil, casi imposible, por la cantidad de personas que asistieron, que por nada del mundo se lo hubieran perdido.Tan grande fue la concurrencia, tan apretada, pegajosa y densa era la masa de aquella humanidad, de aquella tanta gente congregada, que muchos se vieron obligados a empujar o forcejear por un mínimo espacio. Allí, apretados como sardinas, vestidos con atuendos inapropiados para el trópico, sudando a mares, no pocos se desvanecieron por el calor, pero la mayoría se sentía feliz como los peces y todos soportaron con resignado estoicismo la retahíla de discursos de los importantes funcionarios y delegados. 
A continuación se efectuó una larga parada militar bajó un sol que arreciaba a cada momento, y finalmente, en horas de la noche, se celebró un fastuoso baile en el Club Unión, al que asistió lo más granado de la sociedad. Yo estaba ahí.
Nadie cargó ese día con una cruz más pesada que la del querido Jefe. Vestido como estaba parecía un emperador, pero tanta magnificencia tenía un precio. El Jefe era un emperador que soportaba el peso de la vestimenta como se sostiene el peso de la dignidad y los principios. Era un traje nuevo, ajustado a un nuevo protocolo, un traje de ensueño, por supuesto, ideal para países fríos. Sólo un hombre con el sentido del deber y de la elegancia como el querido Jefe era capaz de someterse, en semejantes circunstancias climáticas, a esa prueba de fuego, a vestir un traje que era como un cilicio, un tormento, una penitencia, una mortificación de la carne y del espíritu. Eso sí, el querido Jefe nunca sudaba. A fuerza de voluntad o por alguna gracia divina, el Jefe nunca sudaba.
El  Jefe se veía fresco, rozagante, con su traje imperial. Se veía fresco como una lechuga, aunque se estuviera cocinando por dentro. Fresco y bien maquillado, por cierto, como de costumbre, con ciertos tintes rosados característicos. Había que verlo con su bicornio emplumado. El sofisticado bicornio emplumado con entorchados de oro, reluciente oro de ley, el mismo que usaba con idéntica gallardía el presidente Ulises Heraux.
Había que verlo al Jefe, en toda su imponente majestad, el majestuoso porte que se gastaba con aquella casaca de tela azul de vicuña, la casaca con faldones de frac, recubierta parcialmente de entorchados con sus realces de oro.
Había que ver la gallardía, la apostura con que lucía aquellos pantalones de la misma finísima tela de vicuña, tan encantadoramente recia y tan azul, pantalones que lucían por igual vistosas bandas de entorchados de oro. 
Había que verlo con aquel varonil fajín que le ceñía el atlético talle, el fajín con sus colgantes, que eran también de oro, también de oro de ley. Y con flequillos de oro.
Bien lo recuerdo ahora todavía: aquel fajín con sus colgantes de oro y con flequillos de oro. El gracioso espadín, el  tahalí de oro del que pendía el espadín. !Ay, la patriótica banda tricolor enaltecida con  colgantes de oro, el glorioso escudo de la República con sus bordados de oro!  Aquellos inmaculados guantes blancos de cabritilla. El imponente bastón de mando, imponente bastón de Gran Mariscal… Zapatitos de charol con hebillas de oro.
El traje nuevo del querido Jefe parecía, en definitiva, como el engarce de una joya preciosa, el cofre de un tesoro, el traje nuevo de un emperador.
Así  vestía el Jefe, así sucedieron las cosas aquel día memorable, así comenzó la historia. Mis hermanas a veces dicen que exagero, que no todo fue así como lo cuento, pero yo así lo recuerdo y así lo quiero recordar al cabo de tantos años.
(Siete al anochecer: historia criminal del trujillato [26]. Tercera parte).
Bibliografía:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0


Rafael Trujillo Molina. 

