viernes, 25 de junio de 2021

La noche quedó atrás

Pedro Conde Sturla

25 junio, 2021

Aquel poema al inicio de aquel libro me produjo una emoción parecida a una conmoción, un sacudimiento visceral. Era un poema desafiante, de William Ernest Henley, al que alguien le puso un título que el autor no le había puesto: “Invictus”. Un título preciso, impecable, que se corresponde perfectamente con el sentido del poema. Ha sido traducido muchas veces al español y de alguna manera conserva su fuerza. La versión que siempre he preferido es la que aparece a manera de epígrafe en aquel libro:

“La noche quedó atrás pero me envuelve /negra como un abismo entre ambos polos, /doy gracias a los dioses cualesquiera sean / por mi espíritu indómito”.

“No importa cuán estrecha sea la puerta / ni que me halle abrumado de castigos, / soy capitán triunfante de mi estrella / y el dueño de mi espíritu”. (Traducción de Juan Rodríguez Chicano)

Aquel libro, en el que aparecía aquel poema a manera de epígrafe (el poema que le da el título al libro, “La noche quedó atrás”), me cambió la vida para siempre y no creo que haya dejado indiferente a ningún lector. De hecho, tanto el libro como el poema han producido impresiones indelebles en las más variopintas personalidades del siglo XX, desde Franklin Delano Rooselvelt a H. G. Wells, pasando por Jack Kerouac, Hannah Arendt, Vargas Llosa, Mandela y tantos otros.

Rooselvelt se prodigó en elogios, dijo que era el “libro más terrible y sensacional” que había leído. Nelson Mandela recitaba el poema en sus horas más oscuras durante sus veintisiete años de prisión en una cárcel de Sudáfrica. Vargas Llosa estuvo a punto de convertirse en comunista después de leerlo. Salió en busca de los comunistas, según sus propias palabras, y al cabo de muchos años de involución política terminó haciendo campaña a favor de la narco candidata Keiko Fujimori:

“Yo leí a Jan Valtin en quinto año de media cuando estaba en Piura en casa de mi tío Lucho. Ese libro me impresionó tremendamente. Recuerdo el poema [de William Ernest Henley al comienzo del libro: “La noche quedó atrás..., pero me envuelve/ negra como un abismo entre ambos polos;/ doy gracias a los dioses, cualesquiera que sean,/ por mi espíritu indómito.” La historia de este comunista, su vida clandestina en la Alemania de Hitler me marcó mucho. Yo creo que esa lectura fue fundamental para que yo pensara que los comunistas iban a salvar al Perú, nos iban a liberar de la dictadura de Odría. Entré a San Marcos seguramente porque creía que los comunistas estaban allí y que yo debía hacer contacto con ellos”.

Lo menos que puede decirse es que “La noche quedó atrás” es un libro arrollador, absorbente, que sumerge al lector en un mundo de pesadilla: el de la primera mitad del siglo XX en Europa y otras regiones del mundo. Lo escribió Richard Krebs, con el pseudónimo de Jan Valtin, y lo publicó en 1941 con un enorme éxito de venta. Hasta no hace mucho tiempo concitaba el entusiasmo de millones de lectores, pero la fama y el éxito son perecederos y la obra, sobre todo después “del fin de la historia”, comenzó a enfriarse y ya no parece tener mucho que decir a las nuevas generaciones. En especial a las nuevas generaciones de chateadores.

Desde la derecha la obra ha sido celebrada como “el mejor retrato del fanatismo político jamás escrito”, como una vulgar denuncia, la historia de un renegado, de una gran ilusión, un gran engaño, un gran desengaño,una gran estafa. Para peor, y a pesar de que el nazismo es la forma más perversa del capitalismo, desde esa misma derecha se quiere hacer creer que la obra pretende vender la idea de que el socialismo y el fascismo son la misma cosa. Desde la izquierda estalinista, por supuesto, se afirma que no es más que la biografía de un traidor, de una vulgar traición a la causa.

Pero “La noche quedó atrás” no es meramente la biografía del autor del libro, es la biografía de una época. Richard Krebs se entregó ciertamente a la causa del socialismo con la devoción de un fanático, de fanatismo ciego, pero era sobre todo un idealista, uno de esos soñadores que estaba dispuesto a entregar todo por su sueño, alguien que vivió por la revolución y el amor las ansias de redención de la humanidad en una época que se tragó todas las ilusiones y que surgió de una monstruosa conflagración bélica que dio origen a otra, a la más grande conflagración bélica que ha conocido la humanidad, al suicidio de Europa. A lo que Víctor Hugo hubiera llamado una guerra civil.

Desde la primera página, el libro nos seduce por la delicadeza y limpieza de una narración desprovista en todo momento de melodrama y extrañamente apacible. Reina la calma, pero es una calma inestable que antecede a la tormenta. El protagonista se retrata de cuerpo entero con unos cuantos trazos de antología y la tensión empieza a acumularse. Algo está por pasar y pasará:

CAPÍTULO I
Lumpenhund

Soy alemán de nacimiento. Sin embargo, mis años de juventud han transcurrido en puntos tan distantes entre sí como el Rin y el Yangtsé. Mi viaje empezó allí donde el Rin se desliza repentinamente hacia el oeste para abrirse un camino a través de las montañas antes de que doble para correr, ancho y rápido, otra vez hacia el norte, dejando atrás el Loreley y las torres de Colonia. Cierto día, en 1904, hallándose mi madre en el camino de Génova a Rotterdam, para reunirse con su esposo, que regresaba de un viaje por alta mar, sintió que había llegado la hora. Interrumpió, pues, su viaje, para dirigirse a la casa de unos conocidos en una pequeña ciudad, cerca de Maguncia. Allí dio a luz su primer hijo. Y antes de que yo contara un mes, me llevó a bordo de un vapor que navegaba por el Rin hacia Rotterdam.

Mi padre dedicó al mar el mayor tiempo de su vida. Pero a pesar de sus viajes por el mundo, conservó siempre la devoción del caminante por la tierra donde había nacido, una devoción de la que no he podido participar. Durante la década que precedió a la guerra mundial, mi padre fue agregado al servicio de inspección náutica del Lloyd Norte Alemán en el Oriente y en Italia. Era un empleo en tierra firme, que le permitía llevar a su familia de puerto en puerto, a costa de la compañía. Uno de los resultados de este nomadismo fue que yo, al contar unos catorce años, hablara, además de mi lengua nativa, algo de chino y malayo, teniendo también un conocimiento superficial del sueco, inglés, italiano y algo de esa jerga indomable del pidgin-English , es decir, del inglés que suelen hablar los culis chinos radicados en los puertos. Otro resultado fue que, desde niño, adquirí conciencia de mi inferioridad frente a los hombres que tenían el privilegio de vivir su juventud en un solo país, frente al fanatismo provocador de quienes han podido arraigarse y decir: «Ésta es mi tierra, éste es el mejor país». Todo esto me dio una triste inestabilidad. Mi desquite fue observar con desprecio de muchacho las sanas manifestaciones de los nacionalistas.




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sábado, 19 de junio de 2021

El oficio de vivir

Pedro Conde Sturla

18 junio, 2021

Oficio de vivir. Oficio de escribir. Oficio de morir. Los tres oficios fueron un poco la misma cosa en la vida y en la obra del escritor César Pavese. Un escritor que vivía y escribía y moría intensamente y que dejó una huella indeleble en la literatura italiana contemporánea.

En los libros de Pavese no sucede nada extraordinario. Tratan de la cotidianidad existencial, de la existencial cotidianidad. Pavese es un escritor introspectivo, volcado siempre hacia dentro. Construye mundos interiores sobre el escenario de una inmediatez neorrealista en el que desfilan personajes de la llamada vida real y de la vida irreal. Toda su obra, su oficio de vivir y de morir, es puro monólogo interior, una continua reflexión. Pavese escarba continuamente en sus personajes, tanto como en sí mismo. Presiente que todas las victorias son derrotas secretas y que “la cosa más secretamente temida ocurre siempre”.

