viernes, 24 de febrero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (15 de 15). La revolución traicionada

Pedro Conde Sturla

24 febrero, 2023

El Fantasma regresó prácticamente vacío, casi igual de vacío que como había partido cuando salió en busca de provisiones y combustible. Los taimados jefes de los barcos de la marina cubana les jugaron a los expedicionarios una broma pesada, la peor de todas. Los pusieron a descargar el buque con la promesa de atiborrarlo con alimentos y combustible y apenas les dieron un poco de combustible. Otra vez tuvieron, pues, los expedicionarios que trasladar las armas de una embarcación a otra (del buque Aurora al Fantasma), sin apenas haber comido.


El trato recibido obligó a los jefes del ejército libertario a adoptar una decisión drástica, que tomaría por sorpresa a los marinos cubanos o los dejó más bien con la boca abierta, muy abierta. Al amanecer del día 26 las naves expedicionarias habían desaparecido, simplemente no estaban, se habían escabullido durante la noche, una noche lluviosa y sin luna. Los diestros timoneles zarparon con extremo sigilo, se dejaron arrastrar por la corriente de los bajos fondos, por donde no podían pasar barcos más grandes y lograron escapar. Se burlaron de los burladores.

Otra vez fueron a parar a otro cayo, el llamado Cayo Lobos, adonde llegaron un día después. Apenas tenían provisiones y no las volverían a tener. Aún así, los jefes militares ideaban sobre la marcha nuevos planes de contingencia para el supuesto desembarco en Haití, que cada vez resultaba más improbable, pues las penurias y mala suerte seguían al pequeño ejército como una sombra. La expedición estaba llegando a su fin.

El último día que las naves libertarias navegaron juntas fue el domingo 28 de septiembre de 1947. Las máquinas de la goleta Angelita estaban averiadas y tuvo que abandonar la expedición, partir hacia el puerto de Nuevitas, con un cargamento de enfermos, no sin sufrir los embates de un temporal que estuvo a punto de hundirla. En cuanto llegó a su destino sus tripulantes fueron hechos prisioneros.

El Aurora tampoco estaba en buenas condiciones. Tenía una hélice torcida y se desplazaba con extrema lentitud, mientras que el Fantasma tenía un problema de desviación de la brújula y se veía frecuentemente obligado a corregir el rumbo.

Así las cosas, más adelante se produciría la separación del Fantasma y lo que se convertiría en la deserción y traición de Masferrer.

Por órdenes de Masferrer, desde el Fantasma pidieron permiso para ir en busca de agua y otros alimentos, amén de combustible, y pusieron rumbo en dirección a otro cayo, el Cayo Moa (Cayo Confites se había convertido en ese momento en la expedición de los cayos), pero todo no había sido más que un pretexto para entregarse a las autoridades. El Fantasma no se dirigió a Cayo Moa, sino al centro de la bahía de Nipe, en aguas cubanas, y ancló cerca del municipio de Antilla. Masferrer mandó una lancha a tierra con dos de sus hombres de confianza. Supuestamente debían comprar cigarrillos y hacer contacto con un pariente. O informar simplemente de su paradero. En ese momento ya se sabía que el gobierno cubano había ordenado formalmente la detención de los barcos rebeldes. Sin embargo el Fantasma permaneció seis horas en el lugar sin que nadie hiciera diligencias para abastecerlo de provisiones y combustible. Luego partió en las tempranas horas del 29 de septiembre hacia alta mar, partió directamente al encuentro con la fragata José Martí de la marina de guerra cubana en mar abierto.

Cuando conminaron la rendición, Masferrer adoptó una actitud, aparentemente, agresiva, pretendía resistir y escapar. Lo cual hubiera puesto la nave y toda la tripulación en riesgo de volar por los aires en caso de ser alcanzados por fuego de cañón o ametralladora, a causa de los muchos explosivos que transportaban. La única opción para los hombres del Fantasma era tirar la toalla y la tiraron.

Una vez en control de la situación, la fragata Jose Marti condujo al Fantasma al puerto de Antilla y los hombres de Cayo Confites se convirtieron en prisioneros. La revolución se había acabado para ellos y muy pronto se acabaría para todos.

Rolando Masferrer no se limitó a entregar el Fantasma. También entregaría y traicionaría a la tripulación del Aurora de la manera más ruin y cobarde. Mediante una burda engañifa.

Según cuenta Feliciano Maderne, el día 29 de septiembre, cuando los hombres del Fantasma ya habían sido detenidos, en el Aurora se recibieron dos llamadas de Masferrer. Dos llamadas al parecer de auxilio. Masferrer pedía ayuda, se encontraba en una situación comprometida y pedía ayuda pero sin dar muchas explicaciones. El Aurora fue en su ayuda y se topó con la fragata José Martí. (1)

«Por su parte, Juan Rodríguez evocó el suceso de forma sobria pero con una claridad meridiana: Un radiograma del Máximo Gómez (el Fantasma) enviado en clave por Masferrer me daba cuenta de una situación peligrosa y nos pedía que regresáramos. Pensé que el barco estaría a punto de zozobrar y di órdenes de volver el rumbo hacia las costas cubanas para auxiliarlos. Cuando estuvimos en aguas de Cuba nos encontramos con los barcos de guerra y recibimos la orden de rendirnos… Si Masferrer estaba hundido, debió dejarme continuar la marcha. Si él hubiera seguido, no fracasamos, porque llevábamos muchos hombres y muchas armas». (2)

Antes de tomar su decisión Juancito Rodríguez consultó incluso con Juan Bosch y él también se mostró partidario de ir en ayuda del Fantasma.

Ángel Miolán se pronunciaría, respecto al mismo episodio, de una manera más tajante, mucho más categórica: «El Fantasma nos tendió una trampa, con un mensaje, después de su captura o entrega».(3) Masferrer les tendió una trampa.

El hecho es que en horas de la tarde el Aurora se encontró de frente con la fragata José Martí en un lugar cercano a la costa.  El timonel intentó hacer unas maniobras diversionistas, tratando de escapar de la ratonera en que se había metido, pero todo fue inútil. El único que logró evadirse, en compañía de otros tres compañeros, y al amparo de las sombras de la noche, fue un joven llamado Fidel Castro. Utilizaron primero una lancha y cuando fueron descubiertos, iluminados por un reflector de la fragata, prosiguieron el viaje a nado en unas aguas plagadas de tiburones. Por algún extraño designio o quizás milagro de la providencia lograron llegar a tierra y hasta pudieron salvar unas armas que después perderían. El Aurora fue abordado y llevado al cercano puerto de Antilla donde los esperaba la tripulación del Fantasma. El ejército revolucionario se reunificó de nuevo, pero en la cárcel.

