miércoles, 26 de febrero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (1)

Pedro Conde Sturla
24 enero, 2020

Yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los des-
tipos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros
los dones de su favor... Pero, por mucho que quiera
protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido;
como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la
imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos
estudiantes!...

Alejandro Pérez Lugín
La casa de la Troya 
(estudiantina)


Comenzaron a llegar en bandadas a partir de 1963 (el año aquel dichoso en que eligieron a Juan Bosch presidente de la República Dominicana), y en bandadas siguieron llegando por un tiempo. Llegaban como en racimo, en grupos de diez y quince y hasta cuarenta estudiantes, y seguirían llegando hasta ser más de cien. Un centenar de estudiantes dominicanos de todos los lugares del país, becados en su mayoría por la Corporación de Fomento Industrial, por el dichoso y visionario gobierno de Juan Bosch y Gaviño que Dios lo tenga en su gloria.

Llegaron jubilosos y en tropel, llenos de juventud, llenos de brío y grandes ilusiones a lo que resultó ser una tierra prometida: la surrealista y engañosamente apacible ciudad de Monterrey, sede del TEC.
El Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (el ya famoso y prestigioso ITESM), atraía estudiantes de muchos estados de México y de varios países latinoamericanos, y había allí un poco de todo. Docenas de venezolanos, panameños y otros centroamericanos, unos pocos sudamericanos y unos cuantos haitianos. Los dominicanos hicieron liga desde el primer momento con los dos primeros, más parecidos en el habla y las costumbres que los circunspectos mesoamericanos. La amistad con los haitianos, especialmente en lo que respecta a Michael Roy, se convirtió en una hermandad.
Los dominicanos provenían de todos los estratos sociales y formaban un grupo heterogéneo, había jóvenes de veinte y otros de treinta años que no habían podido costearse los estudios universitarios, que se ganaban el pan nuestro en empleos mal remunerados, sin esperanzas en un futuro mejor, y a los cuales la beca les cambió radicalmente la vida. Uno de ellos, llamado William Jerez, era marino y era músico y saltó como quien dice del barco para convertirse en pocos años en ingeniero. Dejó de ser marino, pero nunca dejaría ser músico. Otro, llamado Luis Arthur, dejaría de ser empleado público para convertirse también en ingeniero, pero nunca dejaría de ser Luis Arthur.
Unos pocos eran de clase holgada, otros de origen modesto, cuando no de origen humilde. Algunos eran avispados y tenían cierto aire mundanal, otros era más bien provincianos y algunos tenían todavía los cadillos pegados de las ropas y las greñas. Pero todos, sin excepción, tenían la inocencia y el asombro en los rostros, y sus ojos bailaban de alegría por la oportunidad que se les había presentado.
Se distinguieron desde el principio por bullosos, bacanosos, peleoneros, malapalabrosos, incluso indisciplinados, rebeldes, revoltosos. Se distinguieron, en pocas palabras, por lo que se distinguen los dominicanos, pero se distinguirían igualmente por ser buenos estudiantes. Algunos se distinguirían entre los mejores. Algunos, como el inolvidable Miguel Gil Mejía y Dinápoles Sotobello se distinguirían entre los mejores y más prestigiosos estudiantes que alguna vez pasaron por el TEC.
El choque de los becarios con el medio no tardó en hacerse sentir. Chocaron primero con el clima que es un clima díscolo, inestable en invierno, con una temperatura que sube y baja a todas horas del día. Chocaron con la comida, que es picante y muy diferente a la dominicana. Chocaron con el idioma plagado de mejicanismos que tuvieron que aprender para comunicarse correctamente y no meter la pata. El día que un dominicano le pidió a una mejicana un chin de agua, la mejicana se ofendió. Había que pedir tantita agua, un poquito de agua y nunca un chin porque la palabra chin se parece a chingada y es bien fea en México, refea, por lo menos entre las personas refinadas, de las cuales había que cuidarse para no ofender oídos sensibles. Las personas más refinadas en algunos lugares de México no dicen nalgas y ni siquiera posaderas, y mucho menos culo como los españoles. A esa parte del cuerpo le llaman delicadamente “las de sentarse”, ni siquiera sentaderas.
En Monterrey hay que agarrar y no coger el teléfono, agarrar y nunca coger a la izquierda o la derecha porque la palabra coger remite vulgarmente al acto sexual y no se usa entre personas decentes. Tampoco se podía coger la guagua y ni siquiera un taxi. En México se le llama camión a los autobuses y los dominicanos podían subirse en ellos pero nunca cogerlos. ¡Por el amor de Dios, qué salvajada!

Sin embargo, la primera vez que un dominicano le preguntó a un mejicano qué vaina es esa, el mejicano respondió ¿de qué chingados me hablas? Allí la palabra vaina solo tiene significado en cuanto verdura y la palabra coño es desconocida, igual que la mayoría de los vulgarismos o indecentimos dominicanos. Se le podía decir y le decían impunemente lambefuiche o macañema a un mejicano y parecía cosa graciosa, a menos que no se le explicara el significado. Pero no le fueras a decir pendejo en cierto contexto porque se encojonaba o encabronaba en el sentido en que la gente se encabrona en México y te podía responder de mala manera. En cambio se le podía decir a una muchacha ¡mira nomás que cuero de vieja! y no se ofendía. Le estabas
diciendo que era bonita y joven.
En la medida en que fueron relacionándose con el medio, en la mente de los becarios fueron desvaneciéndose mitos, ideas, imágenes falsas y preconcebidas de la ciudad y del país al que habían llegado. Descubrieron con asombro que para los mejicanos los dominicanos cantan al hablar y no al revés, como nos parece a nosotros, descubrieron que en realidad cada manera de hablar y cada pueblo tiene su música propia.
Descubrieron que no podían limpiarse los zapatos con un limpiabotas. Que en México le dicen bolero a la persona que limpia calzados y por eso se llama así aquella famosa película de Cantinflas: El bolero de Raquel. Descubrieron, por supuesto, que la mayoría de la gente no anda con sombreros grandes como en el cine y que no todos llevan pistolas ni el tequila es famoso en todas las gargantas.
Descubrieron, en fin, que para adaptarse al ambiente cultural tenían que dominar un amplio léxico de modismos y regionalismos como quizás no tiene ningún otro país de América Latina. Había que tirarse al ruedo. Había que familiarizarse con una retahíla de palabras que en México tiene un significado a veces desconcertante. Ya no la mames, güey. Bájale de güevos, cabrón.
Había que descifrar y aprender a conjugar en todos sus tiempos los infinitos misterios, significados y significantes del verbo chingar, los sentidos y sinsentidos recónditos de la palabra chingada, que el chingón de Carlos Fuentes o quizás Octavio Paz había ejemplificado a nivel erudito hacía ya un chingo de años.
Había que dominar, definitivamente, esa palabra mágica que abre todas las puertas, el código enigma de la palabra chingada y sus derivados, sin los cuales no es posible remotamente ser mejicano ni entenderse con uno.



viernes, 21 de febrero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (5)

Pedro Conde Sturla
21 febrero, 2020
El equipo República Dominicana formado por estudiantes dominicanos en Monterrey, México. Son ellos, de pie: Luis Fontana, Julio Hiraldo U., Carlos Montero, Cristóbal Román, Emilio Castro K., Gumersindo Estevez, Gustavo Zeller, Héctor Cartagena, Félix García, William Jerez. En cuclillas: Osvaldo Padilla T., Darío Jones, Pedro Porrello, Manuel A. Pérez V. En el equipo participan también, Joaquín Cuesta Ortega y Manuel Amor Zalter, quienes no aparecen en la foto.