Escribe un poco más de una docena de libros (poemas, novelas y relatos) en los que su sentimiento de soledad y desarraigo se reafirman constantemente : Trabajar cansa, Pueblos tuyos, La playa, La cárcel, Antes de que el gallo cante, El bello verano, el Compañero, Diálogos con Leucó, Entre mujeres solas, El diablo en las colinas, La luna y las fogatas.

A pesar de la variedad de los títulos, y de los variados motivos de su arte, el tema de la soledad es el gran tema. El tema reincidente. La obra de Pavese termina donde comienza: “Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros”.

El oficio de vivir, el diario que escribió durante gran parte de su vida, es el gran testimonio de su drama existencial.

Lo que escribe César Pavese, a los cuarenta y dos años de edad, el 16, 17 y 18 de agosto de 1950 en ese diario íntimo, es el testimonio desgarrante y abrumador de la soledad de un escritor. Un triunfador vencido. La enésima reafirmación de su vocación fatalista. La frágil condición de un ser humano. De los seres humanos.

La literatura le dio todos los triunfos, pero la vida le dio todas las derrotas. Derrotas sentimentales. A sus triunfos le “faltaba la carne”. Ahora la inútil espera, quizás la esperanza de realización a través del amor, ha terminado. Ahora “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

16 de agosto

Querida mía, quizá tú seas verdaderamente la mejor —la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber —y además, si todavía pudiese, queda la prueba, la prueba, el malogro.

Veo hoy claramente que desde los 28 hasta hoy siempre he vivido bajo esta sombra —alguien la llamaría un complejo. Diga sin embargo que es algo mucho más sencillo.
También tú eres la primavera, una elegante, increíblemente dulce y flexible primavera, suave, fresca, esquiva —corrompida y buena—, «una flor del dulcísimo valle del Po», diría quien yo sé.

Y sin embargo tú eres sólo un pretexto. La culpa, después de mía, es sólo de la
«inquieta acongojada que sonríe ella sola».

¿Por qué morir? Nunca he estado tan vivo como ahora, nunca tan adolescente.
Nada se suma al resto, al pasado.

Volvemos a empezar siempre.

Un clavo saca otro clavo. Pero cuatro clavos hacen una cruz.

Mi papel público lo he hecho hasta donde he podido. He trabajado, he regalado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos.

17 de agosto

Los suicidios son homicidios tímidos. Masoquismo en vez de sadismo.

El placer de afeitarme después de dos meses de cárcel —de afeitarme yo, delante de un espejo, en una habitación del hotel, y fuera estaba el mar.

Es la primera vez que hago balance de un año todavía no terminado.
En mi oficio soy rey.

En diez años lo he hecho todo. ¡Si pienso en las dudas de entonces!

Nunca he estado más desesperado y perdido que entonces. ¿Qué he conseguido?

Nada. He ignorado durante unos años mis taras, he vivido como si no existiesen. He sido estoico. ¿Era heroísmo? No, no me ha costado nada. Y luego, al primer asalto de la «inquieta acongojada», he vuelto a caer en las arenas movedizas. Desde marzo me debato en ellas. No importan los nombres. ¿Son algo más que nombres al azar, nombres casuales —si no aquéllos, otros? Queda que ahora sé cuál es mi más alto triunfo —y a este triunfo le falta la carne, le falta la sangre, le falta la vida.

No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora.

Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré.

¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?

18 de agosto

Siempre sucede lo más secretamente temido. Escribo: Oh Tú, ten piedad. ¿Y después?
Basta un poco de valor.

Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de
vivir, y se debilita la idea del suicidio.

Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujerzuelas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.

Todo esto da asco.

No palabras. Un gesto. No escribiré más.

(El oficio de vivir | Cesare Pavese | Descargar epub y pdf gratis | Lectulandia https://www.lectulandia.co/book/
el-oficio-de-vivir/)

“El sábado 26 de agosto de 1950 Cesare deja la casa de su hermana María con un maletín que únicamente contenía un libro para no regresar nunca más”.

Nota: Cesare Pavese: El cadáver de la habitación 346 | EL ESPECTADOR
El domingo 27 de agosto de 1950 (...) el conserje y el dueño del Hotel Albergo Roma, en Turín, ambos un poco nerviosos, se dirigieron con la llave maestra a la habitación 346. El hombre de gafas y de nariz larga que la alquiló el día anterior, había exigido que tuviera teléfono. Fue complacido. Sin embargo, el cliente no había llamado a la recepción, no había salido, nadie lo había solicitado. Lógico, antes de intentar entrar tocaron la gruesa puerta de madera y lo llamaron en voz alta tres veces. Quedaron a la expectativa. Les respondió el silencio. El ya conocido silencio de los malos augurios.

(https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/cesare-pavese-el-cadaver-de-la-habitacion-346-article/).




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sábado, 12 de junio de 2021

Agua difunta

Pedro Conde Sturla
14-06-2021 00:03
Galería de los espejos del palacio de Versalles.
Almanzor Armando el Boteich, el conocido erudito y poliglómata entrebajeño, me advirtió muchas veces que no pasara frente a un espejo, que no me acercara ni siquiera a un metro de distancia, ni siquiera por detrás, y que tuviera cuidado con el agua que se escapaba por debajo. El agua difunta del espejo, como le llamó el poeta Villegas. Nuestro Víctor Villegas. El caballero. No el prosaico español de mala fama.

La gente común no se imagina la cantidad de cosas desagradables y podridas que habitan bajo la engañosa superficie bruñida del espejo y las cosas horribles que suceden. Los espejos lo ven todo, lo saben todo, atraen a los narcisistas y vanidosos y también a los incautos, y cuando se acercan demasiado los atrapan. Los condenan a una prisión más que perpetua. No hay peor prisión que la del espejo. Los prisioneros del espejo están condenados a contemplarse de por vida, a pedir inútilmente auxilio a los pasantes.

Cuando mueren se quedan entre los vivos, en un infierno paralelo, y hacen un ruido ensordecer que sólo se puede escuchar a ciertas horas de la noche. La única salvación para ellos es que alguien rompa o cubra el espejo, todos los espejos del mundo. Todas las trampas de azogue infernal con el que convivimos.

Esas, y otras muchas cosas, las dice el mencionado Armando Almanzor el Boteich, en un tratado clásico sobre el tema. El vasto y enciclopédico Almanzor Armando.

Además, los espejos pueden cambiar de lugar. En días pasado estaba yo leyendo cuando sentí una presencia a mi espalda: el espejo estaba detrás, leyendo también por encima de mi hombro. Luego empezó a maquillarse, a ponerse ropa de mujer. Un espejo puede enloquecer y cambiar de sexo. No sólo de lugar.

Yo había escrito anteriormente sobre el peligro que representan los espejos, pero sólo el mencionado Armando pareció entender la gravedad del asunto. Recuerdo que me escribió, en una ocasión, con mucho afecto y mucha preocupación, aconsejándome tomar distancia del maligno enigma del espejo, del maldito espejo que es un pozo maligno que se repite sin cesar, malignamente... Algo tan escurridizo y furtivo como la paradójica identidad humana. Identidad del uno y del otro, el azogue y el ser, que se hurtan a todo unívoco desciframiento...

También escribí, para advertir a los incautos, sobre los peligros que podía encerrar un simple callejón sin salida, sobre los muertos y desaparecidos que se mecen en las mecedores, las falacias de las rotondas en los alrededores de Boca Chica o del viento frío debajo de la cama, he advertido sobre la presencia de ciguapas y galipotes, de lugares donde se puede entrar y no se puede salir, del horror y las desdichas de ciudades perdidas irremediablemente y sin retorno, de tierras de nadie donde no se puede dar un paso hacia adelante ni hacia atrás, de algunos infiernos alucinantes, ficciones y adivinaciones de género esotérico y trashumante... Todo lo que me enseñara alguna vez el ilustre poliglómata entrebajeño en prolíficas noches del Palacio de la esquizofrenia. El discreto y muy celebrado Almanzor Armando el Boteich.

