viernes, 30 de junio de 2023

La fuga hacia ninguna parte (1)

Pedro Conde Sturla 
30 junio, 2023

Fotos del Catalina después de la explosión y de los cuerpos calcinados de Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés

Los expedicionarios sobrevivientes se despidieron del Catalina y de los restos de sus compañeros muertos con una mirada vacía, desangelada. Nadie dijo una palabra, nadie habló, rindieron un homenaje silente y se alejaron.
Atrás quedaban Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés. Este último había acudido al llamado del quejumbroso Hugo Kundhart, mientras trataba de desencallar el avión, y, como ya se dijo, por alguna razón desconocida no logró salir a tiempo o alejarse lo suficiente.

Con excepción del nicaragüense Alberto Ramírez, que ya estaba muerto, todos perecieron en la explosión del Catalina y sus cuerpos fueron calcinados, si acaso no ocurrió lo peor. (1)

La acción que habían emprendido los guerrilleros del Catalina terminó en cuestión de una hora o quizás menos, terminó en un fracaso rotundo. Sin embargo, los hombres que habían participado no carecían de entrenamiento, incluso de experiencia militar, unos se había fogueado en la guerra de Costa Rica y Gugú Henríquez era un veterano de la segunda guerra.

El hecho es que todo lo que podía salir mal salió mal y el grupo de combatientes se había reducido a siete. Cuatro habían muerto en el Catalina y el nicaragüense Alejandro Selva había decidido probar suerte con los tres miembros norteamericanos de la tripulación. Ingenuamente pensaban que por su condición de ciudadanos del imperio serían respetados por los guardias de la bestia.

Unos meses después, cuando los siete fugitivos ya habían sido apresados y encarcelados, sabrían que la suerte de los otros cuatro no los había favorecido. Apenas tres días después del desembarco fueron capturados, probablemente maltratados a culatazos y ejecutados sumariamente. Hablarían en inglés, protestarían en inglés, mostrarían tal vez sus documentos en inglés, pero las órdenes de la bestia eran dar con ellos un ejemplo y se dio un ejemplo.

Mucho tiempo pasaría igualmente para que los sobrevivientes de Luperón supieron lo que había sucedido con los hombres del frente interno que debían estar y no estaban, los hombres que no estuvieron donde debían estar, que debían haber estado esperándolos en algún lugar y sumarse a sus fuerzas. Los hombres del frente interno nunca aparecieron porque sus líderes habían desaparecido. Esos dirigentes del frente interno, de la región de Puerto Plata en su mayoría, habían sido traicionados antes de la llegada de los hombres de Luperón y se habían dado cuenta de la traición, de que eran perseguidos, vigilados a todas horas.

Dice Tulio Arvelo que «Trujillo tenía conocimiento de que los principales dirigentes de ese grupo eran Fernando Suárez y Fernando Spignolio. Estaba enterado de que hacía tiempo habían recibido algunas armas desde el exterior y que esperaban otras que les serían llevadas dentro de poco; pero no sabía ni la hora ni el sitio de llegada. El traidor que lo había informado no tenía esos datos porque los lugares de desembarco y sus fechas exactas no habían sido divulgados a nadie. Ya antes me referí a lo celoso que era don Juan a ese respecto. Por eso lo más que se había llegado a permitir fue colocar a treinta kilómetros de nuestro sitio de arribo a los hombres que debían hacer contacto con nosotros.

»Trujillo tenía vigilados a esos dos dirigentes. Estos por su parte se habían dado cuenta de que les seguían los pasos. Por esa razón cuando supieron que la invasión era inminente, no salieron de Puerto Plata y se quedaron en la casa de uno de ellos en espera de noticias para movilizase tan pronto tuvieran el aviso de nuestra llegada.

»Cuando Trujillo se enteró del desembarco, inmediatamente ordenó que la casa en que tenía ubicados a Suárez y a Spignolio fuera atacada por fuerzas del ejército.

»Cuentan los vecinos que los soldados fueron implacables y que después de una verdadera batalla campal en la que los líderes del Frente Interno se defendieron valientemente al fin sucumbieron por lo desigual de las fuerzas. Los cadáveres de ambos fueron sacados de la vivienda acribillados a balazos.

»Pero no fueron éstas las únicas víctimas producidas por la traición. También Negro Sarita y sus hermanos fueron perseguidos y asesinados por los esbirros de la dictadura.

“Después del desembarco, Trujillo ordenó que se investigara en los alrededores de Luperón con el fin de conocer cuales campesinos se habían movilizado en los días que lo precedieron. Todo aquel que no pudo justificar su traslado de un sitio a otro se hizo sospechoso de colaboración con nosotros y muchos pagaron con sus vidas el haberse hecho reos de esas sospechas». (2)

Por eso ahora se encontraban tan solos y desamparados y además desorientados. Después de mucho andar, ninguno sabía exactamente donde se encontraba. Lo peor es que, con la premura que llevaban al escapar del hidroavión, apenas tuvieron tino o tuvieron tiempo de llevarse unas pocas armas, dos cantimploras y dos frazadas, según dice Arvelo.

La idea era dirigirse hacia Haití y cruzar la frontera, pero en lugar de caminar hacia Haití lo hacían en círculo, tratando de alejarse de Luperón, caminando con desesperación hacia ninguna parte por unas tierras que, como sabrían después, pertenecían en parte al padre de Hugo.

«Esa primera noche caminamos sin detenernos. Hablamos muy poco durante ese lapso. Nos cogieron los claros del día subiendo un pequeño cerro desde donde dominábamos un bello paisaje; pero sin
la menor idea del sitio en donde nos encontrábamos. Al salir el Sol nos orientamos y nos dirigimos hacia el Oeste en busca de la frontera con Haití». (3)

(Historia criminal del trujillato [131])
Notas:
(1) A manera de humillación los cuerpos calcinados de Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés fueron enviados al depósito de cadáveres del Instituto de Anatomía de la Universidad de Santo Domingo, la única del país, para que fueran diseccionados en las prácticas de anatomía por los estudiantes de medicina. Sin embargo, el Dr. Alejandro Capellán, a riesgo de su vida, se las arregló para mantenerlos aparte y los preservó durante trece años en una pileta de formol, hasta el fin de la tiranía. Entonces, solo entonces, hizo pública su iniciativa y los entregó a sus familiares.
(2)Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs., 204, 205
(3) Ibid., p.202



Enviado desde mi iPad

viernes, 23 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (3 de 3)

Pedro Conde Sturla 

23 junio, 2023

Estado en que quedó el hidroavión Catalina después de la explosión.

Apenas habían desembarcado y ya habían sido derrotados. Algunos no habían pasado ni siquiera del muelle, dos estaban heridos y uno estaba muerto y el comandante había ordenado la retirada. Sus palabras habían sido lapidarias: «Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba».


