viernes, 28 de julio de 2023

El cautiverio

Pedro Conde Sturla

28 julio, 2023

Prisioneros de Luperón junto a las numerosas armas que trajeron en el Catalina

Cinco de los siete fugitivos habían sido capturados con vida y dos habían escapado, provisionalmente escapado. Los primeros minutos del cautiverio fueron de incertidumbre. Estaban vivos, por alguna razón estaban vivos, quizás por él momento vivos, quizás mientras tanto vivos, pero los soldados podían estar esperando instrucciones o poniéndose de acuerdo para ejecutar una matanza en regla. Torturarlos y matarlos probablemente, en el estilo acostumbrado. Quizás ya tenían las órdenes, tal vez sólo se estaban divirtiendo, jugando con los juguetes nuevos.


Les habían ordenado a los prisioneros que se sentaran y se sentaron en el suelo. Todavía respiraban, eso sí, en espera de lo peor. Y lo peor estuvo a punto de suceder: Cómo y por que se salvaron no es fácil de entender.

«Cuando estuvimos sentados en el suelo nos rodearon no menos de cincuenta campesinos que gritaban a coro:”¡No los maten! ¡No los maten! ¡No los Maten! ¡No los maten!

»Era muy grato oír aquel conjunto de voces al que achacamos la conducta moderada de los soldados que armados de ametralladoras y fusiles dominaban la situación.

»De los soldados tengo presente a tres en mis recuerdos de esos momentos.

»El primero fue el que hizo la elección entre José Rolando, Miguelucho y yo y se decidió por el primero para darle el culatazo. ¿Con qué criterio lo eligió sobre todo después de haber estado más cerca de los otros dos? La opinión de Miguelucho, expresada, más tarde en la prisión, fue que creyó que José Rolando era norteamericano. Tal vez esa fue la razón, porque los rasgos físicos de nuestro compañero podrían llevar a esa confusión.

»Otro al que no puedo olvidar es a un raso que armado de una ametralladora se nos paró por delante y mientras rastrillaba el arma ordenó que nos pusiéramos en pie. Nos colocó uno al lado del otro y gritó a los campesinos que se encontraban detrás que desalojaran ese sitio. Al ver su actitud y las órdenes que había dado pensé que se trataba de un fusilamiento.

»La algarabía que formaron los campesinos al tiempo que corrían hizo que entrara en escena el tercer miembro del ejército que se hizo inolvidable para mí por su actitud en esos dramáticos momentos. Se trataba de un sargento de apellido Hernández que traía en sus manos las armas que nos habían pertenecido. Su calma e impasibilidad contrastaban enormemente con el nerviosismo del raso de la ametralladora. Con un gesto le ordenó que se estuviera tranquilo al tiempo que hizo una señal para que nos volviéramos a sentar. Así lo hicimos.

»Entre el instante de la intervención del sargento y el comienzo de los preparativos del soldado transcurrieron unos tres minutos. Durante ese lapso tuve por seguro que nos iban a fusilar. ¿Cuáles fueron mis emociones? ¿Qué pensamientos cruzaron por mi mente?

»De una cosa estoy seguro. Frente a la inminencia de lo irremediable no existe ni el valor ni la cobardía. Estoy seguro de que si el soldado tira el gatillo, como tenía la convicción de que lo haría, los testigos de aquel hecho hubieran dicho que todos morimos valientemente. Sin embargo ¿Hubiera sido un gesto de valor morir sin un grito de protesta? ¿Sin una expresión de rebeldía?» (1)

Tulio Arvelo se preguntaba en esos momentos si la calma que conservaban frente a lo que consideraban inevitable era de resignación o de esperanza. En el fondo todos esperaban que sólo se tratara de una de esas farsas que montaban tan a menudo los guardias de la bestia, un fusilamiento de mentirillas, una cruel tortura sicológica.

Se sorprendió a sí mismo en algún momento mirando el cielo que nunca le había parecido tan azul y luego se preguntaría por qué le había prestaba atención a ese detalle en aquellas circunstancias tan aciagas. En realidad se despedía de aquel cielo que nunca le había parecido tan luminoso, se despedía inconscientemente de la vida, del mundo que pensó se estaba acabando para él. De eso estuvo convencido cuando el guardia raso repitió su pantomima, si acaso era pantomima.

«Al poco rato de estar sentados y en una espera cuyo motivo desconocíamos, se presentó de nuevo el soldado de la ametralladora e intentó repetir la escena anterior. Volvió a ordenar que nos pusiéramos en pie y que los campesinos desalojaran el espacio colocado detrás de nosotros. Cuando nos disponíamos a obedecer, el sargento volvió a intervenir; pero esta vez con energía en la voz dijo al nervioso soldado: “Estese tranquilo Castillo y no moleste más a esos hombres”» (2)

La llegada providencial de la primera autoridad civil puso fin al estado de incertidumbre en que se encontraban los prisioneros. Se trataba del síndico de Luperón que llegó al lugar pavoneándose, jactándose de que la noche anterior el querido jefe, la misma bestia en persona, había estado en el pueblo. Eran palabras de orgullo por haber tenido el honor y seguramente el pavor de haber estado en presencia del perínclito. La bestia lo habría mirado y saludado o a lo peor ni siquiera habría reparado en él, pero su presencia lo había inundado y se sentía feliz y realizado. Se sentía iluminado, casi en estado de gracia, como si hubiera asistido a una revelación. A Tulio Arvelo le pareció que agradecía en el fondo de su alma a los prisioneros por haber propiciado el maravilloso encuentro. En todo momento se mostró cordial y contento. Parecía considerarlos menos como prisioneros que como benefactores. Mostraba una actitud receptiva, condescendiente, incluso reconfortante para los prisioneros. Se sentía eufórico. Dejaba leer su complacencia como un libro abierto. Su extrema disponibilidad y amabilidad.

«Creo que esa actitud receptiva del síndico fue lo que movió a Horacio a decirle: “Dígale a Trujillo que yo quiero hablar con él”.

»Esas palabras fueron pronunciadas en un tono que impresionó a las autoridades tanto civiles como militares. De tal manera que desde ese momento el trato que recibimos podría calificarse hasta de cordial. El servilismo que imperaba frente al tirano era de tal naturaleza que aquellos infelices servidores del régimen no se atrevieron en lo adelante a maltratar ni siquiera de palabra a personas que era seguro que tendrían el privilegio de ser recibidas y oídas por el propio dictador.

»Es indiscutible que cualquiera que hubiera sido la intención de Horacio al hacer esa solicitud, su efecto fue de gran beneficio dentro de nuestra precaria situación.

»Después de la llegada del síndico y de otros funcionarios comenzó nuestro traslado hacia el poblado de Luperón» (3)

(Historia criminal del trujillato [134])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, pos. 193,194 
  2. (2) Ibid., p. 195
  3. (3) Ibid., p.196


viernes, 14 de julio de 2023

La captura

Pedro Conde Sturla 

14 julio, 2023

Los cincos expedicionarios de Luperón capturados con vida. De izquierda a derecha: Horacio Julio Ornes Coiscou, Tulio Hostilio Arvelo Delgado, José Rolando Martínez Bonilla, Miguel Ángel Feliú Arzeno y José Félix Córdoba Boniche (nicaragüense)

Durante un par de días estuvieron caminando en dirección a la frontera haitiana, o al menos eso creían. Más tarde descubrirían que la marcha hacia el oeste había sido más bien errática, que caminaban en círculos y en zigzag. Cuando cayeron finalmente en manos de los soldados de la bestia sólo estaban a cuatro horas de Luperón. Ese fue el tiempo que les tomaría, en calidad de prisioneros, el viaje de regreso.


