TERCERA PARTE
Índice:La bestia sigue a caballo (1)La bestia sigue a caballo (2)Los inmigrantes Meditaciones morales (1)Meditaciones morales (2)El círculo del poder (1)El círculo del poder (2): El ascenso de PaulinoEl círculo del poder (3): El ascenso de PaulinoEl círculo del poder (4): El ascenso de Paulino
La bestia sigue a caballo (1)
Pedro Conde Sturla
15 octubre, 2021
El día 15 de noviembre de 1940 quedó registrado en la historiografía trujilloniana como uno de los más grandes acontecimientos de la historia patria. En ese magna fecha se anunció la creación de un nuevo partido político que al parecer correspondía al más auténtico clamor de la nación dominicana: el Partido Trujillista.
En realidad era un apéndice del Partido Dominicano, una especie de círculo interior, un grupo de élite del que sólo formarían parte los auténticos trujillistas. Aquellos sobre cuya lealtad no había la menor sombra de duda. De hecho, el Partido Trujillista sería como un Monte Olimpo, un paraíso terrenal donde la bestia se rodearía de los más intachables cortesanos. Muchos se sentirían llamados, pero no todos serían elegidos.
Desde su fundación, en 1931, el Partido Dominicano celebraba con vehemencia la entereza de aquel prócer que había dicho: “Mis mejores amigos son los hombres de trabajo”. Ahora se sumaba al coro el nuevo Partido Trujillista. Un Partido Trujillista que pretendía ser un reducto moral donde se pretendía honrar la pretendida moral de la bestia. Un príncipe, un gobernante —como decía Maquiavelo— no tiene que tener virtudes, pero debe aparentar que las tiene. El acróstico de Rafael Leónidas Trujillo Molina ( Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad) exaltaba, en efecto, un dechado de virtudes que la bestia no poseía y que además despreciaba y no le interesaba poseer. Era una oración cínica, en grado superlativo, que había sido escrita y se escribía en caracteres indelebles en paredes y fachadas de los edificios públicos y que se repetía diariamente en los medios de comunicación de todos los rincones del país. Una consigna machacona, oprobiosa.
Ahora bien, ser miembro del Partido Dominicano era obligatorio, pero ser miembro del Partido Trujillista era un privilegio.
Los miembros de la directiva del Partido Dominicano se contaron entre los primeros que solicitaron la admisión en el Partido Trujillista y fueron admitidos. Casi de inmediato se formó un tremendo avispero. Un enjambre de fogosos trujillistas se manifestó en los días siguientes a favor de incorporarse a la nueva organización y fueron incorporados. Ni los trujillistas sinceros ni los trujillistas de mala gana querían quedarse fuera, pero no fueron pocos los rechazados. Tenían que ganarse la admisión demostrando su lealtad al régimen de modo más fehaciente. En cambio Trujillo solicitó humildemente la aceptación y fue de inmediato aceptado y fue de inmediato nombrado, celebrado, elevado a la condición de jefe único de la organización.
Lo cierto es que la bestia parecía estar impaciente. No le hacía tanta gracia, quizás, ejercer el poder sin ostentar en todo momento el glorioso título de Presidente de la República, el signo del poder que le confería la más alta magistratura del Estado. Se estaba preparando para recuperar el valioso símbolo que había depositado en las manos de un gobernante de mentirilla.
Desde el nuevo Partido Trujillista y desde el viejo Partido Dominicano se lanzaría su candidatura en las elecciones de 1942 y el pueblo dominicano lo llevaría otra vez a la Presidencia de la República.
Como dice Crassweller, no se produjo ninguna diferencia en las boletas electorales del Partido Dominicano y el Partido Trujillista. El nombre de la bestia y los de los demás candidatos eran coincidencialmente los mismos.
Los líderes de ambos partidos, que eran también más o menos coincidencialmente los mismos, no ocultaban su complacencia ni ocultaban su impaciencia. Exultaban, nerviosos, ante la idea de ser los primeros en llevar a la bestia la grata noticia. Sorprenderlo quizás con la grata noticia.
La bestia no se sentiría sorprendida, pero se mostraría complacida cuando en febrero de 1942 recibió en la Estancia Fundación a un distinguido séquito de connotados dirigentes políticos que venían a decirle que había sido designado candidato a la presidencia por el Partido Dominicano y el Partido Trujillista.
Estaban todos vestidos o más bien enfundados en calurosos trajes de lana, de casimir inglés, con ajustados chalecos, con corbatas anudadas como sogas de ahorcar. Algunos de los más emperifollados vestían chaqué, una especie de frac, el traje de máxima etiqueta para eventos formales y ceremonias diurnas. El agobiante traje de pingüino.
La bestia, en cambio, vestía deportivamente un traje de montar y montaba un soberbio caballo, uno de los muchos que tenía. La bestia era un magnífico jinete. Montar caballo, violar mujeres, malograr doncellas era algo que había aprendido a la perfección desde su temprana juventud.
Los distinguidos dirigentes exhibían en presencia de la bestia una extraña dignidad (la dignidad o indignidad de los cortesanos) y la bestia exhibía una extraña indiferencia, una especie de desdén o de desprecio.
Al frente de la delegación estaban Porfirio Herrera, Paíno Pichardo, Cucho Álvarez Pina y otros encumbrados personajes, pero la bestia no les prestó mayor atención. Empezó a pavonearse en su caballo árabe pura sangre: un encabritado semental árabe de pura sangre, como dice Crassweller.
Mientras los delegados discurseaban, lo aclamaban, se deshacían en elogios y felicitaciones, la bestia exhibía su destreza a lomo del cuadrúpedo imponente, maniobraba con su consumada habilidad, lo espoleaba, le hacía tascar el freno, lo hacía recular, caracolear, encabritarse, lo obligaba a embestir y frenar de golpe. Le imponía su dominio. Lo sometía a la obediencia.
Al final del acto se encaró por primera vez en serio con los nerviosos y acalorados miembros de la delegación. Sólo el caballo que montaba la bestia sudaba más que ellos.
Los miró, se miraron, se quedarían probablemente unos segundos en silencio. Luego, con su tenebrosa vocecita chillona, la bestia pronunció unas palabras que la historia recogería en letras mayúsculas, letras de tinta y plomo, letras de piedra y bronce que quedarían grabadas en la memoria de los siglos:
—Y seguiré a caballo...
Esa fue su manera de aceptar la candidatura que tan complacientemente le ofrecían y que celebró de inmediato con gran estruendo de fuegos artificiales que tenía reservados para la ocasión, el inicio más o menos oficial de la campaña. Una descomunal campaña de prensa y radio que se hizo eco de la frase que la bestia había pronunciado desde la altura heroica de su pura sangre árabe. Es posible que ni siquiera el Cid Campeador ni Alejandro el Conquistador hubieran sido tan celebrados en su época como lo fuera la bestia en esos días. Las fotos del intrépido jinete aparecían como por magia en todas partes. La frase de la bestia, la vanidad sin fondo de la bestia, las fotos de la bestia a lomo de briosos corceles pasarían a la historia.
(Historia criminal del trujillato [61])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
La bestia sigue a caballo (2 de 2)
Pedro Conde Sturla
22 octubre, 2021
Las elecciones del 16 de mayo de 1942 fueron precedidas por un gran despliegue de propaganda y movilizaciones de masa, por un aparente derrame de entusiasmo visceral en todo el país, una entrega aparentemente incondicional del pueblo dominicano a los encantos de la bestia. Prácticamente no había oposición, pero la contienda parecía reñida.
Como era de esperarse, la bestia ganó, efectivamente, como tenía que ganar. Ganó por abrumadora mayoría, casi por unanimidad, casi por aclamación, y con un total de 509,999 votos. Un triunfo limpio, avasallador, que no dejaba lugar ni para dudas.