La inteligencia de Gil Mejía hacía juego con su extraordinario don de gente y su facilidad para establecer relaciones y darse a conocer y querer. Un don natural de líder: alguien que influía positivamente en los demás, que tomaba siempre la iniciativa a la hora de promover o llevar a cabo un proyecto, que persistía como nadie y con más entusiasmo que nadie en la consecución de su metas, alguien que destacaba —entre muchas otras cosas—, por su capacidad de agrupar y organizar personas para la realización de obras de interés común. Sus atributos personales eran muchos y relevantes: honradez acrisolada, disciplina, enorme capacidad de trabajo, inteligencia brillante.
Cuenta Dinápoles (en unos escritos que llegaron providencialmente a manos del narrador) que cuando cursaba la asignatura de programación, en el Tec se utilizaba el casi primitivo lenguaje Fortran, en base a tarjetas perforadas que eran procesadas por una computadora central de gran tamaño. El enorme aparato tenía, sin embargo, poca memoria, mucho menos que el de una portátil moderna y tardaba una eternidad para procesar los datos. Los estudiantes hacía largas filas para depositar los paquetes de tarjetas perforadas en la ventanilla del Centro de Cómputos y luego tenían que esperar varios días para que se les entregaran los resultados, corregir eventuales errores y volver a repetir la operación si era necesario.
El Centro de Cómputos era, de muchas maneras, un santuario al que sólo podía acceder personal autorizado, pero cuando llegó Gil Mejía las cosas empezaron a cambiar. Gil Mejía no sólo se distinguió entre los estudiantes, sino que también se hizo amigo de los celosos operadores del Centro. Al poco tiempo lo aceptaron como colaborador, luego empezó a participar activamente en el proceso técnico y finalmente se mostró capaz de operar la computadora. Se ganó a tal punto la confianza del personal que le fue entregada, o más bien concedida, una llave del reservado recinto.
En cualquier actividad o agrupación en que estuviera involucrado, Gil Mejía tendía a convertirse, de manera espontánea, en una figura destacada. De hecho, fue dirigente del equipo de béisbol dominicano del TEC, en el cual imponía orden y disciplina a la tropa alegre y rebelde que se aquietaba bajo su mando. En Monterrey, estaba presente en todos los eventos, era indispensable a la hora de enfrentar y resolver cualquier problema que afectara a la raza, a la comunidad de estudiantes dominicanos.
Era, como quien dice, un personaje polivalente, que irradiaba sus afectos con generosidad, pero sin incurrir en el derroche. Tenía, eso sí, un carácter poliédrico, matemáticamente imprevisible, que no siempre sabía administrar sabiamente. Podía ser manso y tímido como un cordero, cordial y afable, podía hacer chistes sin sonrojarse, podía ser ocurrente, travieso, reírse de buena gana y aceptar y hacer travesuras, pero si perdía la paciencia era mejor quitarse del medio.
Tenía, además, una lengua afilada, de la cual era prudente mantenerse a distancia: “Ese fulano —dijo una vez de alguien en son de chanza— es tan tacaño que nunca me ha invitado a nada, ni siquiera a tomarme un tequila reciclado o a comerme un taco después de la fecha de vencimiento”.
Dinápoles confiesa que durante los años que compartió un apartamento con Gill Mejía y otros dos compañeros en el glamoroso edificio Montemayor, la convivencia con él no era siempre color de rosa, no era siempre fácil de sobrellevar, pero siempre se podía estar seguro de su afecto, siempre se podía contar con él. Gil Mejía aplicaba y se aplicaba una especie de disciplina militar, sabía cómo darle el frente a cualquier situación de emergencia. Durante los meses de la guerra de abril de 1965, cuando el dinero de las becas dejó de llegar, impuso (o más bien hubo que imponer) un régimen alimenticio de extrema austeridad. Tortillas con sal en el desayuno, comida y cena. Tortillas de maíz, no de huevos. El apartamento parecía un monasterio o un cuartel. O quizás ambas cosas.
Dice el ecuménico Dinápoles que la diferencia entre él y Gil Mejía era parecida a la de las hermanas Marta y María de Betania, dos personajes bíblicos que aparecen y desaparecen en el Evangelio de Lucas (20:38-42). Uno de ellos tenía los pies sobre la tierra y el otro levitaba. Dicho de otra manera, uno era un guardia y el otro un monje franciscano. Los otros dos, llamados Michael y Gustavo, podían ser considerados novicios o reclutas.
Otra cosa que distinguía a Gil Mejía, al menos en sus mejores momentos, era su gran sentido del humor y su afición por las bromas, el humor travieso de un bromista incorregible que sabía planificar al detalle todo lo que se proponía. Ese humor que Dinápoles llama “contrapeso amortiguador de sus ímpetus temperamentales”.
El mismo Dinápoles cuenta que una vez Gil Mejía se confabuló con Michael y Gustavo para tenderle a él una trampa de la que se libró accidentalmente, y el que cayó fue uno de los compinches.
En el apartamento todos tenían por costumbre estudiar hasta altas horas de la noche, hasta que el sueño los vencía, y en una ocasión Gil Mejía propuso, un poco como al descuido, una extraña apuesta, un maratón de resistencia al sueño que fue aceptado por unanimidad, tanto por los lobos como por la oveja. Se estableció que el primero que se durmiera tendría que pagar a los demás cena, cine y cervezas el siguiente fin de semana y se procedió de inmediato a colar café, un café bien fuerte, para aumentar la resistencia al sueño.
Mas que de una broma, Dinápoles era víctima de un complot. En el café que tomó, alguien había depositado un componente exótico: una pastilla para dormir, un somnífero que Dinápoles ingirió inocentemente. Al poco rato estaba cabeceando sin entender por qué, se le cerraban los ojos, le pesaban los párpados, se le encogían las bolsas, casimente no podía tenerse en pie. Pero de alguna manera se sobrepuso al trance. Fue varias veces al baño a lavarse la cara, mientras los demás se morían en secreto de la risa, salió al balcón a tomar aire, empezó a dar unos brinquitos de canguro, se pellizcaba los cachetes y se miraba al espejo para espantar el sueño, puso en juego toda su fuerza de voluntad y recuperó la lucidez y logró vencerlos a todos a pesar del somnífero.
Cuando Gil Mejía advirtió que Dinápoles no caía, empezó a temer por sí mismo y eligió una nueva víctima. Alevosamente le tendió una celada a Michael, quien fue el perdedor de la apuesta.
Gil Mejía lo cuenta con lujo de detalles en un documento que cayó en poder del narrador y será dado a conocer oportunamente. El somnífero, dice Gil Mejía, no lo pusieron en el café sino en el cereal con leche con que Dinápoles acostumbraba cenar. Hay quien afirma que lo tomaba batido y en biberón, pero esto podría ser una mentira o una calumnia del narrador.



