viernes, 30 de diciembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (8). La captura del Angelita

Pedro Conde Sturla

30 diciembre, 2022

Otros expedicionarios y otros navíos se sumaron a los que había en Cayo Confites, que ya de por sí estaba superpoblado y confrontaba problemas de todo tipo. Los entusiastas recién llegados muy pronto se convertían en compañeros de infortunio de aquellos que durante semanas o meses habían soportado el rosario de penurias que el cayo brindaba a sus visitantes. Reinaba, sin embargo, ocasionalmente, el entusiasmo, a pesar de las calamidades, la frustración y el desencanto. El día de la partida parecía estar cerca, pero nunca llegaba. En él incógnito día de la partida pensaban todo el tiempo los expedicionarios. Se decía que sólo se estaba en espera de un par de lanchas torpederas, otros dos bombarderos, que se agregarían a cuatro o cinco que ya estaban disponibles, y un nuevo y más moderno y grande buque que nunca terminaba de llegar y al que ya todos los hombres llamaban El fantasma. De hecho lo siguieron llamando fantasma aún después que apareció.


Uno de los barcos, la goleta Angelita, cayó por casualidad en manos del pequeño ejército el día 11 de septiembre y fue tal vez —como sugiere Tulio Arvelo— el momento estelar, la más importante acción militar, el más memorable y triunfal acontecimiento de la desaventura de Cayo Confites, quizás el único.
El mismo Tulio Arvelo describe con mesura este episodio que tanta alegría produjo a las tropas y que contribuyó en gran manera a levantar la decaída moral:

“Esa mañana de clara visibilidad en el horizonte, se armó un corre corre acompañado de un enorme griterío. Fui a indagar y alguien me dijo: ‘Se están embarcando en El Fantasma y van a partir’. Pensé que se trataba de la salida hacia Santo Domingo. Pedro y yo corrimos en busca de noticias. A los que preguntamos ninguno sabía lo que estaba sucediendo. Vimos desde la playa como se alejaba El Fantasma”.

“Después supe de qué se trataba. Mon Febles, un dominicano, viejo lobo de mar, vio un barco en el horizonte y gritó a viva voz: Ese es el ‘Angelita’ de Trujillo. Lo conozco porque fui su capitán durante muchos años”.

«Aquella exclamación corrió como pólvora y se resolvió capturar la nave trujillista para hacer la primera presa de la expedición. Se organizó un grupo comandado por Diego Bordas y se hicieron a la mar. La cacería del “Angelita” duró tres o cuatro horas y cuando lo capturaron lo llevaron al cayo en medio de una gran algarabía». (1)

La versión de Fidel Castro sobre el mismo acontecimiento tiene unos tintes más personales y heroicos y difiere en muchos aspectos de la de Tulio Arvelo. Fidel se atribuye méritos y acciones que dio a conocer a una periodista en 1993 y que no se mencionan en escritos de otros expedicionarios. Aún así no hay que dudar de que la fidelidad del relato de Fidel sea fidedigna:

«Cuando íbamos acercándonos al cayo, Pichirilo [Ramón Emilio Mejía del Castillo], un dominicano jefe de aquel barco, muy buen marino, una persona muy buena que luego vino con nosotros en el Granma, vio una goleta a una distancia en que normalmente no se divisaría y dijo: “Esa es la goleta Angelita, de Trujillo”. Aquel hombre tenía una vista tremenda. Yo me quedé asombrado por la seguridad con que afirmó su visión.

«En cuanto llegó al cayo dio la voz de alarma y avisó al mando que por allí estaba cruzando la goleta Angelita, de Trujillo, que se dirigía de Este a Oeste, como procedente de Santo Domingo. No se sabía si se encontraba armada o si estaba espiando, o qué hacía por esa zona. Toda la fantasía se desarrolla siempre en situaciones de expediciones, aventuras y guerra.

«Se armó en medio del Atlántico un revuelo colosal. Un problema importante estaba teniendo lugar. Se reunieron los jefes, se formó la tropa, más bien un grupo grande de combatientes. Enseguida pidieron voluntarios para atacar la goleta de Trujillo y tomarla. Yo fui el primer voluntario que levantó la mano para la aventura de capturarla. Me enrolé, tomé mi fusil y listo. Entonces prepararon El Fantasma, porque era más rápido que la Maceo. Nos montamos de inmediato desde la misma orilla, porque era una barcaza de desembarco, bastante grande, seríamos 20 o 30 los encargados de la misión.

«Dieron la vuelta, ya Angelita venía acercándose, y de pronto, parecía que al ver nuestro barco, la goleta se alejaba. Estuvimos unas tres horas para darle alcance, hasta que nos fuimos acercando, pegaditos, muy cerca, muy cerca. Efectivamente, cuando nos aproximamos lo suficiente se comprobó que la goleta se llamaba Angelita y seguimos la misma operación hasta que, a unos metros de ella, casi pegados, nos levantamos por la borda —porque tenía como una cubierta—, y le dimos el alto.

«Había un hombre en cubierta, al que se le dio el alto, se le ordenó que no se moviera, pero él se movió, corrió y entró. Yo era el que más cerca estaba, pero no le tiré; no sé si alguna de la gente hizo algunos disparos al aire. Le di el alto, se suponía que la goleta podía estar armada, que podía tener dinamita o traer gente bajo cubierta, soldados de Trujillo. No sé ni cómo lo hicimos, sé que desde la proa del barco salté sobre la cubierta de la goleta.