Los más ilustrados cortesanos habían vaticinado el triunfo, desde luego. Nada tenía de raro que un candidato que se había ganado todos los corazones ganara también las elecciones. La bestia volvería a lucir sobre su pecho la banda presidencial que nunca debió haberse quitado, ocuparía la magistratura que le correspondía
Pero la bestia estaba impaciente. Había ganado las elecciones y aún tenía que esperar unos largos meses para tomar posesión del cargo y no se aguantaba las ganas. Faltaba mucho tiempo para la juramentación, que tendría lugar el 16 de agosto, y la bestia estaba impaciente. Para peor, la patria también estaba impaciente. Sus cortesanos estaban tan nerviosos como impacientes y se desvelaban tratando de encontrar una solución.
Hasta que finalmente intervino la providencia y se le encontró salida a un callejón que no parecía tenerla.
En realidad, la providencia había intervenido graciosamente, se había manifestado con tres semanas de antelación en su divina gracia desde la cámara de diputados que presidía en ese momento Manuel Arturo Peña Batlle.
Durante muchos años, Manuel Arturo Peña Batlle había sido —como es sabido— un fiero opositor de la bestia, hasta que la bestia lo quebró —quebró su espíritu el miedo—, y lo redujo a la condición de cortesano, uno de sus más arrastrados cortesanos, pero la bestia nunca le perdonó sus años de oposicionista y lo sometió hasta el final de su vida a un régimen terrible de humillaciones y sobresaltos. Es posible que Peña Batlle tampoco se perdonara a sí mismo y terminara perdiendo —como algunos afirman— el equilibrio emocional y la cordura. El hecho es que en esa época detentaba y ostentaba la presidencia de la Cámara de Diputados y, anticipando de alguna manera el resultado de las elecciones, tuvo de repente una idea brillante, una feliz ocurrencia, una inspirada iniciativa que le permitiría al querido jefe y a toda nación dominicana colmar sus aspiraciones.
Lo que el visionario Peña Batlle había propuesto desde antes de las elecciones era tan simple como brillante, quizás incluso legal de alguna manera indefinible. Pero era además una cosa lógica... Dado el grado de consenso que se preveía que la bestia alcanzaría en las urnas, era imperativamente indispensable que ocupara de inmediato la presidencia y se obviara el intervalo, el innecesario intervalo que mediaba entre el 16 de mayo y el 16 de agosto.
Aparte de manipular o hacer picadillo las leyes, había que contar, por supuesto, con el consenso de presidente putativo de la nación, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, pero el presidente se mostró de acuerdo inmediatamente, quizás incluso antes de que se lo propusieran, si acaso se lo propusieron.
Además, siguiendo su ejemplo, los dos partidos políticos que sustentaron la candidatura de la bestia, el Partido Dominicano y el Partido Trujillista, dieron asimismo su aprobación.
De hecho —según lo que cuenta Crassweller— Troncoso fue en cierta manera el artífice de la transición. Una transición que fue facilitada enormemente por su desprendimiento y gran idealismo y sobre todo por las ganas que de seguro tenía por quitarse del medio. A él le tocaría poner en marcha el sencillo mecanismo que de seguro formaba parte del proyecto que había concebido Peña Batlle para facilitar el supuesto cambio de mandos.
Según las leyes de la época, el cargo de Secretario de guerra, marina y aviación era el primero en la línea de sucesión a la presidencia, un cargo que, coincidencialmente, estaba en manos de Héctor Bienvenido Trujillo Molina, alias Negro, el hermano favorito, el consentido de la bestia. Pero Negro, por extraña casualidad, había renunciado al cargo el día anterior a las elecciones. Dos días más tarde, el presidente Troncoso tuvo la feliz ocurrencia de nombrar a la bestia en su lugar y poco tiempo más tarde presentó patrióticamente su renuncia. La bestia ocupó de inmediato la presidencia y de inmediato restituyó a su hermano mimado en el preciado cargo de Secretario de guerra, marina y aviación. Es decir, cambiaron un poco todas las cosas en el mejor estilo lampedusiano o gatopardiano para que todo siguiera igual que antes. O mejor dicho peor.
Troncoso abandonó, pues, la Presidencia con la frente en alto y no pudo contener la emoción cuando pasó por el Palacio Nacional a despedirse. Pronunció entonces unas palabras históricas que han quedado registradas en los anales de la más vergonzante adulonería. Dijo que nunca había visto ni volvería a ver un espectáculo tan democrático como el de esa transición de la bestia a la presidencia de la República. Era, en efecto —según sus propias palabras—, el más reconfortante espectáculo democrático que registraba su memoria. Pero Troncoso también pasaría a la historia como el presidente bajo cuyo gobierno el país le declaró la guerra a Japón después del ataque a Pearl Harbor.
Por lo demás, en las elecciones de 1942 se hizo realidad el sueño de las feministas trujillistas dominicanas: las mujeres adquirieron el derecho a voto, el derecho a votar por la bestia, desde luego, y votaron masivamente, unánimemente por la bestia. La rama feminista del Partido Dominicano se había fundado en 1940 y una de las más destacadas activistas respondía al nombre de Isabel Mayer, la gran amiga de la bestia, la prestigiosa Celestina en cuya casa de Montecristi la bestia anunció el inicio del corte, la matanza haitiana, una mujer de horca y cuchilla que se convertiría en la primera senadora dominicana. De hecho, su fama y prestigio sólo han sido parcialmente opacadas por las de Minerva Bernardino, la feroz hermana del monstruoso Felix W. Bernardino, la destacada diplomática, “el cerebro siniestro detrás del secuestro del catedrático de la Universidad de Columbia Manuel de Jesús Galíndez”.
(Historia criminal del trujillato [62])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Pedro Conde Sturla
29 octubre, 2021
Mis hermanas y yo —las hijas del conocido general Bonilla— no podíamos estar más contentas. El querido Jefe había vuelto a ocupar la presidencia de la República, que nunca debió abandonar, y permanecería en el cargo durante diez años inolvidables, entre 1942 y 1952. Hubiera podido retirarse después y disfrutar de su merecido reposo de guerrero, pero su sentido de responsabilidad y su amor a la patria iban más allá del deber cumplido, más allá de lo que nadie podía suponer. En consecuencia, para que el destino de la nación no volviera a torcer su rumbo, como lo había hecho tantas veces en nuestra historia, encauzó a su hermano Héctor por los senderos de la política y no descansó, no tuvo reposo hasta no verlo instalado, mediante elecciones libres, en la llamada silla de alfileres. La primera magistratura de la nación.
Nadie mejor que el generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo Molina para sustituirlo. Un hermano y un hijo a la vez, su hijo hermano, el más cercano y afectuoso, el que más se identificaba con sus principios e ideales, con su titánica tarea de estadista.
Nada habría podido salir mejor. Un generalísimo en el poder y otro generalísimo gravitando como figura tutelar, ejerciendo su benéfica influencia, su autoridad moral para esquivar las jugarretas del azar, para evitar que el país volviera a ser víctima del azar. Para que el rumbo del país no se descarriara.
Al regreso del querido Jefe a la Presidencia, la nación empezó a encarrilarse casi de inmediato por la ruta del desarrollo. De la noche a la mañana surgieron fábricas de todo tipo en el sector industrial y agroindustrial. Fábricas de zapatos y fábricas de cemento, de alcohol, de pinturas, de baterías, incluso de armas para uso del Ejército, procesadoras de café y cacao, carne y leche, sal y aceite. Florecieron por igual las industrias textiles y manufactureras, las marmolerías, innumerables compañías dedicadas a la exportación e importación.
Hubo también un renacimiento y modernización de la construcción que dio origen a una nueva ciudad de sólidas edificaciones de bloques y cemento. Además, en el año de 1947 fue construido el monumental Palacio Nacional, un verdadero motivo de orgullo para todo el país y un motivo de asombro y hasta de envidia para el resto del mundo. El progreso se hacía sentir entre las grandes masas, que eran las que más se beneficiaban.