«Los tripulantes, que se habían quedado ayudando en el desembarque de las armas, de inmediato soltaron los rifles que tenían en las manos y se aprestaron a abordar el avión. Lo mismo hicimos todos sin comentarios. Ya tendría tiempo de sobra para hacer preguntas.

La breve explicación que me dio Horacio una vez acomodados en el avión y en espera del despegue fue la siguiente: “Resolvimos retirarnos porque los otros aviones no han llegado, no pudimos tomar el telégrafo por lo que ya a estas,horas deben estar al llegar refuerzos lo que no nos dará tiempo para hacer contactos con el Frente Interno y además ya hemos tenido tres bajas entre ellos dos heridos. Si llegamos a tiempo a un hospital podremos salvar sus vidas”.

»Por el tono en que habló comprendí que la decisión había sido tomada entre los componentes del comando de acción. En ningún momento se me ocurrió discutir si esa decisión era o no correcta. Ni si se tenían pruebas fehacientes de que en realidad no habían llegado los otros aviones.

»Como esos no eran momentos para hacer especulaciones ni mucho menos recriminaciones, pusimos todas nuestras energías en los problemas inmediatos entre los cuales el más apremiante era levantar vuelo y alejarnos de aquel sitio en el que era evidente que ya nada teníamos que hacer». (1)

Levantar el vuelo sería lo difícil, o más bien lo imposible. Debido a la prisa y los nervios, y el inminente peligro que se cernía sobre ellos, actuaron con precipitación y torpeza. Pero lo decisivo fue la desinformación que recibieron de uno de los hombres que todavía permanecían en el muelle, uno de los auxiliares o colaboradores que tanto habían ayudado en el descargue de las armas (las armas que caerían en manos del ejército) y que muy pronto se descubriría que era un espía o un partidario del gobierno de la bestia. Fue ese desgraciado, el mal nacido auxiliar, el culpable del desastre y la tragedia que estaban a punto de producirse.

Dice Tulio Arvelo que la única salida o entrada navegable era un canal de poco calado (incluso para el Catalina), delimitado por la orilla este de la ensenada, la orilla derecha (con relación al litoral) y un gigantesco palo negro, una baliza de gran altura que aún en la oscuridad podía verse desde lejos. Para entrar, como lo habían hecho casualmente, había que pasar del lado izquierdo. Para salir era pues necesario pasar a la derecha. Sin embargo, mientras el dominicano José Rolando Martínez Bonilla recogía desde el Catalina el cable que lo ataba al muelle, «oyó claramente cuando nuestro “auxiliar”, ahora hay que ponerlo entre comillas, le gritó que tomara a la izquierda del palo para salir de la bahía. Y así lo tradujo al piloto». (2)

De esta manera se acabó de torcer el destino de los hombres del Catalina. Todo parecía conspirar y conspiraba contra ellos. La nave se dirigió hacia mar abierto por el lado izquierdo de la baliza y no tardó en encallar en un banco de arena. Para peor, el piloto forzó los motores para tratar de salir de aquella trampa, pero sólo consiguió que el avión se pusiera prácticamente de nariz. Inútilmente, a pedido del capitán, 
los hombres se tiraron al agua, que apenas tenía unos dos pies de profundidad, para aligerar la nave e intentar liberarla, Pujarían y empujarían con todas las fuerzas de la desesperación, pero todas las fuerzas de la desesperación no fueron suficientes. Los hombres empujaban, los motores rugían, los heridos se quejaban.
 «De pronto oímos la voz de Hugo que por su herida ha
bía permanecido dentro del avión que llamaba a Salvador quien en ese momento se encontraba a mi lado empujando la nave. Ambos nos miramos y le hice una señal para que fuera a atender al compañero herido. Fue la última vez que lo vi, así como también fue la última que oí la voz quejumbrosa de Hugo» (3). Y cuando nada parecía que podría ser peor apareció un avión que nadie escuchó ni vio venir.


Con el avión vino la luz, una brillante luz, una luz cegadora. La noche se hizo día y los hombres trataron de esconderse bajo las alas del Catalina. El pequeño avión se alejó y volvió, iluminó de nuevo el escenario y desapareció.Tulio Arvelo siempre creyó que se trataba de «una unidad de la embajada de los Estados Unidos». (4) de la que tenían constancia que los había seguido desde Guatemala.

El pequeño avión no se había ido sin haberle dado aviso al temido guardacostas que había mencionado el hombre que les había ofrecido las llaves de su camioneta. Los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio eran inmejorables. Parecía que los estaban esperando, o por lo menos buscando. Quizás no conocían el lugar preciso del desembarco, pero los estaban esperando y buscando y finalmente los encontrarían.

«Poco después de la aparición del pequeño aeroplano los aviadores apagaron los motores y abandonaron la cabina. Cuando nos pasaron por el lado los tres llevaban debajo del brazo un pequeño bulto en el que supuse llevarían sus pertenencias más preciadas. Nadie les dijo una sola palabra. En lo que dijeron en inglés comprendí que se dirigían a la orilla.

«El único que los acompañó fue el nicaragüense Alejandro Selva. Tal vez pensó que junto a ellos tendría más garantías que quedándose con nosotros. Nunca más los volví a ver.

»Después de la partida de los aviadores era obvio que nada nos quedaba por hacer cerca del hidro-avión. No fue necesario tomar una decisión conjunta. Sin que nadie lo ordenara recogimos lo que pudimos cargar sin muchas molestias y emprendimos la marcha hacia la orilla más cercana. Entre las cosas que llevábamos estaban algunas armas, dos cantimploras y dos frazadas.

»Cuando llegamos a la orilla, Gugú notó la ausencia de José Rolando y emitió un silbido con el que ambos acostumbraban llamarse; pero no recibió respuesta. En ese momento nos percatamos de la llegada del guardacostas porque encendió un potente reflector que iluminó el área en donde se encontraba el Catalina. Al ver la luz nos ocultamos detrás de unos matorrales y esperamos unos instantes. La luz estuvo encendida como medio minuto. Cuando la apagaron nos internamos un poco más en la maleza y permanecimos en completo silencio. A los dos o tres minutos volvieron a encender el reflector, oímos claramente una voz que en tono insultante nos amenazaba y de inmediato el tableteo de una ametralladora seguido de una fuerte explosión que iluminó todo el recinto como si fuera de día. Los tanques del Catalina habían sido tocados por las balas. Al primer estallido le siguieron otros de menor potencia.