«Fui el primero que llegué, penetré en la cabina e hice prisioneros a los tripulantes. Pero me di cuenta de que aquel hombre no era un peligro y no había nadie armado, no tenían ningún arma ni dinamita ni nada. Era una goleta de Trujillo porque todo en Santo Domingo era de él, y cruzaba por allí, porque era el lugar por donde tenía que pasar». (2)

Otros autores confirman el incruento final de esta versión, que dista mucho de ser unánime. Como de costumbre las narraciones sobre un mismo hecho tienden a ser diferentes. En la de Miguel Pumariega, se afirma que al Angelita “le tiraron con armas de grueso calibre delante de la proa para detenerlo”, y en la de Juan Bosch se asegura que los expedicionarios “cayeron en cubierta disparando sus armas”. (3)

Lamentablemente el botín del Angelita se lo sirvieron los hombres de Masferrer con la cuchara grande. Fue prácticamente un saqueo, otra de las muchas canalladas de Masferrer. Se “robaron numerosos objetos —sábanas, colchones, leche evaporada, cigarrillos y otros— que debieron haber entregado al alto mando para el uso que estimara conveniente”. (4)

Aparte de ese importante y a la vez amargo triunfo, los hombres de Cayo Confites no tuvieron muchos motivos de regocijo, con la excepción de la aparición de El fantasma el 8 de septiembre. En esa fecha los expedicionarios enfrentaban una nueva crisis de desabastecimiento de agua y los cubanos celebraban el día de la virgen de la Caridad del Cobre. Construían altares con los materiales más impensados, en los que colocaron imágenes de la virgen, se reunían en grupos de oración y oraban devotamente durante horas, hacían ofrendas, marchaban por el cayo en procesión. La llegada del fantasma había sido anunciada con antelación el día anterior, mediante un radiograma, pero los devotos la atribuyeron, y a lo mejor con razón, a un milagro de la milagrosa Virgen, la patrona de Cuba, la venerada Cachita.

“Algunos daban gracias a la virgen de la Caridad del Cobre por haberles traído la embarcación. Otros pregonaban a voz en cuello que al fin partirían hacia Santo Domingo”. (5) l


(Historia criminal del trujillato [112])

Notas:

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confite y Luperón, “Memorias de un expedicionario”, p. 59
  2. Katiuska Blanco Castiñeira, “Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo”, pags. 390-392.
  3. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 249.
  4. Ibid., 251.
  5. Ibid., 240-241.


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viernes, 23 de diciembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (7). Los rigores del hambre

Pedro Conde Sturla 

23 diciembre, 2022

Expedicionarios en formación. FUENTE REVISTA BOHEMIA DEL 2 DE NOVIEMBRE DE 1947

La presencia de aviones del imperio y de la fuerza área cubana sobre los cielos de Cayo Confites no era nada auspiciosa. Del imperio no podía esperarse nada bueno, pero la hostilidad de los aviones de las fuerzas armadas cubanas causaba estupor. Alguna contradicción había entre el gobierno que apoyaba a los expedicionarios y el ejército que debía estar apoyando al gobierno. Además, en el cayo se confrontaban problemas mucho más serios. El abastecimiento de agua y comida se dejó al parecer como quien dice en las manos de Dios, y al parecer Dios estaba ocupado o por lo menos distraído. De otra manera no se explica cómo a los pocos días de la llegada empezaron a escasear los preciados alimentos. Se sometió entonces a los legionarios a un estricto racionamiento, a una dieta prácticamente de hambre.


Dice Tulio Arvelo que “Hubo momentos de hambre, hasta el extremo que en una ocasión la pesca de un tiburón constituyó un favorable acontecimiento puesto que fue descuartizado y asado y a pesar de tener un fuerte sabor a aceite de hígado de bacalao fue ingerido como un plato suculento”. (1)

Pero por más que racionaran, la comida y el agua se acabaron a los pocos días, los ejercicios se suspendieron, por supuesto, y los hombres cayeron en un estado de abulia, desidia, indisciplina e irritación. La falta de agua, sobre todo, creó una especie de pánico y estuvo a punto de producirse o se produjo mejor dicho un motín, un conato de motín, que pudo haber dado origen a un enfrentamiento armado. De hecho, en más de una ocasión los hombres de Cayo Confites estuvieron a punto de matarse entre ellos, y esa fue una de tantas.

Fue entonces, sólo entonces, que a alguien se le ocurrió mandar una embarcación al puerto de Nuevitas en busca de provisiones y mandaron al Berta, un buque llamado Berta.

En lo que el Berta iba y venía los hombres permanecieron en estado de vida latente y en estado de ansiedad, una ansiedad justificada. El puerto se encontraba a unos ochenta kilómetros de distancia y muchas cosas podían suceder y todos temían lo peor. Entre aquellos hombres hambreados, armados, nerviosos y ociosos, desmoralizados, pesimistas, que boqueaban como lagartos y empezaban a desesperarse o a perder toda esperanza había desaparecido al parecer el instinto solidario y se volvieron temerosos unos de otros. Las condiciones en que se encontraban constituían un inmejorable coctel de indisciplina y en cualquier momento podía producirse un estallido. Mirar al horizonte con los ojos vacíos consumía la mayor parte del tiempo. Esperaban al Berta y el Berta se hacía esperar. Las punzadas del hambre y de la sed arreciaban.
Se habían embarcado en la aventura de Cayo Confites contemplando la posibilidad de morir peleando en tierra dominicana, pero ninguno había pensado en la posibilidad de morir de hambre y de sed en el fatídico Cayo Confites.

El orden y la disciplina, la moral de las tropas y el espíritu de lucha estaban por los suelos, todo se estaba derrumbando, el gran proyecto libertario estaba feneciendo, el ejército de libertadores se había convertido en pocos días en un ejército de muertos vivos, un ejército de derelictos, un ejército de muertos de hambre, literalmente.

Hay un extraño refrán que dice que Dios aprieta pero no ahorca, y a los hombres de Cayo Confites los apretó sin dudas, fuertemente. Ya estaban de hecho casi ahorcados… Hasta que por fin un buen día, a eso de las tres de la tarde —la mejor tarde que nunca tuvieron los expedicionarios—, el Berta se dejó ver tímidamente en el horizonte.

Lo que se produciría en el cayo sería algo parecido a una explosión de júbilo. Una especie de himno a la alegría.

Dice Humberto Vázquez García que en cuanto el barco se acercó a la playa muchos expedicionarios se metieron al mar y los tripulantes del Berta los recibieron tirándoles naranjas, los recibieron a naranjazos limpios. Una andanada de naranjas que fue recibida con regocijo. La camaradería campeaba ahora por sus fueros.