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domingo, 16 de febrero de 2020

Shane, el desconocido

Pedro Conde Sturla
9 de marzo de 2015 | 12:08 am 
Hay quien dice que “Shane, el desconocido”, es el mejor western, la mejor vaquerada de la historia y no creo que sea cierto ni quiero que lo sea, pero es una de mis favoritas. La veo con los ojos de la infancia y con los del hombre maduro que está a punto de pudrirse y sigue siendo una de mis favoritas.
La trama, basada en la novela de Jack Schaefer, un autor muy prolífico, se desarrolla “en el pequeño valle de Wyoming en el verano de 1889” y reproduce, desde luego, todos los valores y lugares comunes de la ideología del western: la lucha entre el bien y el mal que ganarán los buenos y perderán los malos. La excepción como regla, diría Bertolt Brecht. Los malos son casi siempre indios o blancos feos que visten no casualmente de negro:
“Mientras Shane es un ‘ser’ luminoso y puro (Alan Ladd), el otro pistolero de esta historia adquiere la fuerza de una sombra amenazante. Todo de negro. Con una sonrisa torva. El silencio es su fuerte., el pistolero con el rostro de Jack Palance es la oscuridad, la amenaza, lo que hay que temer…”

“Shane, el desconocido” (o “Raíces profundas” como la llaman en España donde son famosos por traducir entupidamente y echar a perder los títulos de las películas), es pues, como se ha dicho y repetido, la típica obra en que todos los personajes tienen un lugar asignado, un destino, un final previsible. Todo lo contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en  “El gran silencio”, ese extraño huevo antológico dirigido por el italiano Sergio Corbucci. En esta cinta fuera de serie (western spaghetti con mayonesa y sauerkraut), el feoculísimo y perverso alemán Klaus Kinsky (más perverso en la vida que en la pantalla) termina cocinando a balazos al buenísimo y bellisímo francés Jean-Louis Trintignant, que interpreta a un mudo.
Pero dentro del esquema habitual lo que interesa es la realización, la puesta en escena de “Shane”, la relevancia de los actores de reparto. En pocas películas tienen los mismos tanta importancia y están tan definidos. En la familia de granjeros que acoge a Shane, destacan tanto el padre como la madre y sobre todo el niño de mirar azorado y ojos inolvidables (el Brandon De Wilde que moriría trágicamente a los treinta años). Jack Palance, por supuesto, impone como siempre su presencia, la de un artista que viviría encasillado como el malo por excelencia, hasta el punto de que le dieron un Oscar por una película en que se parodiaba a sí mismo.
De igual manera resalta el protagonismo de los animales y los elementos paisajísticos. Los animales juegan un papel protagónico, las montañas nevadas juegan un papel protagónico. El lodo es uno de los principales protagonistas. Hay lodo por todas partes desde el principio al final.
El rol de los perros es sobresaliente en todos los sentidos. Hay un perro que no se despega del niño y se convierte junto a éste en espectador del duelo final. Hay un perro que en la más emotiva escena quiere acompañar al amo a la tumba. Hay otro perro en el escenario del duelo final que intuye que las cosas se ponen feas y se quita rápidamente, cómicamente del medio.
Protagónica es la presencia del ciervo, si es un ciervo, en la primera escena, y de vacas y caballos en la parte mejor lograda del film desde el punto de vista de la sintaxis, de la composición cinematográfica. No se trata del duelo final sino de la pelea entre Shane y su amigo granjero en presencia de su esposa y el hijo. El incidente inicia cuando Shane,  parado en el umbral de la puerta  de  la cabaña de troncos trata de impedirle, y le impide, marchar hacia una muerte segura, a un enfrentamiento a tiros. El primer golpe, un golpe de granjero, saca a Shane del ambiente casero y la pelea continua su curso en el exterior, pero la cámara no los acompaña, se queda con la madre y el hijo que observan angustiados desde una ventana y luego desde otra, sin que el público pueda darle seguimiento a la acción más que a través de los relinchos despavoridos de los caballos.

Al cabo de unos breves segundos de espera interminable, sale por fin la cámara al patio y allí registra la escena en toda su brutalidad, situándose entre las patas de un caballo que se encabrita y relincha, una brutalidad acentuada más aún por otros caballos y vacas que en sus respectivos corrales dan muestra de la misma desesperación que provoca el pugilato que va perdiendo Shane. Dos de los animales logran saltar la barda. Shane pone fin a la contienda con la cacha del revolver.
Del duelo final Shane sale herido, nunca sabremos si mortalmente, pero está herido, lo estaba desde el principio de la película, desde antes de iniciar. Igual que el actor que lo representa (uno de los grandes suicidas de Holywood), es un personaje herido que no puede escapar de sí mismo.




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viernes, 14 de febrero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (4)

Pedro Conde Sturla
14 febrero, 2020
Egresados del TEC en el campus de Monterrey, cuando fueron a entregar las obras completas de Juan Bosh en septiembre del 2002. De izquierda a derecha Miguel Gil Mejía, Dinápoles Soto Bello, Carlos Dalmau, Félix García Castellanos y Hendrik Kelner.

Al cabo de unos cuantos meses, algunos de los becados dominicanos se sabían la ciudad de memoria y todos llegarían a conocerla bien, aunque muy pocos en su intimidad. El conocimiento de sus partes íntimas pertenecía al dominio de los iniciados, que eran muy pocos. Una especie de secta. 

Monterrey no era una ciudad bonita y muchos no se encontraban a gusto, algunos la odiaban, simplemente la odiaban, otros la querían con pena y otros la amaban, simplemente la amaban.
Otros echábamos de menos muchas cosas, no había ríos ni playas, estaba en medio de un paraje semidesértico, cuando no hacía frío hacía calor, los autobuses estaba sucios y en malas condiciones, llovía en ocasiones sin misericordia y algunas calles del centro de la ciudad se inundaban y las aguas arrastraban los automóviles. Sin embargo, a pesar de todo (de alguna manera quizás indefinible), era una ciudad acogedora, con mucha vida y mucho movimiento, mucha gente simpática, muchos cines, muchas fiestas, muchos cabarets, numerosos puticlubs llamados congales y un discreto número de actividades culturales en las que alguna vez estuvo incluida la presentación del Ballet Bolshoi
Había, sobre todo, en cantidades industriales, muchas mujeres bonitas, las mujeres con las piernas más bonitas del mundo. A uno le faltaban ojos, le parecía oír música cuando iba a la Plaza de la Purísima para ver pasar a las muchachas en dirección contraria, como era de rigor en esa plaza. Música para ver pasar a las muchachas como decía una famosa melodía que estaba muy de moda en esa época.

