sábado, 25 de abril de 2020

Antonio Pigafetta: primer viaje alrededor del mundo (3)

Cuando la expedición de Magallanes llegó al estrecho que hoy lleva su nombre, la tripulación comenzó a desesperarse. Se encontraban en uno de los lugares más inhóspitos del mundo, un lugar frío, escabroso, tormentoso, buscando un pasaje desde el Atlántico al Pacífico por un conjunto de islotes que formaban una especie de laberinto que desorientaba a los marineros.

“Toda la tripulación —cuenta Pigafetta— estaba tan persuadida que este estrecho no tenía salida al oeste, que no se habría aun pensado en buscarla sin los grandes conocimientos del comandante en jefe. Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo”.

Sólo la firme determinación de Magallanes permitiría superar los obstáculos que se interponían a cada momento. Con anterioridad, además de las adversidades naturales, Magallanes había tenido que enfrentar un motín. Los capitanes de las otras cuatro naves se confabularon: habían decidido abortar la expedición y emprender el camino de regreso, pero para eso tenían que eliminar a Magallanes, el Comandante en jefe de la flotilla.
“Estos traidores —explica Pigafetta— eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: se descuartizó al primero y el segundo fue apuñalado. Se perdonó a Gaspar de Quesada, quien algunos días después meditó una nueva traición. Entonces el comandante, que no osaba quitarle la vida porque había sido creado capitán por el Emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote su cómplice”.
Más adelante ocurrió otra desgracia:
“La nave Santiago, que se había enviado a reconocer la costa, naufragó entre las rocas, aunque la tripulación se salvó por milagro”.
Luego, cuando exploraban el estrecho, perdieron otra nave, pero de una manera diferente:
“Cuando hubimos entrado en la tercera bahía de que acabo de hablar, vimos dos desembocaduras o canales, uno al sudeste y el otro al sudoeste. El capitán general envió las dos naves, la San Antonio y la Concepción, al sudeste, para reconocer si este canal desembocaba en un mar abierto. La primera partió inmediatamente e hizo fuerza de velas, sin querer aguardar a la segunda, que quería dejar atrás, porque el piloto pensaba aprovecharse de la oscuridad de la noche para desandar el camino y regresarse a España por la misma derrota que acabábamos de hacer. Ese piloto era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes (...) Durante la noche se concertó con los otros españoles de la tripulación y aprisionaron y aun hirieron al capitán de la nave, Álvaro de Mezquita, primo del capitán general, y le condujeron así a España. Esperaban haber llevado también a uno de los dos gigantes que habíamos cogido y que se encontraba a bordo de su nave, habiendo sabido a nuestro regreso que había muerto al aproximarse a la línea equinoccial, cuyo gran calor no habían podido soportar”.
En el camino de regreso, los desertores de la Nave San Antonio, al mando de Esteban Gómez, rescataron al abandonado Gaspar de Quesada y al sacerdote cómplice, que nunca se cansarían probablemente de bendecir su suerte.
La nave regresaría a España un año antes que los diez y ocho sobrevivientes de la expedición de Magallanes y los desertores propalaron la noticia de que todos los demás habían muerto.
La pérdida de la San Antonio había sido un duro golpe porque era la nave mejor equipada y mejor aprovisionada de todas. Pero Magallanes encontraría el paso, el peligroso canal que une al Atlántico con el Pacífico, entre lo que llamó Patagonia y Tierra del fuego.
Así lo cuenta Pigafetta:
“Habíamos entrado con las dos naves restantes en el otro canal que quedaba hacia el sudoeste; y continuando nuestra navegación, llegamos a un río que llamamos de las Sardinas, a causa de la inmensa cantidad de este pescado que allí vimos. En ese lugar fondeamos para esperar a las otras dos naves, y estuvimos cuatro días; aunque durante este tiempo se despachó una chalupa bien equipada para ir a reconocer el término de este canal, que debía desembocar en otro mar. Los tripulantes de esta embarcación regresaron al tercer día, anunciándonos que habían visto el cabo en que concluía el Estrecho, y un gran mar, esto es, el Océano. Todos lloramos de alegría. Este cabo se llamó el Deseado, porque, en efecto, desde largo tiempo ansiábamos por verlo.
“En el momento en que desembocábamos en el océano, presenciamos una caza curiosa que algunos pescados hacían a otros. Los hay de tres especies, esto es, dorados, albacoras y bonitos, que persiguen a los llamados peces voladores. Estos, cuando son perseguidos, salen del agua, despliegan sus nadaderas, que son bastante largas para servirles de alas, volando hasta la distancia de un tiro de ballesta: en seguida vuelven a caer al agua. Durante este tiempo, sus enemigos, guiados por su sombra, les siguen y en el momento en que vuelven a entrar en el agua, los cogen y se los comen. Estos peces voladores tienen más de un pie de largo y son un excelente alimento”.
El inmenso mar Pacífico, que de pacífico, no tiene nada, estaba a la vista y los marineros saltaban de gozo. Lo peor parecía haber pasado y las islas de las especias, las islas Molucas, que eran el objeto del viaje, no podían estar lejos. Pero nada de lo peor había pasado. Durante tres meses y veinte días navegarían “sin probar un alimento fresco”, el escorbuto haría su fatídica aparición y nada en aquel inmenso mar aparentaba tener fin.
“Durante este lapso de tres meses y veinte días, recorrimos más o menos cuatro mil leguas en este mar, que llamamos Pacífico porque durante todo el curso de nuestra travesía no experimentamos tormenta alguna. Tampoco descubrimos durante este tiempo ninguna tierra, a excepción de dos islas desiertas, en las cuales no hallamos más que pájaros y árboles, y por esta razón las designamos con el nombre de islas Infortunadas. No encontramos fondo a lo largo de sus costas y sólo vimos algunos tiburones. Están a doscientas leguas la una de la otra, la primera por el grado quince de latitud meridional, y la segunda por el 9°. Según la estela de nuestra nave, que medíamos por medio de la cadena de popa, recorríamos cada día de sesenta a setenta leguas; y si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen favorecido con una navegación feliz, habríamos todos perecido de hambre en un mar tan dilatado. No pienso que nadie en el porvenir ha de querer emprender semejante viaje”.