El Berta venía convertido en una especie de cuerno de la abundancia. Venía con las bodegas sobrecargadas de los más finos manjares: frijoles y habichuelas, aceite, arroz, racimos de plátanos a granel, riquísimas frutas, huevos, carne salada y hasta leche condensada, aparte de la bebida más exquisita: agua en toneles, agua por toneladas para saciar la sed y el miedo. Ese día los expedicionarios comerían y dormirían como lobos. Al renacimiento estomacal sucedería el renacimiento espiritual. Algo que demostraba lo que tantas veces se ha demostrado en la historia: la estrecha relación inversa entre el idealismo y el estómago, entre los ideales y el hambre.

La ley, el orden, la disciplina, la confraternidad, una confraternidad precaria y frágil entre los compañeros de venturas y desventuras volvería a imperar provisionalmente en el campamento, se reanudaron los ejercicios militares con renovado vigor y renovado entusiasmo. Sin embargo, pocos días después se presentó un nuevo problema. Un problema acuciante, igualmente relacionado con los alimentos, o mejor dicho con el producto o subproducto de la digestión de alimentos, el efecto residual.

Parece que a nadie se le ocurrió cavar letrinas y hay que imaginar que muchos harían sus necesidades en el mar y también que el mar podía devolver las necesidades a la playa. Alguien tuvo la idea no muy feliz de designar un extremo del pelado cayo como vertedero de desechos sólidos, provenientes tanto de la cocina como de los intestinos de los casi mil doscientos soldados, y al poco tiempo el lugar se convirtió en lo que tenía que convertirse, se convirtió en un mierderío, un criadero de moscas, y se produjo lo que tenía que producirse, un foco de infección, un excelente caldo de pestilente cultivo de enfermedades infecciosas. Las moscas proliferaron como saben proliferar las moscas e invadieron a los invasores con esa manera peculiar que tienen las moscas: invadían los ojos, invadían la boca, los cabellos, invadían los alimentos, se multiplicaron por millones sobre todo el islote y comenzaron a hacer la vida de los hombres poco menos que imposible. Estaban en todas partes a la vez y no daban tregua ni descanso, igual que la arena en la brisa. Arena y moscas —las nutritivas moscas a la arena—, nadaban en la sopa, se infiltraban en el arroz, no había comida libre de moscas y arena.

Solamente en el mar, a cierta distancia, metidos hasta la cintura, podían los expedicionario comer con cierta paz. Allí no llegaba la brisa con arena ni llegaban las moscas, aunque hay que suponer que podían llegar los tiburones.

A la invasión de la arena y las moscas siguió la invasión de disentería, de fiebre tifoidea y gastroenteritis y las diarreas infinitas. Diarreas y estreñimiento, para peor. El número de enfermos desbordó la enfermería y algunos tuvieron que ser evacuados, trasladados a clínicas u hospitales en tierra firme.

En un momento de exasperación, el mismo comandante Masferrer diría que había que salir del cayo a como diera lugar. Pero del cayo no saldrían de la manera en que esperaban:

Cuenta Tulio Arvelo que una vez, vagando por el cayo en compañía de Pedro Mir, “Encontramos a muchos conocidos. Saludamos a Juan Bosch, a Dato Pagán, a Chito Henríquez, a Danilo Valdez y a muchos otros más. Cada uno nos contaba una parte de la vida que se hacia en el cayo a la espera de la partida. Respecto a esto último, Danilo Valdez, con un fatalismo que a la postre resultó profético, nos dijo que de allí saldríamos para las cárceles cubanas”. 

(Historia criminal del trujillato [112])

Notas:

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 66
  2. Ibid., p. 56

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)

Robert D., “Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites”.

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”




viernes, 16 de diciembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (6) La vida en el paraíso

Pedro Conde Sturla

16 diciembre, 2022


Los primeros expedicionarios llegaron a Cayo Confites el 30 de julio de 1947 a bordo de dos embarcaciones, el buque Aurora y el Berta. Una tercera nave, la goleta Victoria, perdió el rumbo a causa de un mal tiempo y apareció tres días más tarde con un cargamento de muertos vivos. Se les había acabado el agua y la comida y habían sido zarandeados de diestra a siniestra. Estaban amarillos, mareados, desfallecientes, sucios o más bien asquerosos, muchos de ellos tumbados sobre la cubierta, otros en el interior, nadando en sus propios vómitos y heces. Algunos estaban tan flojos que fue menester cargarlos para bajarlos a tierra. Pero lo peor es que dos de los más jóvenes tripulantes, un muchacho venezolano y otro cubano, habían desaparecido durante la marejada. La operación no había hecho más que comenzar y ya se contaban dos muertos. los dos primeros muertos.
Una de las cosas que descubrieron los recién llegados es que en el lugar no había prácticamente nada para cobijarse o refugiarse, a excepción de una casucha y unos cuantos bohíos que fueron destinados a los miembros del estado mayor, a los comandantes de batallones y a la intendencia general. Vivirían pues a la intemperie durante los meses que permanecieron en el cayo, o al cobijo de unas miserables chabolas que los más afortunados lograron construirse con lo poco que encontraron: hojas y tablas, sacos y ramas y hierba.

Dice Humberto Vázquez García, en su libro “La expedición de Cayo Confites”:

“Al caer la tarde, todos los expedicionarios estaban instalados en el cayo: los principales jefes, en las casas abandonadas por los pescadores, la mejor de las cuales —que tenía incluso un juego de cuarto— la ocupó el general Juan Rodríguez; los soldados, en chabolas, improvisados colchones o sobre la arena, agrupados en grandes bloques, uno por cada batallón. El promontorio de uvas caleta y pinos jóvenes, situado al sur del cayo, se reservó a los ancianos (!?, paréntesis mio, PCS) que componían la impedimenta de la expedición, a quienes desde el primer momento la Intendencia General destinó los mejores alimentos. Una amplia explanada situada detrás de la Comandancia, fue seleccionada como polígono. Allí tendrían lugar las maniobras, ceremonias, cambios de guardia y revistas generales del ELA”. (1) Es decir, el “Ejército de la Liberación de América”, como le llama el autor del libro al mencionado “Ejército de Liberación Dominicano”.