En esos dos días hicieron hasta lo imposible por mantenerse ocultos. Los cuidados que había que dispensar al comandante enfermo (que de vez en cuando sufría desmayos a causa de la fiebre) y los inconvenientes para transportarlo en la improvisada camilla dificultaban la marcha y obligaban a extremar las precauciones. Para peor, las fuentes de agua escaseaban y la comida no aparecía por ninguna parte. Una de las pocas cosas que comieron, o quizás la única, fue una guanábana que contribuyó milagrosamente a la recuperación del enfermo.

«No fue sino hasta la media tarde cuando logramos encontrar un poco de agua en una cañada casi seca.
»Después que Horacio comió parte de la guanábana y tomó agua mejoró bastante y aunque la fiebre no desapareció del todo pudo ponerse en pie y caminar ayudado por uno de nosotros. De esa manera la marcha se hizo más fácil y pudimos avanzar con más celeridad». (1)

Dice Tulio Arvelo que la segunda noche durmieron como troncos en lo alto de un cerro, cobijados por frondosos algarrobos, y que fueron despertados por una algarabía de cotorras, apetitosas cotorras que en una situación más propicia les habrían servido de alimento.

Las cotorras también atrajeron la atención de un grupo de campesinos que les venían pisando los talones. Uno de ellos, sólo uno, traía una escopeta.

Los fugitivos ocultaron las armas en una frazada y acordaron identificarse como agrimensores y los campesinos fingieron creérselo.

«Los primeros en dar la cara fueron Gugú y José Rolando. Por previo acuerdo tomado entre todos con la celeridad que el caso requería nos identificamos como un grupo de agrimensores. Los campesinos no dieron muestras de ninguna suspicacia. Se creó una falsa situación en la que tanto ellos como nosotros sabíamos cual era la verdad…» (2)

No serían más de doce campesinos y ninguno mostraba señales de hostilidad. Campesinos afables con los que se amigaron o fingieron amigarse de inmediato, intercambiaron saludos, charlaron, los siguieron hasta unos bohíos. Lo mejor de todo fue que les brindaron café y empezaron a preparar lo que hubiera sido una suculenta comida. Pero poco a poco fueron llegando otros, aumentando el número de afables campesinos armados con cuchillos y machetes. Muy pronto estuvieron superados en número y rodeados.

La comida olía bien, pero los “agrimensores” también se olían una trampa y decidieron marcharse, con dolor en el alma y el estómago, marcharse contra sus deseos y el hambre que los atenazaba:

«¿De quién fue la idea de marcharnos de aquel sitio? Nunca lo supe. Más tarde en la prisión Miguelucho hizo el siguiente comentario:

«“Si nos hubiéramos quedado en ese bohío se hubieran salvado Gugú y Calderón”. El caso es que resolvimos irnos y así lo hicimos saber a los campesinos quienes no pusieron ningún reparo a nuestra decisión. Por el contrario, la aceptaron de inmediato y uno de ellos, de nombre Juaniquito se brindó para servirnos de guía. Luego supimos que ese gesto le costó la vida.

»Con Juaniquito a la cabeza abandonamos aquel lugar sin haber probado los alimentos que nos preparaban y cuyo aroma hacía rato llegaba a mi olfato.

»Como siempre caminamos en fila india. Después de nuestro improvisado guía iba Gugú quien por el quebranto de Horacio se había convertido en líder del grupo». (3)

Es probable que la comida no haya sido más que un pretexto para ganar tiempo y esperar la llegada de los guardias de la bestia, o quizás alguien había decidido por su propia cuenta dar la voz de alarma y los guardias se pusieron en movimiento. Al cabo de apenas media hora de marcha hicieron acto de presencia.

Salieron como quien dice de ninguna parte con fusiles y ametralladoras en las manos y cuando los fugitivos vinieron a darse cuenta ya los tenían encima, repartiendo culatazos y disparando. Por lo menos a José Rolando Martínez Bonilla le dieron un culatazo en la cara y no supo más de sí.

Junto con los guardias llegaron campesinos enarbolando machetes y cuchillos de tamaño premonitorio, posiblemente afilados como hojas de afeitar, y se armó un pandemonio, un corredero, un gritadero, una balacera.

«De pronto —cuenta Tulio Arvelo—los acontecimientos comenzaron a desarrollarse con precipitación.
»Por mi espalda sentí gente que venía corriendo y cuando miré ví a un soldado que se acercaba armado de una ametralladora en el preciso instante en que comenzaba a disparar. Instintivamente me tiré al suelo y ví que José Rolando hacía lo mismo mientras colocaba el bulto sobre la tierra. Alcancé a ver a Miguelucho que también yacía acostado; pero a los demás no podía verlos porque me lo impedía un desnivel del terreno. El guardia de la ametralladora me pasó por el lado siempre disparando y también desapareció de mi vista al llegar a la pequeña hondonada que formaba el desnivel que me ocultaba a Horacio y a los demás compañeros. Sin darme cuenta por donde habían llegado, todo el espacio a mi alrededor se lleno de campesinos y de algunos soldados armados. Vi venir a uno con un rifle agarrado en posición de golpear con la culata, miró a Miguelucho, siguió hacía mi, me lanzó una rápida mirada y luego se dirigió hacia el sitio en que estaba José Rolando y le descargó un fuerte culatazo en un lado de la cara. José Rolando no emitió el más leve quejido y se desplomó sin sentido. Al ver esa acción pensé que yo sería el próximo; pero detrás del soldado había llegado un campesino casi un anciano, quien se me tiró encima esgrimiendo un largo cuchillo y me cubrió con su cuerpo mientras me decía al oído: “no se apure, que yo soy su garantía”.

»En el primer momento no aquilaté lo que aquello significaba. Sólo sé que desde el suelo y a través de los brazos de mi protector ví que el soldado se alejaba de mi lado. Todo había sucedido en tan corto tiempo que no había podido reflexionar acerca de la nueva situación. Una vez que el soldado se alejó y que el viejo campesino se me quitó de encima me entró la preocupación de que tal vez los compañeros que habían quedado fuera de mi radio visual hubieran sido muertos por el soldado que disparaba con la ametralladora. Por eso sentí un relativo alivio cuando ya sentado en el suelo al lado de Miguelucho y de José Rolando que ya había recobrado el sentido, vi que traían a Horacio y a Córdova Boniche y los sentaron a mi lado. De inmediato pregunté por los que faltaban. Gugú y Calderón habían logrado huir porque como los primeros tiros sonaron por la retaguardia y ellos iban muy alante pudieron correr y escabullirse por entre unos matorrales. Luego supe que Córdova Boniche intentó hacer lo mismo; pero se enredó con unos bejucos, y al caer al suelo el guía Juaniquito se le había ido encima con un colín en la mano y no le había permitido escapar. Muy lejos estaba el muchacho nicaraguense de pensar en esos momentos que con esa acción se le había salvado la vida.