16 de agosto 1930
Mis hermanas y yo lo recordamos todavía claramente… como si fuera ayer… Lo vimos todo desde un sitial privilegiado, desde aquel balcón del segundo piso, frente a frente a la tarima presidencial, justo a un costado de la catedral. Nuestra catedral primada de América. !Qué espectáculo! ¡Cómo poder olvidar aquel prodigio, aquella apoteosis?

Las celebraciones comenzaron el 16 de agosto de 1930 y se extendieron durante varias jornadas, al ritmo de música y danza en un ambiente mágico, festivo, como nunca se había visto en el país. Cuatro bandas de música marchaban sin cesar por toda la zona, despertaron alegremente a los vecinos a muy tempranas horas, hicieron la felicidad de grandes y chicos durante la mañana y prosiguieron, después de la juramentación durante toda la tarde, y luego durante toda la inmensa noche a la luz de la luna y una desfalleciente luz eléctrica y de fuegos artificiales que hacían de la noche día.
La ciudad se vistió de gala. Sí señor. Con sus mejores galas. Y todo parecía nuevo y estaba reluciente. Había arcos triunfales en las principales vías y en los parques, en las pequeñas plazas.
Arcos triunfales engalanados con guirnaldas y banderas coloridas. Y sobre todo había gente, mucha gente. La multitud desbordaba todos los espacios. Literalmente todos. En la Calle El Conde y en las calles paralelas y transversales no cabía un alma.
Las campanas de todas las iglesias repicaban, tañían bulliciosamente en señal de regocijo, sí señor. Todo era alegría, regocijo, sano y patriótico regocijo. Juegos florales, jinetes en magníficos caballos, elegantes oficiales enfundados en vistosos uniformes de gala.
El parque Colón parecía cosa de otro mundo, o más bien como si estuviéramos en otro país. Allí, más que en ningún otro lugar, había arcos y banderas coloridas y cantidad de flores, gente que distribuía a la gente pobre dinero a manos llena. Y gente que vociferaba, que gritaba palabras a favor del nuevo gobierno, que anunciaba una época de paz y prosperidad. Y había en medio del parque una tarima, una amplia tarima de madera que se proyectaba contra el lateral norte de la robusta, magnífica, imponente catedral primada de América.
La llegada del Jefe y su comitiva fue algo alucinante, solemne, portentoso. El Jefe apareció en el Parque Colón envuelto como quien dice en un aura de esplendor y santidad. Parecía, sí, que hubiera bajado del cielo en ese momento y todos a su alrededor palidecían. Opacos se veían en contraste con la luz que irradiaba el querido Jefe.
A las diez de la mañana en punto, tanto él como su vicepresidente, Rafael Estrella Ureña, representantes del cuerpo diplomático, ayudantes civiles y militares subieron a la tarima, que resultó un poco chica, por cierto.
El querido Jefe pronunció un discurso breve y emotivo, como tenía que ser, un discurso en el que se comprometía a preservar la paz (la paz que preservó durante todo su mandato), y a castigar con severidad, como tenía que ser, a los infractores del orden público.
Luego pasaron a la catedral, donde se celebró la difícil, imponente ceremonia, el grandioso tedeum. Difícil, casi imposible, por la cantidad de personas que asistieron, que por nada del mundo se lo hubieran perdido.Tan grande fue la concurrencia, tan apretada, pegajosa y densa era la masa de aquella humanidad, de aquella tanta gente congregada, que muchos se vieron obligados a empujar o forcejear por un mínimo espacio. Allí, apretados como sardinas, vestidos con atuendos inapropiados para el trópico, sudando a mares, no pocos se desvanecieron por el calor, pero la mayoría se sentía feliz como los peces y todos soportaron con resignado estoicismo la retahíla de discursos de los importantes funcionarios y delegados.