Más que una época de prosperidad, los años del querido Jefe en el poder fueron una época de felicidad. En su condición de estadista, puso siempre especial empeño en proyectar la imagen del país en los términos más favorables hacia el exterior. Se dedicó en cuerpo y alma a establecer tratados de amistad con naciones del lejano oriente, incluyendo a Japón y China, y hasta ofreció ayuda a Finlandia en su desigual contienda contra Rusia y se ofreció como mediador en el conflicto del Chaco, la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay.
Algo a lo que el querido Jefe puso especial atención, y a lo que todos debemos estar agradecidos, fue al peligro haitiano. Conjurar el peligro haitiano y mejorar la raza, sobre todo en la frontera, fue su más grande anhelo. Fruto de esa preocupación, esos desvelos, fue la humanitaria naturaleza de la dichosa, la generosa iniciativa política de acoger en esta tierra a millares de europeos desplazados de sus tierras por la guerra civil española, la segunda guerra mundial y otras catástrofes.
A principios de los años cincuenta Ciudad Trujillo se convirtió en un hervidero de españoles y húngaros y ciudadanos de otras nacionalidades. Más tarde llegarían centenares de agricultores japoneses destinados, en su mayoría, a la zona fronteriza.
Los japoneses llegaron por primera vez a la deslumbrante Ciudad Trujillo el 26 de julio de 1956, a bordo del vapor Brazil Maru. Veintiocho familias, ciento ochenta y seis personas en total, que fueron trasladas casi de inmediato a Dajabón. Habían llegado a lo que ya se conocía internacionalmente como “El paraíso del Caribe” y se les había dotado con todas las comodidades. Una casa y trescientas tareas por familia, sesenta centavos diarios para cada miembro de cada familia, exoneración de impuestos gubernamentales a los artículos que los inmigrantes trajeran de Japón.
El asentamiento fue tan exitoso que los japoneses siguieron llegando en oleadas, hasta completar unas doscientas cuarenta y nueve familias compuestas por más de mil quinientos inmigrantes, que fueron ubicados en varios asentamientos a lo largo de la frontera con Haití, desde el extremo norte hasta el extremo sur de la isla, pero también en Constanza y Jarabacoa, en la misma Cordillera Central de la que nacen nuestros más importantes ríos. En poco tiempo el territorio nacional se poblaría de asentamientos agrícolas de japoneses, de numerosos españoles y húngaros que producirían prácticamente una revolución en la producción de alimentos.
Además, en su noble cruzada por mejorar la raza de los dominicanos, el querido Jefe trasladó a centenares de cibaeños blancos de los alrededores de Santiago —de sus lomas y montañas adyacentes— a la región de San Cristobal, donde la población era mayoritariamente de piel oscura.
El carácter solidario de la política exterior de la República a favor de los inmigrantes cosechaba aplausos en las más vastas regiones del globo, pero nadie estaba preparado para lo que sucedió en 1938 en la conferencia internacional que tuvo lugar en la ciudad francesa de Evian. Allí se reunieron del 6 al 15 de julio delegados de treinta y dos países para tratar de encontrar solución al drama o mejor dicho tragedia de los refugiados judíos alemanes. Todos los delegados se condolían, pero ningún país se mostraba dispuesto a aceptar refugiados. Cuando el delegado dominicano anunció la disposición del gobierno del país para acoger en las mejores condiciones a cien mil judíos, la audiencia recibió una especie de choque eléctrico. Era la más deslumbrante, generosa y sorprendente propuesta que jamás recibirían los judíos de cualquier país del mundo, una que dejó al mundo entero con la boca abierta y que consagró el singular carácter humanitario del gobernante que dio su nombre a la bien llamada Era de Trujillo.
Consagraría, asimismo, el carácter visionario del querido Jefe. La redistribución de los cibaeños blancos, la nueva sangre de los extranjeros españoles, húngaros, japoneses y los cien mil judíos diseminados por el territorio nacional habrían dado a la República una nueva y mejorada identidad racial. El Padre de la Patria Nueva se convertiría en el Padre de la Raza Nueva.
Lamentablemente, los judíos se mostraron ingratos o por lo menos indiferentes. Apenas unos tres mil se acogieron al ofrecimiento y no tuvieron motivos de arrepentirse. Fueron instalados en los predios de Sosúa en condiciones inmejorables. A cada uno le fueron entregadas trescientas tareas de tierra, casa, vacas, mulas y caballos.
(Historia criminal del trujillato [63])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Inmigración Japonesa a la República Dominicana
http://www.discovernikkei.org/es/journal/2015/11/13/dominican-republic/.
Meditaciones morales (1)
Pedro Conde Sturla
5 noviembre, 2021
En aquellos años felices en que el país se convertía en la Meca de miles de refugiados, no sólo repuntó la economía, no fue sólo una época de progreso material sino también espiritual, cultural, intelectual, literario. Una verdadera especie de renacimiento. La literatura y las artes plásticas florecieron como nunca habían florecido en el país. Los poetas cantaban a Trujillo, las poetisas cantaban a Trujillo, los estudiantes dedicaban sus tesis a Trujillo. Todos querían a Trujillo. Todos se turnaban para mostrar su lealtad y su amor a Trujillo.
“Qué tristes son, que solas, las tardes sin Trujillo.”
Mis hermanas y yo —las hijas del conocido general Bonilla— nunca olvidaríamos esa época. Quizás la más gloriosa de la bien llamada era gloriosa. Muchos autores dominicanos alcanzaron entonces fama internacional, pero la figura más prominente de las letras dominicanas era mujer. Respondía al nombre de María Martínez. María Martínez de Trujillo, la amada esposa del querido Jefe, que hubiera sido también un fino escritor si se hubiese dispuesto a serlo y en cierta manera lo fue. De hecho, en el año de gracia de 1937 el querido Jefe dio a conocer un portentoso libro que llevaba su firma. Era un respetable volumen de 329 páginas, de esos que se paran solos, al decir de un prestigioso poeta contemporáneo. Tenía por título “Reajuste de la deuda externa” y desde el título anunciaba su importancia capital. Se trataba de un informe exquisitamente detallado y en el mejor estilo literario sobre asuntos jurídicos y legales. Un libro de pasmosa erudición que mostraba además el conocimiento del querido Jefe en torno a los más variados asuntos, incluyendo historia, economía, estadística. La obra colosal de un coloso, de un genio que concitó la envidia de muchos especialistas.
Sin embargo, y en honor a la verdad, desde el punto de vista literario las obras de María Martinez de Trujillo opacaban a las de todos sus contemporáneos.
Lo cierto es que cuando Doña María Martínez de Trujillo, nuestra venerada primera dama, empezó a escribir sus primeros ensayos nos dejó a todos con la boca abierta. La ilustre primera dama era una mujer culta, aficionada a la lectura y de una moral intachable, por supuesto, pero nada hacía sospechar que tenía semejante talento literario y tanto dominio de la filosofía. Semana tras semanas comenzaron de repente a aparecer en el prestigioso vespertino “La Nación” sus memorables y amenos escritos con el título de “Meditaciones morales”. Era cada uno mejor que el otro y concitaron de inmediato la más espontánea admiración. La primera dama se conocía al dedillo a los grandes pensadores clásicos y en cada entrega entablaba con alguno de ellos una especie de diálogo crítico. Nada humano le era ajeno, ningún conocimiento escapaba a su dominio. Disertaba magistralmente sobre uno u otro tema. El éxito fue tan abrumador que la primera dama se vio prácticamente compelida a recoger sus ensayos en un volumen que sería publicado en 1948 y que la lanzaría a la fama continental. Tanto así que sería prontamente traducido al inglés en 1954 por la editora newyorquina Caribbean Library con el título de “Moral Meditations”. Una soberbia traducción de René Rasforter.
Además, el doctor Joaquín Balaguer —que era un ferviente admirador de María Martinez y a la sazón ocupaba el cargo de embajador en México—, desde que tuvo conocimiento del proyecto puso especial empeño en darlo a conocer a sus muchos amigos y conocidos escritores. Uno de ellos, el célebre José Vasconcelos, quedó virtualmente deslumbrado y se ofreció humildemente a escribir un prólogo que sería como el engarce de una piedra preciosa. Un prólogo que lo dice todo. Pero no es María Martinez la que se honra, sino el propio Vasconcelos. En rigor, es mucho más lo que dice de él que de la autora del libro.