»Habíamos sido hechos prisioneros en la mañana del 22 de junio, o sea, más o menos cincuenta horas después de nuestro desembarco. Se cerraba un ciclo más y se abría otro pleno de nuevas interrogantes.». (4)


(Historia criminal del trujillato [133])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 186
  2. (2) Ibid., p. 189
  3. (3) Ibid., p. 190
  4. (4) Ibid., págs. 192, 193





viernes, 7 de julio de 2023

La fuga hacia ninguna parte (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 

7 julio, 2023


A la frontera con Haití nunca llegarían. Se pasaron la noche caminando, descansaron un rato al amanecer y se dirigieron hacia el oeste. Tenían cuarenta y ocho horas sin comer ni dormir y el agua de las cantimploras, de las dos únicas cantimploras, se agotó rápidamente y empezaron a sentir las punzadas de la sed. El cansancio, el hambre, el calor y la falta de sueño, pero sobre todo la sed.

A pesar de todo, y en aquellas adversas circunstancias, todavía mantenían un cierto bizarro sentido del humor

“Nadie se quejaba del hambre, en cambio a cada momento algunos manifestaban la mortificación que les producía la falta de agua. En una ocasión le dije a Miguelucho que daría cualquier cosa por beber algo y el rápidamente se volvió y me dijo:

“Pues abre la boca que aquí tengo una cosa para tí”, al tiempo que hacía el gesto peculiar de quien va a orinar. Aquello produjo una risotada general. A pesar de lo crítico de nuestra situación todavía nos quedaban ánimos para reír». (1)

El humor era prácticamente lo único que les quedaba a los desesperanzados fugitivos. Sabían que los estaban buscando y que no tardarían en encontrarlos. De hecho en toda la comarca se había dado la voz de alerta y los cancerberos de la bestia se habían desplegado en zafarrancho de combate, se había dado órdenes a los campesinos de dar aviso al primer avistamiento y no prestarles ningún tipo de ayuda. 

Familias enteras habían sido evacuadas de sus bohíos y los hombres habían sido concentrados y organizados para tomar parte en la persecución, en la cacería de humanos. Varias veces los fugitivos los habían divisado desde lejos y habían escurrido el bulto, pero temían que en cualquier momento se produjera un encuentro, o mejor dicho un desencuentro fatal y recelaban hasta de sus sombras. Sobre todo de la ominosa sombra de la bestia.

“Como es natural –dice Tulio Arvelo- uno de los motivos que más ocupaban mi mente en aquellas primeras horas de la fuga a través del monte era el de nuestro destino inmediato. Tenía la sensación de que ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta lo que haríamos en el minuto siguiente.

“Después que abandonamos el Catalina en nuestro ánimo nunca hubo un propósito definido como no fuera el de caminar hacia el Oeste porque casi inconscientemente pensábamos que si llegábamos a cruzar la frontera escaparíamos de las garras de Trujillo. Y ni siquiera esa meta adquiría verdaderos perfiles, por lo menos de una manera clara”. (2)

Por suerte, el mismo bromista Miguelucho anunciaría un poco más adelante el hallazgo de una fuente de agua. Agua de un arroyo sucio que les pareció el manjar más delicioso del mundo, el agua sucia y preciosa en la que se refrescaron y renovaron.

“El agua que había encontrado Miguelucho provenía de un pequeño arroyo de contenido no muy limpio; pero que a nosotros nos pareció el más puro y cristalino del mundo.

“Antes de tomar agua y meter la cabeza por completo en el arroyo me detuve un instante a contemplar a los compañeros que habían llegado antes a su cauce. La sensación de alivio que experimenté aunque duró poco, me hizo olvidar momentáneamente lo grave de la situación en que nos hallábamos. Fue como si nuestro único objetivo fuera el encontrar agua. Estoy seguro de que todos sentimos la misma sensación. Esto así por el gran regocijo que nos invadió. De momento olvidamos las precauciones que nos habíamos impuesto entre las que se encontraba en primer término el guardar el mayor silencio posible. Llenamos las dos cantimploras y reiniciamos la marcha rumbo a Occidente». (3)

La fiesta del agua, sin embargo, el regocijo y la vitalidad que habían adquirido por obra y gracias de la bendita agua, no duró mucho tiempo. Al cabo de media hora el comandante Horacio Ornes estuvo a punto de desplomarse, aunque no a causa de lo que había ingerido. Se sintió mal o se sintió peor de lo que posiblemente había venido sintiéndose y se vió obligado a tumbarse bajo un árbol. Manuel Calderón, el estudiante de medicina que hacía las veces de médico, sólo tendría que tocarlo para descubrir que estaba caliente como un fogón, tenía una fiebre muy alta y dijo no podía seguir caminando
“Nos detuvimos y luego de deliberar decidimos construir una especie de camilla con una de las frazadas y unos palos que cortó Gugú con el único instrumento cortante que teníamos.

“Este incidente hizo aminorar nuestra capacidad de acción puesto que debíamos cargar a nuestro compañero, lo que hicimos por turno. Así estuvimos caminando toda la tarde. Mientras tanto casi toda el agua se la había bebido Horacio puesto que la fiebre aumentaba su sed. Durante todo ese día no ingerimos ningún alimento». (4)

Esa noche, según cuenta Tulio Arvelo, a pesar del cansancio durmió mal, atormentado por un sueño de pesadillas en el que siempre aparecía el Catalina en llamas, escuchaba una vez y otra vez la horrenda explosión del Catalina, lo atormentaban y aturdían las voces agónicas de los compañeros que perecían en su interior.

“Desperté muy temprano; pero como algunos compañeros todavía dormían, me quedé tirado de espaldas en el suelo y di riendas sueltas a mis pensamientos. A pesar del tiempo transcurrido todavía me acuerdo de ellos porque fueron muchas las veces que los comenté con Miguelucho durante los ocho largos meses que pasamos en las cárceles de Trujillo”. (5)

(Historia criminal del trujillato [132]) 

Notas: 

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 182

(2) Ibid., p. 184

(3) Ibid., p. 183

(4) Ibid.

(5) Ibid., p.184

viernes, 30 de junio de 2023

La fuga hacia ninguna parte (1)

Pedro Conde Sturla 
30 junio, 2023

Fotos del Catalina después de la explosión y de los cuerpos calcinados de Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés

Los expedicionarios sobrevivientes se despidieron del Catalina y de los restos de sus compañeros muertos con una mirada vacía, desangelada. Nadie dijo una palabra, nadie habló, rindieron un homenaje silente y se alejaron.
Atrás quedaban Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés. Este último había acudido al llamado del quejumbroso Hugo Kundhart, mientras trataba de desencallar el avión, y, como ya se dijo, por alguna razón desconocida no logró salir a tiempo o alejarse lo suficiente.

Con excepción del nicaragüense Alberto Ramírez, que ya estaba muerto, todos perecieron en la explosión del Catalina y sus cuerpos fueron calcinados, si acaso no ocurrió lo peor. (1)

La acción que habían emprendido los guerrilleros del Catalina terminó en cuestión de una hora o quizás menos, terminó en un fracaso rotundo. Sin embargo, los hombres que habían participado no carecían de entrenamiento, incluso de experiencia militar, unos se había fogueado en la guerra de Costa Rica y Gugú Henríquez era un veterano de la segunda guerra.

El hecho es que todo lo que podía salir mal salió mal y el grupo de combatientes se había reducido a siete. Cuatro habían muerto en el Catalina y el nicaragüense Alejandro Selva había decidido probar suerte con los tres miembros norteamericanos de la tripulación. Ingenuamente pensaban que por su condición de ciudadanos del imperio serían respetados por los guardias de la bestia.