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miércoles, 22 de abril de 2020

EL ESTIGMA DE CAÍN



Pedro Conde Sturla
4 de diciembre de 2009





A través de los tiempos la leyenda de Caín -y los fratricidios en general- han horrorizado y fascinado a la humanidad, a pesar de ser tan recurrentes en la lucha por el poder y la riqueza. Rómulo y Cleopatra, por ejemplo, son parte de una larga lista de conspicuos personajes que se convirtieron en reyes derramando la sangre de los hermanos, a veces de todos los hermanos y demás familiares, incluyendo padre, madre, tíos, sobrinos.
En el fondo más horrendo del infierno de Dante, que es de hielo, se encuentra la Caína –en (des)honor a Caín- un lugar donde se infligen los suplicios más atroces a los que han traicionado y quitado la vida a sus parientes. Sin embargo, y al margen de la pugna y la discordia por el favor divino, muchos escritores han hecho de la vida y el estigma de Caín una lectura, una interpretación, una apreciación, quizás irreverente, que escapa del contexto bíblico y arroja sobre el mismo otra luz y otra sombra.
Hermann Hesse, en su novela “Demian” (Historia de la juventud de Emil Sinclair), pone en boca del inquietante personaje que da título al libro una versión atrevida que ha dado mucho que hablar. La marca de Caín, lejos de ser un estigma, es un signo de distinción, de rebeldía, de coraje, de hombres fuera de serie a los que la gente teme precisamente porque son fuera de serie, diferentes, gente que no comulga, quizás, con el orden establecido o con lo que Cortazar llamaba “la gran costumbre”. Seres a menudo solitarios, incomprendidos e injustamente temidos o en el mejor de los casos despreciados. Quizás científicos, revolucionarios, homosexuales, minusvalidos, artistas, visionarios y locos. Muchas especies caben en esta canasta.
Cualquiera que sea la opinión del lector, el brillante diálogo entre Demian y Emil Sinclair, no lo dejará indiferente:



“-Hoy he asistido a vuestra clase -dijo-. Sobre la historia de Caín, el que llevaba un estigma en la frente, ¿no? ¿Te gusta?
”No, pocas veces me gustaba lo que tenía que estudiar. Sin embargo, no me atrevía a decirlo, porque era como si estuviera hablando con una persona mayor. Contesté que la historia me gustaba.
”Demian me dio unas palmaditas en el hombro.
”-No necesitas fingir, amigo. Pero esa historia es verdaderamente muy rara, mucho más que la mayoría de las que se tratan en clase. El profesor no ha dicho mucho; sólo lo habitual sobre Dios y el pecado, y todo eso. Pero yo creo...
”Se interrumpió sonriendo y me pregunto:
”-Oye, ¿pero esto te interesa? Pues yo creo -continuó- que la historia de Caín se puede interpretar de manera muy distinta. La mayoría de las cosas que nos enseñan son seguramente verdaderas, pero se pueden ver desde otro punto de vista que el de los profesores y generalmente se entienden entonces mucho mejor. Por ejemplo, no se puede estar satisfecho con la explicación que se nos da de Caín y la señal que lleva en su frente. ¿No te parece? Que uno mate a su hermano en una pelea, puede pasar; que luego le dé miedo y se arrepienta, también es posible; pero que precisamente por su cobardía le recompensen con una distinción que le proteja y que inspire miedo, eso me parece muy raro.
”-Sí, es verdad -dije interesado. El asunto empezaba a intrigarme-. ¿Pero cómo vas a interpretar si no la historia?
”Me dio una palmada en el hombro.
”-¡Muy sencillo! El estigma fue lo que existió en un principio y en él se basó la historia. Hubo un hombre con algo en el rostro que daba miedo a los demás. No se atrevían a tocarle; él y sus hijos les impresionaban. Quizás, o seguramente, no se trataba de una auténtica señal sobre la frente, de algo como un sello de correos; la vida no suele ser tan tosca. Probablemente fuera algo apenas perceptible, inquietante: un poco más de inteligencia y audacia en la mirada. Aquel hombre tenía poder, aquel hombre inspiraba temor. Llevaba una «señal». Esto podía explicarse como se quisiera; y siempre se prefiere lo que resulta cómodo y da razón. Se temía a los hijos de Caín, que llevaban una «señal». Esta no se explicaba como lo que era, es decir, como una distinción, sino como todo lo contrario. La gente dijo que aquellos tipos con la «señal» eran siniestros; y la verdad, lo eran. Los hombres con valor y carácter siempre les han resultado siniestros a la gente. Que anduviera suelta una raza de hombres audaces e inquietantes resultaba incomodísimo; y les pusieron un sobrenombre y se inventaron una leyenda para vengarse de ellos y justificar un poco todo el miedo que les tenían. ¿Comprendes?
”-Sí, eso quiere decir que Caín no fue malo. Entonces, ¿toda la historia de la Biblia es mentira?
”-Sí y no. Estas viejas historias son siempre verdad, pero no siempre han sido recogidas y explicadas como debiera ser. Yo pienso que Caín era un gran tipo y que le echaron toda esa historia encima sólo porque le tenían miedo. La historia era simplemente un bulo que la gente contaba; era verdad sólo lo referente al estigma que Caín y sus hijos llevaban y que les hacían diferentes a la demás gente.
”Yo estaba asombrado.
”-¿Y crees que lo del asesinato no fue tampoco verdad? -pregunté emocionado.
”-¡Oh, sí! Seguramente es verdad. El más fuerte mató a uno más débil. Que fuera su hermano, eso ya se puede dudar. Además, no importa; a fin de cuentas, todos los hombres son hermanos. Así que un fuerte mató a un débil. Quizá fue un acto heroico, quizá no lo fue. En todo caso, los débiles tuvieron miedo y empezaron a lamentarse mucho. Y cuando les preguntaban: «¿Por qué no le matáis?», ellos no contestaban, «porque somos unos cobardes», sino que decían: «No se puede. Tiene una señal. ¡Dios le ha marcado!» Así nació la mentira. Bueno no te entretengo más. ¡Adiós!
”Dobló por la Altgasse y me dejó solo, sorprendido como jamás en toda mi vida. Nada más desaparecer, todo lo que me había dicho me pareció increíble. ¡Caín un hombre noble y Abel un cobarde! ¡La señal que llevaba Caín en la frente era una distinción! Era absurdo, blasfemo e infame. Y Dios, ¿dónde se quedaba? ¿No había aceptado el sacrificio de Abel? ¿No quería a Abel? ¡Qué tontería! Y empecé a pensar que Demian me había tomado el pelo y quería ponerme en ridículo. ¡Qué chico más inteligente y qué bien que hablaba! Pero no, no podía ser.
”De todos modos, nunca había recapacitado tanto sobre una historia, fuera o no de la Biblia. Y hacía tiempo que no olvidaba tan por completo a Franz Kromer, durante horas, una tarde entera. En casa leí la historia otra vez, tal como estaba en la Biblia. Era breve y clara. Resultaba una insensatez buscarle una interpretación especial y misteriosa. ¡Así cualquier asesino podría declararse elegido de Dios! No, era absurdo. Lo fascinante era la manera tan ligera y graciosa con que Demian sabía decir las cosas, como si todo fuera tan natural. Y además, ¡con qué mirada!
”Sin embargo, algo había en mí mismo que no estaba en orden sino en franco desorden. Yo había vivido en un mundo claro y limpio, había sido una especie de Abel, y ahora me encontraba metido en el «otro» mundo. Había caído tan bajo y, sin embargo, no tenía en el fondo tanta culpa. ¿Qué había sucedido? En ese momento me vino un recuerdo que casi me cortó la respiración. En aquella tarde aciaga, que dio comienzo a mi actual desgracia, había ocurrido aquello mismo con mi padre; durante un momento fue como si le hubiera desenmascarado y despreciado a él, a su mundo y a su sabiduría.
”Sí, en aquel momento yo, que era Caín y llevaba una marca en la frente, pensé que esa marca no era una vergüenza sino una distinción y que yo era superior a mi padre, superior a los buenos y piadosos precisamente por mi maldad y mi desgracia.
”Entonces no comprendí estas cosas con mente clara, pero las intuí en una llamarada de sentimientos, de extrañas emociones, que me dolían pero me llenaban de orgullo. ¡De qué manera tan extraña había hablado Demian de los valientes y de los cobardes! ¡Cómo había interpretado la señal en la frente de Caín! ¡Y cómo habían brillado sus ojos, sus extraños ojos de hombre! Se me ocurrió que Demian mismo era un Caín. ¿Por qué le defendía si no se sentía semejante a él? ¿Por qué tenía aquel poder en la mirada? ¿Por qué hablaba tan despectivamente de los «otros», los cobardes, que son en verdad los piadosos, los elegidos de Dios?
”Con estos pensamientos no acababa de llegar a ninguna conclusión. Una piedra había caído en el pozo: el pozo era mi alma joven. Durante mucho tiempo esta historia de Caín, con el homicidio y la «señal», fue el punto de partida de mis intentos de conocimiento, duda y crítica.”