Juancito Garcia —dicho sea de paso—, disfrutaba de otro privilegio que describe con la peculiar picardía y con el peculiar racismo caribeño uno de los miembros de la expedición:

“Este salía muy poco de su choza, al extremo de realizar sus necesidades en un tibor que había en ella. Con él trabajaba un negro de unos sesenta años, a quien apodaron Negativo. ‘El pobre (…) se encabronaba con la gente, y la gente lo jodía porque tenía que sacar el tibor. Era cubano, soldado, pero asistente del general. Le decían Negativo porque era negro y canoso. Parecía el negativo de una fotografía’”. (2)

La primera noche, después de haber exterminado toda la población de puercos y gallinas que habían dejado los campesinos, los miembros de la expedición se dieron un banquete, uno de los pocos que se darían. De hecho, unos cuantos días después estarían pasando hambre y sed. Además la distribución de las porciones no fue democrática. Por órdenes del arbitrario Masferrer, la mejor parte fue a parar al estómago de su gente. De cualquiera manera hubo suficiente comida para todos, un ajiaco de arroz con legumbres y viandas y carne salada, más la carne de cerdos y pollos frescos.

Después cayeron, desde luego, en un sueño profundo, inducido por el hartazgo y el cansancio, y fueron despertados a las seis de la madrugada con un toque de trompeta.

Desde las tempranas horas del primer día fueron sometidos a un horario severo de ejercicios y entrenamiento militar. Ni una sola hora debía ser desperdiciada. Para empezar, sólo para empezar, tenían que dar dos vueltas al cayo, ejercitarse, entrenar, recibir clases prácticas y teóricas, practicar defensa personal, lucha cuerpo a cuerpo, técnicas de guerra de guerrillas, realizar simulacros de embarque y desembarque y de ataque al enemigo, practicar tiro al blanco con fusiles, ametralladoras y morteros, aprender a manejar, armar y desarmar todo tipo de armas disponibles… A las seis y media de la tarde terminaba la jornada de entrenamiento, cenaban y caían dormidos como plomos.

“Al principio, estos ejercicios resultaban agobiantes. Pero con el transcurso de los días los expedicionarios adquirieron tal fortaleza física que, una vez terminada la sesión de entrenamiento, aún disponían de energía y voluntad para celebrar encuentros de pelota, boxeo y volibol”. (3)

Sin embargo nada sucedió de la manera en que podía esperarse. Apenas cinco días después de la llegada recibirían una extraña, una ingrata sorpresa, una desagradable visita. Dos aviones cubanos del ejército, equipados con bombas y ametralladoras, hicieron su aparición sobre los cielos del cayo y bajaron varias veces en picada. Los diálogos de los pilotos, captados por equipos de radio, permitieron conocer el propósito de su presencia. Estaban en misión de vigilancia, tomando fotos y hablando despreocupadamente, un poco en broma y en serio, de la conveniencia de rociar a las tropas con fuego de las ametralladoras. “Darles una pasada”.

La visita de los aviones se volvió consuetudinaria, aparecían rutinariamente y bajaban en picada cuando los hombres estaban en formación. De tal modo, todos terminaron acostumbrándose, incluso amenazaban en serio y en broma con disparar contra los aviones y hasta intercambiaban saludos con los pilotos. Los mismos pilotos que los hubieran ametrallado y bombardeado si hubieran recibido la orden.

Las cosas se complicaron días más tarde, el 12 de agosto para mayor exactitud, cuando en el espacio aéreo de Cayo Confites apareció otro avión que no era cubano, un hidroplano, un Catalina de tamaño alarmante, un ave de presa del imperio, con las fatídicas insignias de la marina de guerra de los Estados Unidos. La tripulación del enorme avión se tomó la libertad de hacer un vuelo rasante sobre el cayo, dar unas cuantas vueltas y tomar fotos, filmar a los expedicionarios y dejarse ver mientras lo hacían.

A partir de entonces volvería habitualmente casi todos los días, igual que los aviones cubanos.

La expedición, que era un secreto a voces, el secreto peor guardado del Caribe, pronto sería de conocimiento público y ocuparía lugar en noticieros y otros órganos de prensa. El Gobierno de la bestia empezaría a protestar por todos los medios diplomáticos y el imperio escucharía sus protestas, empezaría a mover su vasta influencia a favor del gobierno de su tirano favorito. 

(Historia criminal del trujillato [112])

Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 138   
  2. Ibid., p. 165
  3. Ibid., p. 156

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”.

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.

Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

sábado, 10 de diciembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (5) Una línea en el horizonte

Pedro Conde Sturla
9 diciembre, 2022
Fidel Castro en un lugar no precisado

Cayo Confites era una especie de paraíso para las moscas y los mosquitos, un lugar surrealista que parecía haber sido elegido por el enemigo. Quizás el lugar perfecto para entrenar y endurecer a las tropas, que comenzaron a llegar a finales de julio de 1947.


“Al principio era —dice Tulio H. Arvelo—una línea en el horizonte. Pensaba que al acercarnos comenzarían a destacarse los accidentes de la costa con sus árboles y edificaciones; pero por más que nos aproximamos el cayo seguía siendo eso: una línea en el horizonte”. (1)

Cayo Confites se encuentra a una respetable distancia de la costa, apenas tiene la cuarta parte de un kilómetro cuadrado, cerca de novecientos metros de largo, menos de doscientos metros de ancho y escasamente un metro sobre el nivel del mar, casi como quien dice a ras de mar. Más que un cayo es un incordio, una balsa de piedra, de piedra y arena, como diría Saramago. Carece de agua dulce y tiene muy poca vegetación. En cambio el viento sopla continuamente, un viento necio, viento y arena que no dan paz ni tregua.

A los ojos de los expedicionarios se presentó un paisaje de mangles, de matojos, arrecifes y arenales, yerba rala y mosquitos infinitos, nubes y nubarrones de mosquitos a los que más tarde se unirían las apestosas moscas. Las nutritivas moscas que se tragaron o tuvieron que tragarse muchas veces al ingerir los alimentos.

En el cayo había una playa, por supuesto, una playa sin la cual un cayo no sería cayo por definición, había un anillo de arrecifes y manglares y había unos pocos árboles, en su mayoría uvas de playa y había pinos más o menos frondosos.

También había una casa de madera, una casa azul con techo de palma de guano y con jardín, que se convertiría en la sede del estado mayor del ejército revolucionario, y había unos cuantos bohíos miserables que habían dado cobijo a los anteriores pobladores del lugar. A los humildes pescadores que habían sido forzados a abandonar el cayo y gran parte de sus pertenencias para darle cabido al ejército de liberación.