A continuación se efectuó una larga parada militar bajó un sol que arreciaba a cada momento, y finalmente, en horas de la noche, se celebró un fastuoso baile en el Club Unión, al que asistió lo más granado de la sociedad. Yo estaba ahí.
Nadie cargó ese día con una cruz más pesada que la del querido Jefe. Vestido como estaba parecía un emperador, pero tanta magnificencia tenía un precio. El Jefe era un emperador que soportaba el peso de la vestimenta como se sostiene el peso de la dignidad y los principios. Era un traje nuevo, ajustado a un nuevo protocolo, un traje de ensueño, por supuesto, ideal para países fríos. Sólo un hombre con el sentido del deber y de la elegancia como el querido Jefe era capaz de someterse, en semejantes circunstancias climáticas, a esa prueba de fuego, a vestir un traje que era como un cilicio, un tormento, una penitencia, una mortificación de la carne y del espíritu. Eso sí, el querido Jefe nunca sudaba. A fuerza de voluntad o por alguna gracia divina, el Jefe nunca sudaba.
El Jefe se veía fresco, rozagante, con su traje imperial. Se veía fresco como una lechuga, aunque se estuviera cocinando por dentro. Fresco y bien maquillado, por cierto, como de costumbre, con ciertos tintes rosados característicos. Había que verlo con su bicornio emplumado. El sofisticado bicornio emplumado con entorchados de oro, reluciente oro de ley, el mismo que usaba con idéntica gallardía el presidente Ulises Heraux.
Había que verlo al Jefe, en toda su imponente majestad, el majestuoso porte que se gastaba con aquella casaca de tela azul de vicuña, la casaca con faldones de frac, recubierta parcialmente de entorchados con sus realces de oro.
Había que ver la gallardía, la apostura con que lucía aquellos pantalones de la misma finísima tela de vicuña, tan encantadoramente recia y tan azul, pantalones que lucían por igual vistosas bandas de entorchados de oro.
Había que verlo con aquel varonil fajín que le ceñía el atlético talle, el fajín con sus colgantes, que eran también de oro, también de oro de ley. Y con flequillos de oro.
Bien lo recuerdo ahora todavía: aquel fajín con sus colgantes de oro y con flequillos de oro. El gracioso espadín, el tahalí de oro del que pendía el espadín. !Ay, la patriótica banda tricolor enaltecida con colgantes de oro, el glorioso escudo de la República con sus bordados de oro! Aquellos inmaculados guantes blancos de cabritilla. El imponente bastón de mando, imponente bastón de Gran Mariscal… Zapatitos de charol con hebillas de oro.
El traje nuevo del querido Jefe parecía, en definitiva, como el engarce de una joya preciosa, el cofre de un tesoro, el traje nuevo de un emperador.
Así vestía el Jefe, así sucedieron las cosas aquel día memorable, así comenzó la historia. Mis hermanas a veces dicen que exagero, que no todo fue así como lo cuento, pero yo así lo recuerdo y así lo quiero recordar al cabo de tantos años.
(Siete al anochecer: historia criminal del trujillato [26]. Tercera parte).
Bibliografía:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.