pcs, viernes, 04 de diciembre de 2009


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MIRANDO JUGAR A UN NIÑO

Pedro Conde Sturla
8 de enero de 2010


José Enrique Rodó (1871-1917), un gran escritor uruguayo que ya casi nadie lee ni conoce, ejerció durante largo tiempo una notable influencia en varias generaciones de admiradores. Obras como “Ariel” (1900), “Motivos de Proteo” (1909), “El mirador de Próspero” (1913) eran material de lectura que alimentaban los ideales americanistas de una época y la crítica despiadada a “la vulgaridad y el utilitarismo” de la cultura norteamericana.
         Pedro Henríquez Ureña y Emil Rodríguez Monegal, entre otros, exaltan su obra y la sitúan entre las cumbres de la literatura continental. Otros lo consideran, y sin duda lo es, “el más grande cultor de la prosa modernista hispanoamericana.” Hoy no se estudia en nuestras escuelas y universidades. Se leen los bodrios que publica Alfaguara como material obligatorio que asignan los maestros, lectura compulsiva que se impone desde Alfaguara.
         Yo invito a leer a Rodó, y en particular un libro pequeñito de Rodó que se titula “Motivos de Proteo”, quizás el más pequeño y el más ambicioso que escribiera: “un libro (como dijo el autor) en perpetuo ‘devenir’, un libro abierto sobre una perspectiva indefinida”.
          Por razones de espacio, invito a leer ese libro desde el capítulo VIII, “Mirando jugar a un niño”. Es un juego de niños para adultos, es una de las más celebradas y hermosas parábolas de Rodó, un himno a la creatividad, a la alegría. Así como los capítulos finales constituyen un reto, una apuesta por la preservación de los ideales y la esperanza. Algo que tanta falta nos hace en medio de tanta podredumbre.


- VIII -

MIRANDO JUGAR A UN NIÑO.


(…A menudo se oculta un sentido sublime en un juego de niño. SCHILLER. Thecla. Voz de un espíritu).
Jugaba el niño, en el jardín de la casa, con una copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba acompasadamente en la copa. Después de cada toque, inclinando la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las ondas sonoras, como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó así su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad, cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el hueco de ambas manos la arena limpia del sendero, y la fue vertiendo en la copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó, por primor, la arena desigual de los bordes. No pasó mucho tiempo sin que quisiera volver a arrancar al cristal, su fresca resonancia; pero el cristal, enmudecido, como si hubiera emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más que con un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista tuvo un gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su alrededor; sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa, que a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en la rama que más se adelantaba, parecía rehuir la compañía de las hojas, en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; pugnó por alcanzar hasta ella; y aprisionándola, con la complicidad del viento que hizo abatirse por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya la colocó graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro, asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había sofocado el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite, levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.


- IX -

SENTIDO DE ESTA PARÁBOLA.


-¡Sabia, candorosa filosofía! -pensé. Del fracaso cruel no recibe desaliento que dure, ni se obstina en volver al goce que perdió; sino que de las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la ocasión de nuevo juego, de nueva idealidad, de nueva belleza... ¿No hay aquí un polo de sabiduría para la acción? ¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos todos como él!... El ejemplo del niño dice que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca. Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces estemos, una reparadora flor; una flor que poner sobre la arena por quien el cristal se tornó mudo... No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino, sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca... Esto declara la parábola del niño; y toda filosofía viril, viril por el espíritu que la anime, confirmará su enseñanza fecunda.


- X -

ACTITUD EN LA DESILUSIÓN Y EL FRACASO. TODO BIEN PUEDE SER SUSTITUIDO POR OTRO GÉNERO DE BIEN.