Unos meses después, cuando los siete fugitivos ya habían sido apresados y encarcelados, sabrían que la suerte de los otros cuatro no los había favorecido. Apenas tres días después del desembarco fueron capturados, probablemente maltratados a culatazos y ejecutados sumariamente. Hablarían en inglés, protestarían en inglés, mostrarían tal vez sus documentos en inglés, pero las órdenes de la bestia eran dar con ellos un ejemplo y se dio un ejemplo.

Mucho tiempo pasaría igualmente para que los sobrevivientes de Luperón supieron lo que había sucedido con los hombres del frente interno que debían estar y no estaban, los hombres que no estuvieron donde debían estar, que debían haber estado esperándolos en algún lugar y sumarse a sus fuerzas. Los hombres del frente interno nunca aparecieron porque sus líderes habían desaparecido. Esos dirigentes del frente interno, de la región de Puerto Plata en su mayoría, habían sido traicionados antes de la llegada de los hombres de Luperón y se habían dado cuenta de la traición, de que eran perseguidos, vigilados a todas horas.

Dice Tulio Arvelo que «Trujillo tenía conocimiento de que los principales dirigentes de ese grupo eran Fernando Suárez y Fernando Spignolio. Estaba enterado de que hacía tiempo habían recibido algunas armas desde el exterior y que esperaban otras que les serían llevadas dentro de poco; pero no sabía ni la hora ni el sitio de llegada. El traidor que lo había informado no tenía esos datos porque los lugares de desembarco y sus fechas exactas no habían sido divulgados a nadie. Ya antes me referí a lo celoso que era don Juan a ese respecto. Por eso lo más que se había llegado a permitir fue colocar a treinta kilómetros de nuestro sitio de arribo a los hombres que debían hacer contacto con nosotros.

»Trujillo tenía vigilados a esos dos dirigentes. Estos por su parte se habían dado cuenta de que les seguían los pasos. Por esa razón cuando supieron que la invasión era inminente, no salieron de Puerto Plata y se quedaron en la casa de uno de ellos en espera de noticias para movilizase tan pronto tuvieran el aviso de nuestra llegada.

»Cuando Trujillo se enteró del desembarco, inmediatamente ordenó que la casa en que tenía ubicados a Suárez y a Spignolio fuera atacada por fuerzas del ejército.

»Cuentan los vecinos que los soldados fueron implacables y que después de una verdadera batalla campal en la que los líderes del Frente Interno se defendieron valientemente al fin sucumbieron por lo desigual de las fuerzas. Los cadáveres de ambos fueron sacados de la vivienda acribillados a balazos.

»Pero no fueron éstas las únicas víctimas producidas por la traición. También Negro Sarita y sus hermanos fueron perseguidos y asesinados por los esbirros de la dictadura.

“Después del desembarco, Trujillo ordenó que se investigara en los alrededores de Luperón con el fin de conocer cuales campesinos se habían movilizado en los días que lo precedieron. Todo aquel que no pudo justificar su traslado de un sitio a otro se hizo sospechoso de colaboración con nosotros y muchos pagaron con sus vidas el haberse hecho reos de esas sospechas». (2)

Por eso ahora se encontraban tan solos y desamparados y además desorientados. Después de mucho andar, ninguno sabía exactamente donde se encontraba. Lo peor es que, con la premura que llevaban al escapar del hidroavión, apenas tuvieron tino o tuvieron tiempo de llevarse unas pocas armas, dos cantimploras y dos frazadas, según dice Arvelo.

La idea era dirigirse hacia Haití y cruzar la frontera, pero en lugar de caminar hacia Haití lo hacían en círculo, tratando de alejarse de Luperón, caminando con desesperación hacia ninguna parte por unas tierras que, como sabrían después, pertenecían en parte al padre de Hugo.

«Esa primera noche caminamos sin detenernos. Hablamos muy poco durante ese lapso. Nos cogieron los claros del día subiendo un pequeño cerro desde donde dominábamos un bello paisaje; pero sin
la menor idea del sitio en donde nos encontrábamos. Al salir el Sol nos orientamos y nos dirigimos hacia el Oeste en busca de la frontera con Haití». (3)

(Historia criminal del trujillato [131])
Notas:
(1) A manera de humillación los cuerpos calcinados de Hugo Kundhart, Alfonso Leyton, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdés fueron enviados al depósito de cadáveres del Instituto de Anatomía de la Universidad de Santo Domingo, la única del país, para que fueran diseccionados en las prácticas de anatomía por los estudiantes de medicina. Sin embargo, el Dr. Alejandro Capellán, a riesgo de su vida, se las arregló para mantenerlos aparte y los preservó durante trece años en una pileta de formol, hasta el fin de la tiranía. Entonces, solo entonces, hizo pública su iniciativa y los entregó a sus familiares.
(2)Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs., 204, 205
(3) Ibid., p.202



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viernes, 23 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (3 de 3)

Pedro Conde Sturla 

23 junio, 2023

Estado en que quedó el hidroavión Catalina después de la explosión.

Apenas habían desembarcado y ya habían sido derrotados. Algunos no habían pasado ni siquiera del muelle, dos estaban heridos y uno estaba muerto y el comandante había ordenado la retirada. Sus palabras habían sido lapidarias: «Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba».


«Los tripulantes, que se habían quedado ayudando en el desembarque de las armas, de inmediato soltaron los rifles que tenían en las manos y se aprestaron a abordar el avión. Lo mismo hicimos todos sin comentarios. Ya tendría tiempo de sobra para hacer preguntas.

La breve explicación que me dio Horacio una vez acomodados en el avión y en espera del despegue fue la siguiente: “Resolvimos retirarnos porque los otros aviones no han llegado, no pudimos tomar el telégrafo por lo que ya a estas,horas deben estar al llegar refuerzos lo que no nos dará tiempo para hacer contactos con el Frente Interno y además ya hemos tenido tres bajas entre ellos dos heridos. Si llegamos a tiempo a un hospital podremos salvar sus vidas”.

»Por el tono en que habló comprendí que la decisión había sido tomada entre los componentes del comando de acción. En ningún momento se me ocurrió discutir si esa decisión era o no correcta. Ni si se tenían pruebas fehacientes de que en realidad no habían llegado los otros aviones.

»Como esos no eran momentos para hacer especulaciones ni mucho menos recriminaciones, pusimos todas nuestras energías en los problemas inmediatos entre los cuales el más apremiante era levantar vuelo y alejarnos de aquel sitio en el que era evidente que ya nada teníamos que hacer». (1)

Levantar el vuelo sería lo difícil, o más bien lo imposible. Debido a la prisa y los nervios, y el inminente peligro que se cernía sobre ellos, actuaron con precipitación y torpeza. Pero lo decisivo fue la desinformación que recibieron de uno de los hombres que todavía permanecían en el muelle, uno de los auxiliares o colaboradores que tanto habían ayudado en el descargue de las armas (las armas que caerían en manos del ejército) y que muy pronto se descubriría que era un espía o un partidario del gobierno de la bestia. Fue ese desgraciado, el mal nacido auxiliar, el culpable del desastre y la tragedia que estaban a punto de producirse.