En Monterrey, algunos encontraron al amor de su vida, la media naranja o sandía, se casaron, regresaron con sus esposas al país o se quedaron en Monterrey y otras ciudades, algunos siguen felizmente casados o simplemente casados, encontraron la felicidad o lo que más se parece a la felicidad.
Con otros pasó lo mismo que en la canción de Gardel y Lepera:
Hoy un juramento / mañana una traición / amores de estudiante / flores de un día son.
En algunos casos, simplemente no cuajaron los frutos y se cansó el amor de tanto esperar, como dice otra canción, o quizás simplemente se aburrió o terminó la relación a puros rabazos.
El amor por los libros sí parece haber sido una constante en el grupo, aunque tampoco fue en toda ocasión correspondido. A una mayoría le fue bien en los estudios, los mejores se convirtieron en profesionales de prestigio, su gran amor fueron los libros.
Dinápoles, por ejemplo, era un machetero incorregible, un estudioso a tiempo completo que no desdeñaba, sin embargo, echar de vez en cuando una canita al aire cuando el cuerpo se lo pedía, aunque en esa época no tenía canas. Decían que no era raro encontrarlo en un cine, aprovechando el intermedio para darle una repasadita a cualquier materia, que lo habían visto más de una vez macheteando, estudiando en el cine Juárez y en el Elizondo, que incluso cuando iba a misa llevaba un libro de estudios, si no era acaso el misal o un invento o una calumnia del narrador.
El inestimable Gil Mejía, su compueblano, condiscípulo y amigo, un hombre que no era capaz de levantar falsos testimonios, juraba que una vez Dinápoles hizo un problema siete veces porque la respuesta le daba 5.2178539, mientras que la del libro era 5.2178538 (el error, sí es que alguien se atreve a llamarlo así, era más pequeño que una millonésima de cualquier cosa).
El mismo Gil Mejía contaba que la tesis de grado de Dinápoles, “Filosofía de la Matemáticas”, presentó un problema de carácter irresoluble: no se encontró un matemático con suficientes conocimientos de filosofía, ni un filósofo con suficiente conocimiento de matemáticas que pudiera valorar objetivamente el trabajo. Alguien dijo, o quizás se inventó, que tuvo que ser nombrada una comisión para estudiar el asunto y que sus miembros necesitaron de una buena ración de aspirinas. En fin, nunca se ha podido saber hasta qué punto los sabios de la comisión lograron desentrañar el misterio de aquel agujero negro, el insondable enigma filosófico y matemático. Lo cierto es que todos se pusieron de acuerdo para otorgarle a Dinápoles un sobresaliente y felicitarlo efusivamente por su brillante tesis. Una tesis de la chingada (en el buen sentido de la palabra), dicen que dijo alguien.
En el Tec recordarían con cariño y admiración a Dinápoles como un monstruo que dejó una estela de notas e ideas brillantes a su paso. Pero junto a Dinápoles se destacaba todo un grupo de macheteros que hizo historia académica. Entre ellos, si la memoria infiel no me traiciona, Gil Mejía, Michael Roy, Ramón Bonilla, Frank Villalba, Franklin Viloria...
Lo de Gil Mejía es especial. Él fue, académicamente, el más notable y notorio del grupo. Sobresalió como estudiante, como profesional, como profesor y como liceísta. Sobresalió por su extraordinaria vocación de servicio. Desde su época de estudiante y tal vez antes había asumido el compromiso de servir, de ser útil a los demás. La beca que recibió del gobierno de Juan Bosch para estudiar en el Tec le permitió adquirir una notable formación, pero no colmó sus aspiraciones. Luchó a brazo partido para que otros tuvieran la misma oportunidad, la oportunidad de estudiar como él en una institución académica de primer orden, para preservar los vínculos con su Alma Máter y con sus compañeros de estudios. Con este propósito fundó, o fundó junto a otros, en el año 2005, la asociación de Dominicanos exatec, que se convertiría en una especie de fundación con el propósito de recaudar fondos para becas. La iniciativa ha permitido a casi cien estudiantes cursar una carrera en el Tec. Por esa tesonera labor, por sus labores de filantropía y de beneficio a la comunidad, la prestigiosa academia le otorgó el Premio Alma Máter en 2006, 2007, 2009, 2011 y 2014.
Su participación como ejecutivo del equipo de béisbol de Los Tigres del Licey no fue menos importante en su vida, una vida plena, dedicada a múltiples actividades, (incluyendo el deporte), en las que cosechó merecidos reconocimientos.
Gil Mejía fue pionero de la informática en el país. Junto a Michael Roy fundó el Centro de Cómputos (que hoy lleva su nombre) de la Universidad Católica Madre y Maestra. El Centro de Tecnología de la Información de esa institución se honra también con su nombre.
Recuerdo, con tristeza, que lo fui a despedir a la funeraria el día 1 de octubre de 2016 y me junté con Dinápoles frente al ataúd.
Recuerdo que había encima un ramo de flores y una gorra del Licey. Todo un fino detalle con el que la viuda y sus hijos rendían tributo a uno de los grandes amores de Miguel Gil Mejía.
Recuerdo que el dolorido Dinápoles, su compueblano, su condiscípulo y amigo, dijo entonces unas palabras, unas de esas “palabras aladas” que me sobrecogieron por su resonancia:
—¡Un gran hombre!



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viernes, 7 de febrero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (3)

Pedro Conde Sturla
7 febrero, 2020


Dominicanos en Monterrey durante una ofrenda floral con motivo de la fiestas patrias. 