En el fracaso, en la desilusión, que no provengan del fácil desánimo de la inconstancia; viendo el sueño que descubre su vanidad o su altura inaccesible; viendo la fe que, seca de raíz, te abandona; viendo el ideal que, ya agotado, muere, la filosofía viril no será la que te induzca a aquella terquedad insensata que no se rinde ante los muros de la necesidad; ni la que te incline al escepticismo alegre y ocioso, casa de Horacio, donde hay guirnaldas para orlar la frente del vencido; ni la que, como en Harold, suscite en ti la desesperación rebelde y trágica; ni la que te ensoberbezca, como a Alfredo de Vigny, en la impasibilidad de un estoicismo desdeñoso; ni tampoco será la de la aceptación inerme y vil, que tienda a que halles buena la condición en que la pérdida de tu fe o de tu amor te haya puesto, como aquel Agripino de que se habla en los clásicos, singular adulador del mal propio, que hizo el elogio de la fiebre cuando ella le privó de salud, de la infamia cuando fue tildado de infame, del destierro cuando fue lanzado al destierro.
La filosofía digna de almas fuertes es la que enseña que del mal irremediable ha de sacarse la aspiración a un bien distinto de aquel que cedió al golpe de la fatalidad: estímulo y objeto para un nuevo sentido de la acción, nunca segada en sus raíces. Si apuras la memoria de los males de tu pasado, fácilmente verás cómo de la mayor parte de ellos tomó origen un retoñar de bienes relativos, que si tal vez no prosperaron ni llegaron a equilibrar la magnitud del mal que les sirvió de sombra propicia, fue acaso porque la voluntad no se aplicó a cultivar el germen que ellos le ofrecían para su desquite y para el recobro del interés y contento de vivir.
Así como a aquel que ha menester aplacar en su espíritu el horror a la muerte, y no la ilumina con la esperanza de la inmortalidad, conviene imaginarla como una natural transformación, en la que el ser persiste, aunque desaparezca una de sus formas transitorias, de igual manera, si se quiere templar la acerbidad del dolor, nada más eficaz que considerarlo como ocasión o arranque de un cambio que puede llevarnos en derechura a nuevo bien: a un bien acaso suficiente para compensar lo perdido. A la vocación que fracasa puede suceder otra vocación; al amor que perece, puede sustituirse un amor nuevo; a la felicidad desvanecida puede hallarse el reparo de otra manera de felicidad... En lo exterior, en la perspectiva del mundo, la mirada del sabio percibirá casi siempre la flor de consolación con que adornar la copa que el hado ha vuelto silenciosa; y mirando adentro de nosotros, a la parte de alma que llega tal vez a revelarse si lo conocido de ésta se marchita o agota, ¡cuánto podría decirse de las aptitudes ignoradas por quien las posee; de los ocultos tesoros que, en momento oportuno, surgen a la claridad de la conciencia y se traducen en acción resuelta y animosa!
Hay veces, ¿quién lo duda?, en que la reparación del bien perdido puede cifrarse en el rescate de este mismo bien; en que cabe volcar la arena de la copa, para que el cristal resuene tan primorosamente como antes; pero si es la fuerza inexorable del tiempo, u otra forma de la necesidad, la causa de la pérdida, entonces la obstinación imperturbable resultaría actitud tan irracional como la conformidad cobarde e inactiva y como el desaliento trágico o escéptico. El bien que muere nos deja en la mano una semilla de renovación; ya sean los obstáculos de afuera quienes nos lo roben, ya lo desgaste y consuma, dentro de nosotros mismos, el hastío: ese instintivo clamor del alma que aspira a nuevo bien, como la tierra harta de sol clama por el agua del cielo. (José Enrique Rodó, “Motivos de Proteo”).



pcs, viernes, 08 de enero de 2010




sábado, 18 de abril de 2020

DEL AMOR Y LOS TIEMPOS DEL CÓLERA


Pedro Conde sturla
8 de mayo de 2009.
“El amor en los tiempos del cólera” es quizás el único libro en el que Gabriel García Márquez vuelve a asomarse a la grandiosidad estilística y a la magia de “Cien años de soledad”, al humor y la gran poesía que caracterizan sus mejores trazos, la fina introspección sicológica, el lujo de detalles, su afición por el dato más minucioso y preciso, la capacidad para describir la escena más enmarañada y tortuosa, la irreversible tendencia a la desmesura, la adjetivación convicta (que a veces se pone pesada, empalagosa), la nunca desmentida fidelidad a los vastos espacios de una geografía donde todo ocurre a escala monumental,  
La trama es absurda, surrealista, una especie de “Madame Bovary” al revés. Un hombre espera por el amor de  su vida durante “cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días”, y al cabo de la espera abandona una amante de catorce por una vieja de setenta y dos. Me recuerda otras grandes y absurdas historias de amor, como la de King Kong, que es quizás la más absurda y tierna de todas, y una de las más trágicas, tan trágica como la del Conde Drácula que persigue y es perseguido por su obsesión más allá de la muerte y de la sangre, algo parecido a lo que ocurre en “Cumbres borrascosas”. 
En cuanto a la trama, sin embargo, no hay nada de que sorprenderse, es el amor en los tiempos del cólera, tiempos de calamidades de proporciones insospechadas como los que vivimos en la actualidad (8 de mayo de 2009), bajo la amenaza de una pandemia esencialmente mediática. 
Entre las muchas cosas notables de esa notable novela, hay un pasaje, unas páginas en las que García Márquez se insinúa con fina inteligencia en los intersticios de la vida matrimonial, escarbando en la cotidianidad, en el lado oscuro de una convivencia con apariencia de felicidad, en las relaciones de atracción y rechazo que están  presentes muchas veces en la vida conyugal. Es un cuento dentro del cuento, dentro de los muchos cuentos que componen la novela Aquí los dejo, en manos de García Márquez, con este difícil “amor domesticado” en los tiempos del cólera:

“Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada. Fermina Daza había soportado de mal corazón, durante años, 1os amaneceres jubilosos del marido. Se aferraba a sus últimos hilos de sueño para no enfrentarse al fatalismo de una nueva mañana de presagios siniestros, mientras él despertaba con la inocencia de un recién nacido: cada nuevo día era un día más que se ganaba. Lo oía despertar con 1os gallos, y su primera señal de vida era una tos sin son ni ton que parecía a propósito para que también ella despertara. Lo oía rezongar, solo por inquietarla, mientras buscaba a tientas las pantuflas que debían de estar junto a la cama. Lo oía abrirse paso hasta el baño tantaleando en la oscuridad. Al cabo de una hora en el estudio, cuando ella se había dormido de nuevo, lo oía regresar a vestirse todavía sin encender la luz. Alguna vez, en un juego de salón, le preguntaron como se definía a si mismo, y el había dicho: «Soy un hombre que se viste en las tinieblas». Ella lo oía a sabiendas de que ninguno de aquellos ruidos era indispensable, y que él los hacía a propósito fingiendo lo contrario, así como ella estaba despierta fingiendo no estarlo. Los motivos de él eran ciertos: nunca la necesitaba tanto, viva y lúcida, como en esos minutos de zozobra. 
”No había nadie mas elegante que ella para dormir, con un escorzo de danza y una mano sobre la frente, pero tampoco había nadie más feroz cuando le perturbaban la sensualidad de creerse dormida cuando ya no 1o estaba. El doctor Urbino sabía que ella permanecía pendiente del menor ruido que él hiciera, y que inclusive se 1o habría agradecido para tener a quien echarle la culpa de despertar a las cinco del amanecer. Tanto era así, que en las pocas ocasiones en que tenía que tantear en las tinieblas porque no encontraba las pantuflas en el lugar de siempre, ella decía de pronto con voz de entresueños: «Las dejaste anoche en el baño». Enseguida, con la voz despierta de rabia, maldecía: 
”-La peor desgracia de esta casa es que no se puede dormir. 
”Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero fue por uno de esos juegos triviales que 1os primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño. 
”Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a bañarse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, 1os ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo:
”-Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón-dijo.     
”Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido 1o mismo. En realidad, no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando: 
”-Pues yo me he bañado todos estos días –gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón. 
”Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y solo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio: Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, 1o único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño: y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla.
”El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico: 
”¡A la mierda el señor arzobispo!
………………………………….
“El no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que estos se dieran cuenta de que no se hablaban. 
Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. El despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de pluma de los bisabuelos, que prefirió capitular:
“-Déjame aquí –dijo-. Sí había jabón.”