Nada hay nada peor que los espejos: los engañosos espejos que nos enseñan su sonriente cara y nos ocultan la podredumbre que habita dentro. La sutil telaraña del espejo, el horror de los espejos que se manifestó de manera tan elocuente en el palacio del Rey Sol. El llamado Rey Sol que era más sombra que luces. El de París de Francia. El de don Luis XIV.

Fue él quien mandó a construir aquel engendro. La llamada Galería de los espejos que fue su perdición.

A Luis XIV le encantaba follar frente al espejo en la famosa Galería de los espejos del Palacio de Versalles, multiplicarse hasta el infinito entre dos espejos, verse de perfil y de culo y de cabeza al mismo tiempo, sin sospechar el peligro que corría. Hasta que un día vio lo que no quería haber visto nunca. Y desde entonces mandó a cerrar la galería. A su hermano LGTBI le prohibió específicamente, personalmente, terminantemente la entrada porque al hermano le gustaba elegetebiar en público y eso estaba prohibido en la corte.

Sin embargo, el hermano se las arreglaba para entrar en olor de multitudes. La multitud de multitudes que se reflejaban alegremente en la fastuosa Galería de los espejos del Palacio de Versalles.

Para dar una idea de la magnitud del espanto basta decir que la Galería de los espejos, la galería de horrores del palacio de Versalles, tenía infinitas ventanas y centenares de espejos gigantes colocados frente a frente, y desde luego parecía un escenario de cuentos de hadas cuando la luz entraba a raudales.

Todo estuvo bien, parecía estar bien hasta que el agua comenzó a escaparse por debajo de los espejos. Aquel diluvio solamente podía significar una cosa: los muertos se estaban quedando sin agua y agonizaban, empezaron a salir en manadas y se chupaban a los habitantes del palacio como si fueran frutas maduras y los enterraban vivos en la prisión del azogue para seguir chupando.

El horror de los espejos es algo que conocieron los infelices habitantes del Palacio de Versalles. El horror y el escándalo que llevaron a la clausura y demolición del palacio.

El hecho es que los espejos se disimulan, se “hurtan”, como dice el maestro Armando, tienen doble cara, participan en las cosas de los pobres y en las fiestas de los ricos y la realeza como se ha visto. En días claros, muy claros, pueden ser luminosos felices y sonrientes y mostrarse alegres e inofensivos pero en cuanto disminuye la luz o disminuye el agua muestran su verdadero rostro, no sólo reflejan la parte superficial de tu entorno sino todo lo que sin saberlo te rodea las cosas lúgubres que habitan dentro y fuera de nosotros. En un momento así el maestro Armando no recomienda pararse frente a un espejo, ni siquiera a prudente distancia. No lo mires ni te mires, si te quedas mirando al espejo vas a ver los muertos y vas a ver cosas vivas que son peores, cosas que ni soñabas que existen y viven allí arrinconadas, en el infierno del espejo.

Para peor, hay espejos y criaturas dentro del espejo que se dedican a atrapar niños, niños que nunca aparecen o vuelven con el cuento de Alicia en el país de las maravillas.

Lo más peor que peor es que cuando el agua empieza a escaparse no hay nada que hacer, como sucede ahora, en este mismo momento, en muchos sitios.

Es lo que, lamentablemente, parece estar sucediendo en el Salón de las cariáritides del Palacio Nacional, donde no había espejos originalmente y no se supone que los haya. Hace unos días llamaron a Almanzor Armando para estudiar el problema.

Y el problema es que Armando ha desaparecido.

sábado, 5 de junio de 2021

Las leyes en la corte de los milagros

Las leyes en la corte de los milagros

Hay que destacar que las leyes en la corte de los milagros tienen un carácter didáctico, educativo, práctico, espartano.

07-06-2021 Gringoire en la corte de los milagros

Nadie puede imaginar cómo me sentía yo contemplando desde las páginas de Nuestra señora de París aquel ambiente tan sórdido y tenebroso adonde me había conducido, como quien dice de la mano, el gran Víctor Hugo en compañía de Pierre Gringoire. Era un lugar tan intrincado y peligroso que ni los mismos habitantes estaban allí seguros, y se perdían incluso de vez en cuando en su propio laberinto. Ningún extraño entraba, a menos que no fuera por equivocación o por la fuerza. Hasta los albañiles que por casualidad o demagogia eran designados para construir o reparar cualquier obra eran asesinados sin piedad. Además, todo olía peor que en Dinamarca.

No es que el espectáculo que ofrecía la corte de los milagros fuera tan degradante como el de la cámara de diputados o senadores, o cualquier otra institución de cualquier país moderno como el nuestro. En ese barril sin fondo se pierde el patrimonio de países enteros sin posibilidad de recuperarlo, y el ejercicio de la justicia es pura ficción. Hasta los magistrados, que por casualidad o demagogia son designados para encarar la corrupción, corren el riesgo de ser asesinados y el olor a podrido no es mejor que en Dinamarca.

La situación de Gringoire era, desde luego, crítica, pero no desesperada. Sus jueces y verdugos lo querían ahorcar, pero no le tenían inquina ni albergaban algún tipo de mala fe o resentimiento contra su persona, como sucede en todas partes con los juicios de la justicia ordinaria. Incluso le ofrecían una salida que Gringoire no dejó de aprovechar: convertirse en truhán, en uno de ellos.

“—Oye —dijo Clopin a Gringoire, pasándose la callosa mano por la disforme barba—: no veo por qué razón no te hemos de ahorcar. Verdad es que la cosa no parece ser de tu gusto, y es natural, porque vosotros la gente decente, no estáis acostumbrados a ello, y os lo imagináis como una gran cosa. Al fin y al cabo, maldita la tirria que te tenemos, y en prueba de ello, vamos a darte un medio para salir del paso. ¿Quieres ser de los nuestros?

“Fácil es conocer el efecto que produciría esta proposición en Gringoire, que sentía írsele escapando la vida, y que empezaba ya a perder toda esperanza. Se agarró a ella con toda energía.

“—Seguramente que quiero —dijo.

“—¿Consientes —repuso Clopin—, en alistarte en la compañía de la Llamita?

“—De la Llamita precisamente

—respondió Gringoire.

“—Has de observar —repuso el rey—, que no por eso dejarás de ser ahorcado.

“—¡Cáspita! -dijo el poeta.

“—Solamente —continuó imperturbable Clopin—, serás ahorcado más adelante, con más ceremonia, a costa de la buena ciudad de París, en una horca de piedra y por gente honrada. Siempre es un consuelo”.

Gringoire vio en ese momento el cielo abierto y empezó a sentirse tranquilo, pero para ser aceptado como ciudadano de la corte de los milagros había que cumplir con otros requisitos, pasar una prueba muy difícil: registrar un maniquí sin hacer sonar los cascabeles ni campanillas que tenía adheridos. Algo así cómo robar gallinas y esconder las plumas al mismo tiempo sin que se produjera el más mínimo cacareo:

“Serenóse en fin monseñor Clopin.

“—Canalla —dijo a nuestro poeta—. ¿Con que quieres ser truhán?

“—Sin duda -respondió el poeta.

“—Es que no basta querer —dijo el severo Clopin—; los buenos deseos no añaden una cebolla en el puchero, y no sirven más que para ir al cielo; y el cielo es una cosa y el hampa es otra. Para ser recibido en el hampa, es preciso que pruebes que eres útil para algo y para eso, es necesario que registres el maniquí.

“—Registraré —dijo Gringoire—, todo lo que queráis.