Con toda candidez, sin imaginar siquiera la poca flexibilidad de los reglamentos, durante el primer semestre de su estadía en Monterrey los dominicanos se hospedaron en las residencias del internado del Tecnológico y muy pronto tuvieron motivos para arrepentirse. Desde el principio se vieron sometidos a una insobornable disciplina que establecía y establece que ni siquiera en sábados y domingos podían estar fuera después de la una de la mañana sin un permiso especial. La violación de esta regla acarreaba un reporte de parte del encargado del edificio y ocho reportes eran suficientes para motivar la expulsión. Eso no disuadió por completo a los becarios. Algunos se saltaron las reglas y llegaron tarde un par de veces. Cuando fueron intimados por el prefecto a identificarse, dieron los nombres de conocidos peloteros de aquella época: Juan Marichal, Felipe Rojas Alou, Alonzo Perry. Otro dijo llamarse Rodrigo de Triana. Sin  embargo, el gracioso recurso, o lo que parecía gracioso a los  estudiantes, no obtuvo buenos resultados. El Jefe de    
residencia llamó a capítulo a inocentes y culpables, pronunció 
 un largo discurso de género admonitorio y después de 
muchos rodeos concedió el perdón condicional a condición 
de que no volviera a suceder, muchachos. Traducido en buen 
cristiano, el significado redondo de sus palabras se resumía 
en una seria advertencia: vayan por la sombrita.
Aparte de la disciplina monacal, los dominicanos tuvieron que enfrentar algunos de los típicos abusos que sufren en general los novatos en muchas instituciones. En México había entonces dos centros de estudios de prestigio conocidos por sus novatadas, si acaso no es mejor decir salvajadas. Uno de ellos era la escuela Agraria Antonio Narro (donde estudiaban unos veinte criollos), que tenía su sede en la casi ciudad de Saltillo, a poca distancia de Monterrey. El otro, el peor de los dos, dedicado igualmente a estudios agrarios, era el de Chilpancingo, en el Distrito Federal.
En esos lugares los novatos tenían que pelear como quien dice por sus vidas. Lo menos que podía pasarle era que los arrojaran a la piscina a las dos de la madrugada en invierno, que los pelaran al rape o que los encueraran y les dieran una refriega de miel de abeja o melaza y lo vistieran o decoraran con abundantes plumas de gallina o relleno de almohada a falta de plumas.
En el Tecnológico de Monterrey las novatadas se reducían a una pálida copia de las de esos centros de estudios, pero no dejaban de ser pesadas y los dominicanos no las iban a aceptar pasivamente: decidieron que de ninguna manera iban a ser tratados como novatos o pinos nuevos. De su parte tenían la superioridad numérica y un espíritu de grupo que nunca los abandonó en su estadía. La primera vez que a uno de ellos se le hizo una novatada, organizaron una reunión relámpago que estudió el problema y salieron a la luz soluciones radicales. Como el prefecto estaba de alguna manera confabulado con los grupos de veteranos que se divertían a costilla de los novatos y algunas veces facilitaba las llaves de las habitaciones para permitir las incursiones nocturnas, decidieron hacerle una visita que no era de cortesía. Se le aparecieron en su oficina, maquillados con las caras más agresivas que tenían y le advirtieron que cualquier novatada que sufriera un hijo de la patria de Duarte se la cobrarían con creces a su persona.
Al término del primer semestre se produjo una estampida y el internado prácticamente se quedó huérfano de dominicanos. Estos se dispersaron por los alrededores del Tecnológico, se alojaron en pensiones o casas de alquiler. A partir de entonces comenzaron a definirse ciertos perfiles sociales en base al grado de amistad y afinidades, y surgieron los diferentes grupos que darían a toda la comunidad unas características inconfundibles.
Con los grupos surgieron los nombres y sobrenombres de los grupos, que fueron otorgados con picardía y malicia, y que definían en general, con cierto acierto, las cualidades más sobresalientes de sus miembros. A Los jurones, por ejemplo, se les llamaba así por su obstinación en no dejarse ver, debido de su dedicación al estudio. Pero no eran los únicos. Era algo que tenían en común con otros grupos como Los hormigas y sobre todo con Los macheteros, que no se dedicaban a cortar caña. Machetero, en México, se le llama a una persona trabajadora, estudiosa. Los macheteros estudiaban con despiadada vehemencia y eran tranquilos y diurnos.
Los integrantes de la raza también eran conocidos por el lugar donde habitaban. Los que vivían en unas populares residencias estudiantiles que tenían por nombre La silla eran llamados silleros.
Algunos de los más serios vivían en un conjunto de edificios llamado Los grises, un nombre que no correspondía a la brillantez intelectual de sus habitantes y nadie les decía griseros. El grupo más visible, físicamente visible, vivía en el segundo piso de un apartamento con grandes ventanas y una enorme vidriera al que todos llamaban La pecera. Allí no se podía estar ni siquiera en la cocina en calzoncillos sin que se viera desde la calle.
Algunos miembros de la comunidad eran conocidos por motes o sobrenombres que no tenían que ver con la dedicación al estudio. Al inolvidable Patico, por ejemplo, le decían así porque era un poco pando o pandeado, culipandeado, curvado un poco por detrás y un poco por delante. Al verlo venir decían: pando alante, pando atrás, camino del Tec, ¡quién será?
A Boquetrueno lo llamaban de esa manera por su parecido con Jupiter tonante. Hablaba como soltando truenos, rompiendo tímpanos, como si tuviera un megáfono, un equipo radiofónico entre pecho y espalda.
A Caonabito le decían El trípode por razones que es mejor no aclarar.
Había una pareja de enamorados que no se separaban (ni se separan todavía más de lo indispensable), a la que llamaban Los pelotitos porque se traían y se traen locos de amor o pelotitos (como se decía en Monterrey), como pelota de goma el uno a la otra, rebotando de amor el uno contra la otra y viceversa.
Los llamados Allantímetros o Apantallímetros formaban una especie aparte. Derivaban los nombres del verbo allantar (de las voces allante y allantoso que recoge la Academia Dominicana de la Lengua en el año 2013), y del chilangónimo o mexiquense apantallar. Significa allantoso o apantalloso. Alguien que se destaca en el arte difícil de impresionar o hacer creer una mentira, exagerando hechos que pueden ser reales o no, fanfarroneando, privando por lo general en fruta exótica.
El único grupo al que se le conocían tendencias radicales era el de Los patriotas y estaba radicado en la Colonia Roma, con excepción de Camilo, que era el más genuino y perseverante de todos y vivía como quien dice en la clandestinidad. Camilo era un nostálgico intransigente, evocaba el terruño en todas las ocasiones y circunstancias que se le presentaban y no perdía oportunidad de rendirle culto a la Patria bienamada, venerada, adoraba. Todo lo que había de bueno en México, era mejor en el país natal. “Lo único que este país le lleva a Santo Domingo —solía decir con profunda convicción— es un poquito de tierra”. Casi apenas dos milloncitos de kilómetros cuadrados.
De él decían, medio en serio y en broma, que tenía una bandera en cada pared de su cuarto, que tenía una colección de retratos de los padres de la patria en una especie de altar y que cantaba el himno nacional al acostarse y al levantarse. El amor a la patria también lo demostraba estudiando a conciencia. Se graduó patrióticamente con honores de Ingeniería mecánica y seguramente combina todavía el ejercicio de la profesión con el ejercicio del patriotismo.



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viernes, 31 de enero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (2)

Pedro Conde Sturla
31 enero, 2020
Edificio de la rectoría del Tecnológico de Monterrey y del Centro de Tecnología Avanzada para la Producción, CETEC, mejor conocido como El Servilletero. El Cerro de la silla, símbolo de Monterrey, al fondo. 

El problema de comunicación entre dominicanos y mejicanos era de doble vía. Los dominicanos no entendían el significado de ciertas expresiones mejicanas y los mejicanos a veces no entendían una palabra, una sola palabra de lo que decían los dominicanos. No es que no entendieran el significado, es que no entendían el sonido de las palabras, el modo aspirado y guillotinado del habla de los dominicanos, la forma hambrienta de comerse las palabras y decir, por ejemplo: “Tato no ta qui” en lugar de “Tato no está aquí”.