PRÓLOGO
Continuando una noble tradición literaria de su país, la señora María Martínez de Trujillo presenta en estas páginas de “MEDITACIONES MORALES” fuerte y sana doctrina para uso de las madres dominicanas. Desde luego es obvio que será benéfica esa doctrina también para todas las madres del continente hispánico. Suele la madre cuidar con esmero la ropa, el abrigo y los alimentos del pequeñuelo; pero hay pocas madres capaces de prestar atención eficaz al ser de espíritu que en cada niño aparece y aguarda desamparado la guía de sus ancestros. El cuidado moral del niño se cumple entonces inspirándole el amor de la conducta recta, el conocimiento de los principios que norman la vida de la conciencia.
Doña María Martínez de Trujillo pone de su cosecha buenos y claros consejos para cada una de las circunstancias de la conducta y en seguida, con tino singular, reafirma sus apreciaciones en textos escogidos de la obra de las más grandes mentalidades contemporáneas. Eça de Queiroz en su aspecto poco conocido de moralista, Pi Margall, Ricardo León, Zola, Francisco de Castro, Constancio C. Vigil, el gran moralista uruguayo; Cicerón y autores infantiles menos famosos desfilan por el texto de la autora, dándole prestancia. El lector, por otra parte, se sorprende al descubrir el (!con- ciones?) de la señora de Trujillo con los textos ilustres que comenta.
En nuestro ambiente literario tan escaso de literatura infantil que no sea producto de traducciones, el libro de la señora Trujillo contribuye a llenar ese vacío y está llamado a perdurar como lectura escolar de la más firme calidad.
Su moral es valiente, no niega, proclama la necesidad que toda moral tiene de ser cristiana para ser valiosa y fecunda; y moral sin laicismo es la única que merece pasar a manos de los niños. La alta posición social de la autora en su patria, añade autoridad a sus juicios; pero el libro vale de por sí, para todo el que lo lea sin preguntar la posición de quien lo escribe.
Aparece además en tiempo muy oportuno, puesto que una de las exigencias del momento presente es que la mujer intervenga en la vida pública y no precisamente para actuar en ella, pero sí para defender, dentro de la política, los intereses del hogar. El hombre abandona pronto la casa; la índole de sus tareas lo llevan a menudo, tan lejos, que la infancia se le vuelve un dulce sueño y nada más. Cuando le llega la hora de formar hogar propio el hombre cree cumplir si da atención económica y cariño, pero absorbido como está por las luchas de afuera, tiende a olvidar los deberes de mentor de los hijos. En cambio la mujer, más reconcentrada en la vida privada, tiene siempre delante la imagen del hogar ideal y la visión de los riesgos que lo amenazan desde el exterior.
El error del feminismo consistió en movilizar a la mujer para llevarla a competir con el hombre. aun en terrenos en que todas las ventajas estaban en su contra. El esfuerzo resultó infructuoso y dejó rencor y disgusto en hombres y mujeres. El feminismo moderno es muy distinto: no quiere mujeres como hombres, sino mujeres cabales. Y puesto que, tan mal lo hemos hecho los hombres, en las últimas décadas, por lo que hace a la administración de los asuntos públicos, es natural que la mujer sienta la obligación de venir a salvar lo que nosotros estamos dejando perecer: la riqueza de sentimientos del niño, riqueza de cuyo aprovechamiento dependen la paz y el futuro del mundo.
La mujer, en su gran mayoría, ha sabido mantenerse limpia y extraña a las corrupciones del tiempo, y se presenta ahora a las urnas, no precisamente para disputar el cargo de representante o de jefe, sino para exigir que sean bien escogidos los representantes y los jefes. La mujer como autora, y este es el caso de la señora de Trujillo, ya no se presenta incitando pasiones que no han menester de estímulo, sino recordando al niño y al hombre las exigencias del patriotismo, que tienen por base la intención y la fuerza de almas educadas en la austeridad y la rectitud. Gracias al esfuerzo de estas almas de selección, la sociedad no acaba, deshecha en la guerra sin cuartel, o hundida en las viciosas sensualidades de la decadencia.
José Vasconcelos.
(Historia criminal del trujillato [64])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana
Franklin Gutiérrez
(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)
Meditaciones morales (2 de 2)
Pedro Conde Sturla
12 noviembre, 2021
“Meditaciones morales” (el libro de la españolita como todos le decían porque era blanca y bonita), se convirtió en un best seller, un verdadero éxito de venta. Las numerosas ediciones se sucedían unas tras otras sin que el interés del público diera señales de desfallecer. No sólo los intelectuales, sino también los empleados públicos mostraban un interés inusitado. Era el libro de moda, el que nadie quería quedarse sin leer, el libro que todos compraban y todos llegaron a tener, el libro con el que muchos se paseaban orgullosamente bajo el brazo. El libro del que todos hablaban. De hecho, los comentarios y reseñas que aparecían en los periódicos ocupaban páginas y más páginas, y la radio también se hacía eco del fenómeno.
Por su gran acogida, aparte de sus valores éticos y estéticos, no pasó mucho sin que fuera incorporado como libro de texto del bachillerato. Era la obra que mis hermanas y yo —las hijas del general Bonilla—, poníamos a leer a los estudiantes en las clases de moral y cívica y de lectura comprensiva en la Escuela Normal de Varones Presidente Trujillo y en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, las dos mejores escuelas del país.
En las brillantes páginas de “Meditaciones morales” desfilaban los nombres de los pensadores más ilustres, docenas de fragmentos escogidos de las obras de Séneca, Cicerón, Kempis, Lamartine, Emilio Zola y Juan Luis Vives, José Enrique Rodó, Isaac Gondin y tantos otros.
Con ellos se medía María Martínez en un continuo conversar profundo sobre filosofía, pedagogía, política, religión, todo lo relacionado con la moral, la generosidad, la pureza de alma y de corazón. María Martinez podía ser sublime, pero sin desdeñar los espinosos temas: la ira y la mentira, la traición, la maldad y otras bajas pasiones que alentaba a evitar.
No sólo la cultura de la fina dama era sorprendente, sino también el brillo de su prosa, pero sobre todo el hecho de que la altura de sus reflexiones se mantenía siempre al nivel de los autores que citaba, cuando no los opacaba ventajosamente.
Su pasmosa erudición nunca fue un lujo con el que se adornaba su personalidad, sino un instrumento de transformación. Todo lo puso esta dama al servicio de su pueblo. Ella, la que sería madre de dos hijos y una hija ejemplares (Ramfis, Angelita y Radhamés), se desvivió por inculcar a todos los hijos de todas las madres los valores con que crió a los suyos propios:
“¡Eduquemos, pues, a nuestros hijos, de manera que nos enorgullezcamos mañana de haber modelado sus almas a semejanza de Dios!
La paz de la conciencia es don divino porque nos prepara el camino de la dicha y nos acerca más al triunfo señalado por nuestro destino.
¡No hay buena ni mala suerte!... Las luchas, el buen proceder, la constancia o perseverancia, voluntad y alma diáfana, eso es todo en la vida; porque Dios nos creó iguales a todos y puso en todos su amor al lanzarnos a la vida. Unos escogimos un sendero; otros, otro y así triunfamos o fracasamos para luego decir: “mi mala suerte o mi buena suerte”.
A pesar de sus múltiples y filantrópicas ocupaciones como Primera Dama, María Martinez de Trujillo encontró tiempo para escribir y publicar otro libro que tuvo un éxito tan clamoroso como el primero y quizás más desde el punto de vista estrictamente literario. Era una obra de género más ligero en apariencia, una obra de teatro que tocaba sin embargo unos de los grandes temas de todos los tiempos, el de la amistad y la traición, la deslealtad y la envidia en un contexto universal: la simulación de los sentimientos. Su título es casualmente “Falsa amistad”, publicado en 1939, un ensayo escénico en dos actos y seis cuadros que no tiene nada que envidiarle a los más excelsos escritores satíricos, a las obras de los grandes dramaturgos de la Grecia Clásica.