Había, por cierto, unos cuantos puercos y gallinas que sus dueños no habían podido llevarse y que duraron poco tiempo vivos y había unos cuantos cocos en unas pocas matas que tampoco sobrevivieron al apetito de los recién llegados.

A ese lugar habían venido a parar en dos buques sobrecargados los primeros expedicionarios a eso del mediodía del 30 de julio de 1947. Otros se les unirían más adelante y allí permanecerían durante más de tres meses en condiciones que Fidel Castro califica de horribles:

“Los reclutados para Cayo Confites estuvimos alrededor de 100 días —tres meses, por lo menos—, en condiciones horribles: no había agua, no existía un campamento. El agua se llevaba en bidones de petróleo, que ni siquiera habían sido lavados cuidadosamente, y sabía a combustible; la comida era pésima, teníamos que cocinarla nosotros mismos como pudiéramos, en tanques también, con mucho trabajo.

“Eran los meses de primavera y verano. Llovía mucho, no teníamos donde cobijarnos, sino en chabolas, unas pequeñas cabañitas de paja que protegían de los rayos del sol, pero no de la lluvia. Cuando llovía, como no teníamos capa ni protección alguna, nos empapábamos por completo. Además, apenas tenía árboles aquel cayo; era arenoso. Se extendía entre un kilómetro u 800 metros. De ancho eran unos 200 o 300 metros y hacia el sureste tenía una buena playita, más profunda, donde se acercaban los barcos provenientes del territorio nacional.

“Las condiciones materiales de la tropa eran miserables. ¡Increíble!, ¡con todo el dinero, con todos los recursos de que disponían! Mandaron a los hombres para un cayo desolado. Pienso que se hubiera podido organizar muy bien: llevar agua, alimentos adecuados. Los jefes permanecían en unas cabañitas… ¡No se sabe lo que ellos hicieron con todo aquel dinero!”. (2)

La versión de Tulio H. Arvelo, en lo esencial, no difiere mucho de la de Fidel Castro y añade algunos elementos que complementan y realzan la vívida descripción de aquel ambiente:

LA VIDA EN CAYO CONFITES

“Desde antes de mi llegada corría de boca en boca la versión de que habían fusilado a Billo Frómeta y a Manuel álvarez porque intentaron desertar del cayo, un crimen que se castigaba con la muerte.
“Esa especie me causó un gran pesar porque los conocía a ambos. Billo Frómeta, una gloria de la música popular dominicana y Manuel álvarez, un amigo de la infancia.

“Más tarde con alegría me enteré, después que pasó todo, que no era cierto lo del fusilamiento, Habían abandonado las filas de la expedición antes de llegar al cayo.

“Desde La Habana se les envió a Venezuela en donde todavía ejercen sus respectivas profesiones de médico y de músico de grandes éxitos. Se trataba de una artimaña para amedrentar ya que por las condiciones en que se vivía se tenía el temor de que otros intentaran abandonar la empresa.

“Escaseaban el agua y la comida y las condiciones higiénicas eran sumamente malas. Se utilizaba como retrete una porción extrema del cayo detrás de unos arbustos y las materias fecales criaban una cantidad de moscas incalculable que constituían un grave foco de infección. Algunas personas, Cotubanamá Henríquez entre ellas, tuvieron que ser evacuadas con gastroenteritis o con fiebre tifoidea. Para comer con sosiego había que internarse en el mar hasta que el agua le llegara a la cintura. No sé por que extraña razón las moscas no llegaban hasta más de un metro de la orilla”. (3) 


(Historia criminal del trujillato [111])


Notas

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 53
  2. Katiuska Blanco Castiñeira, “Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo”, p. 385
  3. Tulio H. Arvelo, op. cit., p. 65

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.


Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.


Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)


Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”. 

Katiuska Blanco Castiñeira, “Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo”,


Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”



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viernes, 2 de diciembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (4) Relaciones peligrosas

Pedro Conde Sturla

2 diciembre, 2022


Juan Bosch (sin camisa) en Cayo Confites junto
a varios compañeros

El cuadro que pinta Tulio H. Arvelo sobre la situación en el campamento de Cayo Confites es poco menos que deprimente, y en algunos casos alarmante. Uno de los expedicionarios había dicho en alguna ocasión que con tal de tener hombres para pelear habían reclutado a todo el que quería ir, pero lo que cuenta Arvelo en otro pasaje de su libro es aun más desalentador:


“De los 1,300 hombres, los dominicanos no éramos ni 400. La inmensa mayoría eran cubanos. La intención de ir a liberar a Santo Domingo era realmente un ideal de muchos de ellos. Pero también había algunos que al margen de los ideales estaban allí por espíritu de aventura y no pocos por afán de lucro.

“Había elementos que procedían de los bajos fondos de Cuba, gente alevosa como se vio en el incidente entre ‘Cascarita’ y ‘Mejoral’. Se decía entre los dominicanos que algunos cubanos habían hecho mapas de la ciudad de Santo Domingo donde se indicaban las ubicaciones de las joyerías de Prota y la de Oliva, las dos más importantes de esos días. Por eso había entre los dominicanos el temor de que ese pequeño grupo de aventureros entrara al saqueo de la ciudad sin que les animara ningún ideal liberador. Lo que sí era atendible es que la mayoría era gente agresiva, fogueada bien armada, bien entrenada y numerosa y que el régimen de Trujillo no estaba preparado en aquella época para resistir una invasión de ese calibre. Nunca se organizó una expedición tan fuerte ni en un momento más oportuno”. (1)

Sin embargo, esto no era lo peor. Arvelo afirma que la “rivalidad entre los grupos políticos de La Habana, se reflejaba en la conducta de la gente que estaba en el cayo. Entre los propios comandantes de los batallones la rivalidad más fuerte era la que existía entre Eufemio Fernández y Masferrer.” (2) Ya se vió, en efecto, cómo un conato de enfrentamiento entre los batallones que ambos comandaban estuvo a punto de concluir en una carnicería.