“Hizo Clopin una señal: salieron del círculo algunos hampones, y volvieron un momento después trayendo dos vigas terminadas en su extremidad inferior por dos espátulas de madera con que podían sostenerse en el suelo. Adoptaron a las extremidades superiores de ambas vigas un madero transversal, con lo que formaron una horca portátil sumamente cuca, que Gringoire tuvo la satisfacción de ver armada en una santiamén, y a la que no faltaba adminículo alguno, ni aún la cuerda que se mecía con suma gracia debajo del travesaño.

“—¿Adónde irán a parar? —dijo para sí Gringoire con alguna inquietud cuando puso fin a su agonía un ruido de campanillas que oyó en el instante mismo, producido por un maniquí que suspendieron los hampones por el escuezo a la cuerda, especie de espantajo, vestido de colorado y tan cubierto de cascabeles y campanillas que hubiera bastado con ellas para enjaezar treinta mulas castellanas. Aquellas mil campanillas sonaron un buen rato con las oscilaciones de la cuerda, fueron luego callando poco a poco, y callaron por fin cuando quedó inmóvil el maniquí por aquella ley del péndulo que ha destronado a la clepsidra y al reloj de la arena”.

Hay que destacar que las leyes en la corte de los milagros tienen un carácter didáctico, educativo, práctico, espartano. Preparan de muchas maneras a los ciudadanos, los curten, los endurecen, los someten a las más recias disciplinas para que sean capaces de afrontar las más duras pruebas en los peores trances de la vida.

“—Mira, hermano —le dijo—, charlas demasiado. Oye en dos palabras de lo que se trata; vas a empinarte sobre el pie izquierdo, como te iba diciendo; de este modo alcanzarás hasta el bolsillo del maniquí; le registrarás; sacarás de él una bolsa que contiene, y si logras sin hacer sonar una sola campanilla, venciste: serás hampón. Ya no tendremos que hacer más que derrengarte a palos durante ocho días.

“—¡Vientre de Dios, él me libre!

—dijo Gringoire—. ¿Y si hago sonar las campanillas?

“—Entonces serás ahorcado.

¿Entiendes?

“—Ni jota —dijo Gringoire.

“—Pues oye. Vas a registrar el maniquí y sacarle la bolsa; y si en esa operación mueves una sola campanilla, serás ahorcado. ¿Lo entiendes?

“—Bueno -

—dijo Gringoire—. ¿Y luego?

“—Si sacas la bolsa sin que se oigan las campanillas, eres hampón y te derrengaremos a palos durante ocho días. ¿Entiendes ahora?

“—No señor; maldito si entiendo ¿Pues dónde está lo que gano? Ahorcado en un caso, derrengado a palos en otro...

“—¿Y el ser hampón? —repuso Clopin—, y el ser hampón, ¿lo cuentas por nada? Te apalearemos por tu bien, para acostumbrarte a los porrazos”.

Imaginemos ahora por un momento, sólo por un momento, el beneficio que reportaría a nuestros países si los miembros de las cámaras y los ministros y demás funcionarios del gobierno tuvieran que pasar por una prueba y un castigo semejantes para convertirse en truhanes y ejercer la carrera legalmente

domingo, 30 de mayo de 2021

Imaginario del 30 de nunca

Pedro Conde Sturla

La bestia había salido, como de costumbre, a pasear por el Malecón en compañía de sus fieles. Esa noche lo acompañaban, de acuerdo a informes dignos de crédito,   Miguel Ángel Báez Díaz, Arturo Espaillat, Rafael Paíno Pichardo, Jhonny Abbes García, Luis Rafael Trujilllo (Nene), Augusto Peignand Cestero, el general José René Román Fernández (Pupo), jefe de las Fuerzas Armadas, y su edecán militar, el coronel Marcos Jorge Moreno. Al grupo se uniría después Virgilio Álvarez Pina (alias Cucho). Un selecto grupo de sus mejores hombres, entre los que no faltaban matarifes, torturadores, aduladores, sicofantes…

Quizás no lo sabía (o quizás así lo quería), pero todos en su compañía se sentían cohibidos, temerosos, inseguros. Sus cambios de humor y sus rabietas eran cada vez más frecuentes y su desconfianza en esa época se acercaba al límite de la paranoia. Sospechaba sin duda que algunos de sus fieles más fieles, incluso algunos de los que lo acompañaban, comenzaban a ser infieles. Y lo peor, para la bestia, es que no estaba equivocada. Sus sospechas no eran infundadas. Junto a la bestia caminaban esa noche por lo menos dos conspiradores. La negra bestia de la muerte caminaba junto a la bestia esa noche y la bestia no lo sabía.

xxx

Ahora lo estaban esperando en las sombras al sombrío y siniestro, ahora iba a pagar la bestia inmunda, a malpagar con unos minutos de terror lo que no podía pagar en el peor de los infiernos, si acaso hubiera infierno.

La estaban esperando a la fiera infernal conf más de treinta años de  retraso, pero sí que la esperaban y desesperaban y temblaban, con miedo, con angustia, con los corazones oprimidos por la ansiedad y el odio, la dilación, la espera, el sudor que corría a borbotones, la tensión que agarrotaba las manos y los sentidos, pero dispuestos a todo, finalmente dispuestos al todo por el todo.

Estaban sudando a mares, probablemente, a causa del calor que sentían por dentro, la caldera que estaba a punto de estallar, los nervios que parecían a punto de reventar, la tensión que trataban de disipar con aquellos movimientos compulsivos de las manos y los dedos que acariciaban los hierros.

La presión de todos esos días que se convirtieron en semanas y meses había ido en aumento y ahora llegaba a un punto culminante que era también un punto muerto. Ya no había vuelta atrás, quizás lo peor había pasado. ¿Cómo habían podido soportar durante tanto tiempo las dudas, las vacilaciones, el temor a ser descubiertos, a la delación por parte de sus propios compañeros, la zozobra cotidiana de aquella permanente incertidumbre? ¿Cómo habían podido eludir la vigilancia del temible Servicio de Inteligencia Militar, cómo se habían podido encubrir, disimular, frente a los ojos de sus potenciales enemigos y sobre todo de sus seres queridos, cómo habían podido mantener oculto a sus esposas, hijos, padres, hermanos y demás familiares los hilos de una trama que afectaría las vidas de inocentes y culpables?

Ya no había vuelta atrás. Pero lo peor no había pasado. El precio que ellos podían pagar lo habían calculado al milímetro. El que pagarían sus familiares era imponderable.

xxx

La bestia se repantigó en el confortable asiento trasero del Chevrolet Bel Air azul y le ordenó a Zacarías de la Cruz que enfilara para San Cristóbal. Acarició, sin proponérselo, casi inconscientemente, la culata de su fiel compañera.

Era una Thompson. Un fusil o subfusil ametralladora, una de esas máquinas de matar diseñada o inventada por John Tagliaferro Thompson en 1919. El arma favorita de Al Capone, de los gánsteres de Chicago y los agentes federales  durante la gloriosa época de la prohibición en los Estados Unidos.

Una sonrisa de placer le  bañó el rostro. No era la habitual sonrisa de hiena que exhibía en público para atemorizar a la concurrencia y a veces sin darse cuenta. Ahora tenía una sonrisa beata, casi de santidad. La sonrisa del santo que esperaba su recompensa. En la casa de caoba de la Hacienda Fundación lo esperaba una muchachona de carnes firmes, muy firmes.

Nunca supo en qué momento escuchó un estruendo que salió como quien dice de la nada, un sonido espantoso, un rechinar de vidrio, un alarido de metal que retumbó dentro del lujoso vehículo del año y sintió un fuego, un fuego intenso y agrio que penetraba en su cuerpo, un violento empujón y el fuego intenso y agrio…

Probablemente la muchachona se quedaría esperándolo esa noche.

xxx

El Chevrolet negro, con las luces apagadas, se acercó por detrás al Chevrolet azul y el motor rugió como una fiera. El disparo sonó igual que un cañón, produjo una enorme detonación que parecía de escopeta y durante un segundo ahogó el rugido de fiera del motor. Luego el conductor encendió las luces, aceleró y se emparejó con el carro del Jefe por la derecha, internándose por el paseo. Sus ocupantes dispararon con armas automáticas, con todo lo que tenían. El mayor Zacarías de la Cruz, el valiente y leal chofer de la bestia, dice que embistió con el auto suyo al de los agresores, tratando de sacarlo de la pista, pero el otro tenía un motor más potente y lo rebasó. Zacarías tuvo que pisar el freno para evitar una colisión.