La deliciosa comedia fue llevada a la escena con un enorme éxito de público por la famosa compañía teatral española María Montoya y presentada en los mejores escenarios del país. Nadie, prácticamente nadie, se quedó sin verla
El juicio del lúcido intelectual Juan Bautista Lamarche sobre esta joya de pura orfebrería literaria es de antología. Si “Meditaciones morales” representaba un hito en la historia del pensamiento filosófico y moralizador criollo, “Falsa amistad” anunciaba “el renacer del teatro dominicano”, los más auspiciosos “Signos de la nueva era”.
Junto a Lamarche, otros muchos hombres de letras exaltaron la trascendencia, el valor de la obra de la distinguida primera dama, su proyección al ámbito internacional, y organizaron de la manera más espontánea un movimiento para promover su candidatura al Premio Nobel de literatura de 1955. Una distinción similar habían recibido el querido Jefe y el Dr. Stenio Vincent, el presidente de Haití, en1936, al haber sido candidatos al Nobel de la Paz por la firma del tratado que zanjó el problema de la cuestión fronteriza.
Sin embargo, desde el momento en que las obras de Doña María Martinez de Trujillo aparecieron en el escenario nacional y empezaron a cosechar triunfos tras triunfos, las lenguas de los envidiosos empezaron a salivar todo tipo de calumnias. Al árbol que da frutos todos le tiran piedras.
Como de costumbre, la envidia, la envidia que todos saben que se esconde en el corazón humano como una víbora en su agujero, la envidia que al decir de Quevedo es tan flaca y amarilla porque muerde y no come, la envidia que le impide al envidioso tener un corazón tranquilo y que le impide ser feliz y envidioso a la vez, la envidia que como decía J. K. Rowling engendra rencor y el rencor que genera mentiras se cebaron, se ensañaron encarnizadamente contra la obra y el honor de la familia Trujillo Martínez.
Los más cobardes detractores esparcieron desde el principio un rumor maligno. José Almoina Mateos, un exiliado gallego que el querido Jefe había recibido en el país con los brazos abiertos —preceptor de su hijo Ramfis Trujillo y confidente de la misma María Martínez—, habría sido el autor, el muy remunerado y supuesto autor de las obras que se le atribuían a ella. Aún más indignante era el rumor, la acusación indigna de que el ilustre escritor mexicano José Vasconcelos había cobrado una millonada por escribir el prólogo de “Meditaciones morales” y que el intachable Dr. Joaquín Balaguer habría sido el encargado de negociar el precio y canalizar el pago.
La campaña de infamias no parecía tener límites. El más retorcido argumento que pudieron inventarse para denigrar o tratar de denigrar a la Primera Dama pretendía identificar en las iniciales del libro “Falsa amistad” el nombre del verdadero autor. “Fue Almoina” el autor y no María Martínez, decían sus detractores.
El más perverso de todos los rumores, quizás la más baja y pervertida insinuación, la más maligna invención tenía que ver con el argumento de “Falsa amistad”. María Martínez, al parecer, habría querido castigar, zaherir la inconducta de una supuesta amiga, la intachable esposa de un intachable funcionario que se acostaba o coqueteaba con el querido Jefe.
Los detractores del querido Jefe pretendían y todavía pretenden hacernos creer que tanto él como su dilecto hermano Héctor se refocilaban con las esposas de los funcionarios civiles y militares, e incluso con las hijas y las hermanas, y que algunos eran tan atentos, tan amables y tan serviciales que al querido Jefe se las ofrecían o prestaban de buena gana.
“Honi soit qui mal y pense”, dice en el escudo de armas del Reino Unido. Vergüenza sea para quien mal piense, para todos los que tienen el pensamiento sucio o mejor dicho podrido.
(Historia criminal del trujillato [65])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana
Franklin Gutiérrez
(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)
El círculo del poder (1)
Pedro Conde Sturla
19 noviembre, 2021
La situación era, como quien dice, inmejorable en aquella época de oro. La bestia infundía cada día más respeto y cada vez mas pavor, incluso entre sus más fieles cortesanos. La relación con sus servidores, a excepción de unos pocos, continuaba y continuaría siendo la misma. Un permanente tira y jala. Una política de atracción y rechazo, de premios y castigos. Los mantenía, como de costumbre, en un permanente estado de incertidumbre, una permanente disputa entre ellos mismos, en permanente disputa por el favor que les dispensaba. Una eterna zozobra. Con razón o sin ella decía Virgilio Díaz Ordoñez que “un cargo público era un suspiro entre dos sirenazos”.
Con algunos de sus allegados —como el coronel Charles McLaughlin, que se convertiría en suegro de su hermano negro—, mantuvo una relación especial. McLaughlin fue, de hecho uno de los consejeros y asociados más valiosos que jamás tuvo la bestia. El coronel había venido al país como sargento con las tropas de ocupación de 1916 y se había aplatanado. Se fue y volvió, la bestia lo premió con un cargo de coronel en las fuerzas armadas y la suerte lo premió con una distinguida esposa criolla de origen inglés: Zaida Simó Clark. Una de sus hijas, la muy agraciada Alma McLaughlin, se hizo famosa por su largo e intenso noviazgo de veintidós años con Negro Trujillo.
El tórrido romance había iniciado en el año de 1937 y durante el tiempo que duró, Negro Trujillo dio muestras de una constancia amorosa fuera de serie. Todas las noches, casi todas las noches, Negro acudía impecablemente vestido y posiblemente con un ramillete de flores en las manos a la mansión McLaughlin-Simó de la calle Doctor Delgado a profesar su amor imperecedero por la dulce Alma. Habían querido casarse en los mismos días en que se conocieron, pero la boda se posponía año tras año. La impedía el amor filial, la devoción de Negro a su anciana madre, las expresas órdenes del generalísimo... Por su condición de hijo menor, Negro Trujillo tenía el sagrado deber de vivir junto a su madre y cuidar amorosamente de ella: la llamada Excelsa Matrona Julia Molina de Trujillo. Mientras tanto, para matar el tiempo, Negro se entretenía y consolaba con las esposas de sus oficiales y con cualquier mujer que se le pusiera al alcance de la mano.
Cuando por fin se casaron (el 12 de diciembre de 1959) él era presidente putativo, tenía 51 años y ella 38, la Excelsa Matrona tenía 93 y la era gloriosa tocaba a su fin.
Dicen las buenas y malas lenguas que Negro y Alma se enteraron de la fecha de su matrimonio por un anuncio que salió en un periódico una semana antes de la ceremonia. La bestia les había dado su bendición y su permiso para casarse, aunque no les dio permiso ni para fijar la fecha del glorioso enlace matrimonial.
En la boda (celebrada en el Salón de Embajadores del nuevo Palacio Nacional)se congregaron mil seiscientos invitados, la crema y nata de la alta suciedad. Todos los hombres llevaban una impecable corbata blanca y trajes formales de la más estricta formalidad. El testigo del novio, el llamado best man o mejor hombre, fue por supuesto el generalísimo, la misma bestia en persona. Según las crónicas de la época, Alma desfiló bajo un arco de espadas y Negro la recibió en el altar con su habitual galantería. Un espectáculo deslumbrante, que pondría roja de envidia a Maria Martínez de Trujillo. Negro era presidente y Alma sería primera dama, igual que ella y la matrona excelsa.
El flamante suegro de Negro Trujillo se había convertido para esa época en uno de los más estrechos asociados de la bestia y del mismo Negro Trujillo. No era un simple hombre de paja, un testaferro, era un consejero (o mejor dicho un consigliere), un militar con libertad de movimiento que de seguro mantenía las mejores conexiones con el imperio, casi una línea directa. Las relaciones entre McLaughlin y la bestia eran muy especiales y no estaban probablemente sujetas, por lo menos hasta un cierto punto, a sus vaivenes temperamentales.