»Fue un espectáculo aterrador ver aquel aparato incendiado en medio de la noche acompañado por el estruendo que hacían los proyectiles que explotaban dentro de él. Pero lo más sobrecogedor de todo era el conocimiento de que habían quedado dentro de aquel infierno tres compañeros todavía con vida a lo que se sumaba la incertidumbre por la ausencia de José Rolando». (5) 
Por alguna razón que no se explica Salvador Reyes Valdés permaneció junto a Hugo o no pudo salir a tiempo y pereció en la explosión.


Por fortuna, José Rolando aparecería al poco rato, después de emitir un silbido semejante al de Gugú Henríquez y el reencuentro resultaría regocijante. Se había salvado casi de puro milagro, pero se había salvado. Ahora sólo quedaba emprender la fuga tierra adentro, la fuga a través de los montes

(Historia criminal del trujillato [130])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 171Pedro Conde Sturla 

23 junio, 2023

Estado en que quedó el hidroavión Catalina después de la explosión.

Apenas habían desembarcado y ya habían sido derrotados. Algunos no habían pasado ni siquiera del muelle, dos estaban heridos y uno estaba muerto y el comandante había ordenado la retirada. Sus palabras habían sido lapidarias: «Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba».

«Los tripulantes, que se habían quedado ayudando en el desembarque de las armas, de inmediato soltaron los rifles que tenían en las manos y se aprestaron a abordar el avión. Lo mismo hicimos todos sin comentarios. Ya tendría tiempo de sobra para hacer preguntas.

La breve explicación que me dio Horacio una vez acomodados en el avión y en espera del despegue fue la siguiente: “Resolvimos retirarnos porque los otros aviones no han llegado, no pudimos tomar el telégrafo por lo que ya a estas,horas deben estar al llegar refuerzos lo que no nos dará tiempo para hacer contactos con el Frente Interno y además ya hemos tenido tres bajas entre ellos dos heridos. Si llegamos a tiempo a un hospital podremos salvar sus vidas”.

»Por el tono en que habló comprendí que la decisión había sido tomada entre los componentes del comando de acción. En ningún momento se me ocurrió discutir si esa decisión era o no correcta. Ni si se tenían pruebas fehacientes de que en realidad no habían llegado los otros aviones.

»Como esos no eran momentos para hacer especulaciones ni mucho menos recriminaciones, pusimos todas nuestras energías en los problemas inmediatos entre los cuales el más apremiante era levantar vuelo y alejarnos de aquel sitio en el que era evidente que ya nada teníamos que hacer». (1)

Levantar el vuelo sería lo difícil, o más bien lo imposible. Debido a la prisa y los nervios, y el inminente peligro que se cernía sobre ellos, actuaron con precipitación y torpeza. Pero lo decisivo fue la desinformación que recibieron de uno de los hombres que todavía permanecían en el muelle, uno de los auxiliares o colaboradores que tanto habían ayudado en el descargue de las armas (las armas que caerían en manos del ejército) y que muy pronto se descubriría que era un espía o un partidario del gobierno de la bestia. Fue ese desgraciado, el mal nacido auxiliar, el culpable del desastre y la tragedia que estaban a punto de producirse.

Dice Tulio Arvelo que la única salida o entrada navegable era un canal de poco calado (incluso para el Catalina), delimitado por la orilla este de la ensenada, la orilla derecha (con relación al litoral) y un gigantesco palo negro, una baliza de gran altura que aún en la oscuridad podía verse desde lejos. Para entrar, como lo habían hecho casualmente, había que pasar del lado izquierdo. Para salir era pues necesario pasar a la derecha. Sin embargo, mientras el dominicano José Rolando Martínez Bonilla recogía desde el Catalina el cable que lo ataba al muelle, «oyó claramente cuando nuestro “auxiliar”, ahora hay que ponerlo entre comillas, le gritó que tomara a la izquierda del palo para salir de la bahía. Y así lo tradujo al piloto». (2)

De esta manera se acabó de torcer el destino de los hombres del Catalina. Todo parecía conspirar y conspiraba contra ellos. La nave se dirigió hacia mar abierto por el lado izquierdo de la baliza y no tardó en encallar en un banco de arena. Para peor, el piloto forzó los motores para tratar de salir de aquella trampa, pero sólo consiguió que el avión se pusiera prácticamente de nariz. Inútilmente, a pedido del capitán, 
los hombres se tiraron al agua, que apenas tenía unos dos pies de profundidad, para aligerar la nave e intentar liberarla, Pujarían y empujarían con todas las fuerzas de la desesperación, pero todas las fuerzas de la desesperación no fueron suficientes. Los hombres empujaban, los motores rugían, los heridos se quejaban.
 «De pronto oímos la voz de Hugo que por su herida ha
bía permanecido dentro del avión que llamaba a Salvador quien en ese momento se encontraba a mi lado empujando la nave. Ambos nos miramos y le hice una señal para que fuera a atender al compañero herido. Fue la última vez que lo vi, así como también fue la última que oí la voz quejumbrosa de Hugo» (3). Y cuando nada parecía que podría ser peor apareció un avión que nadie escuchó ni vio venir.


Con el avión vino la luz, una brillante luz, una luz cegadora. La noche se hizo día y los hombres trataron de esconderse bajo las alas del Catalina. El pequeño avión se alejó y volvió, iluminó de nuevo el escenario y desapareció.Tulio Arvelo siempre creyó que se trataba de «una unidad de la embajada de los Estados Unidos». (4) de la que tenían constancia que los había seguido desde Guatemala.

El pequeño avión no se había ido sin haberle dado aviso al temido guardacostas que había mencionado el hombre que les había ofrecido las llaves de su camioneta. Los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio eran inmejorables. Parecía que los estaban esperando, o por lo menos buscando. Quizás no conocían el lugar preciso del desembarco, pero los estaban esperando y buscando y finalmente los encontrarían.

«Poco después de la aparición del pequeño aeroplano los aviadores apagaron los motores y abandonaron la cabina. Cuando nos pasaron por el lado los tres llevaban debajo del brazo un pequeño bulto en el que supuse llevarían sus pertenencias más preciadas. Nadie les dijo una sola palabra. En lo que dijeron en inglés comprendí que se dirigían a la orilla.

«El único que los acompañó fue el nicaragüense Alejandro Selva. Tal vez pensó que junto a ellos tendría más garantías que quedándose con nosotros. Nunca más los volví a ver.

»Después de la partida de los aviadores era obvio que nada nos quedaba por hacer cerca del hidro-avión. No fue necesario tomar una decisión conjunta. Sin que nadie lo ordenara recogimos lo que pudimos cargar sin muchas molestias y emprendimos la marcha hacia la orilla más cercana. Entre las cosas que llevábamos estaban algunas armas, dos cantimploras y dos frazadas.