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miércoles, 6 de marzo de 2019

UN BURDO ATREVIMIENTO (PARTE ATRÁS).

Pedro Conde Sturla.
16 de agosto de 2007

Muchos quizás recuerdan el episodio escandaloso de un grupo de jevitos, muchachos de burguesía díscola que fueron llevados a la cárcel por desfilar en sus flamantes vehículos de lujo por la Avenida Lincoln, mostrando el trasero y algunos retazos de longaniza. Mostraban los jevitos la desnudez del cuerpo,  festiva y natural, la desnudez de Adán y Eva, la desnudez con que  nacemos y andamos, por ejemplo, todavía en las selvas finitas, con taparrabo más o taparrabo menos. El impúdico taparrabo que no es, desde luego, más que un eufemismo, discreta licencia poética o más bien indecencia que designa lo anterior con un género posterior.
La noticia produjo indignación entre la clase bien pensante de la sociedad (nuestras "buenas conciencias", como diría Carlos Fuentes), y muchos llegaron a pedir penas exorbitantes para castigar la osadía, la infamia de aquella horda de bellacos, el atentado a la moral pública, la falta al pudor que no pasaba de ser una travesura de mal gusto, pura muchachada con ribetes de La dolce vita de Fellini.
Otra noticia, esta vez realmente indignante como pocas, opacó unos días después el escándalo de los encuerados de la Lincoln y remitió al país al ámbito de la tragedia economica colectiva.
Un honorable banquero, como suele decirse –aunque banquero y honorable son términos excluyentes, antitéticos, antagónicos, incompatibles-, un príncipe de la gentileza y el mecenazgo que era dueño de generales, congresistas, periodistas, jueces de la suprema con minúscula, contralores, artistas, policías y presidentes de turno, asaltó y quebró su propio banco, es decir el banco de la mayoría de los depositantes, y dejó un agujero negro tan negro que redujo a los pequeños ahorrantes a la insolvencia y a la mitad del pueblo dominicano a la miseria. Para peor, el gobierno de turno agrandó el agujero devolviendo en contra de la ley los depósitos de grandes accionistas y alejando de los predios de la justicia a connotados cómplices de la colosal estafa.
Total, que el banquero y algunos de sus secuaces fueron reducidos a prisión durante unos meses en Najayo, con aire acondicionado, televisión, telefóno y otras comodidades. Desde entonces el juicio se arrasta a paso de tortuga y el mayor castigo que ha sufrido el rico banquero es la exposición pública de sus miserias morales.
Un hombre al que le sobran recursos materiales emplea sus malas artes en la consecución de recursos que le sobran, saquea sin necesidad su propia empresa y queda un poco frente a todos con el alma desnuda. ¡Qué miseria! ¡Qué miseria la de un banquero miserable que se desnuda del traje de mecenas y queda con el alma en pelotas, sin dignidad, sin honor,  sin vergüenza, sin el valor para propinarse la muerte de Séneca ni el balazo redentor del presidente Antonio Guzmán!
Los jevitos de la Lincoln se desnudaron mostrando sus atributos naturales y el banquero se desnudó estafando a medio país, desnudando el alma. Pero no por eso ha hecho acto de contricción, sino de prepotencia.
En la medida en que la justicia muestra de más en más su desinterés en castigar la corrupción, crecen las presiones internacionales y la sociedad civil se manifiesta con todos sus medios de presión, que lamentablemente no son tantos como los del banquero
Cuando un grupo de Parcipación Ciudadana se presentó ala audiencia penal del tribunal que conoce el expediente para respaldar la aplicación de un castigo ejemplar a los responsables del desastre, los numerosos medios de prensa que tiene a su disposición el banquero pusieron el grito al cielo y denostaron lo que llaman "una burda intromisión". Luis Schequer Ortiz, uno de los intrometidos, se pregunta "qué cosa es mas desvergonzada, si asistir cívicamente , como parte de la sociedad civil, a respaldar la actitud del demandante que pide un castigo ejemplar para los responsables del fraude bancario mas escandaloso registrado en la historia dominicana, de manera de que no se repita ni queden impune los responsables del hecho criminal; o por lo contrario si resulta ético y decoroso usar un medio de comunicación poderoso (que debería estar al servicio de la verdad y de los mejores intereses del pueblo dominicano) para, con palabras infamantes, defender intereses espurios y personales de una causa que denigra a sus causantes y debe avergonzar a quienes la defienden."
  