Uno de los estudiantes, llamado Caonabito, era particularmente difícil de entender, incluso entre los mismos dominicanos. La estructura de una oración en la gramática castellana consta de ocho elementos, si acaso no han agregado o quitado alguno, y reciben el nombre de sustantivo, verbo, adjetivo, pronombre, conjunciones, preposiciones, adverbio y articulo. Caonabito era la única persona que podía aglutinarlos todos, pronunciarlos o tratar de pronunciarlos en un solo golpe de voz. Los mejicanos tenían que ponerse trucha para hablar con él, poner mucha atención para desentrañar el sonido de sus palabras y captar el sentido. En general tenía que repetir dos o tres veces lo mismo para que el interlocutor pudiera, con más intuición que tímpano, adivinar su pensamiento. Los dominicanos dicen “qué” y dicen “cómo” cuando no entienden algo, pero los mejicanos dicen “mande” o “mande usted”, y cuando hablaban con Caonabito no cesaban de repetir “mande, mande, mande usted”.
Paradójicamente, la forma de hablar de los dominicanos tenía ocasionalmente un efecto colateral: le alborotaba el hormonamen a algunas chicas. Se engranujaban al escucharlos por primera vez y decían con emoción ¡qué padre hablan!, qué bonito hablan. También se sentían fascinadas por el pelo chino, el pelo crespo, rizado, el llamado pelo malo de los dominicanos, y se morían a veces de ganas de ponerles las manos en la cabeza y mesarles los cabellos.
Y los dominicanos, claro está, ya sabían que lo cortés no quita lo valiente y bajaban servilmente la cabeza, se dejaban mesar los cabellos, la recia crin, acariciar la pelambre, lo que usted quiera, señorita, hágale nomás que es usted dueña.
Ciertos gustos y ciertas cosas estaban, pues, como al revés en Monterrey, o resultaban simplemente curiosas, empezando por él gentilicio: el gentilicio de los habitantes de Monterrey no es monterreyano, como podría pensarse, sino regiomontano, como si estuviera exactamente invertido. En la aristocrática Plaza de la Purísima era costumbre que las muchachas pasearan en un sentido y los muchachos en otro. Las chicas serias no se montaban en taxi, viajaban sólo en camión, en autobús. Una novia seria no te dejaba montar en su automóvil. A la mamá le decían mi jefa, a la noviecita le decían mi vieja. El matrimonio civil precedía al matrimonio religioso que tenía lugar una o dos semanas después y mientras tanto los recién casados seguían viviendo en sus respectivas, casas, separados, vigilados, mantenidos a distancia hasta que la madre iglesia consagrara la unión.
Otra cosa curiosa, quizás la más curiosa y la más bonita de todas, es el concepto popular de raza, sobre todo entre los estudiantes de Monterrey y en la jerga del norte del país. Raza se llaman entre sí los amigos, los grupos de amigos con intereses comunes, independientemente del color, apariencia o procedencia, del origen étnico y las características raciales. Es una forma coloquial de decir hola y dar la bienvenida, decir qué tal, mi gente, saludar a un grupo de personas con las que tienes confianza. En estos términos era corriente invitar, por ejemplo, a unos cuates, a unos buenos amigos a tomar o echarse, por ejemplo unas cervezas: vamos a echarnos unas cheves con la raza en la Nevería Roma.
La nevería era otra cosa curiosa. Una nevería en México era una heladería, y en las heladerías y farmacias se vendía y tomaba cerveza. Cerveza con su correspondiente botana o picadera (gratis).
Al decir de un improvisado lingüista y bromista, en el proceso de adaptación y aprendizaje el vocabulario de los criollos no pudo conservar intacta su personalidad: se transformó, se desgreñó, generó una especie de gramática de términos sintéticos, ambivalentes, con ciertas características anfibias que vaya usted a saber que significan. El léxico de los regiomontanos se le parecía a los dominicanos recién llegados un arroz con mango. Pero a poco tiempo de su llegada hablaban un poco en una jerga mixta, cruzada, entre dominicana y mejicana.
Frente a las adversidades y dificultades aprendieron a ponerse trucha para que no se los llevara la chingada ni la fregada, ni la tiznada ni el tren y mucho menos la verga. Uno no podía achicopalarse, no podía acobardarse en México, había que hacerle frente a las cosas a lo macho, a lo mero macho, valientemente, en serio o valientemente. Había que dejar salir el enojo cuando fuera necesario y decirle a un imprudente me vale verga. Me importa como quien dice un carajo. 
Si no te importa nada —o menos que nada una cosa— también puedes decir me vale pedo, porque te importa un pedo, aunque los pedos pueden ser importantes, sobre todo cuando alguien se los tira en un lugar cerrado.
A los prepotentes había que decirles bájate de güevos, cabrón, bájate los humos, modérate, tranquilízate, no seas presuntuoso. Si alguien te dice un disparate le puedes decir no mames güey, que significa que su idea es como quien dice descabellada. Si alguien habla a lo pendejo es porque lo que dice no tiene fundamentos reales. Si algo te cae de madre es porque tienes constancia de que es cierto, pero caer de madre también puede significar que alguien te gusta, aunque en Cuba quiere decir lo contrario. Pero estar hasta la madre lo dices cuando estás encabronado, harto de cualquier cosa. Si alguien está haciendo algo mal hecho puedes decirle que así no sale ni a madrazos. Y también puedes decir o por lo menos pensar que el pendejo no sabe ni madres de lo que hace. El pendejo te podría contestar ¿y cómo chingados le hago? Y si te pide ayuda le puedes responder: ¡ya! Agárrate otro pendejo. También existe la posibilidad, aunque sea remota, de que pueda mandarte a chingar a tu madre.
Si alguna vez quieres presumir de algo, darte importancia, preguntas con desenfado ¿cómo la ves desde ai?, qué te parece, cómo te quedó el ojo, forastero.



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sábado, 18 de enero de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (9)