»Cuando llegamos a la orilla, Gugú notó la ausencia de José Rolando y emitió un silbido con el que ambos acostumbraban llamarse; pero no recibió respuesta. En ese momento nos percatamos de la llegada del guardacostas porque encendió un potente reflector que iluminó el área en donde se encontraba el Catalina. Al ver la luz nos ocultamos detrás de unos matorrales y esperamos unos instantes. La luz estuvo encendida como medio minuto. Cuando la apagaron nos internamos un poco más en la maleza y permanecimos en completo silencio. A los dos o tres minutos volvieron a encender el reflector, oímos claramente una voz que en tono insultante nos amenazaba y de inmediato el tableteo de una ametralladora seguido de una fuerte explosión que iluminó todo el recinto como si fuera de día. Los tanques del Catalina habían sido tocados por las balas. Al primer estallido le siguieron otros de menor potencia.

»Fue un espectáculo aterrador ver aquel aparato incendiado en medio de la noche acompañado por el estruendo que hacían los proyectiles que explotaban dentro de él. Pero lo más sobrecogedor de todo era el conocimiento de que habían quedado dentro de aquel infierno tres compañeros todavía con vida a lo que se sumaba la incertidumbre por la ausencia de José Rolando». (5) 
Por alguna razón que no se explica Salvador Reyes Valdés permaneció junto a Hugo o no pudo salir a tiempo y pereció en la explosión.


Por fortuna, José Rolando aparecería al poco rato, después de emitir un silbido semejante al de Gugú Henríquez y el reencuentro resultaría regocijante. Se había salvado casi de puro milagro, pero se había salvado. Ahora sólo quedaba emprender la fuga tierra adentro, la fuga a través de los montes

(Historia criminal del trujillato [130])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 171

(2) Ibid., p. 172

(3) Ibid., p 173

(4) Ibid., p. 174

(5) Ibid., p.175



viernes, 16 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (2)

Pedro Conde Sturla

16 junio, 2023

El plan era sencillo. Transportar las armas del hidroavión al muelle con ayuda de la tripulación y unos cuantos voluntarios, mientras el comando de acción sometía a las autoridades, tomaba el pueblo, la oficina del telégrafo, que era lo más importante. A nadie se le ocurrió pensar que poco tiempo más tarde el grupo regresaría de manera atropellada y que el desembarco en Luperón se convertiría en un desastre monumental.


El traslado de las armas se inició de inmediato. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Cuando el comando se hiciera dueño de la plaza las armas debían estar en el muelle y desde allí partirían en cualquier vehículo disponible hacia el lugar donde supuestamente los esperaban los hombres del Frente Interno.

«Algunos de los habitantes de Luperón que todavía quedaban en el muelle se prestaron como voluntarios a ayudarnos en dicha tarea. Es más, sin su colaboración nosotros cuatro no hubiéramos podido llevarla a feliz término. Así es que nuestra labor se circunscribió a dirigir los trabajos de descarga. Las armas fueron colocadas en el piso de madera del muelle en la medida en que iban siendo sacadas del hidro-avión. Cuando más de la mitad de los pertrechos habían sido desembarcados se oyó en el pueblo el tableteo de las ametralladoras y el estruendo de algunas granadas de mano».(1)

Parecía que todo procedía como se había planeado y que el comando de acción se encaminaba a cumplir con sus objetivos. Los tiros entonces arreciaron y se escuchó la explosión de varias granadas. De repente se apagaron las luces, todas las luces del pueblo. Tulio Arvelo trató de hablar con Hugo Kunhardt por medio de un intercomunicador portátil, posiblemente un walkie-talkie de corto alcance, pero no logró establecer comunicación.

Las luces del Catalina permitieron continuar momentáneamente con el traslado de las armas, pero muy pronto los hombres de la avanzada comenzarían a volver, tres de ellos en condiciones deplorables.
El primero en regresar, o que más bien regresaron, fue Hugo Kunhardt.

Tulio Arvelo escuchó «que alguien dijo: “Abran campo que traen un herido”. Efectivamente a poco algunos de los voluntarios depositaron en el suelo el cuerpo herido de Hugo Kundhart.

»Como la labor de desembarque ya estaba casi terminada me ocupé en atender al compañero. Este estaba en su conocimiento y me dijo que había sido alcanzado por una bala en la parte derecha del vientre. Lo palpé y pude percatarme de la gran cantidad de sangre que estaba perdiendo. De inmediato entre José Rolando y yo lo trasladamos al interior del Catalina y lo pusimos en manos de Salvador Reyes Valdés quien era casi médico y tenía los medios para atenderlo en la medida de nuestras posibilidades.

»No habían pasado cinco minutos de este doloroso incidente cuando anunciaron que traían otro herido. Esta vez se trataba de Alberto Ramírez, uno de los nicaraguenses que llegó cadáver a nuestras manos. De inmediato ordenamos que fuera colocado también en el avión y nos dispusimos a continuar nuestra tarea». (2)

Dice Tulio Arvelo que en el pueblo se produjo entonces un silencio que no presagiaba nada bueno. Un silencio ensordecedor en la oscuridad.

Fue entonces que, para sorpresa de Tulio Arvelo, uno de los voluntarios le entregó las llaves de una camioneta de su propiedad y le aconsejó cargar las armas en ella y largarse lo más pronto posible del lugar. Temía, con sobrada razón, que en cualquier instante apareciera el guardacostas que hacía el recorrido entre La Isabela y Luperón. Difícilmente quedaría alguien vivo si enfilaba contra ellos el fuego de sus ametralladoras y cañones.

«El tono en que habló el voluntario fue el de uno de los nuestros. Se sentía ya comprometido pues sabia que su vida peligraba si los soldados trujillistas lo encontraban junto a nosotros.

»Más tarde al comentar ese incidente fue cuando aquilaté su real transcendencia. Comprendí que no estábamos solos en suelo dominicano puesto que la actitud del dueño de la camioneta fue la misma del pequeño grupo que hasta ese momento y sin que mediara ninguna imposición colaboró con nosotros. Más tarde supe que algunos de los que se portaron así fueron encarcelados y hasta se dijo que algunos fueron asesinados. La tiranía no les perdonó ese gesto desolidaridad». (3)

Las cosas estaban mal y muy pronto se pondrían peor. Al poco rato anunciaron que traían otro herido, el tercero, otro de los extranjeros. Se trataba del costarricense Alfonso Leyton.

En aquellas circunstancias, la gente del hidroavión estaba tan a oscuras como el pueblo y los sucesos precipitaban con tan pasmosa celeridad que no se entendía bien lo que estaba pasando.

Escuchaban las ráfagas de ametralladoras, los disparos de fusil, recibían a los caídos, pero no tenían idea de lo que acontecía en el pueblo. Y lo que acontecía era un desastre. Todo comenzó a salir mal desde el principio, como si hubiera estado predestinado.