Ángel Miolán diría con emoción en la boca: «Difícilmente volverán a sentir […] una pena más honda que aquella que hirió su corazón, ese día inolvidable, cuando se dieron cuenta de que se habían acabado sus sueños, porque en unos minutos habían dejado de ser hombres libres para convertirse en prisioneros».(4)

Miolán hablaba por todos. Y hablaba especialmente por los expedicionarios dominicanos que como él vieron truncados sus anhelos libertarios. Hablaba por Juancito Rodríguez y su hijo José Horacio Rodríguez, por Ramón Emilio Mejía (Pichirilo), hablaba por Juan Bosch, Diego Bordas, Mauricio Báez, Miguel Ángel Ramírez Alcántara, Pedro Mir, Francisco Alberto Henríquez Vázquez (Chito), Federico Henríquez Vázquez (Gugú), Enrique Cotubanamá Henríquez Lauransón (Cotú), Tulio H. Arvelo, Germán Martínez Reyna (hermano del asesinado Virgilio Martínez Reyna), los hermanos Víctor, Rafael y Virgilio Mainardi Reyna, Nicanor Saleta Arias, Miguel Ángel Feliu Arseno, Horacio Julio Ornes Coiscou, José Rolando Martínez Bonilla, Freddy Fernández Barreiro, Dato Pagán Perdomo, Antonio Toirac Escasena, Manuel Calderón. Virgilio y Victor Mainardi, Nene Miniño, Danilo Valdez, Leovigildo Cuello, Juan Isidro Jimenes Grullón y tantos otros que a lo largo de los años persistirían en la lucha y en la lucha dejarían sus propias vidas para librar a su país de la tiranía de la bestia.

(Historia criminal del trujillato [120])
Notas:
(1) Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites, p. 34
(2) Ibid

(3) Ibid

(4) Ibid, p. 343

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”


viernes, 17 de febrero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (14). La deserción de los trescientos

Pedro Conde Sturla

17 febrero, 2023



A pesar de todos los contratiempos, en el corazón de muchos expedicionarios se mantenía vivo el ideal del proyecto libertador. No abandonaban la idea de desembarcar en algún lugar de Haití, marchar hacia la frontera y dar la pelea por todos los medios. Otros ya estaban pensando en desertar y muy pronto desertarían. Masferrer y otros parias desertarían y traicionarían.


La decisión que tomó el Estado Mayor al regreso de Juancito Rodríguez, y después de una larguísima reunión, fue abandonar las aguas territoriales cubanas, como se había estipulado, abandonar Cayo Santamaría y partir hacia Cayo Winchos, un islote pelado de la islas Bahamas, perteneciente a Inglaterra, donde esperarían a un alto jefe militar de la expedición que traería importantes noticias. También esperaban recibir unas lanchas torpederas de refuerzo, que se unirían al Aurora, el Angelita y el Fantasma. Luego pondrían rumbo hacia la isla de Santo Domingo.

Ni las lanchas ni el jefe militar ni las noticias llegarían nunca. En cambio, las naves expedicionarias disfrutaban ahora de la ingrata compañía de cuatro barcos de la marina de guerra cubana, que desde que partieron de Cayo Santamaría no le perdían ni pie ni pisada. En uno de ellos había regresado Juancito Rodríguez.

La desilusión de los hombres nada más llegar al desolado Cayo Winchos no se hizo esperar. Por nada del mundo querían repetir la experiencia de Cayo Confites en un nuevo cayo y empezaron a rezongar. Masferrer se apropió o trató de apropiarse como otras veces de la situación y —por medio de un equipo de altoparlantes—, soltó un demagógico discurso de barricada que pudo escucharse en todos los navíos, un discurso con el que pretendía infundir ánimo en las tropas y disimular sus verdaderas intenciones. Los barcos de la marina cubana, según Masferrer, estaban allí para escoltarlos hasta que ingresaran a aguas dominicanas. La llegada de las lanchas torpederas y altos jefes militares con alentadoras informaciones y una nave cargada de provisiones era inminente. Pero el discurso de Masferrer, plagado de burdas mentiras (demostrativas de la perversidad de quien sería uno de los peores asesinos al servicio de la dictadura de Fulgencio Batista), tuvo el efecto contrario al que esperaba. En esos momentos las tropas ya habían entendido qué Masferrer mentía descaradamente y pocos le creyeron. La intención de Masferrer era engatusarlos, retenerlos con cualquier pretexto en Cayo Winchos. Para muchos resultaba claro que los barcos de la marina cubana los estaban siguiendo y no custodiando y que ya estaban prácticamente presos. Todo formaba parte de una jugarreta para demorarlos en el lugar y ejecutar en su debido momento las órdenes de detención que los marinos cubanos debían haber recibido.

Lo del barco con alimentos resultó ser cierto, en parte. Llegaron los alimentos en abundancia al poco tiempo en la fragata José Martí, pero no estaban destinados a los revolucionarios. Eran más bien una carnada. Se los dejarían ver y oler, como quien dice, de lejitos, a prudente distancia. Pospusieron la entrega de las preciosas viandas a los famélicos expedicionarios hasta el día siguiente. Pero al día siguiente tampoco se los darían así como así. Hubo que negociar personalmente con los altos oficiales de la flotilla de la marina cubana.

En ese momento las provisiones del ejército revolucionario se habían reducido al mínimo. Los expedicionarios carecían de agua y comida y combustible, de todo lo necesario, y el precio que tendrían que pagar por ellos sería oneroso.

En una larga y tensa reunión con los jefes de Estado Mayor, en vez entregar provisiones los altos oficiales de la marina pidieron poco menos que la rendición. El ejército debía disolverse, los expedicionarios entregarían las armas, entregarías sus barcos y regresarían libremente como huéspedes en las naves de la marina cubana a sus hogares.

El alto mando del ejército rechazó la propuesta. Exigió que se cumpliera con los compromisos contraídos. La entrega incondicional de agua y comida y combustible. En virtud de que el presidente Grau había dejado claro que no se permitiría la violencia contra los expedicionarios, los marinos cubanos aceptaron lo que exigía el alto mando del ejército, pero con una condición. Las provisiones serían trasegadas a un barco donde no habría armas ni gente armada.

El barco que eligieron para tal fin fue el Fantasma, que estaba cargado hasta el tope de pertrechos militares que era necesario trasladar a otro barco para hacer espacio para las provisiones. Los hambreados y debilitados hombres pasaron la noche faenando, trasladando la pesada carga al Aurora. Al amanecer del viernes 26 de septiembre la tripulación de el Fantasma desembarcó en Cayo Winchos y el Fantasma partió en busca de los abastecimientos.

Las condiciones en el cayo eran deplorables y para colmo empezó a llover, el agua y los alimentos llegaron al poco tiempo a su fin y también la paciencia de los hombres. Se produjo entonces lo que podría llamarse un amotinamiento pacifico. Oficiales y soldados de los batallones Sandino y Guiteras, unos quinientos en total (y en su mayoría cubanos), demandaron ser liberados de su compromiso con el ejército de liberación y regresados a Cuba. Redactaron incluso una carta dirigida al Estado Mayor en la que daban cuenta de los motivos o causas que justificaban su deserción, el abandono de la causa. Entre otras muchas cosas, los descontentos estaban hartos de los abusos y atropellos de Masferrer y de sus sistemáticas mentiras, de las penurias que habían tenido que soportar por culpa de la mala organización de la expedición. Además no querían exponerse a un enfrentamiento armado con la marina de guerra de su propio país. La desmoralización cundía por sus fueros y el reciente hallazgo de una bomba junto a unas cajas de dinamita en el buque Aurora empeoraba las cosas. Había infiltrados entre los expedicionarios y había saboteadores dispuestos a provocar una hecatombe.

El estado mayor dio instrucciones a Masferrer, el menos indicado de todos, para tratar de solucionar el problema. Éste encaró a los insurrectos con promesas y mentiras y medias verdades, ofreció un trato digno y logró hacer desistir a unos doscientos, pero los restantes trescientos persistieron en el empeño y se quedarían en el cayo.