Las relaciones entre los expedicionarios no siempre fueron las mejores. Pero además, Roberto Masferrer era un intrigante, un personaje perverso, alguien que demostraría ser un abusador, un torturador un asesino. Odiaba a Bosch con la misma intensidad con que lo envidiaba, se resentía de su don natural de liderazgo y de su prestigio intelectual. Bosch le hacía sombra, y para contrarrestar su influencia sólo se le ocurría quitarle la vida. Entre Bosch y él había una enemistad de vieja data.

Juan Bosch era, junto a Juancito Rodríguez y Ramírez Alcántara, uno de los dirigentes más destacados del exilio dominicano en esa época. De hecho eran los hombres que tenían un mayor ascendiente, la mayor influencia y autoridad moral sobre los dominicanos (y sobre muchos cubanos) que participaban en la aventura expedicionaria.

Rodríguez García —como dice Crassweller—, no sólo era uno de los hombres más ricos de República Dominicana antes de huir con su familia y abandonar sus grandes propiedades, no sólo aportó su dinero a la lucha contra el gobierno de la bestia, sino su firme, inquebrantable determinación hasta la hora de su muerte en Venezuela en 1959, dos años antes del ajusticiamiento del tirano.

Dice Tulio Arvelo que a su llegada a Cayo Confites, junto con otros compañeros, “Don Juan nos saludó con un abrazo” y que era un hombre “de sesenta y tantos años, pero todavía muy fuerte, de constitución robusta, muy conversador, con el hablar típico del campesino dominicano”.

En opinión de Arvelo y tantos otros, “la llegada de don Juan a los círculos de los emigrados dominicanos fue la chispa que encendió los ánimos. Muchos de ellos habían salido desde los inicios de la toma del poder por Trujillo quince años atrás. Algunos ya habían alcanzado la edad en que sus aportaciones a la lucha tenían que circunscribirse a publicar artículos en los periódicos o a tareas de gabinete. Pero el empuje de don Juan, a pesar de sus sesenta y cinco años de edad, los puso a todos en actividad. Además de su vitalidad traía en su morral el elemento que siempre había escaseado entre los emigrados para la empresa que se proponían realizar: el dinero”. (2)

Miguel Ángel Ramírez, pariente de Juancito Rodríguez, era un civil con vocación militar y título de general, igual que Juancito Rodríguez, un tipo bragado, uno de los más tenaces y conocidos dirigentes de aquella época. Jugó un papel de primer orden en diferentes proyectos libertarios y acciones armadas, incluyendo Cayo Confites y Luperón. Lucharía en Guatemala a favor del gobierno de Juan José Arévalo y tendría importante participación en la llamada Legión del Caribe, que combatió a favor del demócrata José Figueres en Costa Rica.

Juan Bosch era y seguiría siendo un escritor, un intelectual, el hombre que organizó a una gran parte de los exiliados en un gran partido político. Escritor y político sempiterno. Dice Crassweller que fue Bosch quien puso en marcha los preparativos que darían origen a los acontecimientos que entonces dominaban la opinión pública en el área del Caribe.

Al joven Fidel Castro, que estuvo a punto de iniciarse como guerrillero en la abortada expedición, no le cayó en gracia Juancito Rodríguez, pero de Juan Bosch dejó una descripción muy elogiosa, un retrato hablado que no tiene desperdicio:

“Durante aquel período se esperaba más personal procedente de Cuba, Miami y otros lugares. Estando en la isla, un día llegó un grupo de dominicanos y, entre ellos, Juan Bosch. Muy pronto hicimos amistad. Entre tanta gente en el cayo a mí me gustaba conversar con él; de todos los dominicanos que conocí fue el que más me impresionó.

“Lo recuerdo como un hombre mayor. Cumplí 21 años en el cayo, y pienso que Bosch ya tendría unos 36 o 37 años. Su conversación realmente conmovía, la forma en que se expresaba; parecía un hombre muy sensible. Vivía muy modesto allí, igual que todos los demás, y creo que sufría lo mismo que la gente. Yo no lo conocía, no sabía que era el escritor, el historiador, el intelectual. Lo vi como un dominicano honorable, de conversación agradable, que decía cosas profundas y sensibles; trasmitía todo eso. Se le veía como una persona que sentía los sufrimientos de los demás, estaba sufriendo por el trabajo duro de la gente. Además vivía la emoción, porque era el intelectual, al fin y al cabo, que se incorpora a la acción, llegada la hora de la lucha —un poco como hicieron Martí y otros muchos intelectuales de nuestra propia guerra—. Pudiéramos decir que era allí el hombre de mayor calibre, el más destacado”. 

(Historia criminal del trujillato [110])

Notas:

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p.58
  2. Ibid, p.68
  3. Ibid, p. 24
  4. Katiuska Blanco Castiñeira, “Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo”, p. 388

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.


Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.


Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)


Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.


Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

viernes, 25 de noviembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confite (3) Un complot contra Bosch

Pedro Conde Sturla

25 noviembre, 2022


El “Ejército de Liberación Dominicano” contaba en apariencia con todo lo necesario para llevar a cabo una expedición militar exitosa, una invasión en regla por aire, mar y tierra. Contaba con suficientes recursos económicos, con barcos y aviones y una emisora de radio, contaba con buenas armas y equipos, con ametralladoras pesadas y bazucas, morteros y granadas, contaba con fusiles y armas cortas y abundantes pertrechos. Contaba, sobre todo, con hombres supuestamente bien adiestrados, motivados y decididos a combatir, con el respaldo y simpatía de varios gobernantes y gobiernos, empezando por el gobierno cubano. Además contaba hasta cierto punto con una base de apoyo, una especie de resistencia, en el interior del país.
Aunque parezca asombroso, los expedicionarios llegaron a disponer de cuatro embarcaciones de transporte y desembarco, dos lanchas torpederas y una goleta dominicana que le robaron a Trujillo, la goleta Angelita, una goleta espía que merodeaba por las cercanías de las aguas cubanas y fue capturada.
Disponían además de ocho bombarderos B-25, seis Lockheed tipo P-38, un B-24 Liberator; dos Vega Ventura, dos bombarderos Mitchell B-25 y un C-46A de transporte, dos Cessna C-78, dos C-47 y dos Vultee BT-13.