Dice Tulio Arvelo que el objetivo primordial era apoderarse de la oficina del telégrafo porque eso permitiría establecer contacto con los hombres del Frente Interno. Lamentablemente, uno de los guerrilleros de la avanzada que debía llevar a cabo la operación cometió un error garrafal. Confundió a unos músicos uniformados, los músicos de la retreta dominical, probablemente, con una patrulla del ejército, a pesar de que llevaban consigo sus instrumentos de metal, y arrojó una granada de estruendo. Casi al mismo tiempo –dice Tulio Arvelo— se escuchó en otro lugar el disparo que abatió a Leyton. El disparo crisparía, quizás, los nervios de los integrantes del comando y abrieron fuego contra los músicos, que al parecer se habían desbandado y no fueron alcanzados por las balas. El hecho tuvo, sin embargo, un efecto contraproducente: Al escuchar la balacera, el encargado de la planta eléctrica cortó la corriente y el pueblo quedó en tinieblas.

Lo que se armó en aquella oscuridad fue un pandemonio, una confusión generalizada que aturdía los sentidos, hasta el punto de que las heridas de Hugo Kundhart y Alberto Ramírez se las propinaron ellos mismos. Hugo era cegato, usaba lentes sin los cuales no podía ver y es posible que aún con lentes veia mal y en la oscuridad veía peor. El hecho es que tomó a Alberto Ramírez por un soldado enemigo y le propinó el tiro que le causó la muerte, no sin que antes Alberto disparara e hiriera a Hugo en el vientre. Una tragedia absurda, una pesada broma del azar.

Según lo que cuenta Tulio Arvelo, el único en ser abatido por un soldado enemigo fue Alfonso Leyton, antes de que se apagaran las luces. Además, a pesar de que había sido el primero en caer fue el último que trajeron. Tenía una herida en el cuello, posiblemente de gravedad.

El gobierno de la bestia sólo reconocería haber sufrido una baja que atribuyó a uno de los miembros norteamericanos de la tripulación. Sin embargo, Tulio Arvelo afirma que «En realidad fue Miguelucho quien hirió al cabo después que éste se hubo rendido cuando se enteró de la muerte de Alberto Ramírez y de las heridas de Hugo y de Alfonso Leyton» (4)

Lo que sucedió a continuación le puso la tapa al pomo. Era prácticamente lo único que faltaba:
«Unos minutos después que colocamos a Leyton herido en la garganta dentro del Catalina, vi acercarse una pequeña columna que pude distinguir en detalle solamente cuando entró dentro del radio de la luz del avión. Me causó alguna sorpresa distinguir al frente de ella a Horacio. Le seguían los sobrevivientes del comando que se había internado en el pueblo. Horacio solamente dijo: “Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba”» (5) p. 170

Pero lo peor no había pasado.

(Historia criminal del trujillato [129])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 168

2) Ibid.

(3) Ibid., p. 169

(4) ibid., p. 180

(5) Ibid., p. 170



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sábado, 10 de junio de 2023

En la penumbra


En cuánto vi en la penumbra su larga y abundante cabellera negra, su ingenua desnudez, la mano agujereada, la piel cobriza, y los pies volteados hacia atrás de esa manera tan característica, supe que estaba en presencia de una ciguapa…

viernes, 9 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (I)

Pedro Conde Sturla 

9 junio, 2023


Durante el largo vuelo, y en tantas otras ocasiones, Tulio Arvelo había pensado en la muerte, en lo que les esperaba al bajar del Catalina. Morir era, desde luego, un riesgo calculado, pero Tulio Arvelo nunca pensó que moriría. Se preocupaba por sus compañeros más cercanos y queridos.


«Fueron muchos los pensamientos que ocuparon mi mente, no importaba cual fuera la tarea que realizara. No podía dejar de pensar en cual sería el destino de aquellos doce hombres cuya meta común era el derrocamiento de la tiranía trujillista. Pensamientos como los siguientes no podía separar de mi mente: ¿Cuántos morirían en la empresa? ¿Cuál sería su resultado? ¿Qué sería de nosotros dentro de dos o tres días? Sentía una especial preocupación por algunos de los compañeros en particular. ¿Qué sería de Gugú? ¿Qué de Miguelucho? Cosa rara, que después recordaba con toda claridad y que comentaba en círculos íntimos: en ningún momento me pasó por la mente que yo pudiera morir en el lance. Lo mismo me dijo en algunas ocasiones Miguelucho mucho después de que pasó todo». (1)

Muy pronto —desde que escuchó, en la voz de José Rolando Martínez, la noticia de que el avión iniciaba el descenso—, dejaría de pensar en eso para disponerse a la acción, Con anterioridad, una vez que hubo dado las informaciones e instrucciones pertinentes, el comandante Ornes procedió a la lectura de un manifiesto que debía ser distribuido al pueblo y pronunció una breve arenga que enardeció los ánimos. A partir de ese momento todos habían quedado a la expectativa, en ansiosa espera de la señal de que la hora cero había llegado. Ahora José Rolando Martínez lo confirmaba, se lo había dicho uno de los tripulantes en inglés y él había hecho la traducción: «Prepárense que ya el avión está descendiendo y dentro de pocos minutos se tirará en la bahía». (2)

El aire se puso denso y se puso tenso, casi irrespirable, y la adrenalina correría por las venas. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Los doce inminentes guerrilleros se ataron a unos cinturones que había en las paredes y se prepararon para el descenso. Por algún motivo, el avión sobrevoló primero el poblado y dio un par de vueltas con las que consiguió alborotar a sus habitantes y emprendió el descenso. Todos, en esos momentos, tenían de seguro el corazón en la boca. Además, contrario a lo que se esperaba, el amarizaje los sorprendió por su brusquedad. Dice Tulio Arvelo que se sintió como si el hidroavión (inmerso en la más completa oscuridad) se hubiera precipitado desde una gran altura y cayera de golpe sobre el agua. En ese trámite Tulio Arvelo perdió su preciosa gorra y no la volvería a recuperar.

Para mayor asombro, según lo que cuenta el mismo Tulio Arvelo, la gente del poblado de Luperón los recibió con una cordial bienvenida:

«Debido a que el hidro-avión había dado dos vueltas sobre el poblado antes de amarizar, sus habitantes se habían puesto alerta a causa de lo inusitado del acontecimiento. De manera que cuando el aparato tocó agua la mayoría de la población se encontraba en el embarcadero que penetraba en la bahía. 
Cuando me solté el cinturón de seguridad y miré por una ventanilla, el espectáculo que presencié fue verdaderamente inesperado. Varios cientos de personas nos vitoreaban desde el pequeño muelle.