Zacarías dice que el querido Jefe le dijo que estaba herido, ordenó que detuviera el vehículo y salieran a pelear. Zacarías le dijo que iba a tratar de evadirlos y regresar a la ciudad. El Jefe repitió la orden, le dijo que detuviera el auto y bajaran a pelear. En ese momento Zacarías intentó dar la vuelta, un giro desesperado, y le faltó poco para lograrlo. El auto quedó varado en la hierba, a un lado de  la carretera, en dirección contraria a la que venía.

Zacarías dice que se volvió hacia atrás y vio cuando el valiente Jefe abría la puerta izquierda, la ropa tinta en sangre, posiblemente mal herido. El vehículo de los asaltantes estaba al frente, del lado opuesto, y el Jefe avanzó hacia ellos con decisión temeraria, disparando con su pequeño revólver 38 de cañón corto. Los traidores respondían con un nutrido fuego de armas largas. Zacarías dice que también estaba herido y le echó manos a un  fusil M-1 y empezó a disparar. El Jefe seguía avanzando y disparando, evadiendo como por arte de magia la metralla enemiga. Zacarías lo vio, luchando todo el tiempo como una fiera enfierecida, hasta el momento en que se desplomó lentamente como un titán sobre el pavimento.

Cuando el cargador del M-1 agota su escasa provisión de municiones, Zacarías toma una metralleta, una Luger de cañón corto, y continua disparando a conciencia, racionando las balas para sostener un combate que suponía que iba a ser largo. Uno de los asaltantes se acerca al cuerpo del Jefe, posiblemente con la intención de darle un tiro de gracia. Zacarías le dispara y lo hiere, ve cuando se retira y escucha sus gritos. Otro asaltante se acerca al caído y corre la misma suerte: Zacarías lo derriba de un plomazo y cree que está muerto, pero luego ve que se incorpora y vuelve atrás, corriendo cobardemente hacia su auto.

La provisión de balas de la Luger también se agota. En ese momento, sólo en ese momento, Zacarías sale del auto, abre una puerta trasera y toma la poderosa ametralladora Thompson que el Jefe había dejado en el asiento, rastrilla el arma y se dispone a acabar con los taimados agresores. Entonces siente un impacto en la sien derecha y es lo último que recuerda. En el combate había recibido un balazo en cada pierna, uno en un tobillo, uno en un muslo, otro en el vientre, dos en el hombro derecho y finalmente uno en la sien derecha que le fracturó el parietal.

Cuando despertó, al cabo de un tiempo indeterminado, se sentó en una verja. El cadáver del querido Jefe y su Chevrolet Bel air azul ya no estaban. Zacarías recibió ayuda de unos campesinos. Alguien lo llevó a la ciudad y lo internó en el Marión, un hospital militar.

xxx

Los del Chevrolet sudaban la gota gorda. Sudaban como caballos y sus razones tenían para sudar mientras esperaban que la bestia hiciera su aparición. Se habían estacionado casi a tiro de piedra frente al Coney Island de la Feria, la pomposa Feria de la Paz y confraternidad del mundo libre, y mantenían las luces apagadas, por supuesto. La conversación apagada, a veces cáustica, nerviosa.

Unos tres kilómetros más adelante, y quizás también sudando a mares, esperaban Tejera y Livio Cedeño en el Oldsmobile.

Roberto Pastoriza estaba solo en un Mercury. La camisa empapada de sudor.

Imbert quizás sudaba más que los otros, sudaba copiosamente y el sudor le corría seguramente por los mofletes, por las manos regordetas y quizás torpes. Estrella Sadhalá y Antonio de la Maza, junto al veterano teniente García, contenían de alguna manera la impaciencia, pero todos sudaban copiosamente y la maldita bestia no aparecía.

Imbert estaba al frente del volante. El sería el único sobreviviente del grupo de los conjurados que tomaron parte en el besticidio, él daría la versión oficial de los hechos, él crecería en su estatura heroica en cada versión de los hechos.

En la versión oficial de los hechos ocurrirían cosas que no se han podido desde luego comprobar y tampoco desmentir, en la versión oficial la bestia recibiría heridas que no recibió: la herida desgarrante que le destrozó el hombro en la refriega, la herida que no vieron y desmintieron los médicos que vieron el cadáver. 

El se arrastraría junto a los demás por el suelo hasta llegar a pocos metros de la bestia, él apuntaría con su revólver desde el suelo y dispararía dos veces, la bestia caería bajo el fuego de sus disparos certeros, una bala le daría en la barbilla, se caería de espaldas, moriría inmediatamente. No se movería más. Él lo hizo todo, casi todo.

Ocurrirían otras cosas heroicas e imposibles de comprobar. La bestia ordenaría detener el auto y bajarse a pelear. Se bajaría del auto, cuando ya estaba herido, enfrentaría a los conjurados, avanzaría hacia ellos disparando con su revólver 38, caería finalmente abatido, heroicamente abatido, mientras Zacarías vaciaba una ametralladora tras otra, sin darle tregua a sus oponentes.

¿No berreó la bestia como un chivo, no se ensució en los pantalones? ¿Lo dieron por muerto a Zacarías o se hizo el muerto, se escondió o salió huyendo? Los dos únicos sobrevivientes se apropiaron de la versión de los hechos y todo lo demás son conjeturas. Lo único que permanece claro es que a la bestia la ejecutaron esa noche. Todo lo demás pertenece al imaginario colectivo

sábado, 29 de mayo de 2021

Un juicio en la corte de los milagros

Pedro Conde Sturla

28 mayo, 2021

Víctor Hugo siempre tenía una mirada para los desposeídos, una manera de mostrar a sus coetáneos cómo vivía la mayoría de la gente, y en especial los menos afortunados. Se empecinaba muchas veces en hacernos ver el lado podrido de las cosas a las que la mayoría de la gente daba la espalda, las cosas que mucha gente ignoraba o pretendía ignorar.

Lo que se esconde detrás de la corte de los milagros, de ese cruel eufemismo, ese término tan cruelmente poético, es la tragedia social, el infierno en que se veía condenada a vivir una gran parte de la población. De hecho muchos habitantes de París y otras grandes ciudades vivían del milagro cotidiano en una especie de corte donde casi todo faltaba. La corte, o mejor dicho las innumerables cortes de los milagros, eran el resultado de la desigualdad, el precio que se pagaba por el empeoramiento de las condiciones de vida, el lugar adonde iban a parar los desalojados de las zonas rurales, los inválidos, los mutilados de guerras, de tantas guerras. El escenario de frecuentes levantamientos, revueltas que terminaban ahogadas en sangre.

“Como sucede en muchas otras ocasiones, la historia o aquellos que pretenden transmitirla se quedan en la superficie de los acontecimientos. La Corte de los Milagros, aquella en la que los ciegos veían y los tullidos caminaban, es el envoltorio de una circunstancia mucho más dura y desoladora, que nos habla de la situación en la que se encontraba gran parte de la población de París y Francia entre los siglos XVII y XIX. Una sociedad empobrecida, obligada a subsistir en barrios caóticos y probablemente sobrepoblados a través de la mendicidad, el latrocinio o la prostitución. Un término satírico para describir un hecho anecdótico, que ha subsistido a lo largo de la historia, y que, en el fondo, solo pretendía esconder aquello que sus congéneres no deseaban ver”.
(https://eloctavohistoriador.com/2019/09/19/sabias-que-37-la-corte-de-los-milagros/)

A esta corte de los milagros transformada en corte de justicia, “una taberna de ladrones, tan manchada de sangre como de vino” había sido arrastrado el aterrorizado Pierre Gringoire. La forma en que la describe Víctor Hugo, con una tinta sombría y un sentido muy negro del humor, de corrosivo humor social, recuerda de alguna manera que las cosas no han cambiado tanto desde entonces, que una corte de los milagros y una corte de justicia y una taberna ensangrentada y un prostíbulo son términos intercambiables:

“El espectáculo que se ofreció a sus ojos, cuando su desarrapada escolta le depositó por fin en el término de su carrera, no era muy a propósito para inspirarle ideas de poesía, ni aún de poesía de infierno; veía más que nunca la prosaica y brutal realidad de la taberna”.