pcs, viernes, 08 de mayo de 2009.

Negros y palestinos frente al destino manifiesto


Pedro Conde Sturla

Los negros, en Usamérica, fueron esclavizados durante casi dos siglos y medio y con el amargo fruto de su trabajo se desarrolló todo el país. Después de la supuesta liberación se crearon unas leyes que permitían condenarlos a trabajos forzados y alquilarlos y venderlos de nuevo como mano de obra esclava. Tan terrible fue el acoso que se vieron obligados a huir, a dispersarse por todo el territorio. Más tarde se desató especialmente contra ellos y en parte contra los latinos la llamada guerra contra las drogas. Como resultado, el cuarenta y ocho por ciento de la población carcelaria, que es la mayor del mundo, está compuesta por negros, a pesar de que representan menos del siete por ciento de la población. Ser negro (o ser latino, que es otra forma de ser negro) es casi un pasaporte para estar preso en los Estados Unidos. Súmele a todo eso las miserables condiciones de vida en que muchos se ven condenados a vivir para entender por qué caen como moscas frente al avance del Coronavirus y de la política  
oficial de indolencia que reina en la excepcional patria del 
bravo y del libre y del destino manifiesto.

Mutatis mutandis, en Israel —que es casi una sucursal del mismo destino manifiesto— los negros son los palestinos y de ellos están llenas las cárceles, incluyendo centenares de niños, en condiciones espantosas. Aglomerados están en diferentes campos de concentración donde no serán cremados sino exterminados por obra de la pandemia y de la crueldad de unos seres humanos que se consideran elegidos, los favoritos de Dios. Los mismos que al parecer han puesto en marcha una especie de solución final.

Estamos todos —como dijo alguien— en la misma tempestad, pero no en el mismo barco.

QUESTA SERA HO VISTO CADERE LA PIOGGIA


Pedro Conde Sturla

Trad. Ritangela Tomasicchio

Vagamente
ricordo di averti amato. Ora che scivoli furtiva nella memoria,
ricordo vagamente di averti amato, la spirale dorata delle tue trecce, il
sorriso distante e capriccioso, il nero dei tuoi occhi, la scintilla che ora
accende il rogo di nostalgia. Il rogo che scolpisce, che fa scorgere, alla
parola di un poeta, l'immagine fumosa del tuo viso.
Erano giorni di pioggia e di sventura. In quel tempo di pioggia adolescente,
l'esigua luce delle sere fioriva nelle tue trecce, intricata come una dolce
rosa. In quel tempo, vagamente piovoso, ricordo che ti amavo e ricordo che
amavi come me i giorni di pioggia, quei giorni lenti e cordiali in cui il
lieve contorno delle cose acquista un doppio aspetto nel profilo dell'acqua
e l'atmosfera della città si sente densa, pregna di poesia.
C'era un po' di magia nella città piovosa di quei giorni, un'aura di
mistero, la malinconica pioggia che cadeva soavemente sopra i miti crepuscoli
di aprile e gli ultimi giorni di maggio, il contrasto tra la fitta nebbia e
l'incanto delle querce venezuelane dell'Avenida Bolivar in fiammante
esplosione di colori ora malva ora di un'incerta sfumatura azzurrina.
Dopo maggio proprio in quel ambiente bucolico, illusoriamente tranquillo, si
percepiva un violento contrasto con l'impronta quasi sinistra, l'aria
riservata di certe residenze di lusso, scuri abbassati, porte serrate, ville
chiuse che sembravano disabitate. Una pesante impressione da patibolo. Il
terrore.  Metafora del terrore che invadeva nel profondo tutti gli spazi
anche i più intimi e riposti. Il filo di un terrore che tagliava come il
ghiaccio. Segnale di coprifuoco e legge marziale. La caccia all'uomo. La
soldatesca del regime agonizzante che abbatteva porte e finestre, arrestava
oppositori, torturava, realizzava esecuzioni sommarie. Il terrore sul letto
di morte dopo maggio.
Sembrava che il mondo fosse impazzito all'improvviso e all'improvviso ci
respingesse con una brutalità che non avevamo previsto. Il fuoco di
mitraglia. Il lugubre movimento delle forze di sicurezza dello stato. Il
latrato dei cani.
Di quell'epoca preservo un'immagine tragica nel momento del nostro addio
nell'aeroporto. Ci sei tu in quella immagine, al braccio di tua madre, il
braccio listato a lutto di tua madre. Il lutto di tua madre. Il pianto di
tua madre. I grandi occhi di un rosso acceso, ma glaciali e vacui. Fu un
semplice addio tra adolescenti al volgere dell'infanzia, uno di quegli
episodi che mancano, apparentemente, di importanza e tuttavia si imprimono
per sempre nella memoria e ritornano una volta e un'altra volta
nell'insonnia e ritornano nel sogno una volta e un'altra volta.
Ti rividi dopo, molti anni dopo, durante un breve ritorno, quando già quasi
non eravamo amici e quasi ci eravamo dimenticati. L'incontro fu piuttosto un
disincontro. Gli anni e la vita e la distanza fanno cose terribili come
questa. L'abisso del tempo, molte volte, tramuta amici e amanti in estranei.
Si era spento l'eco delle nostre conversazioni e il nostro idillio platonico
nella sala della tua casa nella calle Cervantes era cosa passata, acqua
passata. La nostra relazione restò sempre circoscritta in quello spazio che
ora rimaneva abbandonato, ora in vendita. Il fumo del tuo viso era come
assente tra quello diffuso di altri volti. Salvo cose banali, non avevamo
nulla da dirci.
Già non eri la ragazza con le  trecce né tornavi ad esserlo. Si era
accennata nel tuo sorriso un'amarezza lieve, e nei tuoi occhi, nerissimi, si
era consumata la lucentezza di  un'altra epoca. La voce disincantata,
tristissima la voce. L'allegria che accendevano le tue parole. A parte certi
dettagli, dai quali non ti avrei riconosciuto nel tuo ampio splendore,
lucevi e rilucevi, però non eri la stessa. Andavi a somigliare un poco,
lentamente ad un autunno. Sembravi lievemente, degnamente avvizzita.
Un giro di dadi, una svolta del destino ti giocò un tiro, mutò il tuo dolce
viso acceso di carminio in questa grave maschera di solitudine, cosparsa di
solitudine. Forse le impronte di un amore incurabile.
Ora sono tornato per vederti e già non ci sei. Soltanto trenta anni e già
non ci sei né ci sarai per sempre. Ora nel vederti così, perduta tra i
sordidi spazi della morte, penso ai giorni di aprile, penso alla pioggia, la
memorabile pioggia, di quella adolescenza, penso a quei miti tramonti,
quando giurammo che al cadere della sera, come al cadere della vita, dalle
finestre della tua casa avremmo visto piovere.