Crassweller lo define como un asistente y un confidente, un oficial que se mantuvo activo en lo que respecta a cuestiones militares y que le prestó en este sentido a la bestia servicios inestimables. Fue además un habitual compañero de viaje, un miembro prominente de su corte personal, del llamado círculo interior que rodea a todas las personas con poder.
Pero Charles McLaughlin era además y sobre todo un marine, el arquetipo del marine que la bestia admiraba y quería ser, alguien que le traía el placer de la nostalgia —como dice Crassweller—, sus días de entrenamiento en un campamento militar. Sus años de entrenamiento en un campamento militar de la Guardia Nacional formada por el gobierno de ocupación yanqui. La bendita y dichosa ocupación yanqui a la cual se lo debía todo.
Paradójicamente Charles Mclaughlin llegó a ser, entre muchas otras cosas, presidente administrador de la Compañía Dominicana de Aviación (CDA), “la línea bandera nacional”. Allí trabajaba como piloto un personaje llamado Lorenzo Berry, alias Wimpy, que había venido al país a servir a la bestia (contrabandeando aviones de guerra) y terminó formando parte del complot que se orquestó para darle muerte. Tenía un supermercado —el único de la capital— en la Avenida Bolívar casi esq. Pasteur, que se convirtió en un importante punto de encuentro de los conspiradores: El Supermercado Wimpys —con aire acondicionado central— del suntuoso barrio de Gascue.
(Historia criminal del trujillato [66])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana
Franklin Gutiérrez
(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)
DOMINICAN REPUBLIC: Presidential Wedding
(http://content.time.com/time/subscriber/article/0,33009,865135,00.html)
Juan Ventura, “El cuadragésimo quinto presidente RD: general Héctor Bienvenido Trujillo Molina”.
(https://acento.com.do/opinion/cuadragesimo-quinto-presidente-rd-general-hector-bienvenido-trujillo-molina-8461928.html)
Fernando Infante. La Era de Trujillo. Cronología histórica. 1930—1961, tomo II.
Santo Domingo, Editora Collado, 2007, página 750.
El círculo del poder (2): El ascenso de Paulino
Pedro conde Sturla
26 noviembre, 2021
La bestia tenía buen ojo para elegir a sus servidores, igual que para el ganado. Elegía con fino acierto a los mejores juristas, a los mejores administradores, a los peores asesinos. Supo elegir también o asociarse a hombres con capacidad empresarial que le ayudaron a crear y dirigir sus múltiples negocios. Uno de sus grandes asesores en materia económica, alguien que lo había conocido y tratado desde antes de llegar al poder y que sobreviviría a su caída, era José María Bonetti Burgos, alias Santanita. Se dice que tanto él como su hermano Ernesto fueron los que apadrinaron a la bestia, los que lo presentaron en sociedad cuando fue trasladado a la capital en 1924 y era todavía coronel de la policía.
Crassweller describe a Bonetti Burgos en términos casi elogiosos, como una persona de recia personalidad y sin los defectos de carácter que eran comunes a otros servidores. Llegó a ser diputado, secretario de Estado de la Presidencia, secretario personal de la bestia y más o menos frecuente compañero de viaje. Pero Bonetti Burgos —al decir de Crassweller— no tenía ambiciones políticas y si las tenía prefería disimularse. Era, sobre todo, un hombre de negocios, entregado a los negocios y preferentemente a los negocios. En calidad de hombre de negocios, asesor y asociado de la bestia logró, a diferencia de la mayoría, mantenerse en la cuerda floja del poder. Mantener estable o más o menos estable su productiva relación con la bestia durante todo su régimen.
Sin embargo, ningún otro servidor tuvo para la bestia la importancia casi desproporcionada que llegó a tener Anselmo Paulino Alvarez, sobre todo en materia económica. Nadie, en la corte de la bestia, llegó a acumular el poder y la influencia de Paulino ni a ejercer la prepotencia de la manera en que lo hizo.
Dicen que cuando Negro Trujillo era presidente de la República y le preguntaban y le pedían ciertas cosas, respondía un poco a la manera de Peynado, escurriendo el bulto. Decía que no sabía nada, que no podía hacer nada, que él sólo era presidente. Paulino, en cambio, hacía uso discrecional del poder, tenía iniciativa propia, ordenaba, resolvía, y quizá en algún momento se creyó equivocadamente imprescindible.
La influencia de Paulino sobre la bestia se tradujo en la creación y eficiente administración de un importante número de empresas y un ambicioso programa de expansión económica, desarrollo industrial y comercial que convirtió a la bestia en el dueño de casi todas las riquezas de país. Algunas de esas empresas eran monopolios y no se permitía la competencia, y cuando algo andaba mal y empezaban a dejar pérdidas se vendían jugosamente al Estado.
Paulino no se ocupaba solamente de economía y de los grandes asuntos del gobierno, podía viajar por órdenes de la bestia a Filipinas para comprar un ingenio azucarero y podía viajar por órdenes de Angelita (la hija mimada de la bestia) a comprarle ropa a Nueva York. Ningún asunto del Estado le era ajeno. Paulino fue el hombre en que la bestia delegó su confianza para zanjar a golpe de papeletas el conflicto diplomático que había surgido entre Santo Domingo y Haití a raíz de la matanza haitiana, y en 1941 fue negociador para la compra del National City Bank, que se convertiría en el Banco de Reservas de la República Dominicana. Era, pues, un servidor multifacético y un adicto al trabajo.
Anselmo Paulino representaba, de muchas maneras, el polo opuesto de Peña Batlle. Carecía de formación intelectual o militar y no parecía sentir ningún tipo de fobia o animadversión hacia los haitianos. Había nacido en Montecristi y se había criado en la frontera, en contacto permanente con los habitantes del otro lado, hablaba con fluidez el creol y se había casado con una haitiana llamada Andree, que le rendía culto a los luases tutelares del santoral vudú y tenía poderes. Paulino había perdido un ojo, le habían puesto uno de vidrio y le decían el tuerto, por supuesto, pero también le decían el ojo mágico y también tenía poderes o por lo menos se los atribuían, que viene siendo lo mismo en el imaginario popular. El hecho es que Anselmo Paulino lo veía todo, lo escuchaba todo y lo sabía todo. Mucha gente juraba que el influjo que ejercían él y su esposa sobre la bestia a través de los infalibles rituales mágicos del vudú había sido el factor determinante en los logros de sus grandes éxitos. De hecho, la misma bestia —según se comentaba— era un devoto de lua Candeló, un espíritu del fuego cuyo distintivo es el color rojo. Por eso la bestia exhibía con frecuencia un pañuelo de ese color en su vestimenta y recibía protección.
La carrera de Paulino no fue precisamente meteórica. Consiguió lo que consiguió en un lapso de veinte años, escalando posiciones, una tras otra, pero a un ritmo sostenido y demostrando extraordinarias habilidades en la solución de problemas políticos, económicos y diplomáticos. Su primer cargo en el gobierno —gracias a los buenos oficios de su padre, que era alcalde del Distrito Municipal de Restauración—, fue el de cónsul en Cabo Haitiano. Después sería embajador de Haiti y gobernador de la Provincia Libertador. En 1943 fue nombrado en el delicado cargo de comisionado especial en la frontera y finalmente, en 1947, empezó a formar parte del codiciado gabinete del gobierno como secretario de Interior y Policía.
En 1949 fue nombrado secretario de estado sin cartera, luego supervisor de la Policía Nacional y carreteras, luego inspector general del poder ejecutivo. También ostentó el rango más o menos honorario de general de brigada y estuvo en el congreso como representante de la provincia Libertador (Dajabón). Para esa época tenía 39 años y la vida le sonreía.
Sin embargo —como dice Crassweller— nada era tan simple, ni siquiera para Paulino, en la era de la bestia. Paulino, de repente, fue relegado a un puesto de menor importancia, como sucedía regularmente con casi todos los servidores del régimen.