Exigir justicia en nuestro país  es todavía "un burdo atrevimiento". Pero lo otro es el burdo descaro. La impunidad, la inmoralidad entronizada con auspicio del poder se roba el país, condena a las masa a la degradación de la miseria, comete un crimen de lesa patria, de lesa humanidad y nadie está preso.
El robo, decía Anatole France, esta penado por la ley, pero el producto del robo es intocable.
pcs, jueves, 16 de agosto de 2007

EJERCICIOS DE GENUFLEXIÓN

Pedro Conde Sturla  
12 y 17 de septiembre 2007

(1)






















Yo entonces trabajaba como creativo o copywriter en una agencia publicitaria en compañía de un dibujante y caricaturista, hoy famoso, y de un inventivo catalán de apellido paterno licencioso que no debo mencionar. Era época de elecciones como ahora y como casi siempre y los partidos políticos proliferaban como ratas. Un día, un prohombre del Partido Reformista, un fulano de los que mucho abundan en ese partido, patentizó un movimiento de 

apoyo y homenaje al caudillo de ese partido, que bautizó con 
el honroso nombre de “Lo que  diga Balaguer”. La creación hacía honor al creador y al creado.  
Yo andaba un poco aburrido en esos días y sólo por divertirme propuse a mis compañeros de trabajo una campaña para publicitar el glorioso movimiento. La idea contemplaba un  logotipo con la imagen del prohombre en pelotas y en posición cuadrúpeda, con el trasero mirando hacia el público y el equipo colgante pintado de rojo, a manera de adorno de arbolito navideño. En el titular, tan glorioso como el movimiento que había fundado, debía leerse: YUCA, BATATA FULANlTO EN CUATRO PATAS. Abajo, a la derecha, aparecería una simbólica cajita de vaselina sin marca, como logotipo del movimiento, y más abajo, al calce: LO QUE DIGA BALAGUER. No sé por qué el dibujante y el catalán desestimaron la idea. De hecho se hicieron cruces como espantando al demonio. Yo, en cambio, entendía que el 
prohombre se hubiera sentido orgulloso al ver su imagen en cuatro patas en un  afiche a todo color. Total, era esa la forma en que se ganaba la vida.

pcs, 12 de septiembre de 2007

 (2)

La mayoría de los políticos del sistema empeña en el ejercicio de sus cargos la honra, si la tiene, y en ocasiones hasta el alma, por no hablar de la dignidad y el fondillo, que son casi lo mismo.
La especialidad de tumbapolvo o limpiasaco es obligatoria, al parecer, para desempeñar un puesto en el estado, sobre todo en época de elecciones. En apariencia, los funcionarios contraen, con el gobernante de turno una deuda que rebosa la gratitud y se transforma en idolatría.
Recientemente, mientras presenciaba en televisión el acto de inauguración de un acueducto, sufrí un ataque de vergüenza ajena al escuchar a una prominente figura del gobierno encumbrando al monarca constitucional de la res pública a las alturas celestiales.
Con su portentosa voz destemplada, desafinada -la típica voz de bacinilla-, el exaltado funcionario levantaba ambas manos a la altura de la cabeza para dramatizar un discurso ya de por sí dramático, y por momentos parecía perder no solamente el sentido de la mesura sino también el sentido de la cordura, amén de la compostura.
La gota rebosó la copa cuando el funcionario elevó literalmente la categoría del monarca a la dignidad de redentor. Lo proclamó redentor una vez y el monarca asintió complacido. Lo proclamaba redentor una vez y otra vez y el redentor asentía complacido.
Para quienes llevan la cuenta, redentor es más o menos como quien dice Jesucristo y hay que tener cuidado. Por unas libertades que me tomé con el Espíritu Santo en un escrito anterior, recibí, entre muchas burdas amenazas, una cruda reprimenda de un hipotético cardenal Tomasicchio, conminándome a rectificar, a enmendar mi “blasfemia”, so pena de excomunión, incluso de extremaunción.
Quizás el monarca redentor entienda que en el fondo la adulación es una forma de hipocresía y una falta de respeto. En el fondo el adulador no se respeta a sí mismo y la desmesura de la adulación irrespeta sobremanera al adulado.
Ahora bien, la vanidad no tiene sentido del humor. Un monarca envanecido, rodeado de políticos serviles, personas obsecuentes del género rebuznante, quizás se tome en serio el papel de redentor.
El riesgo implícito es que en la próximas elecciones podrían crucificarlo.