Con ellos no sería tan gentil Masferrer, a pesar de lo que acababa de prometer. Habló de nuevo con los rebeldes, tratando de convencerlos, con un tono probablemente amenazador, y mientras Masferrer hablaba sus fieles disparaban esporádicamente al aire, pero todo fue inútil. Ya estaban hartos de Masferrer y no faltó quien lo dijera en voz alta. Permanecieron firmes en su decisión.

Entonces se les ordenó que entregaran las armas y todo lo que tenían. Se les dispensó un trato humillante. Los que se negaron a obedecer fueron obligados a desnudarse bajo amenazas. Lo que se produjo entonces fue un saqueo. Las hienas de Masferrer se comportaron como lo que eran, una pandilla de depredadores. No sólo les quitaron las armas sino los objetos personales. Los aligeraron de todas sus pertenencias, relojes, zapatos, ropas, y en algunos casos se propinaron golpizas de consideración. Después serían trasladados en botes a los barcos de la marina cubana, de donde serian poco gentilmente conducidos a prisión.

Para empeorar las cosas, los suministros que habían ofrecido los marinos cubanos fueron entregados a cuenta gotas. Persistía, pues la escasez de agua y comida y combustible. Persistía el régimen de penuria. Los expedicionarios estaban definitivamente “salaos”, como dice Hemingway del protagonista de El viejo y el mar. La peor forma de mala suerte.

(Historia criminal del trujillato [120])
Bibliografía:
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”
Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.



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viernes, 10 de febrero de 2023

Diatriba de la pichula

Pedro Conde Sturla

10 febrero, 2023

Vargas Llosa en Librería Cuesta, hojeando un libro del autor de esta diatriba

Entonces el escribidor creyó que a sus ochenta y tantos años cumplidos la araña no se había fijado en la mosca para chuparle la sangre, que lo quería por sus encantos, por sus dotes de macho cabrío, no para compartir el relumbrón de su fama.


Después de tanto lloriquear durante la lacrimosa entrega del premio aquel y de tanto agradecer a su primita de nariz respondona, a su fiel compañera de vida, después de dedicarle prácticamente el premio, el codiciado galardón, se fue tras la depredadora como un perrito faldero tras una perrita en calor y ahora quiere convencernos de que esa vida no le gustaba cuando era la vida que le había gustado siempre tanto a él como a ella, la vida del rubiroso y la rubirosa, la del vedotto y la vedette, el megadivo y la megadiva, la del vanidoso y la vanidosa incorregibles, siempre sedientos de reflectores. Una pareja perfecta. El añejo vampireso y la añeja vampiresa, el casquivano y la casquivana, el casquivanité y la casquivanité.

La dejó sin piedad a la primita a la que tanto debía y agradecía, aquella de la que decía que todo lo hacía bien, aquella sin la cual su vida se habría disuelto en un torbellino caótico, la que le permitía sus frecuentes escapadas, la que le resolvía todos los problemas. La que a manera de elogio le decía que para lo único que servía es para escribir.

La dejó sin remordimiento y la sometió a la peor de las humillaciones, al escarnio público, la avergonzó y se avergonzó mientras se entregaba a un ridículo que las revistas del corazón y la prensa prostituta celebraban. Al escribidor todo se le aplaudía, incluso cuando incursionó como actor en una obra de teatro o cuando quiso ser director de cine. Al troglodita más afamado del planeta —con perdón de los trogloditas—, todo se le consentía y consiente, a pesar de que su gran talento literario y su fina inteligencia no le impiden cometer juicios políticos y literarios que se salen como decimos nosotros fuera del cajón. Hace un tiempo le oímos o leímos decir que el COVID no existiría si China no fuera una dictadura. También lo hemos escuchado lamentándose de que una novela como “La peste, de Albert Camus, se haya puesto, al parecer, tan inmerecidamente de moda en estos días, y lo hemos oído despotricando contra Robin Hood porque le robaba a los ricos que pagaban impuestos para darle su dinero a los pobres.

En fin, que la devoradora de vidas y hogares se lo llevó a vivir a Villa Meona y pudo haber sido peor, mucho peor. Imagínense que lo hubiera llevado a Villa Anacaona o algo parecido.

Nada más llegar pusieron un mayordomo a su servicio. El mayordomo lo vestía, lo desvestía, quizás le cantaba canciones de cuna cuando no podía dormir. Desde entonces ya no tuvo ni siquiera necesidad de subirse y bajarse por sí mismo la bragueta ni de sacudirse la probóscide cuando iba al meandro.

Durante años se entregó el escribidor a los encantos de un mundo frívolo que le parecía fascinante, más divertido que el acartonado y aburridísimo entorno de soporíferos académicos y académicas. Se entregó de lleno a la dolce vita. Se refugió en los brazos amantes de la depredadora. Se los vio durante ocho años felices y sonrientes, aparentemente felices o sonrientes, en los más encumbrados eventos sociales.

Pero el escribidor nunca la quiso, de eso se dio cuenta casi ocho años después, nunca la quiso. Su amor fue un enamoramiento truculento y pajarero, una de esas locuras momentáneas de ocho años apenas de duración que echan a perder una vida. Lo que entre nosotros se llama un emperramiento. Nunca volvió a ser feliz. Lo suyo fue —confiesa ahora el escribidor—un enamoramiento de la pichula, de la morronguita mimada, no del corazón.

Pero ya no eran los tiempos de la tía Julia y el escribidor. En esa época el escribidor era inagotable, incansable. La tía Julia, que lo aventajaba en edad y mucha edad, no se quejaba ni se cansaba del escribidor en sus años mozos. Ahora el escribidor sólo podía sostener la pluma, pero no el pincel y empezaría a pasar vergüenza, enfrentó una huelga casi indefinida de la pichula. No sabemos si el mayordomo lo sustituía como pichulero, pero la mujer araña protestaba puntualmente. Tómate por favor otra de esas pastillistas azules, no me vengas con el asunto de la presión que se te sube, algo tiene que subírsete. Tu sólo sirves para escribir. Ni siquiera como político te va bien, cuando no pierdes tú, todos tus candidatos pierden.

Ahora el escribidor lo reconoce, lo ha reconocido públicamente. Al pincel que pintaba maravillas ya no lo movían rezos ni pastillas.Ya no podía follozar como en otra época. Ya no podía cantar la pichulita de barro, ya no podía cantar lindo capullo de alhelí ni ay morena, morenita mía. Ahora cantaba sombras nada más, cantaba con tristeza que partía el alma ay de mi pichula, pichula, llévame al río. Lo peor es que cantaba que le pasa, que le pasa que le pasa a mi camión, que le pasa que le pasa que no arranca. La pichula que tantos elogios había cosechado en otros tiempos, la polifacética varita de mear se le había dañado, sólo servía para lo que le sirve a los niños.

Después comenzaron los celos, los celos posiblemente justificados. Estas no son horas de llegar. Pero la amante le salió respingona. No seas infantil por favor. Sacúdete por favor esa arena que trajiste de Piura. En Villa Meona el humillador sería humillado… En fin, que un día se fue de la casa o no lo dejaron volver.