Dice Tulio Arvelo que la única salida o entrada navegable era un canal de poco calado (incluso para el Catalina), delimitado por la orilla este de la ensenada, la orilla derecha (con relación al litoral) y un gigantesco palo negro, una baliza de gran altura que aún en la oscuridad podía verse desde lejos. Para entrar, como lo habían hecho casualmente, había que pasar del lado izquierdo. Para salir era pues necesario pasar a la derecha. Sin embargo, mientras el dominicano José Rolando Martínez Bonilla recogía desde el Catalina el cable que lo ataba al muelle, «oyó claramente cuando nuestro “auxiliar”, ahora hay que ponerlo entre comillas, le gritó que tomara a la izquierda del palo para salir de la bahía. Y así lo tradujo al piloto». (2)

De esta manera se acabó de torcer el destino de los hombres del Catalina. Todo parecía conspirar y conspiraba contra ellos. La nave se dirigió hacia mar abierto por el lado izquierdo de la baliza y no tardó en encallar en un banco de arena. Para peor, el piloto forzó los motores para tratar de salir de aquella trampa, pero sólo consiguió que el avión se pusiera prácticamente de nariz. Inútilmente, a pedido del capitán, 
los hombres se tiraron al agua, que apenas tenía unos dos pies de profundidad, para aligerar la nave e intentar liberarla, Pujarían y empujarían con todas las fuerzas de la desesperación, pero todas las fuerzas de la desesperación no fueron suficientes. Los hombres empujaban, los motores rugían, los heridos se quejaban.
 «De pronto oímos la voz de Hugo que por su herida ha
bía permanecido dentro del avión que llamaba a Salvador quien en ese momento se encontraba a mi lado empujando la nave. Ambos nos miramos y le hice una señal para que fuera a atender al compañero herido. Fue la última vez que lo vi, así como también fue la última que oí la voz quejumbrosa de Hugo» (3). Y cuando nada parecía que podría ser peor apareció un avión que nadie escuchó ni vio venir.


Con el avión vino la luz, una brillante luz, una luz cegadora. La noche se hizo día y los hombres trataron de esconderse bajo las alas del Catalina. El pequeño avión se alejó y volvió, iluminó de nuevo el escenario y desapareció.Tulio Arvelo siempre creyó que se trataba de «una unidad de la embajada de los Estados Unidos». (4) de la que tenían constancia que los había seguido desde Guatemala.

El pequeño avión no se había ido sin haberle dado aviso al temido guardacostas que había mencionado el hombre que les había ofrecido las llaves de su camioneta. Los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio eran inmejorables. Parecía que los estaban esperando, o por lo menos buscando. Quizás no conocían el lugar preciso del desembarco, pero los estaban esperando y buscando y finalmente los encontrarían.

«Poco después de la aparición del pequeño aeroplano los aviadores apagaron los motores y abandonaron la cabina. Cuando nos pasaron por el lado los tres llevaban debajo del brazo un pequeño bulto en el que supuse llevarían sus pertenencias más preciadas. Nadie les dijo una sola palabra. En lo que dijeron en inglés comprendí que se dirigían a la orilla.

«El único que los acompañó fue el nicaragüense Alejandro Selva. Tal vez pensó que junto a ellos tendría más garantías que quedándose con nosotros. Nunca más los volví a ver.

»Después de la partida de los aviadores era obvio que nada nos quedaba por hacer cerca del hidro-avión. No fue necesario tomar una decisión conjunta. Sin que nadie lo ordenara recogimos lo que pudimos cargar sin muchas molestias y emprendimos la marcha hacia la orilla más cercana. Entre las cosas que llevábamos estaban algunas armas, dos cantimploras y dos frazadas.

»Cuando llegamos a la orilla, Gugú notó la ausencia de José Rolando y emitió un silbido con el que ambos acostumbraban llamarse; pero no recibió respuesta. En ese momento nos percatamos de la llegada del guardacostas porque encendió un potente reflector que iluminó el área en donde se encontraba el Catalina. Al ver la luz nos ocultamos detrás de unos matorrales y esperamos unos instantes. La luz estuvo encendida como medio minuto. Cuando la apagaron nos internamos un poco más en la maleza y permanecimos en completo silencio. A los dos o tres minutos volvieron a encender el reflector, oímos claramente una voz que en tono insultante nos amenazaba y de inmediato el tableteo de una ametralladora seguido de una fuerte explosión que iluminó todo el recinto como si fuera de día. Los tanques del Catalina habían sido tocados por las balas. Al primer estallido le siguieron otros de menor potencia.

»Fue un espectáculo aterrador ver aquel aparato incendiado en medio de la noche acompañado por el estruendo que hacían los proyectiles que explotaban dentro de él. Pero lo más sobrecogedor de todo era el conocimiento de que habían quedado dentro de aquel infierno tres compañeros todavía con vida a lo que se sumaba la incertidumbre por la ausencia de José Rolando». (5) 
Por alguna razón que no se explica Salvador Reyes Valdés permaneció junto a Hugo o no pudo salir a tiempo y pereció en la explosión.


Por fortuna, José Rolando aparecería al poco rato, después de emitir un silbido semejante al de Gugú Henríquez y el reencuentro resultaría regocijante. Se había salvado casi de puro milagro, pero se había salvado. Ahora sólo quedaba emprender la fuga tierra adentro, la fuga a través de los montes

(Historia criminal del trujillato [130])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 171Pedro Conde Sturla 

23 junio, 2023

Estado en que quedó el hidroavión Catalina después de la explosión.

Apenas habían desembarcado y ya habían sido derrotados. Algunos no habían pasado ni siquiera del muelle, dos estaban heridos y uno estaba muerto y el comandante había ordenado la retirada. Sus palabras habían sido lapidarias: «Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba».

«Los tripulantes, que se habían quedado ayudando en el desembarque de las armas, de inmediato soltaron los rifles que tenían en las manos y se aprestaron a abordar el avión. Lo mismo hicimos todos sin comentarios. Ya tendría tiempo de sobra para hacer preguntas.

La breve explicación que me dio Horacio una vez acomodados en el avión y en espera del despegue fue la siguiente: “Resolvimos retirarnos porque los otros aviones no han llegado, no pudimos tomar el telégrafo por lo que ya a estas,horas deben estar al llegar refuerzos lo que no nos dará tiempo para hacer contactos con el Frente Interno y además ya hemos tenido tres bajas entre ellos dos heridos. Si llegamos a tiempo a un hospital podremos salvar sus vidas”.

»Por el tono en que habló comprendí que la decisión había sido tomada entre los componentes del comando de acción. En ningún momento se me ocurrió discutir si esa decisión era o no correcta. Ni si se tenían pruebas fehacientes de que en realidad no habían llegado los otros aviones.

»Como esos no eran momentos para hacer especulaciones ni mucho menos recriminaciones, pusimos todas nuestras energías en los problemas inmediatos entre los cuales el más apremiante era levantar vuelo y alejarnos de aquel sitio en el que era evidente que ya nada teníamos que hacer». (1)

Levantar el vuelo sería lo difícil, o más bien lo imposible. Debido a la prisa y los nervios, y el inminente peligro que se cernía sobre ellos, actuaron con precipitación y torpeza. Pero lo decisivo fue la desinformación que recibieron de uno de los hombres que todavía permanecían en el muelle, uno de los auxiliares o colaboradores que tanto habían ayudado en el descargue de las armas (las armas que caerían en manos del ejército) y que muy pronto se descubriría que era un espía o un partidario del gobierno de la bestia. Fue ese desgraciado, el mal nacido auxiliar, el culpable del desastre y la tragedia que estaban a punto de producirse.