»Las circunstancia de ser domingo, día en que se celebraban conciertos de música popular en el parque del pueblo, hizo que se pudiera reunir tanta gente en tan corto tiempo, la que corrió al embarcadero cuando se supo que el aeroplano había amarizado en la bahía. Según me enteré después era la primera vez que tal hecho ocurría en toda la historia de ese poblado». (3)

Evidentemente ninguno de los curiosos pensaba en ese momento que se trataba de una invasión, de un repatriamento armado. Aquel avión y aquellos hombres tenían que pertenecer al ejército de Trujillo, a las fuerzas armadas, y desde el primer momento mostraron el deseo de colaborar con ellos.

«La presencia de esas personas —dice Tulio Arvelo— fue por el momento favorable para nosotros puesto que de inmediato se percataron de que sin su ayuda nuestra nave no se podría acercar al embarcadero. Se aprestaron a auxiliarnos utilizando un bote que llegó hasta la cabina de la tripulación. Desde allí se le tiró un cable con el que fuimos halados hasta pegarnos al muelle». (4)

El idilio entre los expedicionarios y los lugareños no duraría, sin embargo, mucho tiempo. Estaba basado en un equívoco y Gugú Henríquez se encargaría de romper el encanto.

Los primeros que desembarcaron fueron Horacio y Gugú, en compañía de Alejandro Selva, Alberto Ramírez, Hugo, Miguelucho, Alfonso Leyton y José Féliz Córdoba Boniche. A ellos les correspondía iniciar la acción armada. La idea era tomar el pueblo, tomar la oficina del telégrafo, someter a las autoridades, vencer la resistencia, tomar la plaza, que estaba mal defendida. Los demás, los cuatro restantes, con ayuda de la tripulación y gente del pueblo, se ocuparían de trasladar las numerosas armas al muelle, cosa que no era tarea fácil.

Después de tomar la plaza, que no parecía ser difícil, dispondrían de medios motorizados que les permitirían rápidamente transportarse al lugar de encuentro con la gente del Frente Interno, a unos treinta kilómetros de distancia. Todo lucia perfecto en los planes.

Por desgracia, en cuanto la avanzada guerrillera puso un pie en el muelle, los curiosos empezaron, quizás espontáneamente o quizás por precaución, a gritar vivas a Trujillo, vivas al Jefe, vivas a la bestia que los guerrilleros venían a combatir. También mostraban, nerviosos, las cédulas de identificación personal, una especie de imprescindible pasaporte para poder viajar de un lado a otro del país. Las dichosas cédulas sin las cuales nadie era gente bajo la avasallante dictadura. Las cédulas que había que mostrar cuando cualquier autoridad las requería, so pena de caer preso. Mal preso.

Aquello resultó ser demasiado para Gugú Henríquez, que estaba a punto de explotar y explotó.

Gugú se enfrentaría desafiante a la masa de vociferantes y dijo algo que de seguro había soñado con decir en su país y en voz alta desde hacía mucho tiempo. Algo que los dominicanos se tenían que tragar todos los días y él no se tragaría.Total, en esos momentos se disponían a atacar a las fuerzas del orden, es decir a los guardias o policías encargados del mantenimiento del terror, y revelarían de inmediato el motivo de su presencia en ese lugar. Ya no había nada que perder.

De modo que fue Gugú —como dice Tulio Arvelo— «El primero en romper el hielo». Fue él mismo «Gugú quien se encaró con dos o tres que se le acercaron con las cédulas en la mano y les dijo: “Esta es una invasión. Abajo Trujillo. Viva Horacio Vásquez”». (5)

Lo de Horacio Vásquez es algo que seguramente no se entendería entonces y no se entiende todavía, pero lo de «Abajo Trujillo» provocó una conmoción, provocó momentáneamente estupor y provocó de inmediato una estampida.

Se había roto el encanto. La gente emprendió la huida, una huida atropellada, desordenada, se disparó corriendo en todas direcciones, hasta el punto de que algunos tuvieron la ocurrencia de tirarse al mar, quizás sin saber nadar. Aquellos hombres armados con fusiles y ametralladoras ahora causaban espanto y nadie quería estar cerca, a excepción de unos pocos que se quedaron para ayudar. Esos sabían a qué atenerse. Evidente eran desafectos al régimen y tenían valor para evidenciarlo, a sabiendas de que podían pagar la osadía bien cara. Como en efecto pagaron.

Mientras tanto, la avanzada guerrillera se adentró en el pueblo, un típico pueblo dominicano con callejas apenas iluminadas por una luz mortecina, y muy pronto se escucharon los primeros disparos. Unos lentos disparos en principio…

(Historia criminal del trujillato [128])
Notas:
(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 156, 157
(2) Ibid., p. 165
(3) Ibid., pgs. 165, 166
(4) ibid., p. 166
(5) Ibid., p. 167 



Enviado desde mi iPad

Un ladrón en la cocina


La macana de acero extensible de defensa personal es algo que recomiendo encarecidamente. Yo no me levanto sin ella en la mano. Hace un tiempito me encontré con lo que creía que era un ladrón en la cocina y le tiré un macanazo y pensé que lo había descalabrado, pero por suerte era un muerto…

viernes, 2 de junio de 2023

Camino de Luperón (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 


Manifiesto de la expedición de Luperón


La frustración y la impaciencia, entremezcladas seguramente con una especie de rabia sorda, no permitieron a los hombres del Catalina pegar los ojos esa noche. Todos creían que en ese momento los miembros de los demás grupos habían desembarcado en Santo Domingo, que habían establecido contacto con los miembros del Frente Interno, que de seguro habían distribuido las armas y se hallaban quizás en plena acción. Ellos, en cambio, permanecían varados, al menos por una noche, en tierra guatemalteca. Y todo por falta de un sistema elemental de comunicación. 

En verdad cuesta pensar que una expedición tan bien organizada y equipada careciera de algo tan elemental como una radio, un medio de comunicación entre los grupos. Aquellos hombres procedían como quien dice a ciegas. 


«Tiempo después —diría un desconsolado Tulio Arvelo con un sentido pesar— cuando me acordaba de mis preocupaciones de esos momentos no podía dejar de sonreír con cierta amargura frente a la realidad de lo que estaba sucediendo a los otros aviones en esos precisos instantes y que por falta de comunicación entre los grupos no se pudo evitar el holocausto que significó la pérdida de las diez vidas que costó nuestra aventura». (1)   


Los frustrados aventureros ni siquiera se molestaron en salir del  hidroavión. En el hidroavión pasaron la noche contando los segundos, los minutos, las horas. Querían estar listos en cuanto amaneciera para emprender el vuelo e ir a sumar fuerzas con los compañeros que se les habían supuestamente adelantado y así lo hicieron.