Pedro Conde Sturla
17 enero, 2020
En el capitulo III de “La pequeña Bessie” se pone de manifiesto el interés y la preocupación, la fina sensibilidad de la niña en relación al arbitrario sistema de prohibiciones y castigos y la cantidad de sufrimiento que Dios impone a sus criaturas por las cosas malas que hacen:
—Mamá, si una persona con el nombre de Jones mata a una persona con el nombre de Smith solo por diversión, es un asesinato, ¿no es así, y Jones es un asesino?
—Sí, mi hija.
—¿Y Jones es culpable por eso?
—Sí, mi hija.
—¿Por qué mamá?
—¿Por qué? Porque Dios ha prohibido el homicidio en los Diez Mandamientos, y por lo tanto, quien mata a una persona comete un crimen y debe sufrir por ello.
—Pero mamá, ¿y si Jones tiene desde su nacimiento un temperamento tan
violento que no puede controlarse?
—Debe controlarse a sí mismo. Dios lo requiere.
—Pero él no hizo su temperamento, mamá, él nació con él, como el conejo y el tigre; y entonces, ¿por qué debería ser considerado responsable?
—Porque Dios dice que él es responsable y debe controlar su temperamento.
A la pequeña Bessie no la convence el razonamiento. Para ella se trata de un problema de ingeniería humana. Se pregunta si todo no podría haber sido diferente si se hubiese diseñado de otra manera a los seres vivientes, sobre todo a los humanos. Entiende que hay corregir los errores de diseño:
—Mamá, cuando Dios diseñó a Jones podría haberle dado el temperamento de un conejo, si hubiera querido, ¿no es así?
—Sí.
—¿Entonces Jones no mataría a nadie y no tendría que ser ahorcado?
—Cierto.
—Pero Dios decidió darle a Jones un temperamento que lo haría matar a Smith. ¿Por qué, entonces, no es Él responsable?
—Porque también le dio a Jones una Biblia. La Biblia le da a Jones una amplia advertencia de no cometer un asesinato; y si Jones lo comete, él solo es el responsable.
El argumento parece contundente, pero la pequeña y curiosa Bessie se queda pensando y más adelante le pregunta a la madre si Dios hizo también unos bichos tan asquerosos y destructivos como las moscas, responsables de la muerte de millones de seres vivientes, y con qué propósito. En su infinita sabiduría, la madre sabe que sí, que Dios hizo las moscas aunque no conoce el propósito, pero está convencida de que es un buen propósito. Entonces Bessie le pregunta:
—¿Dios les dio una Biblia a las moscas?
—Por supuesto que no.
—Tú has dicho que es la Biblia la que hace al hombre responsable. Si Dios no les facilitó una Biblia a las moscas para eludir la naturaleza que deliberadamente les concedió, entonces Dios sería responsable. Le dio a la mosca su naturaleza asesina y la envió sin el freno de una Biblia o cualquier otra restricción para cometer asesinatos al por mayor. Y así, por lo tanto, Dios es el mismo responsable. Dios es un asesino. El señor Hollister lo dice. El Sr. Hollister dice que Dios no puede hacer una ley moral para el hombre y otra para sí mismo.
En el capitulo IV el interés de Bessie se traslada a otro tema visceral: el de las vírgenes y la virginidad:
—Mamá , ¿qué es una virgen?
—Una señorita.
—Bueno, ¿qué es una señorita?
—Una niña o mujer que no está casada”.
—El tío Jonas dice que a veces una
virgen que ha tenido un hijo...
—¡Tonterías! Una virgen no puede tener un hijo.
—¿Por qué no puede ella, mamá?
—Bueno, hay razones por las que ella no puede.
—¿Qué razones, mamá?
—Fisiológicas. Tendría que dejar de ser virgen antes de poder tener el hijo.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—Bueno, déjame ver. Es algo como esto: un judío no podía ser judío después de haberse convertido en cristiano; no podía ser cristiano y judío al mismo tiempo. Muy bien, una persona no podía ser madre y virgen al mismo tiempo.
—Por qué, mamá, Sally Brooks ha tenido un hijo y ella es virgen.
—¿En verdad?, ¿Quién dice eso?
—Ella misma lo dice.
—¡Oh, no me digas! ¿Hay otros testigos?
—Sí, en un sueño. Ella dice que la secretaria privada del gobernador se le apareció en un sueño y le dijo que iba a tener un hijo, y resultó ser así.
—No me extrañaría! ¿Y dijo que el gobernador era el responsable?
En el capítulo V, lo que había comenzado como un chisme local se traslada de nuevo al ámbito de la teología y las preguntas de Bessie se vuelven cada vez más impertinentes. Ahora se interesa por el misterio de la Virgen María. Dice que el Sr. Hollister afirma que “la Virgen María ya no es virgen, es una ex virgen”. La madre se escandaliza:
M.—¡Es falso! Oh, como ese malvado impío trata de socavar la santa creencia de una niña inocente con sus tontas
mentiras...
B.— Pero mamá, en serio, crees que sigue siendo virgen, una virgen real, ¿sabes?
M.— Ciertamente lo es; y nunca ha sido más que una virgen: ¡oh, la Adorable, la pura, la impecable, la intachable!
Bessie le dice que según el Sr. Hollister eso no es posible porque María tuvo cinco hijos después de la inmaculada concepción y que la virginidad de María no la compraría nadie a ningún precio en un mercado de valores.
La madre de Bessie se desespera, la pone de castigo. No sabe que hacer con ella. Pero la pequeña Bessie es incorregible. En el VI y ultimo capítulo volverá a escandalizar a su querida y ya impaciente madre con preguntas y razonamientos irreverentes:
—Mamá, ¿es Cristo Dios?
—Sí, mi hija.
—Mamá, ¿cómo puede ser él mismo y alguien más al mismo tiempo?
—No lo es, mi amor. Es como los gemelos siameses: dos personas, una nacida por delante de la otra, pero igual en autoridad, igual en poder.
—Ahora lo entiendo, mamá, y es bastante simple. Un gemelo tiene relaciones sexuales con su madre y se engendra a sí mismo y a su hermano; y luego tiene relaciones sexuales con su abuela y engendra a su madre...
El último tema por el que se interesa la pequeña Bessie concierne a la falta de originalidad de la Biblia y el comportamiento sexual de Dios, de todos los dioses. El Sr. Hollister —argumenta Bessie—, dice que todos los dioses hacen lo mismo y la madre le pregunta:
—¿De qué manera, querida?
—Ir por ahí desvirginando vírgenes. Él dice que nuestro Dios no inventó nada nuevo: todo era viejo y mohoso antes de que se lo apropiara. Dice que no ha dicho nada original, sino que copió su Biblia y su diluvio y su moral y todas sus ideas de dioses anteriores, que las obtuvieron a su vez de otros dioses más antiguos. Él dice que nunca hubo un dios que no haya nacido de una Virgen. El Sr. Hollister dice que ninguna virgen está segura donde está un dios... y me aconsejó que cerrara la puerta con llave todas las noches, porque... aunque solo tengo tres años y medio y estoy bastante a salvo de los hombres...
Esta vez la mamá de Bessie la mandó terminantemente a callar, le prohibió nueva vez que frecuentara al Sr. Hollister y le ordenó que se ocupara de otro asunto menos desagradable que la teología. Pero es posible que la pequeña Bessie la desobedeciera a la primera ocasión que se presentara.



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viernes, 17 de enero de 2020

Sombras nada más

Pedro Conde Sturla
Víctor Villegas y otros contertulios del Palacio de la Esquizofrenia 