Por suerte, según dice el escribidor, ya nada de eso forma parte de su universo. Ahora dice que quiere hacer de cuenta que todo fue una pesadilla de la que quiere eliminar cualquier rastro.

Hay muchas formas de hacer el ridículo, pero la del escribidor y la casquivanité no tiene igual. Después de tanta pasarela y tanta exhibición, la pareja del siglo acaba como los monos, a rabazos limpios. Pero al escribidor las revista del corazón y la prensa prostituta lo miman y lo celebran, y hasta la academia francesa le ha dado un premio de consolación. Además todavía preserva uno de sus activos más valiosos. La amistad del rey emérito que le ofrece refugio espiritual y lo acompaña a recibir y prestigiar el premio. El funesto rey don Juan, a quien ni el hijo quiere ver.

Por suerte para el escribidor, la primita parece que está dispuesta a recibirlo en vez de abandonarlo a su perdición, lo recogió en su santo seno, lamiéndose las heridas, y lo consuela. Mejor que se resigne y se esté quieto. Ay, primita, pero me duele la frente, me duele mucho, primita. No te preocupes, primito, los cuernos son como los dientes, que duelen cuando están saliendo y después uno come con ellos. Pobre primita, su mayor defecto es quererlo incondicionalmente. Pobre primita, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí…



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viernes, 3 de febrero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (13). El rumbo hacia el desastre

Pedro Conde Sturla


 Rolando Masferrer 

El día soñado por fin había llegado después de tantos meses de penuria y el ejército expedicionario estaba listo para partir.

La distribución de las tropas en los diferentes buques se organizó racionalmente de acuerdo a sus  condiciones y capacidad, y a la especialidad y al estado de salud de los hombres en algunos casos.

En la goleta Angelita, que iba al centro y que estaba en parte averiada, embarcaron una parte del cuerpo médico y gente del equipo de comunicación y cierta cantidad de dinamita, así como varios enfermos que no podían continuar el viaje y serían depositados en tierra firme. El capitán del Angelita se llamaba Marquitos Gómez y era hijo de un dominicano que en 1895 estuvo con José Martí y Máximo Gómez en su viaje desde República Dominicana a Cuba y había participado en la guerra de independencia.

En el buque que llamaban Fantasma, que iba a la retaguardia, embarcó la mayoría, unos quinientos cincuenta hombres pertenecientes a los  batallones Sandino y Guiteras, gente del cuerpo médico y del equipo de radio y comunicación, unos cuantos camarógrafos numerosas armas, explosivos a granel y uniformes y banderas del ejército norteamericano que, llegado el caso, se usarían para confundir al enemigo. Al mando del Fantasma estaba el fatídico y problemático Rolando Masferrer. El piloto y capitán era MacDowell Sherwoodun, un curtido contrabandista revolucionario jamaicano.

En el buque Aurora, que encabezaba la flotilla, se embarcaron los hombres de los demás batallones, que llegaron a ser cinco en total, entre ellos el batallón Máximo Gómez y el batallón Cabral, comandados por los dominicanos Diego Bordas Hernández y Miguel Ángel Ramírez Alcántara. Se embarcaron también algunos miembros del estado mayor, la intendencia general, la mayor parte del cuerpo médico y del equipo de comunicación, granadas y morteros y municiones y unas treinta mil libras de veleidosa dinamita. Solamente treinta mil libras. Allí les tocó viajar juntos a Juan Bosch y Pedro Mir y a un fogoso joven cubano desconocido llamado Fidel Castro.

El mando del Aurora estaba ahora en manos de Pichirilo Mejía, el mismo Pichirilo que días más tarde, en compañía de Fidel y otros compañeros, evitaría casi por milagro ser capturado por miembros de la marina de guerra cubana. El mismo Pichirilo que en su condición de segundo timonel acompañaría en 1956 a Fidel Castro y unos ochenta soñadores en la epopeya del Gramma y que sería uno de los diecinueve, apenas diecinueve, que lograron sobrevivir a los primeros combates. El mismo Pichirilo que volvió a cubrirse de gloria durante la revolución de abril de 1965 y que no pudo sobrevivir al primer año de gobierno del vesánico Joaquín Balaguer…

En fin, que a las siete de la noche del  22 de septiembre de 1947 salieron los expedicionarios  de Cayo Confites en un viaje que no los conduciría a ninguna parte. La mala suerte los acompañó desde desde las primeras horas de viaje, casi desde   el primer momento. Había que tener mala suerte, suerte de la peor, para que en tan poco tiempo después de zarpar se desatase aquel infierno en el Aurora, un fuego en la cocina del Aurora. Los barcos iban tan sobrecargados que no cabía ni lugar a dudas. Desplazarse de un lugar a otro era una tarea ímproba y cuando se produjo el siniestro suceso cundió el pánico. Ya de por sí el fuego era terrorífico, pero además el Aurora llevaba en sus bodegas una cantidad suficiente de dinamita para vaporizar el barco con todos sus tripulantes. Las llamas de la cocina crecían a vista de ojos y amenazaban con propagarse. Lo peor es que nadie sabía que hacer con excepción de un joven de apellido Piket, un dominicano que había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Piket le echó mano a un extintor y tuvo la suficiente presencia de ánimo para meterse entre las llamas y apagar el incendio que amenazaba con llevarse a toda la tripulación al cielo. Piket fue el héroe de la jornada. Los hombres del Aurora habían vuelto a nacer esa noche, pero la mala suerte combinada con la mala leche de Rolando Masferrer no les perdía ni pie ni pisada.

Al amanecer del siguiente día, el 23 de septiembre, los esperaba otro ingrato acontecimiento. El Aurora y las demás embarcaciones —según le dijo Pichirilo a Juan Bosch, que fue uno de los primeros en darse cuenta de lo que sucedía—, habían variado el rumbo y navegaban en dirección contraria por órdenes de Masferrer, las órdenes y maquinaciones de Rolando Masferrer que terminarían por llevar la expedición al desastre. Masferrer había ido a parar al cayo Santa Clara y sus intenciones no eran claras. Algunos piensan que en algún momento había planeado dirigirse a La Habana y tratar de derrocar el gobierno, pero los hechos demostrarían que  estaba buscando entregarse a las autoridades cubanas y entregar a todos los expedicionarios. Había tirado la toalla.

Las naves, además, se habían dispersado y el Angelita se había extraviado, pero se reunirían de nuevo en el Cayo Santa María, donde también se produciría el reencuentro con Juancito Rodríguez y un lastimoso episodio que demostraba que muchos expedicionarios cubanos ya habían tenido bastante. Estaban hartos, sobre todo de Masferrer, y lo demostraron desertando. Ocho hombres del batallón Sandino salieron de patrulla y no regresaron ni regresarían. Cayo Santamaría, a diferencia de Cayo Confites, era bastante grande (de unos veinte kilómetros cuadrados), y tenía pantanos y una tupida vegetación y a los desertores no les fue difícil desaparecer. Lo peor es que ese fue solamente el primer episodio de deserción.