Pierre Gringoire tiene razones para tener miedo, razones para temer lo peor:

“En derredor de una inmensa hoguera que ardía sobre una ancha losa redonda y que penetraba con sus llamas los enrojecidos pies de un trébedes vacío a la sazón, veíase por una parte y por otra algunas mesas cojas, colocadas a la casualidad, sin que el más ruin lacayo geómetra se hubiese dignado arreglar su paralelismo, o cuidar a lo menos que no se cortasen formando ángulos sobradamente inusitados. Relucían sobre aquellas mesas algunos jarros llenos de vino y de cerveza, alrededor de los cuales se agrupaban numerosas caras báquicas, purpurantes de fuego y de vino. Veíase aquí un hombre de enorme panza y de jovial semblante, que abrazaba sin rebozo a una ramera ancha y carnuda; allí un especie de perdona-vidas, un valentón, como se decía en caló, que desataba silbando las bandas de su supuesta herida, y sacaba a relucir su sana y vigorosa rodilla, fajada desde por la mañana con cien mil ligaduras; acullá preparaba un pordiosero con escrofularia y sangre de toro su pierna de Dios para el siguiente día. Dos mesas más abajo, un palmero con su traje completo de peregrino deletreaba la canción de Santo Dios, Santo inmortal, sin olvidar la salmodia ni el competente acento gangoso; aquí un joven hampón daba lección de epilepsia con un gitano viejo que le enseñaba el arte de echar espumarajos por la boca mascando un pedazo de jabón; más allá se desinflaba un hidrópico, haciendo taparse las narices a cuatro o cinco ladronas que se disputaban en la misma mesa un niño robado aquella noche”.

El personaje que parecía más prominente era un mendigo que estaba sentado en “un tonel junto a la hoguera (...) como un rey sobre su trono”. Su nombre era Clopin Trouillefou, y con otros dos funcionarios de no menor importancia, presidía el juicio, No tenían bienes, desde luego, aparte de los harapos que los cubrían, pero se sentían revestidos de una gran dignidad y se otorgaban títulos pomposos que recuerdan que todos los títulos del mundo son igualmente pomposos y que la vanidad, no la esperanza, es lo último que se pierde si acaso alguna vez se pierde. Igualmente estaban provistos de un un cierto sentido de la ética y de las más firmes convicciones amorales.

“—¡Por las uñas del diablo! —interrumpió Clopin—, di tu nombre, canalla, y nada más. Escucha: estás delante de tres poderosos soberanos, yo, Clopin Trouillefou, rey de Tunia, sucesor del Gran Coesre, señor soberano del reino de la Germania; Matías Ungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia, aquel viejo amarillo que está allá abajo con una almohadilla de fregar alrededor de la cabeza, y Guillermo Rousseau, emperador de Galilea, aquel gordo que no nos escucha, y que está requebrando a aquella tía.
“—Nosotros somos tus jueces: tú has entrado en el reino de la Hampa sin ser hampón, y has violado por consiguiente los fueros de nuestra ciudad; y serás castigado, a menos que seas capón, tuno o tumbón, es decir, en el caló de la gente honrada, ladrón, pordiosero o vagabundo. ¿Eres algo por este estilo? Justifícate; enumera tus cualidades.

"—Basta —repuso Trouillefou sin dejarle acabar—; vamos a ahorcarte. Cosa justa, ¡señora gente de bien! Como vuestra señoría trata a los suyos en la nuestra: la ley que hacéis a los truhanes, os la hacen los truhanes a vosotros; vuestra es la culpa si la ley es dura. Justo es que de vez en cuando se vea una cara de hombre honrado encima del collar de cáñamo; eso le honra. Ea, compadre, reparte alegremente tus guiñapos entre esas damiselas; ahora voy a hacerte ahorcar para divertir a los hampones, y luego les darás tu bolsa para echar un trago. Si tienes que hacer alguna momería, allá en el fregadero hay un famoso Dios Padre de piedra que hemos robado en la iglesia de Saint-Pierre-aus-Bœuís: cuatro minutos tienes para meterle tu alma por los hocicos”.




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sábado, 22 de mayo de 2021

This Afternoon I Saw the Rain

Translation, Short storyComment

This year marks the 60 anniversary of the assassination of Dominican dictator Rafael Leónidas Trujillo. It also marks the end of his brutal thirty-year regime (1930-1961). In commemoration of this important event, Esendom is publishing an English translation of a short story by Pedro Conde Sturla which he dedicated to the poet Ramón Tejera Rosas. The original in Spanish appears in the short story collection Los ritos ancestrales (2018). This short story also appeared in the online literary portal Letralia. This short story was translated with permission from the author.

The backdrop of “This Afternoon I Saw the Rain” (Esta tarde vi llover) is the Trujillio dictatorship itself. The short story takes its title from a popular bolero by Mexican lyricist Armando Manzanero. Like a bolero song, this allegorical snapshot of youth and everyday life under an oppressive regime fills the room with a slow-tempo melody. The music here is personal, open to interpretation. The story could easily be construed either as a meditation on teenage love, friendship and youthful mischief; or simply put, as a tender love letter full of heartbreak, nostalgia and good memories. 

 All throughout, rainfall plays a central role, a trope that pieces together the chronology of events as the past becomes a footnote of hurt and joy and at times, a meditation of the changing of the seasons. 

Read the short story in Spanish


Mochoxita/Esendom

This Afternoon I Saw the Rain by Pedro Conde Sturla

Translated by Amaury Rodriguez

I hardly remember having loved you. I hardly remember having loved you at all now that you carefully slip away from me now. That curling braided, yellow hair and the distant, whimsical smile. The black pupil in your eyes. That spark that lights the fire of nostalgia. The bonfire that sculpts and draws— and in the words of the poet— the smoke of your face.

Those were unfortunate rainy days. At that time of teenage rain, the dim light evenings bloomed in your braids like a sweet twisted rose. In those days, it hardly rained but I remember that I loved you, and I remember that, just like me, you loved rainy days; those delinquent and cordial days that in the smooth contour of things acquire a double presence in the water, and the air of the city feels dense, full of poetry.

In those days, there was an element of magic in the rainy city, a mysterious aura. The melancholic rain falling softly on the gentle April sunsets and the end of May. There was a contrast between the mournful mist, and the charm of the Venezuelan Oak trees in Bolivar Avenue, their colors brilliantly exploding in unison.

After May, there was, above all, in that bucolic and deceptively peaceful setting, a violent contrast with an almost sinister touch. The reserved air of certain luxury houses with shut windows, closed doors and large houses locked as though they were empty. There was a dense harrowing impression: The Terror. A metaphor: A metaphor of terror that pervaded the most intimate spaces. The sharp edge of a cold terror that cut like ice. Terror meant curfew, martial law and persecution. Terror. The soldiers of the dying regime knocking down doors and windows; arresting opponents, inflicting torture and carrying out summary executions. And after May, Terror laying on its deathbed.

And then it seemed like the world had suddenly gone mad, suddenly rejecting us with a brutality that we had not anticipated. There it was. The shrapnel and the gloomy night movement of state security forces…the barking of dogs.