Poco tiempo después, todos los cargos que le habían conferido en 1949 fueron confirmados y desde 1951 hasta 1954 ejerció —como dice Crassweller— el poder en nombre de La bestia hasta el punto de que su voz llegó a ser o confundirse con la voz de la propia bestia.
Paulino lo tenía todo en ese momento y de seguro sentía que el mundo estaba en sus manos, pero había perdido —como Macbeth— el derecho al sueño, aunque por razones diferentes. No era la conciencia lo que le impedía dormir o dormir tranquilo. La bestia podía llamarlo y lo llamaba a cualquier hora y lo presionaba constantemente. De tal suerte, Paulino había hecho instalar teléfonos hasta en el baño de su casa para poder responder a sus intempestivos reclamos, órdenes, solicitudes. Y se sobresaltaba de tal manera que una vez, mientras se duchaba, sonó el timbre y Paulino procedió con tal torpeza o nerviosismo que se rompió un diente al llevarse el auricular al oído.
(Historia criminal del trujillato [67])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Crónica del presente — El Nacional
(https://elnacional.com.do/cronica-del-presente-190/ de
Reynaldo R. Espinal, , “Anselmo Paulino Álvarez: Ascenso y caída del principal valido de Trujillo” (2-2)
(https://acento.com.do/opinion/anselmo-paulino-alvarez-ascenso-y-caida-del-principal-valido-de-trujillo-1-2-2-9007765.html).
El círculo del poder (3): El ascenso de Paulino
Pedro Conde Sturla
4 diciembre, 2021
Anselmo Paulino no había tenido una vida fácil. Nada era fácil en la desolación de aquella región prácticamente despoblada en el límite fronterizo de la llamada linea noroeste. Paulino sólo cursó la escuela de educación primaria donde apenas adquirió conocimientos elementales. Lo que nunca le faltó fue inteligencia, una aguda y quizás extraordinaria inteligencia y un sentido práctico, pragmático, por lo menos superior al promedio y una total falta de escrúpulos, que era quizás su más valiosa virtud. Lo demás lo aprendería en la universidad de la vida en la medida en que se aguzaba su instinto de supervivencia, mientras desempeñaba variados oficios. Alguna vez fue dependiente en algún colmado o almacén en la diminuta localidad fronteriza de Restauración (fue en esa época que, según se dice, perdió el ojo cuando le salpicó un chorro de salmuera al abrir un barril de macarela), luego ascendió a chofer de camión, empezó a viajar con frecuencia a Santiago y la capital, a familiarizarse con el mundo que existía más allá de La línea, la línea noroeste. Pero su mayor golpe de suerte fue entrar al servicio de Isabel Mayer, la que sería de alguna manera dueña política de Montecristi y se convertiría en la Celestina y cancerbera favorita de la bestia. En casa de Isabel Mayer se conocieron Paulino y la bestia y todo parece indicar que desde el primer momento surgió entre ellos una especie de afinidad o simpatía o entendimiento, como quien dice amor a primera vista. Paulino había nacido en 1909, pero volvió a nacer ese día. El día en que conoció al monstruo al que dedicaría en cuerpo y alma los mejores años de su existencia. El hombre al que serviría incondicionalmente y al que debería el poder y la fortuna que acumularía en su larga carrera de insaciable trepador, el hombre del que se convertiría en mano derecha, portavoz y alter ego, y que alguna vez pensó quizás en sustituir o suplantar.
Tenía 23 años cuando lo nombraron cónsul en Cabo Haitiano, gracias a sus conocimientos de creol y francés. El cargo parecía insignificante y sin duda lo era, pero Paulino se dio a valer y le prestó un servicio importante a la bestia, logrando que las autoridades haitianas exilaran a los exiliados dominicanos que vivían en la región a una remota y pequeña comunidad, el poblado costero de Jérémie, donde quedaron prácticamente aislados, incomunicados y a más prudente distancia de la frontera.
Además, fue en Cabo haitiano que conoció a Madame Andree García, haitiana de familia influyente y de fino linaje que sería su primera esposa, su inefable confidente espiritual, la sacerdotisa del vudú de cuyos poderes obtendría tantos beneficios.
Para la boda escogió a la bestia como padrino, algo que no era opcional, sino más bien obligatorio, y el afortunado evento contribuiría, más que muchas otras cosas, a fortalecer las relaciones entre ambos. Como dice Crassweller —y como todos sabían y repetían —, de las creencias mágico religiosas derivaría en gran parte la afinidad entre Paulino y la bestia. Paulino era un creyente sincero, un iniciado, un practicante de oscuros y extraños ritos y rituales, alguien que junto a toda su familia había absorbido desde su nacimiento lo que Crassweller describe poéticamente como coloridas supersticiones de las colinas y valles de Haití. Más temprano que tarde le endilgarían a Paulino exóticos apodos. Le llamarían brujo, le llamarían piogán, que es una plaga que ataca a los cultivos de batata, le llamarían magia negra, le llamarían rayano, que es una forma despectiva de referirse a los habitantes de la frontera o de llamarle haitiano.
El hecho es que muy pronto empezarían a lloverle cargos y nombramientos y todo tipo de encomiendas que cumpliría a carta cabal. Empezaba a tener fama y poder y su fama empezaba a precederlo, y en la misma medida en que ganaba fama y poder se iba volviendo altanero, arrogante, e iba ganando ojeriza. A la larga terminaría haciéndose de un selecto fan club de poderosos enemigos.Virgilio Álvarez Pina, Paíno Pichardo y muchos altos oficiales se contarían entre ellos. Pero también se ganó el desafecto, el odio limpio y desnudó de los miembros de la misma familia de la bestia, empezando por la celosa primera dama.
Dice Crassweller que Paulino era un hombre notable en muchos sentidos, que era un mulato claro (o quizás, mejor dicho, un indio lavado como se dice por estos predios), que físicamente era una persona que no pasaba desapercibida y que tenía las características externas aunque no internas de un matón. Esto último parece de alguna manera exagerado, pero lo cierto es que —un poco menos por su altura que por su anchura— era un tipo imponente. Una especie de cachalote o algo parecido. Se le atribuían 250 libras de peso, pero en las fotos que se conservan parecería por lo menos de 300 o 350. No era un gordo fofo como Logroño (ni llegaría a pesar nunca lo que pesaba Logroño), sino más bien macizo, sólido, más cuadrado que redondo, de carnes y huesos firmes.
Paulino era además un personaje siniestro y de muchas maneras impresionante e intimidante. Impresionaba en primer lugar el ojo, el ojo de vidrio que nunca lograba disimular por completo detrás de su gafas oscuras y que parecía tener vida propia, el ojo mágico que traspasaba las paredes y las distancias y todo lo veía. Impresionaba e intimidaba a la vez su corpulencia, su talante y corpulencia.
Dice Crassweller que su piel morena, brillante, tersa, daba a todos aquellos que eran convocados a su despacho la viva sensación de una amenaza nítida y sebácea, sebosa, seborreica.
Mientras paulino se asomaba y derramaba pesadamente su corpulenta y voluminosa humanidad detrás de su escritorio, muchos de los visitantes voluntarios o involuntarios no podían dejar de sentirse inquietos al escuchar el tono siempre desagradable de su voz y las preguntas tramposas y mucho menos al advertir el movimiento caprichoso del ojo maligno. Además, por si las dudas, Paulino andaba siempre armado, con un par de pistolas que llevaba colgando simétricamente de la cintura en lo que Crassweller llama “fundas gemelas”.