La reunión que Juancito Rodríguez debía tener con el presidente Grau en La Habana no se se produjo porque el presidente se enfermó o pretendió enfermarse de gripe y no pudo, no quiso asistir. Quien lo recibió personalmente fue el jefe del ejército, el voluminoso y prepotente Pérez Dámera, y en la breve charla que sostuvieron le concedió veinticuatro horas para que abandonara Cayo Confites y el territorio cubano junto a sus hombres. Juancito aceptó la concesión, que en realidad era una orden, pero pidió que le entregaran los aviones y las armas y demás suministros que habían sido confiscados y el generoso general Pérez Dámera aceptó o fingió aceptar. Le prometió entregarle todo lo que pedía, pero su propósito era diferente. Muy pronto pondría en marcha un operativo, una oleada represiva por aire, mar y tierra para neutralizar todo lo que tuviera que ver con el asunto de Cayo Confites. Capturar las naves, apresar y desarmar y meter en la cárcel a los expedicionarios se había convertido en su más firme determinación. La cordialidad que hasta ese momento habían exhibido los miembros de la marina de guerra cubana desapareció por encanto, y el primero en enterarse fue Tulio H. Arvelo cuando la nave en que viajaba, el Berta, fue abordada por unos siniestros marineros que hasta ese momento habían sido simpáticos y amistosos y que lo convirtieron de repente en prisionero.

Juancito Rodríguez no se convenció o no quiso enterarse de que había sido engañado hasta el 24 de septiembre, cuando volvió a reunirse con su ejército en Cayo Santa María. Hasta allí llegaban los rumores de que Pérez Dámera había sido comprado por Trujillo y que justificaba su comportamiento represivo contra los expedicionarios con el pretexto de que estos intentaban derrocar al gobierno. Por su parte, el presidente Grau San Martín, presionado por el imperio y el gobierno de la bestia,  apoyaba ahora al generalote y había abandonado el proyecto libertador a su suerte.


Fue un duro golpe para los expedicionarios y en especial para Juancito Rodríguez.


«Según José Diego Grullón, a causa del desengaño sufrido el general Juan Rodríguez enfermó “de vergüenza y tristeza [...] y dejó la dirección del movimiento en manos del Prof. Juan Bosch”». (1)



(Historia criminal del trujillato [119])

Notas:

(1) Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 300

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

viernes, 27 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (12). La nave de la discordia

Pedro Conde Sturla

27 enero, 2023

Buques Fantasma y Aurora frente a Cayo Confites, 1947

En aquel islote devastado por el fuego amanecieron los frustrados expedicionarios aquel día memorable del 21 de septiembre de 1947. Uno de los tantos días memorables o inmemorables de Cayo Confites. Lo que tenían a su alrededor era un paisaje surrealista en el que todavía humeaban algunas brasas y yerbajos. A todos los embargaba un sentimiento de derrota y una rabia impotente entre pecho y espaldas.


Temprano, en la madrugada, el Estado Mayor tomó la decisión de redactar una orden que se entregaría personalmente de alguna manera a los desobedientes capitanes de los barcos. Lo malo es que carecían de un medio de transporte, no tenían ni un bote, ni siquiera un miserable bote. Sin embargo, por increíble que parezca, hubo quienes se ofrecieron de voluntarios para llevar la orden a nado. Apareció gente tan valiente o tan aburrida de la vida que estaba dispuesta a echarse al agua, a sortear los peligros de aquellas aguas plagadas de tiburones con tal de entregar la orden.

Por fortuna, allí estaba Pichirilo, Pichirilo Mejía, que aparte de valiente era inteligente. A Pichirilo se le ocurrió la idea tan elemental como brillante de usar, a manera de bote, uno de esos tanques mal lavados que originalmente se empleaban para almacenar petróleo y que en el campamento servían para almacenar el agua más o menos potable con sabor a rayos que bebían los expedicionarios. El mismo Pichirilo abordó el tanque y valiéndose de un remo improvisado o remando con las manos logró llegar no sin esfuerzo al buque Aurora, comandado por Virgilio Mainardi Reyna, uno de los tres hermanos Mainardi Reyna que formaban parte del ejército libertador.

Regresó al día siguiente, en un bote de remos y no en el tanque, pero con una noticia desalentadora. El comandante del buque Aurora se negaba a acatar las órdenes del Estado Mayor, alegando que tenía otras órdenes de Juancito Rodríguez, del comandante en jefe, órdenes de permanecer en su lugar hasta el momento de su regreso.

Así las cosas, Masferrer ordenó a Horacio Rodríguez (hijo de Juancito y jefe de despacho y mano derecha), que fuera en el bote que había traído Pichirilo a convencer a los testarudos comandantes de la perentoria necesidad de contravenir las órdenes del comandante en jefe, las órdenes de su padre, y acatar las de su estado mayor, convencerlos de la urgente necesidad de abandonar el cayo. Horacio logró persuadir al comandante del Fantasma y se supone que también al de la goleta Angelita, pero no al del Aurora. El Fantasma comenzó entonces a acercarse a la playa y el Aurora empezó a alejarse. Masferrer se había crecido y se había ensorberbecido en grado extremo y de inmediato se le metió en la cabeza que Horacio Rodríguez se había confabulado con Virgilio Mainardi, que lo había traicionado y que había que fusilarlo, provisionalmente, por lo menos fusilarlo. Ordenó entonces a sus matones que arrestaran a Horacio en cuanto desembarcara y lo que se produjo fue un incidente que pudo haber tenido terribles consecuencias. Horacio sacó su pistola y alguien le disparó una ráfaga que por pura suerte no dio en el blanco. Enseguida Horacio fue maniatado, atropellado, desconsiderado, encañonado y llevado en brazos por la fuerza al buque Fantasma. Hay que imaginar, por supuesto, lo que tal espectáculo de arbitrariedad produciría en el ánimo de los dominicanos, sobre todo, y en el de muchos otros cubanos. Esa vez la sangre estuvo más cerca que nunca de llegar al río, y el río iba ser bien caudaloso. Las relaciones entre los diferentes grupos de expedicionarios nunca habían sido buenas y la caldera de odios estaba a punto de estallar. Fue uno de los más difíciles y peligrosos incidentes que ocurrieron en Cayo Confites o que estuvieron a punto de ocurrir.

Dice Juan Bosch que «Vimos que iba a desatarse una guerra entre dominicanos y cubanos, lo cual hubiera sucedido sin ninguna duda en caso de que hubiera muerto José Horacio Rodríguez, no porque era el hijo de don Juan sino porque era un hombre de muchas condiciones buenas y muy valiente según lo demostró en esa ocasión […] Como los cubanos eran más que los dominicanos, nuestro destino era morir en ese cayo y después que nos mataran nos deshonrarían para poder explicar por qué nos habían muerto, pero afortunadamente la cosa no pasó de un largo momento de tensión que de milagro no desembocó en una matanza». (1)

El asunto se resolvió, pues, de alguna manera y entonces se procedió a enviar en el buque Fantasma a un grupo de hombres bien armados a perseguir al Aurora. Pocas horas después le darían alcance. A punta de ametralladoras, obligarían a su capitán a regresar con la nave al cayo, al incendiado Cayo Confites.
Los expedicionarios recuperaron su entusiasmo y empezaron frenéticamente a embarcarse en horas de la tarde, y al llegar la noche estaban listos para zarpar y zarparon con el buque Aurora a la cabeza, la goleta Angelita al centro y el llamado Fantasma en la cola.