«Todavía no había apuntado el sol en el horizonte cuando ya estábamos en actividad. Arrojamos algunas armas de las

pocas pesadas que llevábamos y parte del parque que les correspondía. También nos desembarazamos del sobrante de

gasolina que a juicio de los aviadores no era necesario para regresar a Cuba.


»Se dio la orden de partida y el Catalina aligerado de la carga en exceso, luego de un corto recorrido por las apacibles aguas del lago comenzó a ganar altura en medio de las manifestaciones de júbilo de todos nosotros. Los más expresivos del grupo eran siempre Gugú Henríquez y Hugo Kundhart quienes dentro del avión y contraviniendo todas las instrucciones emanadas de la tripulación, comenzaron a dar brincos de contento tan pronto notaron que el Catalina había despegado.


»Había comenzado la tan esperada última jornada a cuyo final se encontraba Santo Domingo con su cúmulo de interrogantes». (2)


Era la mañana del domingo 19 de junio de 1949.


El viaje entre el lago Izabal y Santo Domingo fue tan largo como apacible, unas diez o doce horas en total de vuelo apacible y tenso, tan tenso como era de esperarse. Un viaje a la incertidumbre. 


Dice Tulio Arvelo que el mayor afán de los  hombres era recibir noticias de los demás compañeros y que su único medio de comunicación con el mundo era un radio portátil en el que trataban de sintonizar alguna emisora dominicana. Imaginaban que esa hora la noticia de la llegada de los grupos de Juancito Rodríguez y Miguel Ángel Rodríguez Alcántara había causado un revuelo, una conmoción a nivel nacional, y que las emisoras del país estarían dando cuenta del suceso. De repente Gugú Henríquez estalló en júbilo. Había localizado una emisora, la emisora oficial del gobierno de la bestia, y los hombres se congregaron a su alrededor, pero lo único que escucharon fue música: la célebre Granada de Agustín Lara. No lo podían creer.


El desencanto se posó en todos los rostros, hasta que José Rolando Martínez Bonilla tuvo la sensatez de advertir que aunque se hubiera efectuado el desembarco los medios de prensa del gobierno de la bestia se habrían confabulado para mantener la noticia en secreto y todas las  emisoras seguirían tocando música como si nada hubiera pasado. El argumento parecía razonable y suficiente convincente y tuvo un efecto tranquilizante.


Un rato después, cuando se suponía que estaba por llegar la hora cero, el comandante Horacio Julio Ornes se dirigió a su tropa para revelar ciertos detalles desconocidos. Había esperado hasta última hora para decir lo que tenía que decir, ciertos detalles que se habían mantenido en secreto por razones de seguridad. El operativo tendría lugar en Bahía de Gracia, también llamada Bahía de Luperón. Allí había un poblado y un desembarcadero. La gente del Frente Interno, dirigidos por Fernando Spignolio y Fernando Suárez en Puerto Plata, esperaría a unos treinta kilómetros del lugar. Así lo había dispuesto el muy previsor Juancito Rodríguez, temiendo que se produjera una delación, como la que en efecto se produjo.


La delación ya se había consumado con unos días de antelación. Un ex capitán del ejército, Antonio Jorge Estévez (Tonito), resultó ser un infiltrado y delató a Suárez y Spignolio, que fueron apresados, interrogados y después ejecutados el día 20 de junio, un día después de la llegada de los expedicionarios. Años más tarde, el traidor, que todavía seguía activo entre los antitrujillista, sería descubierto y ajusticiado en La Habana.


Dice Tulio Arvelo que, durante la mayor parte del viaje, volando sobre las verdes aguas del Caribe, bajo un cielo azul sin una sola nube, los hombres se entretenían  observando las numerosas islas «que iban apareciendo como en una pantalla cinematográfica» (3), hasta que por fin empezó a atardecer y empezó a oscurecer. Lo que significaba que estaban cerca de la meta, que el vuelo llegaba a su fin:

 

«La noche se nos echó encima rápidamente y de pronto el panorama que contemplaba a través de las ventanillas

cambió por completo. Ya no era el verde mar lo que acechaba para descubrir las siluetas de las islas sino el alumbrado

eléctrico de pequeñas poblaciones que se presentaban a la vista. 


»Trataba de adivinar a cuál de ellas pertenecían las exiguas luces que rápidamente pasaban por debajo de nuestra nave.

Lo único que sabía era que ya hacía bastante tiempo que volábamos cerca de las costas de Haití y que pronto sobrevolaríamos territorio dominicano. De pronto alguien aseguró que las iluminaciones que se presentaban en esos momentos eran las de Montecristi y otro ripostó que en realidad se trataba ya de Puerto Plata. A decir verdad nadie sabía a ciencia cierta el sitio exacto sobre el cual nos encontrábamos. Sólo persistía y aumentaba la emoción de que pronto estaríamos pisando nuestra querida tierra». (4) 

Habían llegado en efecto a la querida tierra y muy pronto estarían enmarañados en un enredo monumental.


(Historia criminal del trujillato [128]) 

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 155
  2. (2) Ibid., p. 155
  3. (3):Ibid, p. 156
  4. (4) Ibid. p. 163

martes, 30 de mayo de 2023

Desnudo bajando una escalera

(después de una cucharada de DDT)

Desnudo bajando una escalera 

de Marcel Duchamp


Besos robados, los mejores,

besos que alguna vez 

infligí o me infligieron.

Besos ladrones, atónitos, perplejos,

besos furtivos,

que cometí a hurtadillas.

Besos que fueron 

y que de tanto ser se deshicieron.

Nada mejor

que amar, repercutir, darse a la fuga

¡Qué más da? 

Qué otra cosa

después del perezoso latrocinio.

Invocar, prometer, 

orquídeas solamente,

barbojos y barbujos,

el vértigo, la luna, la montaña,

la perenne matroja alicaída,

el pánfilo aguardiente 

y los besos furtivos distraídos,

hurtándose a la fuga…


pcs

viernes, 26 de mayo de 2023

Camino de Luperón (1)

Pedro Conde Sturla

26 mayo, 2023

El espíritu de aventura y la reciedumbre e idealismo que animaban a aquel grupo de hombres que se jugaban todo lo que tenían por el amor a la libertad es algo tan admirable como excepcional. Después de aterrizar –casi por milagro, al cabo de un azaroso viaje–, en el aeropuerto de Puerto Barrios, emprendieron un largo viaje en lancha hacia el lago Izabal, de donde partirían por fin a Santo Domingo.


Desafortunadamente, a Puerto Barrios no habían llegado solos, sino en la peor compañía. Muy pocos dejaron de notar que unos minutos después de haber tocado tierra descendió una avioneta de la Embajada de los Estados Unidos.