pcs, 17 de septiembre de 2007

BIBLIÓMANOS Y PAGANOS

Pedro Conde Sturla
6 de septiembre de 2007

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        Desde la más oscura noche de los tiempos, el ser humano ha sucumbido a la tentación de explicar lo que no sabe o no entiende en términos mitológicos. Narraciones de héroes, de dioses, fabulaciones sobre el origen del universo remiten a este modo fantasioso de razonamiento. El origen de la historia primitiva es siempre  el mito, la religión es puro mito y el ser humano sigue siendo un devoto de la mitológía.     

  No es, pues, sorprendente que uno de los libros más influyentes en la historia de la humanidad, el más difundido, sobado y resobado sea un compendio de mitología judea-cristiana que conocemos con el nombre griego de Biblia, la Santa Biblia,las Sagradas Escrituras o simplemente El libro, de inspiración divina, por supuesto.

        Nadie toma en serio hoy en día la mitología sumeria, ni 
la egipcia, ni la griega, ni la romana, y ni siquiera las 
antiguas religiones mistéricas orientales. Sin embargo éstas constituyen la fuente original en la que abrevaron los escribas de la Biblia, incorporando mitos y leyendas, códigos legales y modalidades de cultos que habían sido pacientemente elaborados a lo largo de milenios por otras culturas y civilizaciones.

        La deuda con mesopotamia es inmensa. El génesis bíblico reproduce la cosmogónía sumerica. El episodio del diluvio universal y el arca de Noè está calcado del antiquísimo Poema de Gilgamesh. Sargón I, fundador del primer imperio de la historia, fue salvado de las aguas muchos siglos antes que Moisés. La torre de Babel corresponde a la descripción de templos o zigurats, edificios escalonados hasta de siete pisos de altura destinados a observatorios, cuyas bases aún se conservan en Irán e Iraq.  El pacto más antiguo de un pueblo con su dios aparece en un documento hitita. El código babilónico de Hammurabi fue 
también incorporado parcialmente al libro de libros. De la 
religión del predicador persa Zoroastro proviene "la creencia en la libertad del hombre para escoger entre el bien y el mal y una resurrección general de los muertos al final de los tiempos, seguida de un juicio final y de un premio o un castigo eternos".

        Jehová es, como Zeus, un dios del trueno. Ambos fulminan a los mortales con rayos y centellas y envían diluvios para castigar a los impíos. Ambos son vengativos, iracundos, implacables en el ajuste de cuentas, sediento de sangre el primero tanto como el segundo. Zeus es un vicioso, un erotómano y tramposo. Beve, intriga y se emborracha como todos los dioses del Olimpo. Con tal de follarse una virgen es capaz de convertirse en cisne, en sátiro, en lluvia de oro, en toro. A Ganímedes -un varoncito- lo raptó transformándose en águila.

        Jehová no tiene vicios, no beve, no fuma, pero es 
incorregiblemente sicorrígido, homobóbico, asexual. A Onán 
lo dejó ciego por interrumpir el coito. A los habitantes de Sodoma y Gomorra los sepultó bajo las escombros de estas ciudades a causa de sus inclinaciones sexuales. La única vez que se decidió a tener un hijo, eligió una mujer casada, y en vez de aparearse normalmente, mandó al Espiritu Santo a negociar un adulterio.

        Particularmente prefiero la mitología greco-romana a la judeo-cristiana, sin tomar en serio a ninguna. El politeísmo permite un ejercicio democrático de la religión. El monoteísmo conduce a la intolerancia. 

        Los dioses, desde luego, no tienen vida propia. Están hechos a imagen y semejanza de los seres humanos. Representan el papel que les asignamos como reguladores del comportamiento social, al servicio del poder, como garantes de intereses de clase. La perversidad que asoma en ellos no es más que un reflejo de la nuestra.


pcs, jueves 6 de septiembre de 2007.