En cambio el Berta brillaba por su ausencia. Unos días antes —como dijo en su relato Tulio H. Arvelo—, miembros de la Marina de Guerra cubana habían capturado el buque, el navío que viajaba entre el cayo y tierra firme para aprovisionar a los expedicionarios y que en una ocasión los había salvado del hambre y la sed. En él se encontraban, además de Tulio H. Arvelo, un pequeño grupo de hombres que fueron los primeros en ir a dar a la cárcel. La misma cárcel a donde irían a parar en los días siguientes una parte de los mil y tantos miembros del ejército de liberación que ahora se preparaban para zarpar, para emprender un azaroso viaje, tan azaroso como la estadía en el cayo, un viaje de pesadilla que los conduciría al fracaso. De fracaso en fracaso.


(Historia criminal del trujillato [118])

Notas:

  1. Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 285

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.

Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”



viernes, 20 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (11). El gran incendio

Pedro Conde Sturla 

20 enero, 2023


La masacre de Orfila desató de inmediato —tal y como lo describeTulio H. Arvelo— una guerra entre bandas rivales y una ola de persecuciones, registros y allanamientos que contaron con el visto bueno del general Genovevo Pérez Dámera, que se había convertido de repente en el hombre fuerte del país, y que fueron ejecutados por tropas del ejército. El operativo militar culminó el día 20 de septiembre con el allanamiento y registro de la finca América y el hallazgo de un sorprendente arsenal. La finca América era propiedad de José Alemán, uno de los funcionarios más encumbrados y corruptos del muy corrupto gobierno de Grau San Martín, el increíblemente rico ministro de educación, quizás el más firme aliado del movimiento de liberación. En esa propiedad encontraron suficientes armas para realizar una invasión y realizar varias guerras, todas las armas necesarias para el equipamiento de los buques y aviones que utilizaría el ejército expedicionario, bombas y proyectiles de varios tipos, ametralladores ligeras y pesadas, rifles, pistolas, revólveres,granadas, morteros y bazucas, municiones a granel, variados artefactos, un extraordinario surtido de pertrechos militares. Todo aquel valioso e indispensable material fue confiscado por la policía y se necesitaron trece camiones para transportarlo. (1)

A raíz de ese descubrimiento, que se sumaba a la agorera Masacre de Orfila, el mismo día 20 de septiembre Juancito Rodríguez fue llamado con urgencia a La Habana por el presidente Ramón Grau San Martín. Antes de partir, puso a
Manuel Calderón al mando del Estado Mayor y cometió el penoso error de poner a Rolando Masferrer al cargo del campamento. Además dejó unas instrucciones precisas. Los mandos militares debían esperar su regreso y el resultado de su reunión con el presidente cubano y cuando volviera se tomarían decisiones. Pero las cosas resultarían de otra manera.

Entre los hombres del campamento de Cayo Confites había cundido la alarma y habían empezado a temer lo peor. Dice Ángel Miolán que «Frente al posible estallido de la unidad interna», o en previsión de un ataque de barcos de la marina cubana «que parecían listos para desembarcar»(2), los expedicionarios habían empezado incluso a cavar trincheras.

Por lo demás, las noticias que se escuchaban en la radio ponían los pelos de punta. Muy pronto se supo que el Hotel Sevilla, donde el movimiento tenía sus oficinas, había sido allanado y que Manolo Castro, uno de los más connotados dirigentes, había sido detenido o estaba siendo buscado y que los experimentados pilotos gringos que estarían al frente de los bombarderos se habían esfumado. Muy pronto los expedicionarios de Cayo Confites llegaron a la conclusión de que la ira de todos los elementos volvería a caer sobre el cayo, que probablemente el cayo estaba a punto de ser cañoneado e invadido… Muy pronto llegaron a la conclusión de que tenían que salir del cayo.

Tras varias reuniones, y en franco desacato de las órdenes impartidas por Juancito Rodríguez, los jefes militares tomaron la decisión de partir hacia Haití.

En un principio, cuando el movimiento contaba con todos sus cuantiosos recursos materiales y humanos, Juan Bosch —en su papel de principal estratega— se había mostrado partidario de realizar el principal desembarco de la expedición en Santo Domingo con el apoyo de bombarderos y cañoneras y abundante fuego de ametralladora pesadas. Al joven Fidel Castro, en cambio, no le gustaba la idea de enfrentarse directamente con el ejército de la bestia, que tenía marina y aviación y muchos miles de hombres armados y entrenados por los yanquis, 
y se mostraba partidario de la guerra irregular, la guerra de guerrilla. Ahora, cualquiera de esas posibilidades estaba descartada. La nueva estrategia propuesta igualmente por Juan Bosch consistía en desembarcar en la costa norte de Haití, entrar al país por la frontera, proclamar un gobierno revolucionario, pedir el reconocimiento de Cuba, Venezuela y otros países.

El plan fue aprobado por unanimidad y de inmediato empezaron los preparativos para la partida. Por fin la partida, la anhelada partida. Todos se pusieron de común acuerdo en movimiento, ordenaron sus enseres, sus escasas pertenencias, sus muchos armamentos. Se despidieron del cayo, el maldito cayo. Se pronunciaron arengas emotivas, discursos patrióticos, frases triunfales.Finalmente procedieron a vengarse. Le pegaron fuego al cayo, a todo lo que podía arder en el  maldito cayo, empezando por las chabolas y los bohíos.

El cayo cogió candela por todos los poros, se incendió como una tea, se incendió como un cayo, como un incordio fatídico, iluminando los rostros satisfechos de los expedicionarios en las sombras de la noche, disipando las sombras de la última noche en el cayo. Todo lo que podía quemarse se quemó. Ya no había marcha atrás.

«A semejanza de las legendarias naves de Hernán Cortés, el cayo en llamas simbolizaba la decisión de los expedicionarios de partir hacia su destino, sin opción de regreso. “Confites [escribió José Luis Wangüemert] lucía como una inmensa antorcha de libertad”». (3)

Ahora sólo faltaba abordar las embarcaciones, que se encontraban extrañamente a una prudente distancia del lugar. Se les había dado aviso a los capitanes de que se acercaran a la playa y los barcos no se acercaban. El cayo ardía y el fuego poco a poco se consumía, los precarios refugios que habían dado albergue a los expedicionarios ya no existían, todos los hombres ardían con el cayo de impaciencia, pero los barcos no se acercaban y los hombres empezaban a desesperarse. Ahora estaban a la intemperie, con el cielo y las nubes como cobija. Pero los barcos no se acercaban. Le hacían señales a los tripulantes y los tripulantes no respondían.

Masferrer maldecía, injuriaba, rabiaba, amenazaba inútilmente, la cólera lo consumía. Sólo unos pocos sabían que, al momento de su partida, el muy previsor jefe de la expedición, el general Juancito Rodríguez, había dado órdenes terminantes a los capitanes de las naves de que no se movieran del lugar, que nadie saliera del cayo sin su autorización.

La rabieta de Masferrer al enterarse de la ingrata noticia no hizo más que empeorar. No atendía a razones, blasfemaba probablemente como un diablo, amenazaba con ejecuciones sumarias. Pero los barcos no se movían de su sitio. Los expedicionarios se habían puesto sus uniformes, se habían calentado al calor de las llamas y muy pronto comenzarían a enfriarse, a perder el entusiasmo que durante los preparativos los embargaba. Parecía que las penurias no iban a terminar nunca, parecía que siempre estaban empezando. Ahora estaban varados y desamparados en un cayo pelado, en una balsa de piedra y arena que navegaba hacia su perdición. 