Dice Tulio Arvelo que la única salida o entrada navegable era un canal de poco calado (incluso para el Catalina), delimitado por la orilla este de la ensenada, la orilla derecha (con relación al litoral) y un gigantesco palo negro, una baliza de gran altura que aún en la oscuridad podía verse desde lejos. Para entrar, como lo habían hecho casualmente, había que pasar del lado izquierdo. Para salir era pues necesario pasar a la derecha. Sin embargo, mientras el dominicano José Rolando Martínez Bonilla recogía desde el Catalina el cable que lo ataba al muelle, «oyó claramente cuando nuestro “auxiliar”, ahora hay que ponerlo entre comillas, le gritó que tomara a la izquierda del palo para salir de la bahía. Y así lo tradujo al piloto». (2)

De esta manera se acabó de torcer el destino de los hombres del Catalina. Todo parecía conspirar y conspiraba contra ellos. La nave se dirigió hacia mar abierto por el lado izquierdo de la baliza y no tardó en encallar en un banco de arena. Para peor, el piloto forzó los motores para tratar de salir de aquella trampa, pero sólo consiguió que el avión se pusiera prácticamente de nariz. Inútilmente, a pedido del capitán, 
los hombres se tiraron al agua, que apenas tenía unos dos pies de profundidad, para aligerar la nave e intentar liberarla, Pujarían y empujarían con todas las fuerzas de la desesperación, pero todas las fuerzas de la desesperación no fueron suficientes. Los hombres empujaban, los motores rugían, los heridos se quejaban.
 «De pronto oímos la voz de Hugo que por su herida ha
bía permanecido dentro del avión que llamaba a Salvador quien en ese momento se encontraba a mi lado empujando la nave. Ambos nos miramos y le hice una señal para que fuera a atender al compañero herido. Fue la última vez que lo vi, así como también fue la última que oí la voz quejumbrosa de Hugo» (3). Y cuando nada parecía que podría ser peor apareció un avión que nadie escuchó ni vio venir.


Con el avión vino la luz, una brillante luz, una luz cegadora. La noche se hizo día y los hombres trataron de esconderse bajo las alas del Catalina. El pequeño avión se alejó y volvió, iluminó de nuevo el escenario y desapareció.Tulio Arvelo siempre creyó que se trataba de «una unidad de la embajada de los Estados Unidos». (4) de la que tenían constancia que los había seguido desde Guatemala.

El pequeño avión no se había ido sin haberle dado aviso al temido guardacostas que había mencionado el hombre que les había ofrecido las llaves de su camioneta. Los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio eran inmejorables. Parecía que los estaban esperando, o por lo menos buscando. Quizás no conocían el lugar preciso del desembarco, pero los estaban esperando y buscando y finalmente los encontrarían.

«Poco después de la aparición del pequeño aeroplano los aviadores apagaron los motores y abandonaron la cabina. Cuando nos pasaron por el lado los tres llevaban debajo del brazo un pequeño bulto en el que supuse llevarían sus pertenencias más preciadas. Nadie les dijo una sola palabra. En lo que dijeron en inglés comprendí que se dirigían a la orilla.

«El único que los acompañó fue el nicaragüense Alejandro Selva. Tal vez pensó que junto a ellos tendría más garantías que quedándose con nosotros. Nunca más los volví a ver.

»Después de la partida de los aviadores era obvio que nada nos quedaba por hacer cerca del hidro-avión. No fue necesario tomar una decisión conjunta. Sin que nadie lo ordenara recogimos lo que pudimos cargar sin muchas molestias y emprendimos la marcha hacia la orilla más cercana. Entre las cosas que llevábamos estaban algunas armas, dos cantimploras y dos frazadas.

»Cuando llegamos a la orilla, Gugú notó la ausencia de José Rolando y emitió un silbido con el que ambos acostumbraban llamarse; pero no recibió respuesta. En ese momento nos percatamos de la llegada del guardacostas porque encendió un potente reflector que iluminó el área en donde se encontraba el Catalina. Al ver la luz nos ocultamos detrás de unos matorrales y esperamos unos instantes. La luz estuvo encendida como medio minuto. Cuando la apagaron nos internamos un poco más en la maleza y permanecimos en completo silencio. A los dos o tres minutos volvieron a encender el reflector, oímos claramente una voz que en tono insultante nos amenazaba y de inmediato el tableteo de una ametralladora seguido de una fuerte explosión que iluminó todo el recinto como si fuera de día. Los tanques del Catalina habían sido tocados por las balas. Al primer estallido le siguieron otros de menor potencia.

»Fue un espectáculo aterrador ver aquel aparato incendiado en medio de la noche acompañado por el estruendo que hacían los proyectiles que explotaban dentro de él. Pero lo más sobrecogedor de todo era el conocimiento de que habían quedado dentro de aquel infierno tres compañeros todavía con vida a lo que se sumaba la incertidumbre por la ausencia de José Rolando». (5) 
Por alguna razón que no se explica Salvador Reyes Valdés permaneció junto a Hugo o no pudo salir a tiempo y pereció en la explosión.


Por fortuna, José Rolando aparecería al poco rato, después de emitir un silbido semejante al de Gugú Henríquez y el reencuentro resultaría regocijante. Se había salvado casi de puro milagro, pero se había salvado. Ahora sólo quedaba emprender la fuga tierra adentro, la fuga a través de los montes

(Historia criminal del trujillato [130])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 171

(2) Ibid., p. 172

(3) Ibid., p 173

(4) Ibid., p. 174

(5) Ibid., p.175



viernes, 16 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (2)

Pedro Conde Sturla

16 junio, 2023

El plan era sencillo. Transportar las armas del hidroavión al muelle con ayuda de la tripulación y unos cuantos voluntarios, mientras el comando de acción sometía a las autoridades, tomaba el pueblo, la oficina del telégrafo, que era lo más importante. A nadie se le ocurrió pensar que poco tiempo más tarde el grupo regresaría de manera atropellada y que el desembarco en Luperón se convertiría en un desastre monumental.


El traslado de las armas se inició de inmediato. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Cuando el comando se hiciera dueño de la plaza las armas debían estar en el muelle y desde allí partirían en cualquier vehículo disponible hacia el lugar donde supuestamente los esperaban los hombres del Frente Interno.

«Algunos de los habitantes de Luperón que todavía quedaban en el muelle se prestaron como voluntarios a ayudarnos en dicha tarea. Es más, sin su colaboración nosotros cuatro no hubiéramos podido llevarla a feliz término. Así es que nuestra labor se circunscribió a dirigir los trabajos de descarga. Las armas fueron colocadas en el piso de madera del muelle en la medida en que iban siendo sacadas del hidro-avión. Cuando más de la mitad de los pertrechos habían sido desembarcados se oyó en el pueblo el tableteo de las ametralladoras y el estruendo de algunas granadas de mano».(1)

Parecía que todo procedía como se había planeado y que el comando de acción se encaminaba a cumplir con sus objetivos. Los tiros entonces arreciaron y se escuchó la explosión de varias granadas. De repente se apagaron las luces, todas las luces del pueblo. Tulio Arvelo trató de hablar con Hugo Kunhardt por medio de un intercomunicador portátil, posiblemente un walkie-talkie de corto alcance, pero no logró establecer comunicación.

Las luces del Catalina permitieron continuar momentáneamente con el traslado de las armas, pero muy pronto los hombres de la avanzada comenzarían a volver, tres de ellos en condiciones deplorables.
El primero en regresar, o que más bien regresaron, fue Hugo Kunhardt.