ESTA TARDE VI LLOVER
(Un relato del libro Monedas en la fuente)


 Pedro Conde Sturla
 

     Vagamente recuerdo haberte amado. Ahora que te escurres furtiva en la memoria recuerdo vagamente haberte amado, la espiral de tus trenzas amarillas, la sonrisa  distante y caprichosa, el negro de tus ojos, la chispa que ahora enciende la hoguera de nostalgia. La hoguera que esculpe, que dibuja, al decir de un poeta, el humo de tu rostro.

 Eran días de lluvia y de infortunio. En aquel tiempo de lluvia adolescente, la diminuta lumbre de las tardes florecía en tus trenzas como una dulce rosa enrevesada. En aquel tiempo, vagamente lluvioso, recuerdo que te amaba y recuerdo que amabas como yo los días de lluvia. Amo los días de lluvia, esos días morosos y cordiales en que el leve contorno de las cosas adquiere una doble presencia en el perfil del agua y la atmósfera de la ciudad se siente densa, cargada de poesía.

     Había algo de magia en la ciudad lluviosa de aquellos días, un aura de misterio, la melancólica lluvia que caía suavemente sobre los mansos atardeceres de abril y finales de mayo, el contraste entre la pesarosa bruma y el encanto de los robles venezolanos de la Avenida Bolívar en flamante explosión de colores a veces malva y azulados a veces. 

     Después de mayo, en cambio, aquel incierto mayo, empezó a percibirse en ese ambiente bucólico, engañosamente apacible, un violento contraste con el toque casi siniestro, el aire reservado de ciertas residencias de lujo, ventanas caídas, puertas cerradas, casonas cerradas que parecían deshabitadas. Una densa impresión patibularia. El terror. Metáfora del terror que invadía los más íntimos espacios. El filo de un terror que cortaba como el hielo. Toque de queda y ley marcial. La cacería humana. La soldadesca del régimen agonizante tumbando puertas y  ventanas, arrestando opositores, torturando, realizando ejecuciones sumarias. El terror en lecho de muerte después de mayo.

     Parecía que el mundo hubiera enloquecido de repente y nos rechazaba de repente con una brutalidad que no habíamos anticipado. El fuego de metralla. El lúgubre movimiento nocturno de las fuerzas de seguridad del estado. El ladrido de los perros.

     De aquella época preservo una imagen trágica en el momento de nuestra despedida en el aeropuerto. Estás tú en esa imagen, tomada del brazo de tu madre, el brazo enlutado de tu madre. El luto de tu madre. El llanto de tu madre. Los grandes ojos rojos encendidos, glaciales y vacíos. Fue un simple adiós entre adolescentes al doblar de la infancia, uno de esos episodios que carecen,  aparentemente, de importancia y sin embargo se graban para siempre y vuelven una vez y otra vez en la vigilia y vuelven en el sueño una vez y otra vez.

     Volví a verte después, muchos años después, durante un breve retorno, cuando ya casi no éramos amigos y casi nos habíamos olvidado. El encuentro fue más bien un desencuentro. Los años y la vida y la distancia hacen cosas terribles como esa. El abismo del tiempo, muchas veces, convierte amigos y amantes en extraños. Se había apagado el eco de nuestras conversaciones y nuestro idilio platónico en la sala de tu casa de la calle Cervantes era cosa pasada, agua pasada. Nuestra relación estuvo siempre circunscrita a ese espacio que ahora estaba abandonado, ahora en venta.  El humo de tu rostro estaba como ausente en el humo difuso de otros rostros. Salvo cosas triviales, no teníamos nada que decirnos.

     Ya no eras la chica de las trenzas ni volverías a serlo. Se había dibujado en tu sonrisa una amargura aleve, y en tus ojos, negrísimos, se había consumido el brillo de otra época, la voz desencantada, tristísima la voz, la chispa que encendían tus palabras. Aparte de ciertos detalles, para quien no te hubiera conocido en tu vasto esplendor, lucías y relucías, pero no eras la misma. Te parecías un poco, lentamente a un otoño. Parecías levemente, dignamente marchita. 

     Algún giro de tuerca, un vuelco del destino te jugó una trastada, convirtió tu carita de rosa encendida en esa grave máscara de soledad, ungida de soledad. Quizás las huellas de un amor incurable.