(Historia criminal del trujillato [117])

Notas:
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 274
Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 268
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 283.
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”
(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.
Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites
Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)
Expedición de Cayo Confites
(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)
Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”


viernes, 13 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (10). El fin de la aventura

Pedro Conde Sturla


Genovevo Pérez Damera, Jefe del estado mayor del ejercito de Cuba. 

La expedición de Cayo Confites, a pesar de todos los problemas que confrontaba, no fracasaría a causa de sus conflictos internos sino por culpa de una nefasta confluencia de factores externos. El imperio y la bestia, cada uno por su lado, conspiraban desde el principio contra el movimiento, movían todos los hilos, los infinitos recursos de que disponían para malograrlo, provocar un aborto, la disolución del mas grande y mejor equipado y entrenado ejército que alguna vez se organizó contra el régimen de la bestia, y terminaron saliéndose con la suya.

Por otro lado, el apoyo que brindaba el gobierno de Ramón Grau San Martín a la expedición se sustentaba sobre una base inestable, precaria. Dentro del mismo gobierno había una feroz lucha interna entre diferentes facciones y altos funcionarios civiles y militares. No todas las instituciones del estado apoyaban el proyecto libertario y algunas lo adversaban abiertamente. Las fuerzas armadas, y muy en especial la marina de guerra, mantuvieron en el mejor de los casos una actitud ambigua. Pero el más grande y solapado enemigo era un mantecoso general de trescientas libras de peso que respondía al nombre de Genovevo Pérez Dámera. Era el jefe de estado mayor del ejército cubano y no solo respondía al nombre, sino también a la voz del amo y a la voz del dinero.

En el gobierno de Grau San Martín, que no era un modelo de probidad, los bandos políticos rivales —fuerzas oscuras, políticos pandilleros y pandilleros políticos que se disputaban a balazos una mayor tajada del poder— se movían con exceso de libertad y cometían actos terroristas y  se mataban entre sí.

La más glamorosa de todas las carnicerías protagonizada por políticos gansteriles y mafiosos que se llevó a cabo en el gobierno de Grau fue la masacre de Orfila. Ocurrió el 15 de septiembre de 1947, en La Habana, y fue aparentemente una especie de ajuste de cuenta entre dos bandas armadas que contaban hasta cierto punto con apoyo del gobierno.

Se trata de un episodio que Tulio H. Arvelo describe puntualmente en su libro, con su habitual economía de recursos, y al que considera desde el título el inicio del acabose de la expedición de Cayo Confites, “EL COMIENZO DEL FIN”:

«Un mediodía teníamos sintonizada la radio. Suspendieron la música y comenzaron a dar noticias de última hora. Sonaba un clarín y el locutor decía: ¡ULTIMA HORA! ¡ULTIMA HORA! y anunciaba a seguidas que se había desatado un tiroteo en el reparto Orfila de Marianao. Se trataba del enfrentamiento de dos bandos políticos rivales que habían sido armados por el presidente Grau San Martín. Miembros de uno de los grupos habían rodeado la casa donde almorzaban algunos de los principales líderes del otro. Los dirigentes de dichas facciones eran, por los sitiadores, el comandante Mario Salabarría y por los sitiados el comandante Emilio Tró quien con otros compañeros visitaba la casa del comandante Morín Dopico» (1)

Lo peor de todo es que el inoportuno tiroteo se convirtió en un factor casi determinante del fracaso de Cayo Confites:

«Este suceso del reparto Orfila tuvo una repercusión decisiva en el destino de los hombres de Cayo Confite.

«Después de este sangriento hecho se desató una persecución en La Habana y en toda Cuba contra los grupos políticos rivales. Entre las medidas que se tomaron estuvo el registro de la finca "América" perteneciente al senador Manuel Alemán. Allí estaban depositados todos los armamentos que se suponía iban a ser utilizados por los aviones que acompañarían a la expedición de Cayo Confite y también algunas de las armas especiales como bazucas, bombas, etc., las que fueron incautadas por la Policía. (…) Después que había pasado el tiroteo, a eso de las 4:30 de la tarde, estaba leyendo sentado en una de las cubiertas cuando al llegar una lancha de la Marina de Guerra Cubana que se pegó al barco, varios marinos armados de ametralladoras nos abordaron. Uno de ellos, amigo mío por las veces que había estado a bordo, me encañonó por las costillas y dijo: "Bueno, vamos preso, que ya se acabó esta aventura"» (2)

En efecto, la gran aventura de Cayo Confites había llegado o estaba apunto de llegar a su fin. El mismo Tulio no lo podía creer hasta que lo convencieron a punta de ametralladora:

»Mi primera impresión fue que se trataba de una broma. Por eso ni siquiera le hice caso y seguí la lectura. Pero el empujón que me dio con el cañón de la ametralladora por entre las costillas me hizo comprender que aquel marinero otrora tan cordial y afectuoso hablaba en serio».(3)


El famoso tiroteo del reparto Orfila duró varias horas y tuvo un desenlace tan  sangriento que conmocionó de mala manera a la población. Lo extraño del caso es que el presidente Grau San Martín se negó a intervenir, o más bien se negó incluso a recibir a las personas que acudieron al palacio a pedirle que interviniera. La noticia trascendió de inmediato y llegó a oídos del voluminoso Genovevo Pérez Dámera, que se encontraba en ese momento en Washington, en la capital del imperio, adonde había viajado discretamente con fines inconfesables. Fue él quien, desde Washington, envió tanques y camiones y vehículos blindados y numerosas tropas del ejército para ponerle fin a la contienda.

Una mujer encinta fue ametrallada y varios notorios personajes fueron ejecutados después de rendirse. Hubo un total de seis muertos y ocho heridos. Varias personalidades, y la opinión pública en general, señalaron a Grau San Martín como responsable y hasta lo acusaron de haber planificado el hecho o por lo menos de haber permanecido indiferente para propiciar el enfrentamiento de partidarios incómodos y librarse de algunos de ellos. De la matanza de Orfila saldría Grau San Martín debilitado y desprestigiado y se debilitaría por igual el apoyo que brindaba a los expedicionarios de Cayo Confites.

En cambio Pérez Dámera resurgiría  fortalecido y envanecido, y asumió de inmediato una serie de iniciativas y un papel protagónico que al decir de Humberto Vázquez García alarmó a varios dirigentes políticos por el peligro que representaba. (4) 


Pérez Damera ya se había vendido a Trujillo, y a muy buen precio además, aunque no tanto como lo que podía valer su peso en oro, y se había plegado naturalmente a los dictados del imperio. De varios asesores y altos funcionarios con los que se había reunido en más de una ocasión había recibido indicaciones o sanos consejos, instrucciones para poner las cosas en orden en la atribulada nación caribeña. No se podía permitir la existencia de bandas terroristas, no se podía permitir tanto desorden, no se podía permitir la existencia de un ejército como el de Cayo Confites,  integrado por una mayoría de cubanos cuyo verdadero objetivo era tumbar el gobierno de Grau San Martín y que en cualquier momento podía escapar al control de las autoridades. La matanza de Orfila sería el pretexto, la excusa perfecta para desmantelar al ejército expedicionario.