(Historia criminal del trujillato [68])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Crónica del presente — El Nacional
(https://elnacional.com.do/cronica-del-presente-190/ de fo
Reynaldo R. Espinal, , “Anselmo Paulino Álvarez: Ascenso y caída del principal valido de Trujillo” (2-2)
(https://acento.com.do/opinion/anselmo-paulino-alvarez-ascenso-y-caida-del-principal-valido-de-trujillo-1-2-2-9007765.html)
Victor Gómez Bergés
https://tribunalsitestorage.blob.core.windows.net/media/10423/palabras_vgb_anselmo_paulino_alvarez_241017.pdf
Anselmo Paulino…
(https://hoy.com.do/anselmo-paulino-3/)
El círculo del poder (4): El ascenso de Paulino
Pedro Conde Sturla
11 diciembre, 2021
Anselmo Paulino Álvarez y la bestia eran almas gemelas. Había entre ellos —como ya se ha dicho— una gran afinidad, una empatía profunda y algo parecido a una gran amistad, a una especie de complicidad, de espiritualidad criminal. Lo cierto es que tenían muchas cosas en común. Ambos venían de abajo, aunque no tanto él primero como el segundo, y las estrecheces económicas del medio en que se criaron —aparte del rechazo y las humillaciones que de seguro recibieron—, dieron origen a un exacerbado resentimiento social y a una sed de revancha que saciarían, si algunas vez la saciaron, desde las alturas del poder.
Paulino era (o se volvió cuando pudo) dominante en grado extremo, era prepotente, altanero, alguien que encajaba a la perfección en todas las definiciones de la palabra arrogante. La dominante arrogancia natural que le atribuye Crassweller.
Con la bestia compartía desde luego el desmesurado amor por el poder y el dinero, la vanidad sin límites, la codicia y la lujuria, la fascinación por la fina ropa y el buen vestir. La ostentación del lujo y la riqueza, el boato, la pompa iban de la mano con su obsesión por los uniformes y todos los símbolos de la autoridad. Hay quien dice que Paulino tenía entre trescientos y quinientos trajes e innumerables zapatos y corbatas en su guardarropa, e incluso un bicornio emplumado como el que usaban la bestia y su hermano Negro. Un improbable y ridículo bicornio emplumado que —supuestamente y sólo supuestamente— se atrevió a exhibir en algunas ocasiones solemnes.
Al igual que la bestia, Paulino era un incurable, un enfermizo mujeriego. La bestia tenía un harén, una cantidad indeterminada de mujeres de reserva diseminadas en la capital y varias ciudades del país. Si se le antojaba cualquier otra que no formara parte de la colección (lo cual, ocurría a menudo), sólo tenía que señalarla con el dedo y mandarla a buscar, pero a veces sus mismos cortesanos le ofrecían sus hijas o la bestia se las pedía con su particular manera de pedir. Además, tanto Trujillo como su hermano Negro disponían ocasionalmente de las esposas de sus oficiales y funcionarios. No era sorprendente ni extraño, aunque sí discretamente escandaloso, que en alguna de las muchas fiestas que se celebraban en esa época, después de abundantes libaciones y bailes, la bestia se hiciera acompañar, a la salida, de la feliz consorte de alguno de los felices invitados.
Paulino quizás nunca tuvo las intenciones y tampoco el poder para cometer ese tipo de bellaquerías, pero también llegó a tener un respetable número de amantes o queridas, en su mayoría haitianas. Amantes o queridas jóvenes y fogosas y desde luego robustas, prácticamente irrompibles, capaces de resistir el peso y el volumen, la corpulenta humanidad que a manera de aplanadora derramaba sobre ellas.
La cosa más común que tenían en común Paulino y la bestia era la costumbre, el impulso obsesivo y compulsivo de humillar a sus propios servidores, el placer que les proporcionaba humillar a sus propios servidores, sobre todo si eran de clase alta, sobre todo si eran profesionales y de algún tipo de prestigio. A Jesús María Troncoso, cuando era director de desarrollo, Paulino lo trataba peor que a los camioneros que recibía en su despacho, le decía mentiroso, lo irrespetaba menos que a un muchacho de mandado y se divertía haciéndolo.
La gran habilidad de Paulino consistió en aplicarse al trabajo productivo en beneficio de la bestia y en el suyo propio, desplegando —como dice Crassweller— toda su inteligencia, su asombrosa memoria, una memoria fotográfica y su prodigiosa capacidad de trabajo. Paulino no parecía conocer el descanso, no parecía conocer la fatiga y se mantenía ajeno a cualquier tipo de diversión. Subrepticiamente organizó su propia maquinaria de gobierno y su propio servicio de inteligencia, de espías personales en los altos y medios estratos sociales, hasta el punto de llegar a convertirse en el hombre mejor informado del país y en el mejor informante de la bestia. De hecho, Trujillo prácticamente se desayunaba con el menú de noticias y chismes que le preparaba Paulino todos los días, algo que incluía informaciones sobre funcionarios de la capital, de gobernadores de provincia e incluso del exterior. En algún momento de su vida la bestia llegó a considerar que Paulino era indispensable, quizás insustituible.
Paulino llegó a tener influencia y poder sobre los estamentos militares y contribuyó a levantar y administrar un emporio económico. Nadie le dedicó a la bestia tantos sacrificios, tantas horas de sueño y calidad de vida. Nadie como él llegó a subir tan alto en la estimación y confianza de la bestia, nadie tuvo en sus manos los medios que tuvo Paulino, nadie concentró a su alrededor el poder que concentraría Paulino. Cierto es también que nadie como él fue tan generosamente retribuido.
Anselmo Paulino Álvarez —dice Crassweller— no tenía conciencia. Era un calculador frío, un alma de hielo. Cosechó beneficios a la más grande escala y logró incontables ganancias con el otorgamiento de licencias y permisos que se establecieron durante la segunda guerra mundial. Además, y aunque parezca increíble e increíblemente atrevido, Crassweller afirma que algunos agentes de Paulino cobraban sin registro escrito ciertas sumas destinadas a la cuenta de la bestia que se desviaban en el camino e iban a parar a sus manos. A manos de Paulino. Lo cierto es que de un modo u otro hizo una gran fortuna.
Paulino, en fin, desplegó las más finas artes para mantenerse en la corte de la bestia como el indiscutible favorito, pero se enemistó al mismo tiempo con todos los que la rodeaban. La popularidad de este hombre siniestro era inversamente proporcional a la altura que había escalado. Lo odiaban todos o casi todos los miembros del gobierno, los militares no lo soportaban, los líderes políticos no lo podían ver. Paíno Pichardo y Cucho Alvarez Pina —dos de los más notables cortesanos— lo detestaban tanto como él a ellos. Se hablaba incluso del “cuchipaineo” para definir el accionar de estos oscuros personajes en la vida política del país y contra Paulino en particular. Pero la bestia lo defendía.
Para peor, tanto Ramfis como Negro, el hijo dilecto de la bestia y su dilecto hermano tampoco lo toleraban. Se quejaban constantemente del comportamiento prepotente de Paulino. Pero la bestia lo defendía.
La que más odio le tenía era, probablemente, la primera dama, la prestigiosa escritora María Martinez de Trujillo. Pero la bestia lo defendía contra viento y marea, incluso disfrutaba provocando escenas de celos, provocando —como dice Crassweller— animosidad entre Paulino y María Martínez, deleitándose perversamente con lo que sucedía. La María rabiaba hasta más no poder, le decía maldito tuerto, y en una ocasión lo botó de la casa. Pero la bestia defendía a Paulino, siempre lo defendía. Hasta que un día dejó de defenderlo.
Paulino triunfaría en todo lo que se propuso, escaló poco a poco la segunda cima del poder, hasta que ocurrió lo inevitable, lo que para él parecería impensable. Triunfo tras triunfo —como dicen que se decía en esa época— lo conducirían a La Victoria. La cárcel de La Victoria.
(Historia criminal del trujillato [69])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Crónica del presente — El Nacional
(https://elnacional.com.do/cronica-del-presente-190/
Reynaldo R. Espinal, , “Anselmo Paulino Álvarez: Ascenso y caída del principal valido de Trujillo” (2-2)
(https://acento.com.do/opinion/anselmo-paulino-alvarez-ascenso-y-caida-del-principal-valido-de-trujillo-1-2-2-9007765.html)
Victor Gómez Bergés
https://tribunalsitestorage.blob.core.windows.net/media/10423/palabras_vgb_anselmo_paulino_alvarez_241017.pdf
Anselmo Paulino…
(https://hoy.com.do/anselmo-paulino-3/)
El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html









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