Tulio Arvelo escuchó «que alguien dijo: “Abran campo que traen un herido”. Efectivamente a poco algunos de los voluntarios depositaron en el suelo el cuerpo herido de Hugo Kundhart.

»Como la labor de desembarque ya estaba casi terminada me ocupé en atender al compañero. Este estaba en su conocimiento y me dijo que había sido alcanzado por una bala en la parte derecha del vientre. Lo palpé y pude percatarme de la gran cantidad de sangre que estaba perdiendo. De inmediato entre José Rolando y yo lo trasladamos al interior del Catalina y lo pusimos en manos de Salvador Reyes Valdés quien era casi médico y tenía los medios para atenderlo en la medida de nuestras posibilidades.

»No habían pasado cinco minutos de este doloroso incidente cuando anunciaron que traían otro herido. Esta vez se trataba de Alberto Ramírez, uno de los nicaraguenses que llegó cadáver a nuestras manos. De inmediato ordenamos que fuera colocado también en el avión y nos dispusimos a continuar nuestra tarea». (2)

Dice Tulio Arvelo que en el pueblo se produjo entonces un silencio que no presagiaba nada bueno. Un silencio ensordecedor en la oscuridad.

Fue entonces que, para sorpresa de Tulio Arvelo, uno de los voluntarios le entregó las llaves de una camioneta de su propiedad y le aconsejó cargar las armas en ella y largarse lo más pronto posible del lugar. Temía, con sobrada razón, que en cualquier instante apareciera el guardacostas que hacía el recorrido entre La Isabela y Luperón. Difícilmente quedaría alguien vivo si enfilaba contra ellos el fuego de sus ametralladoras y cañones.

«El tono en que habló el voluntario fue el de uno de los nuestros. Se sentía ya comprometido pues sabia que su vida peligraba si los soldados trujillistas lo encontraban junto a nosotros.

»Más tarde al comentar ese incidente fue cuando aquilaté su real transcendencia. Comprendí que no estábamos solos en suelo dominicano puesto que la actitud del dueño de la camioneta fue la misma del pequeño grupo que hasta ese momento y sin que mediara ninguna imposición colaboró con nosotros. Más tarde supe que algunos de los que se portaron así fueron encarcelados y hasta se dijo que algunos fueron asesinados. La tiranía no les perdonó ese gesto desolidaridad». (3)

Las cosas estaban mal y muy pronto se pondrían peor. Al poco rato anunciaron que traían otro herido, el tercero, otro de los extranjeros. Se trataba del costarricense Alfonso Leyton.

En aquellas circunstancias, la gente del hidroavión estaba tan a oscuras como el pueblo y los sucesos precipitaban con tan pasmosa celeridad que no se entendía bien lo que estaba pasando.

Escuchaban las ráfagas de ametralladoras, los disparos de fusil, recibían a los caídos, pero no tenían idea de lo que acontecía en el pueblo. Y lo que acontecía era un desastre. Todo comenzó a salir mal desde el principio, como si hubiera estado predestinado.

Dice Tulio Arvelo que el objetivo primordial era apoderarse de la oficina del telégrafo porque eso permitiría establecer contacto con los hombres del Frente Interno. Lamentablemente, uno de los guerrilleros de la avanzada que debía llevar a cabo la operación cometió un error garrafal. Confundió a unos músicos uniformados, los músicos de la retreta dominical, probablemente, con una patrulla del ejército, a pesar de que llevaban consigo sus instrumentos de metal, y arrojó una granada de estruendo. Casi al mismo tiempo –dice Tulio Arvelo— se escuchó en otro lugar el disparo que abatió a Leyton. El disparo crisparía, quizás, los nervios de los integrantes del comando y abrieron fuego contra los músicos, que al parecer se habían desbandado y no fueron alcanzados por las balas. El hecho tuvo, sin embargo, un efecto contraproducente: Al escuchar la balacera, el encargado de la planta eléctrica cortó la corriente y el pueblo quedó en tinieblas.

Lo que se armó en aquella oscuridad fue un pandemonio, una confusión generalizada que aturdía los sentidos, hasta el punto de que las heridas de Hugo Kundhart y Alberto Ramírez se las propinaron ellos mismos. Hugo era cegato, usaba lentes sin los cuales no podía ver y es posible que aún con lentes veia mal y en la oscuridad veía peor. El hecho es que tomó a Alberto Ramírez por un soldado enemigo y le propinó el tiro que le causó la muerte, no sin que antes Alberto disparara e hiriera a Hugo en el vientre. Una tragedia absurda, una pesada broma del azar.

Según lo que cuenta Tulio Arvelo, el único en ser abatido por un soldado enemigo fue Alfonso Leyton, antes de que se apagaran las luces. Además, a pesar de que había sido el primero en caer fue el último que trajeron. Tenía una herida en el cuello, posiblemente de gravedad.

El gobierno de la bestia sólo reconocería haber sufrido una baja que atribuyó a uno de los miembros norteamericanos de la tripulación. Sin embargo, Tulio Arvelo afirma que «En realidad fue Miguelucho quien hirió al cabo después que éste se hubo rendido cuando se enteró de la muerte de Alberto Ramírez y de las heridas de Hugo y de Alfonso Leyton» (4)

Lo que sucedió a continuación le puso la tapa al pomo. Era prácticamente lo único que faltaba:
«Unos minutos después que colocamos a Leyton herido en la garganta dentro del Catalina, vi acercarse una pequeña columna que pude distinguir en detalle solamente cuando entró dentro del radio de la luz del avión. Me causó alguna sorpresa distinguir al frente de ella a Horacio. Le seguían los sobrevivientes del comando que se había internado en el pueblo. Horacio solamente dijo: “Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba”» (5) p. 170

Pero lo peor no había pasado.

(Historia criminal del trujillato [129])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 168

2) Ibid.

(3) Ibid., p. 169

(4) ibid., p. 180

(5) Ibid., p. 170



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sábado, 10 de junio de 2023

En la penumbra


En cuánto vi en la penumbra su larga y abundante cabellera negra, su ingenua desnudez, la mano agujereada, la piel cobriza, y los pies volteados hacia atrás de esa manera tan característica, supe que estaba en presencia de una ciguapa…

viernes, 9 de junio de 2023

Desembarco en Luperón (I)

Pedro Conde Sturla 

9 junio, 2023


Durante el largo vuelo, y en tantas otras ocasiones, Tulio Arvelo había pensado en la muerte, en lo que les esperaba al bajar del Catalina. Morir era, desde luego, un riesgo calculado, pero Tulio Arvelo nunca pensó que moriría. Se preocupaba por sus compañeros más cercanos y queridos.