(Historia criminal del trujillato [110])

Notas:

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”, p. 81
  2. Ibid, p. 82
  3. Ibid, p. 83
  4. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 264


Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.

Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”





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viernes, 6 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (9). La furia de todos los vientos

Pedro Conde Sturla

 Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, en compañía de Fidel y el Che


Muchas cosas andaban mal en Cayo Confites, y cuando nadie pensaba que podían ir peor comenzaron a agravarse, hicieron crisis, o más bien implosionaron.


El aprovisionamiento de agua y comida fue siempre difícil y precario y mantenía a los hombres en permanente estado de ansiedad. La convivencia con las moscas y los mosquitos y las epidemias era insoportable, casi tan mala como la convivencia armada entre gente de tan diversa mentalidad, educación y procedencia. En el cayo había idealistas dispuestos a darlo todo y había  bandas de ladrones dispuestos a robarte el alma y que obligaban a muchos legionarios a andar con sus efectos personales a cuesta. Había oportunistas, aventureros y tramposos, gente de bien en su mayoría y gente de mal que todo lo corrompía. Reinaba entre ellos la desconfianza, la desconfianza y hostilidad entre dominicanos y dominicanos, entre dominicanos y cubanos y sobre todo entre cubanos y cubanos. Las riñas y altercados y los insultos eran frecuentes. Hasta en el estado mayor se discutía con acritud por cualquier cosa. Es posible que ni siquiera hubieran llegado nunca a un acuerdo sobre el lugar en que efectuarían el desembarco.


El más purulento y podrido foco de descomposición moral y de tensión y provocación y la mayor amenaza a la convivencia y la disciplina provenía de los hombres de Masferrer, los matones de Masferrer. De ese mismo Masferrer que parecía cada día más haber sido enviado al cayo por los enemigos.


Los hombres de Masferrer se entretenían a menudo lanzando objetos e insultos contra los  miembros del batallón Guiteras mientras estos descansaban. Jugaban un poco con fuego porque se trataba del batallón mejor equipado y disciplinado, integrado además por auténticos revolucionarios, bajo el mando de un teniente coronel, llamado  Eufemio Fernández, que no era un improvisado. Fernández tenía formación militar, era un tipo aplomado, sereno, profesional,

que infundía respeto e inspiraba simpatía.



En la disciplina de los hombres del batallón Guiteras y la entereza de su comandante confiaban quizás los hombres de Masferrer para atreverse a provocarlos sin temor a una respuesta o represalia. Hasta que un día se rebosó la copa. Esa vez Fernández y Masferrer discutieron  agriamente  cuando Fernández le llamó la atención sobre el comportamiento de sus hombres y Masferrer se retiró taimadamente. Pero las provocaciones no cesaron. Sólo la sangre fría, la serenidad y entereza de Eufemio Fernández evitaron a la larga lo que pudo haber sido un enfrentamiento armado que hubiera puesto punto final a la aventura de Cayo Confites. (1)

Con justa razón Ángel Miolán se quejaría amargamente de que “No solo las epidemias, en constante crecimiento sino también la desintegración interna, generada por los intereses antagónicos de todo tipo, lo mismo que la anarquía, fruto de la desesperación, daban la impresión de que en cualquier momento la expedición desembocaría en un fracaso total”. (2)

Lo cierto es que, a esas alturas, probablemente lo único que los expedicionarios tenían en común era el deseo de abandonar el cayo, largarse del fatídico Cayo Confites. Un nuevo elemento, esta vez atmosférico, les daría muy pronto otro motivo aún más apremiante para desear marcharse.

Dicen que la noche es más oscura cuando va a amanecer, pero hay veces en que cuando la noche está más oscura se pone todavía más oscura y cuando parece que todo está perdido se pierde efectivamente todo. Los muy sufridos hombres de Cayo Confites creían que habían tocado fondo, que habían llegado al fondo del abismo, pero el abismo no tenía fondo, y ni siquiera sospechaban lo que se les venía encima, literalmente encima. La furia de todos los vientos, de todos los elementos, parecía haberse conjurado contra los expedicionarios.

Una brisas agoreras empezaron a hacerse sentir, ráfagas violentas de viento perturbado azotaron el islote, repentinos chubascos y olas encrespadas empezaron a causar preocupación. Las noticias que se captaban por la radio eran más que inquietantes. Se hablaba, por desgracia, de una perturbación atmosférica. Muy pronto sabrían que se trataba de un ciclón. Si en algunas ocasiones habían padecido sed y hambre, los expedicionarios ahora correrían peligro de morir ahogados, de ser arropados y arrastrados por las olas mar afuera o reventados contra los arrecifes. 

Según las informaciones que escucharon en la radio toda la región estaba amenazada. El cayo estaba como se sabe a ras de mar y los expedicionarios morirían en el diluvio o serían lanzados al aire por los vientos pues en el casi pelado cayo no había protección. Nada resistiría un choque frontal con el meteoro que se acercaba.

Por fortuna el ciclón no golpeó directamente el cayo, pero los efectos colaterales se hicieron sentir y con fuerza. En un primer momento se pensó en sacar a  Juancito Rodríguez, pero el mal tiempo arreció de repente y ya no hubo nada que hacer. Dice Humberto Vázquez García que durante tres días y tres noches los expedicionarios fueron azotados por aguaceros huracanados que los calaron hasta los huesos. Tres días y tres noches sin dormir, tres días y tres noches sin sosiego, tiritando  de frío y temiendo lo peor, dándose a veces por muertos, encomendándose a Dios y a las once mil vírgenes. El mar estuvo a punto de inundar el cayo, de penetrar por la parte más baja y cortarlo en dos. El pánico llegó a cundir en las filas. Sobrevivir no parecía una opción.

Pero faltaba todavía un ingrediente para empeorar las cosas. El buque Aurora se había quedado varado o mejor dicho incrustado en un banco de arena y las olas lo sacudían como a un muñeco. No era algo que debía tener mayor importancia en esos momentos de no ser porque el buque estaba cargado de dinamita y en cualquier momento podía reventar. Se ordenó entonces a los hombres que se movilizaran a uno de los extremos del cayo, lo más lejos posible de la corta distancia a la que se encontraba el barco.

 

Alguien tuvo entonces la iniciativa —la más feliz de todas las iniciativas de ese día—, de  recurrir a los buenos servicios de quien parecía ser el el más diestro y más valiente de todos los marinos que integraban la expedición. Se llamaba Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, el muchas veces heroico dominicano que apodaban Pichirilo, el mismo Pichirilo que sería héroe de Cayo Confites, timonel del Gramma, héroe de la revolución cubana, héroe de la insurrección de abril de 1965…


El hecho es que Pichirilo y otros marinos tuvieron el temerario valor de subir de alguna manera a bordo del inestable y potencialmente explosivo Aurora y al cabo de una lucha de cuatro horas lograron desencallar y salvar la nave y evitar que se produjera la temida explosión. Una proeza que fue aplaudida por todos los expedicionarios. El heroico marino sería designado capitán del Aurora. 


Ese mismo día Pichirilo también salvó la Goleta Angelita, cuyas amarras se rompieron y estuvo a un tris de irse a pique.


Después se supo que el ciclón se alejaba del cayo y se dirigía hacia La Florida. (3)




(Historia criminal del trujillato [110])

Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 204, 205.
  2. Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p.  205.
  3. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 251-252


Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.


Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.


Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)


Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.


Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”





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