Son como sombras sonámbulas que sueñan porque los sueños sueñan, colmena o avispero, muestrario de varia humanidad, columnas de seres y contornos imprecisos que entran y salen, ocupan las mesas, a veces todas las mesas de la Cafetería restaurante El Conde. El alucinante Palacio de la esquizofrenia en todo su esplendor. Allí concurren a granel, meditan o vegetan, discurren y se escurren el profesor emérito que dicta charlas magistrales y el alumno que aprende, el prócer y el apátrida, gobiernistas y oposicionistas igualmente fogosos, el filántropo y el misántropo, el aristócrata y el plebeyo, el abogado de oficio y el abogado sin oficio, el postor y el impostor, el filósofo, el historiador, el diplomático, el diputado, el doctor, el asistente del procurador, el revolucionario de profesión, el escritor, el trovador Rodríguez (un ingenio sin par), el cundango y la cundanga, el periodista, el publicista y su consorte, el cronista, el pintor –los infinitos 
pintores–, el escultor, el conocido caricaturista de humor negro y risa alegre con boca de chivo, el actor, el cineasta, el lambón, limpiasaco o tumbapolvo, como se dice entre nosotros, el advenedizo que quiere beber y fumar a cuenta ajena, el fisgón, el turista, el buscón y la buscona que se la buscan con los turistas, algún poeta maldito rumiando su desagravio y un montón increíble de malditos poetas, el crítico de arte de mala sangre, el crítico literario de mala leche, el crítico de cine de mala sombra, el policía que es un secreto a voces y un grupito de alcohólicos más o menos anónimos. El bardo insumiso ocupa ahora su lugar en una de las mesas del centro, acompañado de varios amigos. Como es un poco histriónico necesita el concurso del público y se lo gana fácilmente, hablando en voz muy alta y gesticulando ampliamente. En el hablar y en su persona destacan el lenguaje hiperbólico, la sonrisa desguarnecida (el vacío dental entre los caninos), la poesía a flor de piel, la oscuridad profunda de la piel, el pelo organizado en trencitas al estilo rastafari, que era el estilo húsar, y la simpatía a borbotones, definitivamente contagiosa. En este momento llega el patriarca Villegas y va a sentarse con su amigo el cronista. El patriarca Villegas viene, según dice, de un entierro y está feliz, acaba de enterrar su órgano favorito. Saluda al bardo hiperbólico, saluda a todos los que quedan a su alcance, saluda como quien dice a la muchedumbre que le devuelve el saludo, pide un café y le ofrece al cronista una cerveza. Todos saben que el cronista tiene talento para la bebida, pero esta noche no toma, se toma la noche libre y sólo toma notas para escribir su obra maestra, como dicen las malas lenguas, o quizás simplemente para fastidiar con sus comentarios en la prensa a los megalómanos del patio y a tarados que reciben premios literarios a fuerza de compadreo.Desde la mesa contigua, los integrantes de un círculo de poetas lo ojean con ojeriza, un poco de reojo y de relajo, chismorrean alegremente, discretamente, clandestinamente en voz baja para no herir susceptibilidades alcohólicas. Ninguno de ellos, casi ningún poeta, sin embargo, es abstemio. Aunque desprecien o finjan despreciar la bebida se embriagan de vanidad, viven la más infinita borrachera: El ego fermentado a tiempo completo. 
El crítico de mala sombra, embozado en su ego, entra como de costumbre sin mirar ni saludar a nadie y se instala en un rincón al fondo, echa un vistazo desencantado, un muy mirar torcido en derredor y llama a un mozo que no se da por aludido. Ninguno de los mozos le pone atención, con excepción de Abreu, que es gentil, educado, y modera todas sus impertinencias, pero Abreu está ocupado ahora y el crítico de mala sombra tendrá que esperar. Ha hecho de la vida un ejercicio de altanería y del insulto una costumbre. Sus rabietas consuetudinarias y el mal trato que dispensa a los que considera por debajo de su nivel social le granjean pocas simpatías y consecuencias insospechadas. Los mozos, en todas partes 
del mundo se vengan de los clientes fastidiosos haciendo caso omiso de sus reclamos en el mejor de los casos, y otras veces escupiendo en la comida y en la bebida, por no hablar de cosas peores.Los del círculo de poetas leen poemas e intercambian elogios, intercambian a veces tibias frases risueñas, palabras tipográficamente cordiales, juicios piadosos. Cada poema es mejor que el otro, a cada maravilla sucede otra maravilla. Reina la armonía, el mutuo bombo. De repente, en el momento más impensado, estalla un rugido de indignación, casi un escándalo, una conmoción. La lectura del último poema no concitó elogios que colmaran la vanidad del autor que ahora sufre un ataque de egolatría y se queja amargamente de incomprensión, de lo que considera una ofensa, una desconsideración, pura falta de sensibilidad, incluso capacidad intelectual para apreciar su obra. Alguien propone, salomónicamente, que vuelva a leer el poema, argumentando que quizás por lo novedoso del tema y la audacia de la forma no fue captada su esencia, su densidad metafísica, pero el autor se opone momentáneamente, dándose por ofendido. A ruegos, pidiendo excusas, sus contertulios lo ablandan, lo convencen al poco rato y el autor, un poco a regañadientes, vuelve a leer. Ahora todos los juicios vuelven a ser como la vida en rosa, oro molido, y la cordura reina de nuevo entre los vates.
El bardo insumiso los escucha con mal disimulado interés, sonriendo para sus adentros. Hombre de juicios lúcidos y claros, el bardo tiene ideas originales sobre literatura y arte y no comulga con mitos ni mitómanos, y mucho menos con ejemplares, con representantes tan típicos de “la raza irritable de los poetas”, como la definiera Horacio en sus Epístolas. Los versos que llegan a sus oídos le recuerdan los dólares provenientes del narcotráfico. Igual que los banqueros lavan dólares para que puedan circular decentemente, parecería que los poetas están lavando versos –piensa el bardo–, para hacerlos pasar por poesía. Al término de la lectura de otra obra maestra, aplaude cínicamente y cuando los poetas reparan en la atención que les dispensa, en el rostro del bardo se dibuja un gesto condescendiente que parece de aprobación y es pura sorna. Pero los poetas, los vates que estuvieron a punto de golpearse con bates, no entienden esas sutilezas y continúan atentos a su única preocupación, que es engordar el ego. El patriarca Villegas y el cronista, a cuya mesa se han integrado ya varios personajes del dominio público, incluyendo al trovador Rodríguez, no conceden mayor importancia a los berrinches y exaltaciones de los decidores de versos, y la conversación gira en torno al tema del tiempo y la nostalgia, la evocación de figuras queridísimas idas a tiento y a destiempo. En otra época Gómez Doorly frecuentaba diariamente el Palacio de la Esquizofrenia con la puntualidad de un reloj suizo. Podía uno verlo allí, encerrado metafóricamente en la mesa que le servía de despacho, leyendo y subrayando periódicos durante horas. Pudimos verlo, sí, hasta el que fue el último día de su existencia. A Gómez Doorly lo esperaba, en una de esas curvas del destino, la tragedia más insospechada. Murió de mala muerte, cosido a puñaladas,  en su hogar, a manos de un demente que era su hijo. Frank Beras, otro de los frecuentadores asiduos, venía en aquellos tiempos disfrazado de ciego, actuando como cieguito. De una escoba decrépita se ingenió un bastón, o más bien un cayado con el que mantenía a raya a los numerosos perros que lo asediaban en su vecindario. Con el cayado en la mano derecha, un sombrero calado y lentes oscuros representaba a la perfección el papel de invidente. El policía de tráfico lo ayudaba a cruzar las avenidas atestadas de vehículos, le cedían el asiento en las guaguas de transporte público, le cedían el turno cuando formaba fila en un banco y en general la gente le dispensaba un trato generoso. En ocasiones, sólo por divertirse, recababa limosna en dólares presentando el sombrero al paso de los turistas.Nada mas llegar al Palacio de la Esquizofrenia, que es una especie de corte de los milagros, como un barrio famoso del París de Francia de Víctor Hugo, recuperaba la visión, ocupaba una silla en una mesa cualquiera, entablaba conversación y compartía con sus numerosos amigos, pero siempre en un plan muy serio y reservado y con un dejo incurable de tristeza.
Al cieguito Beras le esperaba también un final trágico y lamentablemente previsible. Víctima de una depresión, tocó fondo un mal día en que la amargura de vivir se le hizo insoportable. En un gesto de aborrecimiento a sí mismo se martirizó el rostro con una navaja antes de degollarse. 
El publicista y su consorte, Macho y Marta, eran igualmente asiduos. Venían casi a diario y ocasionalmente más de una vez. Con ellos cualquier tertulia adquiría dimensiones surrealistas. Macho era una persona de ideas originalmente descabelladas, aunque brillantes a veces. Sus personajes favoritos eran Balaguer y Caamaño y nunca fue posible entender cómo conciliaba su admiración por el asesino de masas y el héroe asesinado. Al publicista y su consorte les aguardaba un destino metafísico, el misterio de la dimensión desconocida. Su infausta desaparición nos dejó a todos sumidos en la incertidumbre. 
A esta hora, en otro tiempo cercano, el profesor emérito ya estaría sentado al frente de la mesa presidencial y a su alrededor estarían congregándose los integrantes de la más gloriosa peña de la Ciudad Colonial. Pero el profesor emérito, Francisco Alberto Henríquez Vásquez, el célebre don Chito, cuerpo y alma de la gloriosa peña, se ausentó para siempre durante el fluir de estas páginas, y la peña está huérfana como sus descendientes, huérfana, sí, la calle El Conde que lo vio recorrer miles de veces el dichoso trayecto desde su residencia hasta el flamante Palacio de la Esquizofrenia.



01/01/2008