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viernes, 30 de octubre de 2026

Un país que casi no existe (5): El año del elefante

Pedro Conde Sturla

Durante el medio siglo comprendido entre el año 525 y 575 d. C., los habitantes de la Arabia Feliz estuvieron bajo el dominio absoluto de los etíopes. Se convirtieron, para variar, en una colonia africana y no al revés. Al mando de casi toda la región se encontraba un general etíope llamado Abraha al-Ashram, que había subido al poder mediante un golpe de estado: destronó al virrey nombrado por el rey Kaleb de Aksum y se declaró de facto independiente, pero sin renunciar a su esencia nativa ni a su fervor religioso.


Abraha se dedicó con entusiasmo a reorganizar el reino y a reparar o reconstruir en algunos casos la obras de infraestructura más importantes, entre ellas la represa de Marib y el deteriorado sistema de canales de riego. Pero su mayor preocupación fue la difusión del cristianismo. Tanto así que se le ocurrió construir una portentosa catedral ortodoxa en la ciudad de Saná, que recibió el nombre de Al-Qalis.

El propósito era crear un suntuoso símbolo religioso para atraer en peregrinación a los cristianos y competir con la peregrinación a La Meca, donde miles de fieles acudían y acuden a venerar la Kaaba, que en esa época, anterior al Islam, era un santuario donde se adoraban múltiples dioses, un santuario politeísta, un lugar de peregrinación y también de comercio para las tribus árabes de la Península Arábiga:

«La Kaaba y los ídolos: En La Meca, el santuario de la Kaaba albergaba cientos de ídolos (alrededor de 360) que representaban a diferentes deidades tribales. Entre ellos destacaba una tríada de diosas principales: Al-Lat (diosa del sol o del cielo), Al-Uzza (asociada a la estrella matutina) y Al-Manat (diosa de la suerte o del destino)».

Kaaba significa cubo en árabe, y la tradición islámica, posterior a la politeísta, atribuye su fundación en el valle de La Meca al profeta Ibrahim (Abraham) y su hijo Ismail (Ismael), por orden del mismo Alá.

Según las descripciones, la arquitectura y la fastuosa decoración de la iglesia de Al-Qalis deslumbraba a los visitantes con sus ornamentos de oro y marfil, madera preciosa y bellísimos mosaicos, y dio una larga fama a su constructor, pero la competencia con la popularidad del cubo de La Meca era desigual. Probablemente nunca tuvo ni tendría tanta popularidad, y entre la población árabe causaba sin lugar a dudas ojeriza.

Un mal día ocurrió lo que tenía que ocurrir. Un árabe «introdujo impurezas», es decir profanó la iglesia de Al-Qalis. Abraha tuvo entonces la infeliz ocurrencia de organizar una expedición y dirigirse a La Meca, no en peregrinación, sino a destruir la Kaaba. Para su propósito contaba con un poderoso ejército al que acompañaban uno o más elefantes, la máquina de guerra más terrorífica de la época.

Tales acontecimientos sucedieron en lo que los arabes llaman «El año del elefante», que al parecer fue el mismo en que nació Mahoma: el año 570, y «sirvió como punto de partida para el calendario de la región antes de establecerse la era de la Hégira“.

La expedición, sin embargo, fracasó, a causa de la resistencia de los árabes o quizás, como quiere la tradición islámica, debido a uno o varios milagros o a una epidemia. Se habla incluso de «un brote devastador de viruela o sarampión que diezmó a las tropas en las afueras de la ciudad» y que también se puede considerar milagroso. El verdadero milagro consistió en que el elefante o los elefantes («el elefante principal, llamado Mahmud») reusaron obedecer, se negaron rotundamente a avanzar sobre La Meca. Otro milagro que se menciona junto con el de los elefantes es el de unas numerosas aves que arrojaron pesadas piedras contra el ejército y lo aniquilaron. Lo cierto es que Abraha no pudo lograr su objetivo.

«El ataque destaca porque el ejército contaba con elefantes de guerra (animales traídos desde África). La campaña fracasó de forma abrupta debido a brotes de enfermedades (un brote devastador de viruela o sarampión que diezmó a las tropas en las afueras de la ciudad) y fenómenos climáticos, un evento registrado en el Corán en la Sura Al-Fil (La Sura del Elefante). Poco después de este fracaso, el dominio etíope-cristiano en Yemen colapsó en el año 575 d.C frente a las invasiones del Imperio Persa Sasánida» (se le llama así al segundo imperio persa, el que toma su nombre de Sasán, fundador y patriarca de la dinastía).

Los persas, de religión mazdeista o zoroástrica, ocuparan y dominaron Arabia Feliz durante unos ciento sesenta años, hasta su reemplazo por el Islam en el 630 d. C. La convirtieron en provincia, en satrapía, en un territorio gobernado por una especie de virrey o gobernador (un «protector de la provincia», que era el significado de la palabra entonces).
El sátrapa, con poderes militares y judiciales, amén de recaudador de impuestos, desmanteló todo lo que quedaba de la estructura de gobierno anterior, los etíopes fueron perseguidos y expulsados y las antiguas instituciones se sustituyeron por una burocracia de naturaleza imperial, pero se preservó la ciudad de Saná como capital, como centro político y administrativo. Además, los soldados persas dieron señales claras de que habían llegado para quedarse, cosa que demostraron casándose con mujeres de la región. Su descendencia dio lugar a una élite persa arábiga que tomaría las riendas del poder.

Desde la privilegiada geografía que ahora controlaban, los persas mantuvieron el monopolio de los puertos del golfo de Adén y del mar Rojo, algo que no le hacía gracia a los bizantinos. De hecho, ambos imperios se enfrascaron en unas guerras destructivas que terminaron debilitando y destruyendo el dominio de Persia en Arabia Feliz. Tras una desastrosa derrota, el emperador persa enfrentó una conspiración interna y fue destronado y ejecutado. Su muerte provocaría una guerra civil, el colapso de la persia sasánida y la conquista musulmana entre los años 633 y 651 d. C..

En el mismo año en que tuvo lugar la ejecución del emperador persa (628, d. C.), el ultimo sátrapa de Arabia Feliz hizo un pacto con el profeta Mahoma y se convirtió al Islam. Cayeron juntas, la metrópolis y su provincia, en brazos del recién surgido estado islámico. Para Arabia Feliz no podía ser de otra manera. El islam había nacido en la vecindad, en las ciudades de Medina y La Meca. Y además, el islam era una fuerza incontenible en expansión a la que nadie podría contener durante siglos.

Dice el historiador belga Henry Pirenne que nada es comparable en la historia a «la rapidez y el impacto del avance del islam, tanto en el ámbito de sus conquistas militares como en el asombroso florecimiento de sus ciencias, artes y comercio».

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