«Fueron muchos los pensamientos que ocuparon mi mente, no importaba cual fuera la tarea que realizara. No podía dejar de pensar en cual sería el destino de aquellos doce hombres cuya meta común era el derrocamiento de la tiranía trujillista. Pensamientos como los siguientes no podía separar de mi mente: ¿Cuántos morirían en la empresa? ¿Cuál sería su resultado? ¿Qué sería de nosotros dentro de dos o tres días? Sentía una especial preocupación por algunos de los compañeros en particular. ¿Qué sería de Gugú? ¿Qué de Miguelucho? Cosa rara, que después recordaba con toda claridad y que comentaba en círculos íntimos: en ningún momento me pasó por la mente que yo pudiera morir en el lance. Lo mismo me dijo en algunas ocasiones Miguelucho mucho después de que pasó todo». (1)

Muy pronto —desde que escuchó, en la voz de José Rolando Martínez, la noticia de que el avión iniciaba el descenso—, dejaría de pensar en eso para disponerse a la acción, Con anterioridad, una vez que hubo dado las informaciones e instrucciones pertinentes, el comandante Ornes procedió a la lectura de un manifiesto que debía ser distribuido al pueblo y pronunció una breve arenga que enardeció los ánimos. A partir de ese momento todos habían quedado a la expectativa, en ansiosa espera de la señal de que la hora cero había llegado. Ahora José Rolando Martínez lo confirmaba, se lo había dicho uno de los tripulantes en inglés y él había hecho la traducción: «Prepárense que ya el avión está descendiendo y dentro de pocos minutos se tirará en la bahía». (2)

El aire se puso denso y se puso tenso, casi irrespirable, y la adrenalina correría por las venas. No había tiempo que perder y no lo perdieron. Los doce inminentes guerrilleros se ataron a unos cinturones que había en las paredes y se prepararon para el descenso. Por algún motivo, el avión sobrevoló primero el poblado y dio un par de vueltas con las que consiguió alborotar a sus habitantes y emprendió el descenso. Todos, en esos momentos, tenían de seguro el corazón en la boca. Además, contrario a lo que se esperaba, el amarizaje los sorprendió por su brusquedad. Dice Tulio Arvelo que se sintió como si el hidroavión (inmerso en la más completa oscuridad) se hubiera precipitado desde una gran altura y cayera de golpe sobre el agua. En ese trámite Tulio Arvelo perdió su preciosa gorra y no la volvería a recuperar.

Para mayor asombro, según lo que cuenta el mismo Tulio Arvelo, la gente del poblado de Luperón los recibió con una cordial bienvenida:

«Debido a que el hidro-avión había dado dos vueltas sobre el poblado antes de amarizar, sus habitantes se habían puesto alerta a causa de lo inusitado del acontecimiento. De manera que cuando el aparato tocó agua la mayoría de la población se encontraba en el embarcadero que penetraba en la bahía. 
Cuando me solté el cinturón de seguridad y miré por una ventanilla, el espectáculo que presencié fue verdaderamente inesperado. Varios cientos de personas nos vitoreaban desde el pequeño muelle.

»Las circunstancia de ser domingo, día en que se celebraban conciertos de música popular en el parque del pueblo, hizo que se pudiera reunir tanta gente en tan corto tiempo, la que corrió al embarcadero cuando se supo que el aeroplano había amarizado en la bahía. Según me enteré después era la primera vez que tal hecho ocurría en toda la historia de ese poblado». (3)

Evidentemente ninguno de los curiosos pensaba en ese momento que se trataba de una invasión, de un repatriamento armado. Aquel avión y aquellos hombres tenían que pertenecer al ejército de Trujillo, a las fuerzas armadas, y desde el primer momento mostraron el deseo de colaborar con ellos.

«La presencia de esas personas —dice Tulio Arvelo— fue por el momento favorable para nosotros puesto que de inmediato se percataron de que sin su ayuda nuestra nave no se podría acercar al embarcadero. Se aprestaron a auxiliarnos utilizando un bote que llegó hasta la cabina de la tripulación. Desde allí se le tiró un cable con el que fuimos halados hasta pegarnos al muelle». (4)

El idilio entre los expedicionarios y los lugareños no duraría, sin embargo, mucho tiempo. Estaba basado en un equívoco y Gugú Henríquez se encargaría de romper el encanto.

Los primeros que desembarcaron fueron Horacio y Gugú, en compañía de Alejandro Selva, Alberto Ramírez, Hugo, Miguelucho, Alfonso Leyton y José Féliz Córdoba Boniche. A ellos les correspondía iniciar la acción armada. La idea era tomar el pueblo, tomar la oficina del telégrafo, someter a las autoridades, vencer la resistencia, tomar la plaza, que estaba mal defendida. Los demás, los cuatro restantes, con ayuda de la tripulación y gente del pueblo, se ocuparían de trasladar las numerosas armas al muelle, cosa que no era tarea fácil.

Después de tomar la plaza, que no parecía ser difícil, dispondrían de medios motorizados que les permitirían rápidamente transportarse al lugar de encuentro con la gente del Frente Interno, a unos treinta kilómetros de distancia. Todo lucia perfecto en los planes.

Por desgracia, en cuanto la avanzada guerrillera puso un pie en el muelle, los curiosos empezaron, quizás espontáneamente o quizás por precaución, a gritar vivas a Trujillo, vivas al Jefe, vivas a la bestia que los guerrilleros venían a combatir. También mostraban, nerviosos, las cédulas de identificación personal, una especie de imprescindible pasaporte para poder viajar de un lado a otro del país. Las dichosas cédulas sin las cuales nadie era gente bajo la avasallante dictadura. Las cédulas que había que mostrar cuando cualquier autoridad las requería, so pena de caer preso. Mal preso.

Aquello resultó ser demasiado para Gugú Henríquez, que estaba a punto de explotar y explotó.

Gugú se enfrentaría desafiante a la masa de vociferantes y dijo algo que de seguro había soñado con decir en su país y en voz alta desde hacía mucho tiempo. Algo que los dominicanos se tenían que tragar todos los días y él no se tragaría.Total, en esos momentos se disponían a atacar a las fuerzas del orden, es decir a los guardias o policías encargados del mantenimiento del terror, y revelarían de inmediato el motivo de su presencia en ese lugar. Ya no había nada que perder.

De modo que fue Gugú —como dice Tulio Arvelo— «El primero en romper el hielo». Fue él mismo «Gugú quien se encaró con dos o tres que se le acercaron con las cédulas en la mano y les dijo: “Esta es una invasión. Abajo Trujillo. Viva Horacio Vásquez”». (5)

Lo de Horacio Vásquez es algo que seguramente no se entendería entonces y no se entiende todavía, pero lo de «Abajo Trujillo» provocó una conmoción, provocó momentáneamente estupor y provocó de inmediato una estampida.

Se había roto el encanto. La gente emprendió la huida, una huida atropellada, desordenada, se disparó corriendo en todas direcciones, hasta el punto de que algunos tuvieron la ocurrencia de tirarse al mar, quizás sin saber nadar. Aquellos hombres armados con fusiles y ametralladoras ahora causaban espanto y nadie quería estar cerca, a excepción de unos pocos que se quedaron para ayudar. Esos sabían a qué atenerse. Evidente eran desafectos al régimen y tenían valor para evidenciarlo, a sabiendas de que podían pagar la osadía bien cara. Como en efecto pagaron.

Mientras tanto, la avanzada guerrillera se adentró en el pueblo, un típico pueblo dominicano con callejas apenas iluminadas por una luz mortecina, y muy pronto se escucharon los primeros disparos. Unos lentos disparos en principio…

(Historia criminal del trujillato [128])
Notas:
(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs. 156, 157
(2) Ibid., p. 165
(3) Ibid., pgs. 165, 166
(4) ibid., p. 166
(5) Ibid., p. 167 



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Un ladrón en la cocina


La macana de acero extensible de defensa personal es algo que recomiendo encarecidamente. Yo no me levanto sin ella en la mano. Hace un tiempito me encontré con lo que creía que era un ladrón en la cocina y le tiré un macanazo y pensé que lo había descalabrado, pero por suerte era un muerto…