From that time, I still preserve in my mind a tragic image of our farewell at the airport. In this image, your mother’s mourning arm is wrapping you. The mourning of your mother is wrapping you; your mother’s weep. Your big, red eyes. Glacial and empty eyes. Just a simple goodbye between teenagers. One of those episodes that, in all truth, mean nothing and yet, the mind records it for the future. And one day this image returns again and again when one is awake. And the image stays in one’s mind like a repeating loop during sleep.

Many years later, I went back to see you during a short trip when we almost were not friends. When we had almost forgotten one another. Our encounter turned out to be the opposite of a reunion. Sometimes, geographic distance and losing touch with one another— and even life itself— can lead to terrible things like this. Oftentimes, the abyss of time turns friends and lovers into strangers. By then, the echo of our platonic romance and our conversations in the living room of your house in Cervantes Street was an old memory. History. Our relationship was always confined to that abandoned space that is now for sale. The smoke in your face was as absent. We had nothing to say to one another except for trivial things.

You were no longer the girl with braids and you will never be again. I saw bitterness in your smile. Gone was the brightness of another era; the spark that ignited your words: I hear a disenchanted voice, a sad voice. Apart from some details, for someone who had not met you in your vast splendor, you looked the same. Not the same as before. More like autumn. Slightly faded. Fate was unkind to you and it turned your carmine-like face into a mask of loneliness, anointed with solitude. Perhaps these are the traces of an incurable love.

Now I'm back to see you again and you're not. Just thirty years have passed and you are not and will never be forever. Now that I see you so lost in the spaces of a sordid death, I think of those April days, I think of the rain; the memorable rain of our youth. I think of those meek April sunsets and all the times we swear that at sunset, just like the fall of life, we would see the rain falling from the windows of your house.

—

Pedro Conde Sturla (b.1945, Dominican Republic).—Pedro Conde Sturla is a literary critic and short story writer. He is an emeritus professor of the Universidad Autónoma de Santo Domingo (Autonomous University of Santo Domingo) and a former member of the Partido Socialista Popular (Socialist People’s Party), forerunner to the Dominican Communist Party. A sharp social critic, Sturla combines elements of satire, comedy and tragedy and at times, the absurd in his work. Sturla explores themes of social conflict and conservative, ideological reproduction. He is the author of Antología informal (1970), Notas sobre el «Enriquillo» (1978), «El chivo» de Vargas Llosa: una lectura política (2000), Los Cocodrilos (1984) Los Cuentos negros (2004) and Uno de estos días de abril (2014), a short historical novel on the 1965 revolution in the Dominican Republic. His latest book is the short story collection Los ritos ancestrales (2018).

Los milagros de la corte

Pedro Conde Sturla

21 mayo, 2021

La Corte de los milagros

En el París renacentista, el que describe Víctor Hugo en Nuestra señora, no sólo había luz sino también mucha oscuridad y muchas cosas tenebrosas. En la ciudad de Roma uno puede leer por las calles una historia de dos mil setecientos y tantos años, pero el París del siglo XV era pura magia, una especie de conjuro donde se habían reunido todas las cosas bellas del mundo y algunas de las más apestosas. Había, en efecto, en algunos barrios de la ciudad luz, entre los más sórdidos espacios laberínticos de la inmensa urbe, mucha oscuridad y mucha mierda. El milagro en esos lugares era cotidiano. Nada más entrar, los ciegos veían, los tullidos volvían a caminar, las llagas y pústulas más horrendas desaparecían. Eran lugares donde malvivía —en comunión con la mugre y las ratas y los piojos y las pulgas, el crimen y la promiscuidad— lo más granado de la escoria social, el lumpen proletariado urbano. Es decir, mendigos y ladrones y asesinos a granel, prostitutas y bandoleros de toda clase, multitud de niños que aprendían desde la más tierna edad a “buscarse” la vida. Eran lugares temidos por la mayoría de la gente, pero también por las mismas autoridades. Allí no tenían vigencia las leyes y las normas por las que se regía la sociedad de la época. Tenían su propio gobierno, sus propios tribunales y reglamentos y la justicia era siempre expedita:

“Ya vimos las evidencias, / Se les ha encontrado inocentes, / es el peor crimen que hay. / ¡A la horca se van!”.

Al lugar le llamaban poéticamente Corte de los milagros, pero había más de uno, quizás unos doce en total en el París de esa época.

Un historiador francés llamado Henrí Sauval describe uno de ellos como “un gran callejón sin salida apestoso, fangoso, irregular y sin pavimentar” donde “todos vivían en gran libertinaje; nadie tenía fe ni ley, y el bautismo, el matrimonio y los sacramentos eran desconocidos”.

“Consiste en un lugar de gran tamaño y un gran callejón sin salida apestoso, fangoso e irregular, que no está pavimentado. Anteriormente se limitaba a las últimas extremidades de París. En la actualidad (bajo el reinado de Luis XIV), se encuentra en una de las zonas más pobres, sucias y remotas de la ciudad, entre la rue Montorgueil, el convento de Filles-Dieu y la calle Neuve-Saint-Sauveur, como en otro mundo. Para ir allí, a menudo es necesario desviarse por pequeñas calles traviesas, apestosas, desviadas; para entrar, hay que bajar una pendiente bastante larga, tortuosa, escarpada, desigual. Vi allí una casa de barro, medio enterrada, tambaleándose con la vejez y la decadencia, que no tiene cuatro puntas cuadradas, y donde, sin embargo, alberga a más de cincuenta hogares acusados de una infinidad de niños pequeños legítimos, naturales o robados. Me aseguraron que, en esta pequeña casa y en las otras, vivían más de quinientas familias grandes amontonadas. Por muy bueno que haya sido este tribunal, antes lo era mucho más. Por todos lados, estaba rodeado de casas bajas, hundidas, oscuras, deformadas, hechas de tierra y barro y todas llenas de pobres “.

A un sitio como ese había llegado Pierre Gringoire y en manos de esa gente, para su desgracia, había caído. Y Víctor Hugo lo describe mejor que nadie, con unos tintes sombríos salpicados de humor negro:

“— Por mi vida, repuso Gringoire, que veo a los ciegos que miran y á los cojos que corren; ¿pero dónde está el Salvador?
Respondiéronle todos con una carcajada siniestra.

“Tendió la vista en torno de si el malandante poeta. Hallábase en efecto en aquella terrible Corte de los Milagros, donde jamás un hombre honrado había penetrado á aquellas horas; círculo mágico donde los oficiales del Chatelet y los soldados del Prebostazgo que osaban aventurarse en él desaparecían como arena; patria de ladrones, verruga hedionda en el rostro de París; muladar de donde salía todas las mañanas, y á donde volvía todas las noches á podrirse el arroyo de vicios, mendicidad y holgazanería, que rebosa siempre por las calles de las capitales, monstruosa colmena á donde iban á parar todas las noches con su botín todos los zánganos del orden social; mentido hospital á donde el gitano, el fraile tuno, el estudiante perdido, los pillos de todas las naciones, españoles, italianos, alemanes de todas las religiones, judíos, cristianos, musulmanes, idólatras, plagados de llagas postizas, mendigos durante el día, se transformaban de noche en bandoleros; inmenso guardarropa, en fin, donde se desnudaban y vestían en aquella época, todos los actores del eterno drama que representan en las calles de París, el robo, la prostitución y el asesinato. Era aquel sitio una ancha plaza, irregular y muy mal empedrada como todas las de París en aquella época. Brillaban en ella de trecho en trecho algunas hogueras, en torno de las cuales hormigueaban extraños grupos que iban y venian y alborotaban. Oíanse agudas carcajadas, vagidos de chiquillos, gritos de mujeres. Las manos y las cabezas de aquella multitud, negras sobre el fondo luminoso, formaban mil diabólicos perfiles; de vez en cuando veíase pasar sobre el suelo en que temblaba la luz de las hogueras entre inmensas sombras indefinidas, un perro que parecía hombre, un hombre que parecía perro. Los límites de las razas y de las especies parecían confundirse en aquellos sitios como en un Pandemónium: hombres, mujeres, animales, edad, sexo, salud, enfermedades: todo era dote común á aquella gente; todo iba junto, mezclado, confundido, apiñado; cada cual participaba de todo.