“De ella —cuenta Tulio Arvelo— descendió un individuo con el cual ya nos habíamos encontrado varias veces tanto en Ciudad de Guatemala como en el pueblecito de San José en donde está enclavada la base que nos sirvió de punto de aterrizaje antes de trasladarnos al campo de entrenamiento.

»Después habíamos visto al mismo sujeto cuando hicimos el embarque de las armas en la lancha. Para ninguno de nosotros era un secreto su identidad. Eramos conscientes de que en todo momento estábamos estrechamente vigilados. Llegué a la conclusión de que Guatemala era un país que vivía en las mismas condiciones que el nuestro. Nadie podía dar el más insignificante paso sin que lo supieran en la Embajada de los Estados Unidos». (1)

El imperio, sin lugar a dudas, custodiaba los intereses de la bestia, no le perdía el rastro a sus enemigos. En esos momentos, sin embargo, ninguno de los miembros de la expedición se sentía preocupado por la presencia de los yanquis. Dice Tulio Arvelo que se sentía invencible, que no pensaba que nada impediría el éxito de la temeraria empresa.

El viaje al lago Izabal, aunque duró una doce horas, resultó placentero. La lancha se movía por un canal de “naturaleza exuberante y bellísima” y se pasaron el tiempo conversando, excitados sin duda por la proximidad de la partida.

La lancha atracó de noche en un pequeño poblado a orillas del canal y se quedaron con ganas de ver el hidroavión que imaginaban muy grande, o por lo menos más grande de lo que era:

«Al amanecer —dice Tulio Arvelo— ya todos estábamos en pie y lo primero que hice fue mirar a través de una ventana que daba al lago en mi afán de contemplar nuestra embarcación. Al fin la divisé no muy lejos anclada y balanceándose majestuosamente. Nunca había visto de cerca un hidro-avión de esa clase. En verdad que me pareció bello a pesar de que en mi imaginación lo había concebido de unas proporciones mucho mayores de las que en realidad tenía. (2)

Una vez cargado el avión, con las numerosas armas y pertrechos, y con ayuda de los lugareños, los ilusionados aventureros se dispusieron a esperar la señal de partida. El plan era llegar a Santo Domingo al mismo tiempo. Los aviones de los grupos comandados por Juancito Rodríguez y Miguel Angel Ramírez partirían primero desde 
San José y sobrevolarían el lago Izabal. Esa era la señal convenida.

Desde las cuatro de la tarde de aquel día memorable, un 18 de junio de 1949, todos miraban hacia el cielo. La partida había sido programada para efectuarse en horas de la tarde, pero el tiempo parecía haberse congelado, cada minuto se convertía en una eternidad, en un suero de miel de abejas. Pero por fin, a las cinco de la tarde, después de una hora interminable, divisaron uno de los aviones, el avión en que —sin que ninguno lo supiera entonces— viajaba el grupo de Juancito Rodríguez.

Lo demás fue una algarabía, un solo grito de júbilo. Partirían por fin a combatir al tirano y abordaron el avión. Una parte de ellos marchaba hacia su perdición, pero nadie pensaba en eso en aquel momento.

Estaba previsto que el hidroavión haría un vuelo directo, gracias a su mayor autonomía de vuelo, y los demás harían escala en la isla de Cozumel para reponer combustible, pero la hora de llegada a Santo Domingo sería a eso de las cinco o las seis de la madrugada del 19 de junio. Lamentablemente, todo lo que estaba supuesto a salir bien salió mal. El hombre propone y Dios dispone. La suerte del diablo acompañaba a la bestia.

Algo imprevisto ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Juancito Rodríguez, algo ocurriría con el avión en que volaba el grupo de Miguel Angel Ramirez y con el hidroavión Catalina en el momento de la partida. Alguien no había hecho bien los cálculos y el avión estaba sobrecargado y presentaría problemas para despegar. El relato de Tulio Arvelo en relación a este incidente no tiene desperdicio:

A BORDO DEL CATALINA

»Una vez todo listo se dio la orden de partida. Se encendieron los dos motores de la nave y después de unos minutos de calentamiento comenzó a deslizarse por las tranquilas agua del lago. Por las ventanillas miraba con ansiedad como las aguas eran cortadas por la quilla del avión y esperábamos de un momento a otro verlas alejarse mientras la nave remontaría el vuelo. Sin embargo, las aguas continuaban siempre a la misma distancia. El avión no subía. Había llegado a los límites del lago y se había devuelto en dos ocasiones para volver a emprender otra carrera en su intento por remontar el vuelo; pero todo era en vano. A la tercera tentativa el piloto se acercó a Gugú y en inglés lo enteró de que debido al exceso de carga no era posible despegar.

»Cuando Gugú tradujo las palabras del piloto, vi asomarse la angustia y la decepción en los rostros de los compañeros. Las mismas que sentía yo.

»El piloto opinó que debíamos esperar hasta el día siguiente puesto que ya había caído la noche y era peligroso intentar elevarse debido a que como no conocía los alrededores temía encontrarse con una montaña y estrellar el avión.

»Además era necesario echar al agua una parte de la carga, operación que era muy difícil realizar en medio de la oscuridad, Frente a esas contundentes razones se resolvió aplazar la hora de nuestra partida hasta la mañana siguiente.

»Nadie era ajeno a lo que eso significaba. Además de que llegaríamos tarde a la cita, perderíamos la ventaja que siempre da la sorpresa en esta clase de acciones puesto que suponíamos que precisamente en el momento de nuestra partida estarían arribando a Santo Domingo los otros compañeros.

»Otro de los inconvenientes de ese retraso era que nuestra llegada se produciría durante la noche lo que era también una desventaja. En opinión de los expertos, después del desembarco debíamos contar con la luz del día para hacer nuestros contactos de inmediato y, lo que era todavía más importante, nos permitiría tomar posiciones ventajosas antes de encontrarnos con el enemigo. A ese respecto fueron muchos los ejemplos históricos que se nos pusieron en las clases teóricas en los que siempre las invasiones se realizaban en horas de la madrugada.

»Pasamos la noche dentro del hidroavión. Lo resolvimos así para ganar tiempo. De esa manera tan pronto aclarara arrojaríamos el peso en exceso y levantaríamos vuelo.

»Es de imaginarse la ansiedad que me embargaba. Los comentarios fueron muy escasos; pero suponía lo que pensaban los demás. Tenía un complejo de culpabilidad porque consideraba a los otros compañeros camino de Santo Domingo mientras nosotros pernoctábamos todavía en tierra guatemalteca. (3)

(Historia criminal del trujillato [126]) 

Notas: 

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 150 

(2) Ibid, p. p151

(3) Ibid, p. 154