En cuanto a municiones y pertrechos disponían de unos tres mil fusiles argentinos y mil quinientos Springfields, más de cuatro millones de balas, cincuenta ametralladoras argentinas, más de doscientos subametralladoras Thompson y una generosa cantidad de pistolas automáticas Colt 45 y casi un millón de cartuchos. Disponían también de quince bazucas y trescientos proyectiles, bombas de fragmentación y bombas de profundidad, dos mil libras de dinamita, dos mil granadas de mano, tres morteros, tres cañones antitanques, ocho jeeps, doscientos paracaídas…

Con ese equipo, el “Ejército de Liberación Dominicano” hubiera debido enfrentar al numeroso y bien apertrechado Ejército de la bestia que tenía casi un centenar de modernas aeronaves, entre las que se contaban cincuenta aviones de caza, bombardeo y combate, y que además tenía pilotos bien entrenados.
Aún así, los más optimistas aseguraban que la bestia no resistiría por mucho tiempo a la fuerza expedicionaria del “Ejército de liberación dominicano”, que “una guerra relámpago de cien horas hubiera destruido a Trujillo”. (1)

Sin embargo, con lo que no contaba el Ejército expedicionario era con una buena organización ni una buena disciplina ni el adecuado material humano en algunos casos. No todos los integrantes del pequeño Ejército reunían los mínimos requisitos que la empresa requería. Junto a los grandes ideales libertarios pululaban fuerzas oscuras, intereses malsanos. Patriotas de corazón y crápulas con propósitos inconfesables se entrenaban juntos. Como diría en alguna ocasión Juancito Rodríguez, gran parte del fracaso se debió a que el Ejército expedicionario estaba compuesto por un alto porcentaje de lunáticos y muy pocos idealistas.

De hecho, la presencia de elementos antisociales en las filas de los expedicionarios dejaba mucho que desear, constituía un problema y era en algunos casos peor de lo que Juancito Rodríguez describía.

Fidel Castro diría en una ocasión que todo había estado muy mal organizado, que fue una de las cosas peor organizadas que había visto en su vida, que durante el reclutamiento recogieron todo tipo de gente por las calles de La Habana sin atender a condiciones de cultura, ni a condiciones políticas ni a conocimientos, que lo que se hizo fue organizar a toda velocidad un Ejército artificial de más de mil doscientos hombres. Fidel asegura que había gente buena, que había muchos dominicanos buenos y cubanos que sentían la causa dominicana, pero que también se incorporaron lúmpenes, indeseables, gente que se vendía al mejor postor.

Lo cierto es que el reclutamiento se hacía un poco a la ligera, en forma pública, imprudente, casi como quien dice desvergonzada, como si se quisiera que todos se enteraran. El único requisito que había que llenar era un formulario y no eran pocos los delincuentes que lo llenaban.

Tulio H. Arvelo, uno de los más connotados protagonistas de esa época, dejó en un libro memorable un inspirado testimonio de aquel frustrado capítulo de nuestra historia. El libro en cuestión, “Cayo Confite y Luperón. Memorias de un expedicionario” (1981), describe entre otras cosas con singular intensidad el malestar que a su llegada se reflejaba entre los hombres del campamento guerrillero, la vigilancia a que estaban sometidos, los problemas que surgían, precisamente, a causa del relajamiento de la disciplina y el comportamiento díscolo de algunos expedicionarios, el ambiente de derrota, la hostilidad entre diferentes grupos y hasta la urdimbre de un complot para matar a Juan Bosch:

“En el cayo reinaba una atmósfera de fracaso. Muchos tenían ya un mes allí cuando llegué y no había ningún indicio de que la expedición saldría hacia Santo Domingo. Ni siquiera había algún signo que remotamente indicara tal posibilidad. Los acontecimientos iban a revelar después que en realidad estábamos confinados en aquel islote estrictamente bajo vigilancia y control. Los aviones de la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica que lo sobrevolaban diariamente eran una evidencia de ello.

“Se constituyeron una serie de partidos políticos y de agrupaciones revolucionarias de todo tipo.
“Habían (sic) varios focos de liderato en aquel ambiente tenso y hostil hasta el extremo de que en alguna ocasión el batallón de Eufemio Fernández y el de Masferrer se pusieron en zafarrancho de combate. De llegar a los hechos aquello habría sido una carnicería porque hubiera sido difícil escapar ileso de una acción de ese tipo.

“Un complot para asesinar a Bosch”

“Un joven cubano de apodo ‘Cascarita’ fue arrestado por una falta a la disciplina y a otro a quien llamaban ‘Mejoral’ se le había encomendado su custodia. Durante el arresto tuvieron un altercado y cuando el preso fue puesto en libertad y le entregaron su rifle, le disparó a su antiguo carcelero casi a quemarropa y le destrozó el vientre con una bala explosiva. Fue un espectáculo deprimente que contribuyó a agravar la situación sicológica de la gente.

“Como no se tenían noticias ciertas de la partida hacia Santo Domingo, surgían los más extraños rumores que pronto se disipaban para volver a renacer cada vez más alarmantes. Durante la noche los disparos eran frecuentes. Se disparaba sin ninguna razón válida, por lo que había que dormir con grandes precauciones.

Un día fuimos Pedro y yo a saludar a Juan Bosch, que ocupaba una especie de enramada en un extremo del cayo y lo encontramos acostado en una hamaca con una pistola al alcance de la mano debido a los rumores de un complot para asesinarlo. Bosch utilizó como medio de contrarrestarlos una frase que circuló profusamente. Dijo: “Me podrán matar en el cayo, pero yo soy un muerto muy hediondo”. Quien sabe en qué medida esto detuvo las intenciones que efectivamente parecía que abrigaba alguien.

“Si esta expedición hubiera llegado a Santo Domingo en sus comienzos, o sea, dos meses antes, es posible que el elemento sorpresa, sumado la combatividad de los expedicionarios, hubiera creado una situación muy difícil para el régimen de Trujillo. Sin embargo, parece que nunca estuvo en las intenciones de algunos de sus organizadores cubanos el llevarla a Santo Domingo”. (2) 

(Historia criminal del trujillato [110])


Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 67-70.
  2. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 68.

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.


Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega* 

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Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

sábado, 19 de noviembre de 2022

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (2) Los reclutas

Pedro Conde Sturla

18 noviembre, 2022

En el mes de enero de 1946 —la época en que Juancito Rodríguez llega a Cuba, una vez terminada la segunda carnicería mundial—, todo conspiraba a favor de un gran movimiento insurreccional contra el gobierno de la bestia. No faltaban, por supuesto, hombres entrenados y con experiencia militar ni faltaban armas ni dinero para comprarlas a precios inmejorables. Había un exceso de disponibilidad. De hecho, quizás el mayor problema y una de las causas del fracaso de la expedición se debió al gran número de personas que se sumó a la empresa.


Desde que se inició la leva, el reclutamiento, la gente empezó a acudir por docenas al Hotel San Luis de La Habana, que era en principio el centro de operaciones, y en poco tiempo se alistaron más de mil voluntarios. Se alistaron cubanos, venezolanos, guatemaltecos, nicaragüenses, puertorriqueños, norteamericanos y hasta veteranos de la guerra civil española. Se alistaron, por supuesto, dominicanos, en un número muy inferior al de los demás, unos cien o tal vez menos dominicanos, y se alistaron idealistas y conspiradores, numerosos aventureros, villanos y buscavidas, gente marginada y desarraigada, espías, delatores, agentes del gobierno de la bestia y del imperio. También se alistó Fidel Castro Ruz, cuando apenas tenía poco más de veinte años, con un grupo de compañeros.

José Alemán, el ministro de Educación del presidente Grau, prestó inestimable ayuda al movimiento y fue de alguna manera el enlace entre éste y el gobierno, mientras que Eufemio Fernández, el jefe de la Policía de La Habana, se contaba entre los más abiertos y dedicados colaboradores.

La organización, el reclutamiento, el entrenamiento del Ejército expedicionario y todo lo que pretendía ser clandestino (con la velada o discreta autorización del gobierno de Grau San Martín), se convertirían muy pronto en un secreto a voces.

En cuanto al aspecto financiero, los altos dirigentes del exilio dominicano se enfrascaron en la tarea de recabar ayuda de los gobiernos amigos para conseguir armas y pertrechos, y a ellos se sumó el recién llegado y muy entusiasta Juancito Rodríguez. En rigor, desde su arribo a Cuba, Juancito Rodríguez se puso personalmente y financieramente al servicio incondicional de la causa y muy pronto ocupó el más alto cargo en la dirección de la misma. Juancito Rodríguez aportó, entre otras cosas, los fondos para la compra de tres barcos y ocho aviones de combate en los Estados Unidos.

Por su parte Juan Bosch visitó México y otros países en busca de ayuda financiera y empleó con el mismo propósito sus buenos oficios con el gobierno y el gobernante de Venezuela. De este país obtuvo recursos que permitieron adquirir otro par de aviones, un par de inestimabilísimos bimotores Douglas, DC-3.

Por si fuera poco, Juan Bosch también estuvo en Haití y obtuvo una valiosa contribución de Ellie Lescot, el presidente del país, por un valor de veinticinco mil dólares. El aporte más generoso, consistente en varios millones de dólares provino del gobierno cubano de Grau San Martín.

Otro cargamento de armas, proveniente de la fuente más insospechada, se consiguió gracias a la feliz y traviesa iniciativa de Juan José Arévalo, el presidente de Guatemala. Arévalo se las ingenió —mediante una astuta movida, una engañifa en la que participó personalmente—, para comprar cañones y ametralladoras, rifles, y abundantes pertrechos al gobierno de Argentina, el gobierno de Juan Domingo Perón, que era amigo y aliado de Trujillo y nunca hubiera movido un dedo en su contra. Perón creyó en ese momento que le estaba vendiendo armas al gobierno de Guatemala y no a los enemigos de Trujillo, el presidente del país donde algún día tendría que asilarse. Lo peor fue que las vendió a un precio simbólico, a precio de vaca muerta, por una cantidad irrisoria que pagó Juancito Rodríguez.

Hasta entonces los Estados Unidos no habían intervenido ni a favor ni en contra del movimiento, aunque apenas un año atrás le habían negado a la bestia la venta de un cargamento de armas y le provocaron de paso un gran disgusto. Mientras tanto se limitaban a observar, asegurándose de que las cosas no salieran de su cauce y en el momento oportuno echarían todo a perder.

Todo parecía, sin embargo, estar saliendo bien. El número de los integrantes de la expedición aumentaría hasta alcanzar unos mil doscientos o mil quinientos miembros y pasaría a llamarse “Ejército de Liberación Dominicano”, a pesar de que los dominicanos constituían una minoría.

Una primera fase del entrenamiento se llevó a cabo en la provincia oriental de Holguín bajo la órdenes de Manolo Bordas, un personaje que había alcanzado el rango de teniente en el Ejército norteamericano y que dividió a los expedicionarios en cuatro batallones donde figuraban tres cubanos y un hondureño y ni un solo dominicano al mando. Para peor –extrañamente peor— en uno de ellos fungía como comandante el facineroso Rolando Masferrer, enemigo acérrimo de Juan Bosch, el mismo hombre que durante el régimen de Fulgencio Batista sería jefe del grupo de sicarios que llevaría orgullosamente su nombre: Los Tigres de Masferrer.

A mediados de 1947, los integrantes del Ejército de liberación fueron trasladados hacia un lugar llamado Cayo Confites, perteneciente a la Provincia de Camagüey, donde fueron recibidos por altos oficiales del gobierno y bandadas de mosquitos. No era un lugar hospitalario, pero era un lugar estratégico, aislado, discreto, que se prestaba a la perfección para completar el entrenamiento militar, la preparación para una invasión por aire, mar y tierra, que se prolongó más de la cuenta.

Eventualmente, en el mes de julio de 1947, se elegiría un alto mando, un consejo revolucionario integrado por Juancito Rodríguez (como comandante en jefe), Angel Morales (como presidente del consejo), Juan Bosch, Leovigildo Cuello y Juan Isidro Jimenes Grullón. Sin embargo, quizás el verdadero mando o una gran parte del mando lo tenían los comandantes de los batallones. 

(Historia criminal del trujillato [108])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator
LA EXPEDICIÓN DE CAYO CONFITES, SU ESCENARIO HEMISFÉRICO”
Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba.
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Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites
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Expedición de Cayo Confites
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