        Ahora he vuelto a verte y ya no eres. Apenas treinta años y ya no eres ni serás para siempre. Ahora al verte así, perdida entre los sórdidos espacios de la muerte, pienso en días de abril, pienso en la lluvia, la memorable lluvia de aquella adolescencia, pienso en aquellos mansos atardeceres de abril, las veces que juramos que al caer de la tarde, como al caer de la vida, desde las ventanas de tu casa veríamos llover. (Al poeta y amigo Ramón Tejera Rosas, por “El humo de los rostros”).



pcs, santo domingo 23/01/20




LA ÚLTIMA NOCHE QUE PASÉ CONTIGO

Pedro Conde Sturla
10 de diciembre de 2009

A Jeannette Miller  no le gustan los boleros. Lo dice en el título de su libro: “A mi no me gustan los boleros” (igual, quizás, que a su promotora Ruth Herrera). El bolero le parece despreciablemente machista, machista leninista, a pesar de que en muchos boleros, más bien la mayoría, siempre hay un hombre muriéndose de amor por una mujer y a veces por “aquellos ojos verdes” de otro hombre, que es la cosa menos machista de este mundo.
El bolero, al parecer, nunca se ha convertido en parte de su alma y lo lamento. No cree en lo que dijo más o menos Cabrera Infante: que en el bolero, en la música romántica se encuentra parte de la mejor poesía latinoamericana. Seguramente no cree que “somos en nuestra quimera doliente y querida dos hojas que el viento juntó en el otoño.” Nunca, quizás, ha sentido la caricia de la “Niebla del riachuelo”, la magia que a muchos nos invade y sobrecoge cuando escuchamos en ritmo de bolero una de las siete versiones del  famoso tango:
“Turbios fondeaderos donde van a recalar / barcos que en los muelles para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en las noches del dolor, / náufragos del mundo que han perdido la ilusión. / Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar, / barcos carboneros que jamás han de zarpar; / turbio cementerio de las naves que, al morir, / sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir.”
Hay que suponer que Jeannette Miller  no aprecia esa especie de Biblia titulada “El Bolero. Visiones y perfiles de una pasión dominicana”, la misma que escribieron los evangelistas Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Delgado Malagón y José del Castillo. Jeannette Miller no se siente atraída por esa pasión, jamás se ha dejado seducir por la religión del bolero. Es irreverente y atea, bolerísticamente hablando.
En cambio la brillante narradora cubana Mayra Montero, tan femenina y feminista como Jeannette Miller y Ruth Herrera,  adora devoradoramente los boleros (“los boleros de antes, que no en balde han sido los boleros de siempre”). Sus personajes los bailan y los describen, los cantan y los mastican y los disfrutan sexualmente en un libro erótico maravilloso que quizás habría querido escribir Ligia Minaya: “La última noche que pasé contigo”.
Sin remilgos puritanos, uno de sus personajes define la utilidad del  género:
“Boleros, sí señor, para brillar hebilla, para poder demostrarte que más no puedo amar. Boleros para cortarnos las venas y para hacernos polvo, y para todas esas cosas salvajes y calientes para las que servían los boleros.”
Con títulos de boleros y a ritmo de bolero, Mayra Montero cuenta una historia, muchas historias que ocurren durante un crucero por el Caribe. En el monólogo de Celia -otro de los personajes-, ésta define su filosofía de la vida que es la filosofía del bolero. Una filosofía que casi adquiere cuerpo doctrinal.
Mayra Montero escribe que da envidia, con un dominio admirable de la palabra, el ritmo y las agudezas verbales. Definitivamente hay mucho que aprender de ella sobre el arte del bolero y el arte de la escritura. Y además, quizás por coincidencia, el título casi perverso del capítulo en que Celia da rienda suelta a su monólogo, viene como anillo al dedo:

AMOR, QUÉ MALO ERES 

Antigua era un lugar extraño que cada cual interpretó a su modo. Al principio, Fernando sospechó que se trataba de una islita de plástico, porque en el mapa que nos dieron en el barco destacaban la localización de un Kentucky Fried Chicken, y él sacaba sus conclusiones así, un poco a la ligera. Pero Antigua ni era de plástico ni de ningún material que se le pareciera. Era de arcilla caliente, de vapores soñolientos, de una placidez cercana, muy cercana a la degradación. Los negros se tumbaban a la sombra para vender fritura y cocos de agua, las negras se abanicaban densamente, azorradas y quietas, los pechos casi al descubierto y los muslos chorreando de sudor. En Saint John's, la capital, los albañales corrían al descubierto y los niños jugaban a colocar banderitas en los mojones más largos, más gruesos, más evidentemente navegables. Todos hablaban con desgana, todos se cocinaban sin recato en ese caldo lánguido y definitivo. 
Julieta, que nos acompañaba en el paseo, se apoyaba del brazo de Fernando, porque el calor, según ella, le provocaba vértigo. Desde La noche anterior -les permití bailar un par de piezas-, la había notado muy apegada a mi marido. No quiero decir que Fernando alentara todo esto, al menos no en mi presencia, pero era tan obvio que ella estaba falta de varón, la vi tan determinada a cometer cualquier Locura, que antes de que terminara el baile tuve que inventarme una jaqueca y arrastrar a Fernando al camarote. El me siguió a regañadientes, la música estaba en su apogeo, aquella orquesta no había tocado nada que no fueran boleros y en el salón flotaba un aire de nostalgia, como si le estuviéramos diciendo adiós a algo, no sabíamos bien a qué. 
En el fondo, a mi también me habría gustado quedarme. A estas alturas de mi vida, con una hija recién casada, un matrimonio deshecho que duraría ya para siempre, y la cabeza totalmente vacía de proyectos, debía reconocer que toda mi existencia había girado en torno al bolero, no a uno en particular, sino a muchos, decenas de ellos; y los hombres que más me habían querido, los dos únicos hombres con quienes me había acostado, tenían una afición casi enfermiza par aquella música. Parecía casualidad, pero no lo era. Fue preciso que viniera en este crucero y que contrataran a esta orquesta en Charlotte Amalie para que me diera cuenta de todo eso, de que la gente viene a1 mundo predestinada a sostenerse en cosas intangibles, en olores que recurren, en un color que siempre vuelve, en una música, como es mi caso, que aparece, y desaparece en los momentos culminantes, unas melodías que mentalmente van y vienen para avisar que terminó una etapa y va a empezar la otra. Fernando hablaba de una filosofía del bolero, una manera de ver el mundo, de sufrir con cierta elegancia, de renunciar con esta dignidad; Agustín Conejo no lo podía expresar de esta manera, pero en sus palabras me decía más o menos lo mismo. El bolero lo ayudaba a pensar, lo animaba a decidirse, lo obligaba a ser quien era. Hubo una época en que a mí también me ayudó a pensar, me refiero a esa época en que uno reflexiona sobre su propio cuerpo y trata de verse por dentro y por fuera, trata de averiguar como le están viendo a uno los demás. Yo era muy joven y ya andaba de novia de Fernando, que venía a visitarme por las noches y me traía bombones. Cuando él se iba, corría a mi cuarto para poner e1 disco de Gatica (Lucho siempre fue mi predilecto), me desnudaba en la oscuridad y me tumbaba en la cama. Entonces comenzaba a tocarme. No era exactamente que me masturbara, no era así, tan burdo, la expresión exacta era «reconocerme», me tanteaba las sienes, me acariciaba las mejillas y me buscaba los pómulos, el hueso de la quijada, los anillos de la traquea. De ahí en adelante, el camino se bifurcaba: colocaba el índice de mi mano izquierda sobre la punta de mi pezón derecho y viceversa, la voz de Gatica era como un mugido armónico ordenándole al reloj que no marcara las horas, proclamando que su playa estaba vestida de amargura, rogándome, sí, rogándome que le regalara esa noche y le retrasara la muerte ... Yo ponía una mano encima de la otra y con las dos me oprimía el sexo, empujaba hacia abajo, como si tratara de vaciarlo, todo a su tiempo, todo en su ritmo natural que era naturalmente el ritmo del bolero. Gatica cantaba con la boca llena, cariño como el nuestro era un castigo, y yo me castigaba, me pellizcaba los labios –los de abajo-, me arañaba los muslos, gemía su nombre, Lucho, Luchito, Luchote, él estaba en la gloria de mi intimidad, en lo más íntimo, lo más salvaje, olvidando decir que me amaba, ¿me amaba?, quien no amara no dijera nunca que vivó jamás.