  

martes, 5 de marzo de 2019

EL BUEN LADRÓN

Pedro Conde Sturla
14 de septiembre de 2006


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El buen ladrón (1960), novela de los años mozos de Marcio Veloz Maggiolo, años de iniciación, destaca en la narrativa dominicana por su frescura y constituye un punto de referencia obligatorio en la amplia bibliografía del autor. Tan grata y enriquecedora es su lectura que hasta un crítico perverso podría pecar por exceso en el elogio, incurrir quizás en la desmesura. Un juicio impresionista se justificaría en todo caso por la impresión que deja la obra. La obra brilla, en efecto, por su delicado lirismo, la concisión, la unidad, la felicidad de su expresión y la intensidad de la trama.

El buen ladrón es, en apariencia una novela bíblica que seduce y conmueve incluso a un lector pagano como yo, literalmente pagano (marxista y trasnochado por más señas), que prefiere la mitología greco-romana a la mitología judeo-cristiana, alguien más descreído que ateo o viceversa, o quizás ambas cosas.

Confieso que releí la novela con escepticismo, al cabo de varias décadas, temiendo que la primera impresión se hubiese desvanecido, como sucede a menudo con las películas de la infancia. Parte de su fama se cimentaba un poco en la velada crítica a la tiranía de Trujillo en vida de Trujillo, un hecho que habla más del valor de la trama que del valor literario de la novela. Muchas obras de arte, quizás la mayoría, no trascienden su época y mueren de inanición lentamente en el tiempo. Pero la novela de Veloz Maggiolo resiste, no tiene solamente importancia documental sino también artística. Vive y sobrevive a su momento. 

El autor explica en su nota a la nueva edición de 1988, “Los años del olvido”, lo que para él son las claves esenciales de lectura de la obra: “Los romanos encarnaban la dictadura, la mujer que veía al hijo destrozado no era otra que la madre de los tantos masacrados por la Era, la guardia que buscaba al personaje principal no fue otra que la de los servicios de inteligencia del régimen dictatorial…”

Esta interpretación es muy poco convincente, en general. Lo que Maggiolo expone son sus intenciones, no la realización de las mismas. Evidentemente Veloz Maggiolo olvida o no conoce la máxima de Borges en el sentido de que “el narrador es dueño de la fábula, no de la moraleja”. Es propietario de todos los derechos de la obra, no de la interpretación.

Las palabras de Fernández Spencer en “Significado de la novela actual”, se circunscriben por igual al sentido aparente, místico, religioso y están sumamente alejadas del contexto.

¿Novela bíblica? El buen ladrón es una historia de los tiempos de Cristo proyectada al presente, no una novela bíblica. Pero la madre no parece representar como propone Maggiolo a las madres de “los tantos masacrados por la Era”, como tampoco a la madre de la novela de Gorki, la madre que a la muerte del hijo asume sus ideales y se convierte en abanderada de su lucha. La madre del buen ladrón es amoral. Justifica al hijo en cuanto ladrón porque la mantiene con el provente de sus fechorías, y lo justifica en cuanto asesino, y justifica también a la hija en cuanto prostituta. Con lo que no transige es con la prédica de Cristo.

El hijo no muere por ser asesino y ladrón sino por responder y seguir el llamado de Cristo. La moraleja de la fábula es tan simple que cae por si sola de la mata. Ningún camino es tan peligroso como la entrega a una causa noble, ningún camino es tan peligroso como la búsqueda de un ideal.

La alusión y la crítica a la tiranía de Trujillo son poco menos que obvias en varios pasajes de la novela, que no es una novela inocente, pero el texto no se reduce, no se limita al ámbito de Trujillo. Es más bien una parábola una fábula, una alegoría, metáfora siniestra del poder y sus implicaciones en el más amplio sentido de la palabra. Por eso el libro vive hoy, por eso es “literatura viva y no literatura muerta”.

PCS, jueves 14 de septiembre de 2006