“El vacilante y mezquino reflejo de las hogueras permitió á Gringoire distinguir, á pesar de su turbacion, alrededor de la inmensa plaza un asqueroso ceñidor de casucas viejas, cuyas fachadas sucias, descascaradas, desmirriadas, feas, con una ó dos ventanillas iluminadas cada una, le parecían en la sombra enormes cabezas de viejas formadas en círculo, monstruosas y acorchadas, que miraban el sábado guiñando los ojos.
“Parecía aquello un nuevo mundo, desconocido, inaudito, disforme, reptil, fantástico.

“Cada vez más sofocado, cogido por los tres pordioseros como por tres tenazas, atronado por una infinidad de caras que ladraban y berreaban en torno de él, recurría el pobre Gringoire a toda su presencia de ánimo para acordarse de si estaba en sábado. Pero todos sus esfuerzos eran inútiles; el hilo de su memoria y de sus pensamientos estaba roto, y dudando de todo, flotando entre lo que veía y lo que sentía, asentaba en su mente esta insoluble cuestión: - Si existo, ¿cómo puede ser eso? Si eso es, ¿cómo puede existir?
“Alzóse entonces un grito general
entre la chillona turba que le rodeaba,
“—¡Llevémosle al rey! ¡Llevémosle al rey!
“—¡Virgen santa! -murmuró Gringoire-; el rey de aquí debe ser un macho cabrío!”.




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sábado, 15 de mayo de 2021

En la corte de los milagros

En la corte de los milagros

Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 
 Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 

Una de las cosas por las que estoy en deuda, tanto con Víctor Hugo como con Balzac, pero sobre todo con Víctor Hugo, es por haberme permitido conocer uno de los lugares más escabrosos e interesantes y peligrosos del París del siglo XV y haber salido de ese lugar con vida, vivir para contarlo, aunque con el corazón en la boca.

Fue algo casual, no planificado, que me tomó de sorpresa y me llenó de espanto. Yo había asistido, invitado por Víctor Hugo, a la Gran Sala del Palacio de Justicia durante la Fiesta de los locos a la presentación de una obra de Pierre Gringoire que fue del completo desagrado del público y quizás hasta del mismo autor.

En cambio la coronación de Quasimodo como Rey de los los locos fue todo un éxito. El caso es que Pierre Gringoire, que en la novela de Víctor Hugo es un poeta y filósofo y dramaturgo un poco menos que mediocre, salió del lugar con el moco para abajo, deprimido, triste, y empezó a deambular por París. En algún lugar se encuentra con la bella gitana Esmeralda, bailando cerca de una fogata, y cae de inmediato bajo su hechizo. Pierde como quien dice la razón y empieza a seguirla, pero la tarea no resulta fácil. La gitana se disimula, se escabulle entre los pliegues de la noche por unos intrincados callejones que conoce de memoria. Yo los seguía a los dos, página tras página, de derecha a izquierda, y empezaba a no gustarme la cosa. Página tras página me iba poniendo más nervioso y tenía razón para estarlo. Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Gringoire encontró a la gitana en el momento en que dos malvivientes intentaban raptarla y en cuanto quiso intervenir lo pusieron fuera de combate. Cuando se despertó veía estrellitas, se sentía desorientado y desamparado. Y lo peor de todo es que no estaba solo.

Se encontraba en un sucio callejón “desempedrado”, “fangoso”, en el que de “trecho en trecho (...) “rastreaban no sé qué masas vagas é informes”.

Una de esas cosas “no era ni más ni menos que un miserable lisiado sin piernas, que andaba sobre ambas manos, como una zancuda herida que no tiene mas que dos patas. Cuando pasó por junto á aquella especie de araña con semblante humano, alzó el pordiosero hacia él una voz lamentable.—¡La buena mancha, siñor! ¡la buona mancia!”.

El pordiosero le pedía o exigía limosna en italiano y Gringoire no entendió una palabra y lo mandó al diablo.

Más adelante encontró a otro pordiosero, “un tal tullido, cojo y manco á la vez, y tan manco y tan cojo que el complicado sistema de muletas y piernas de madera que le sostenían, hacíale parecerse á un maderámen puesto en movimiento”.

Aquel desgraciado “le saludó al paso colocando su sombrero al nivel de la barba de Gringoire, como una bacia de afeitar, y gritándole en los oídos:—Señor caballero, para comprar un pedazo de pan”.

Esta vez le pedían limosna en español y Gringoire tampoco entendió. “Quiso apretar el paso; pero por tercera vez un informe objeto se le puso delante. Aquel objeto, ó más bien aquel individuo, era un ciego, un cieguecito pequeñito, de cara hebrea y barbuda, que remando en el espacio con un palo y llevado a remolque por un perrazo, le dijo con acento húngaro: ¡facitate caritatem!”.

El pordiosero hablaba “una lengua cristiana”, pero Gringoire “volvió las espaldas al ciego y prosiguió su camino” y de repente ocurrió un milagro:

“...el ciego apretó el paso detrás de él, y fue la diablura mayor, que también el tullido y el lisiado sin piernas sobrevinieron cada cual por su lado con gran premura y ruido de voces y muletas. Y luego todos tres tropezando unos con otros detrás del pobre Gringoire, empezaron á cantarle su canción:

“— ¡Caritatem! -cantaba el ciego.

“— ¡La buona mancia! -cantaba el hombre—araña.

“Y el cojo levantaba la frase musical repitiendo:— ¡un pedazo de pan!

“Gringoire se tapó las orejas:— ¡Oh torre de Babel! exclamó”.

Sin saber qué hacer, el desgraciado Gringoire se echó a correr y de inmediato ocurrió otro milagro:

“El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas corrieron también. Y a medida que iba internándose en la calle, nuevos lisiados, ciegos y cojos pululaban en torno de él”, lo asediaban “mancos y tuertos y leprosos con sus llagas”, que salían de sus casas, “ de los respiraderos, de los sótanos, aullando, chillando, ladrando (...) cayendo y levantando, arrastrándose hacia la luz y hundidos en el lodo, como babosas después de la lluvia”.

¡Donde diablos nos habíamos metido.Gringoire no lo sabía, ni yo tampoco. “El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas” corrían más rápido que él.

“Gringoire, acosado por sus tres perseguidores, y sin saber en qué diablos pararía todo aquello, iba sofocado en medio de todos, costeando los cojos, saltando por cima de los que iban á rastras, hundidos los pies en aquel hormiguero de avechuchos, como cierto capitán ingles que se metió en un rebaño de cangrejos.

“Ocurrióle entonces la idea de volver atrás, pero ya era tarde: toda aquella legión se había cerrado detrás de él, y sus tres mendigos no le soltaban. Continuó pues su camino impelido a la par por aquel irresistible torrente, por el miedo y por un vértigo que le hacia ver todo aquello como un horrible ensueño.

“Llegó por fin á la extremidad de la calle, la cual desembocaba en una inmensa plaza, donde oscilaban mil luces confusas entre la vaga niebla de la noche. Entró en ella Gringoire, esperando sustraerse con la celeridad de sus piernas á los tres espectros inválidos, que le tenían asido por el cogote.

“— ¿Adónde vas, hombre? gritó el cojo arrojando las muletas y corriendo tras de él con las dos mejores piernas que trazaron jamás un paso geométrico en el suelo de París.

“Y el que andaba á rastras, ora derecho sobre sus pies, ceñía á Gringoire en torno del cuello los trapos y tablas sobre que se arrastraba, y el ciego le miraba de hito en hito con ojos reventones.

“— ¿Dónde estoy? dijo el poeta estupefacto.

“— En la corte de los milagros, respondió un cuarto espectro que acababa de agregarse á los demás”






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