pcs, jueves, 10 de diciembre de 2009


    

Antonio Pigafetta: primer viaje alrededor del mundo (2)

En su memorable crónica o relación del primer viaje alrededor del mundo, Pigafetta no siempre exagera y no siempre dice cosas inciertas, aunque su tendencia a fantasear haga difícil distinguir en muchos casos lo que es verdad o mentira. Además, algunas de las cosas que cuenta parecen fantásticas o inverosímiles solamente en la medida en que la realidad supera la ficción.

Sin él nunca se hubieran conocido con tal lujo de detalles los pormenores de aquella empresa suicida a la que muy pocos sobrevivieron. Sin embargo, el primero que dio a conocer noticias de la fabulosa aventura no fue Pigafetta, sino un tal Maximiliano de Transilvania, alguien que no había participado. Este Maximiliano, del cual se sabe que fue escritor y que vivió en Flandes en el siglo XVI, entrevistó a los marineros de la nao Victoria (la embarcación en que habían regresado los sobrevivientes) y publicó una especie de reportaje que lo consagró como autor de la primera descripción del primer viaje de circunnavegación completado por Juan Sebastián Elcano (1519-1522).
Nada se compara, sin embargo, con la importancia que tuvo para el mundo la copiosa labor de recopilación y observación que llevó a cabo Pigafetta durante los tres años de azarosa travesía que duró la expedición:
“El relato de Pigafetta es la fuente individual más importante sobre el viaje de circunnavegación, a pesar de su tendencia a incluir detalles fabulosos. Tomó notas diariamente, tal como menciona cuando da cuenta de su sorpresa al llegar a España y comprobar que había perdido un día (el debido al sentido de su marcha). Incluye descripciones de numerosos animales, entre ellos los tiburones, el petrel de las tormentas (Hydrobates pelagicus), la cuchareta rosada (Ajaja ajaja) y el Phyllium orthoptera, un insecto semejante a una hoja. Pigafetta capturó un ejemplar de este último cerca de Borneo y lo guardó en una caja, creyéndolo una hoja móvil que vivía en el aire. Su informe es rico en detalles etnográficos. Practicó como intérprete y llegó a desenvolverse, al menos, en dos dialectos indonesios. El impacto geográfico de la circunnavegación fue enorme, ya que la expedición Magallanes-Elcano dio un vuelco a muchas de las convenciones de la geografía tradicional. Proporcionó una demostración de la esfericidad de la Tierra y revolucionó la sólida creencia, tan influyente en el primer viaje de Cristóbal Colón, de que la superficie de la Tierra estaba cubierta en su mayor parte por los continentes”. (http://redmundialmagallanica.org/wp-content/uploads/2015/09/PIGAFETTA-Primer-viaje-alrededor-del-mundo.pdf).
Los datos que recopiló Pigafetta tienen que ver con la flora y la fauna, el clima, la náutica, la lingüística y la descripción de enfermedades como el escorbuto, que no se conocieron hasta que los marineros no emprendieron viajes que los mantenían durante meses en sus naves sin tocar tierra y comer frutas y alimentos frescos. Nada hay de exagerado o fantasioso en lo que describe Pigafetta cuando las naves al mando de Magallanes se internaron por el inmenso mar Pacífico:
“Miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no morirnos de hambre, nos vimos aun obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos en seguida sobre las brasas. A menudo aun estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una.
“Sin embargo, esto no era todo. Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no pudiesen tomar ningún alimento. De éstos murieron diecinueve y entre ellos el gigante patagón y un brasilero que conducíamos con nosotros. Además de los muertos, teníamos veinticinco marineros enfermos que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero que al fin sanaron. Por lo que toca a mí, no puedo agradecer bastante a Dios que durante este tiempo y en medio de tantos enfermos no haya experimentado la menor dolencia”.
Lo que Pigafetta describe es la misma enfermedad que sufrirían casi un siglo después los tripulantes ingleses del
Mayflower, que desembarcaron por primera vez en la costa de lo que es hoy Massachusetts y fundaron la Colonia de Plymouth.
Muchos sufrieron la típica hinchazón de las encías, perdían todos los dientes y el cabello y a veces caían muertos de repente. Todo por una enfermedad, el escorbuto, “producida por la carencia o escasez de vitamina C, que se caracteriza por el empobrecimiento de la sangre, manchas lívidas, ulceraciones en las encías y hemorragias”.
No sé si es posible que alguien pueda sobrevivir a la ingesta de alimentos contaminados por orines de ratas, pero lo cierto es que los gusanos y la carne de rata son ricos en proteínas y vitaminas. Gracias a ellos posiblemente salvaron la vida Pigafetta y otros. Las ratas, en esas condiciones, costaban y valían su peso en oro.
Los chinos conocían, por cierto, las causas de la enfermedad desde el siglo XV y para combatirla o prevenirla cultivaban en los propios barcos germen de soya, el brote o germinado del frijol de soya, que contiene vitaminas y proteínas. Los europeos resolverían el problema mucho más tarde cuando incluyeron en la dieta de los navegantes el limón agrio y otros cítricos. Y sobre todo el bucán. Esa peculiar forma de asar y conservar las propiedades de las carnes, que conocían los Arawacos del Caribe.
Carne asada o ahumada que luego daría origen a la industria de los industriosos bucaneros y salvaría miles de vida.
Algo así como la panacea que todos estamos esperando en estos días aciegos y aciagos.


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